Mao Tze Dong admite que una gran abundancia de productos facilitará el paso del sistema de la propiedad colectiva al sistema de propiedad de todo el pueblo. «Pero para aumentar la producción —dice— hay que producir más, más rápidamente, mejor y de una manera más económica. Y si se quiere alcanzar este resultado HAY QUE COLOCAR A LA POLITICA EN EL PUESTO DE MANDO» (63).
¿Qué hay en el fondo de este “poner la política en el puesto de mando”? La res- puesta la tenemos en la política de las «3 banderas» y sus resultados desastrosos. Para el maoísmo «poner la política en el puesto de mando» no es otra cosa que dictar órdenes encaminadas a someter la marcha de la historia a los deseos y pro- pósitos de los líderes. El subjetivismo de esta sentencia es incuestionable. Mao Tze Dong, ha borrado de un plumazo el rol que el desarrollo de las fuerzas productivas juega en las transformaciones sociales. Para él sólo existen las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. ¿Cómo y por qué han surgido estas contradicciones? ¿Qué rol juega cada uno de los aspectos de esta contradicción? Estas son cosas que no le interesan.
Hemos escuchado decir a los líderes chinos que aprovechando las enseñanzas que desprenden de «los errores cometidos por Stalin en la edificación del socialismo» a ellos nunca se les ocurrió decir que «la técnica lo decide todo», porque lo fun- damental es que la dirección política sea siempre roja, que no cambie de color. La cuestión, sin embargo, no es tan sencilla; no es suficiente mantenerse «rojo». Con la instauración de la dictadura del proletariado y fidelidad al marxismo leninismo esta condición está cumplida. De lo que se trata es de ponerse a construir el so-
cialismo con conocimiento de causa. Y llegado este momento «No basta ser revo- lucionario y partidario del socialismo o comunismo en general... —dice Lenin—. Es necesario saber encontrar en cada momento el eslabón preciso de la cadena al cual hay que aferrarse con todas las fuerzas para retener toda la cadena y preparar sólidamente el paso al eslabón siguiente»... «El comercio: he ahí el eslabón de la cadena histórica de acontecimientos, de las formas de transición de nuestra cons- trucción socialista en 1921-1922 al cual hay que aferrarse con todas las fuerzas» (64).
Aplicando este método de Lenin, que consiste en descubrir en cada etapa la tarea central, de cuya solución depende la solución de las demás tareas, se edificó el socialismo en forma desplegada en la URSS. En un momento determinado se con- sideró el dominio de la técnica por los bolcheviques como la tarea central, como «el eslabón de la cadena de acontecimientos históricos». Stalin planteó en términos demasiado claros esta tarea: «Es hora ya de que los bolcheviques se conviertan ellos mismos en técnicos. La técnica en el período de reconstrucción lo decide todo. Y un director de industria que no tenga el deseo de estudiar la técnica, que no as- pire a dominarla, ese no es un dirigente, sino un hombre ridículo» (65).
Es claro, pues, que para la construcción del socialismo los dirigentes no solo de- ben ser «rojos», sino que deben dominar la técnica específica del campo en que actúan, para no ser «hombres ridículos», tan perjudiciales como el propio ene- migo. La política y la economía se encuentran orgánicamente vinculadas. Según Lenin «la política es la expresión concentrada de la economía», y en consecuencia no puede haber un enfoque político acertado que no parta de un detenido análisis económico. Por eso, el Partido del proletariado que se encuentre ante el objetivo histórico de edificar la sociedad socialista, tiene que cumplir necesariamente ta- reas que son inherentes al desarrollo de la economía socialista. Son de Lenin las siguientes palabras: «Nosotros apreciamos el comunismo únicamente cuando está económicamente argumentado... hemos partido siempre y ante todo del análisis económico exacto» (66). Y además, lo más «profundo de la política interior y exte- rior de nuestro Estado se determina por los intereses económicos, por la situación económica de las clases dominantes de nuestro Estado» (67).
