elsolpareCíareavivareldolor. sellevólasmanosalaCabezadenuevoysepresionóContodas sus fuerzas. noservía demuCho, peroeramejorqueno haCernada. Cadavezeramásevidenteque alguien lohabíagolpeadoConunadeaquellaspiedras. pero, ¿quién? ¿bernal? pobrehombre. no, lo mejorerapensarquesehabíaCaídooquesimplementesehabíadespertadoConmigrañaporpasar lanoChetiradoenelsuelo.
reflejo del sol en el agua. Buscó a tientas y se sentó sobre un tronco que soportó su peso con un crujido.
(Hace unas horas me desperté sobre un montón de piedras. No sabía dónde estaba ni lo que hacía allí. El sonido de algo que parecía una