Para el maoísmo estas enseñanzas de Lenin no tienen ningún valor. El «poner la política al mando» no es otra cosa, en la práctica, que la aplicación del sistema del «ordeno y mando», mediante el cual los dirigentes chinos exigen a las masas el cumplimiento de tareas, subjetivamente elaboradas, apelando al «entusiasmo revolucionario». Aplicando este principio, Mao Tze Dong, declaró sin rodeos lo siguiente: «En este momento está muy extendida en China la idea de que cuanto
más rápido pasemos al comunismo, mejor. Algunos recomiendan incluso el paso al comunismo dentro de 3 ó 4 años. En el distrito de Fan, provincia de Shangtun, por ejemplo, este plazo ha sido fijado en cuatro años» (68).
Este es un ejemplo típico de lo que significa «poner la política al mando»: propo- nerse tareas de acuerdo a lo que se desea, dando espaldas a la realidad objetiva, a las leyes económicas, y olvidar que no puede haber política justa que no sea una «expresión concentrada de la economía».
El PCCh, con su dogma de «la política al mando» se ha enfrascado en intermina- bles campañas y movimientos dirigidos a lograr un perfeccionamiento artificial de las relaciones de producción. En 1952 fue el movimiento contra los 3 y los 5 «males»; en 1957 la campaña contra los derechistas; en 1958 el movimiento por la ordenación del estilo de trabajo; en 1958-1959 la campaña de entrega del co- razón al Partido; en 1962 el movimiento por la educación socialista en el campo; en 1966 la «revolución cultural»; en 1974 el movimiento de crítica a Lin Piao y Confucio; después se implementó la campaña «contra el viento revocatorio de de- recha» y por última la actual campaña contra «los cuatro».
En todos estos movimientos y campañas se puso «la política al mando», ejercien- do presión administrativa sobre las masas de obreros y campesinos para alcan- zar objetivos ajenos al desarrollo de la economía socialista. La prensa china los presenta como «revolución en la superestructura» y «lucha activa por cambiar la forma de concebir el mundo».
Sea la «campaña de entrega del corazón al Partido», la «revolución cultural», la «crítica a Lin Piao y Confucio», la lucha «contra la cuatrinca» o cualquier otra campaña, se produce siempre —según los dirigentes chinos— un aumento de la producción. «Por doquier donde la campaña marcha bien —dicen— la producción prospera y viceversa». Así los factores políticos son inventados y puestos por en- cima de las condiciones materiales de existencia, otorgándoseles un rol decisivo para impulsar la producción.
Las publicaciones chinas se esfuerzan en hacer creer a la opinión pública del mun- do que sus campañas despiertan el entusiasmo de las masas trabajadoras, pero esto no es cierto. Los métodos de ordeno y mando («la política al mando») no sólo han provocado el disgusto de los trabajadores sino, en varias oportunidades, su rechazo franco y vigoroso. La razón está en que frenan el ritmo del desarrollo económico y no toman en cuenta los intereses materiales de los trabajadores, cuyas reivindicaciones salariales son calificadas de perniciosa manifestación de «economismo».
de huelgas en la industria y el transporte de la RPCh. En 1967 surgió la amenaza seria de una gran huelga en la industria hullera, en la de maquinaria pesada y en el transporte ferroviario. Como consecuencia de esta situación comenzaron a apa- recer en la prensa china alusiones a «un puñado de enemigos de clase»; «sabotajes en la industria», etc. Sólo la «revolución cultural», tuvo efectos más desastrosos en la economía china; ninguno de los planes de producción pudieron cumplirse. Por desgracia los dirigentes chinos no han sacado ninguna enseñanza de las rui- nosas consecuencias de sus «movimientos» y «campañas» en la economía. Insis- ten en repetir que «la situación es excelente»; porfían en su fórmula de «poner la política al mando» y obligan al pueblo a realizar un trabajo forzado, con un consumo limitado a satisfacer sólo sus necesidades más elementales. A todo el que opina que el socialismo en la China debe sustentarse en una base material y técnica moderna, en proceso de constante perfeccionamiento, se le tilda de «revi- sionista», «seguidor del camino capitalista».
De todas las campañas realizadas de acuerdo al slogan «la política al mando», es la «revolución cultural» la que, por sus efectos, caracteriza mejor al maoísmo como una corriente pequeño burguesa antisocialista.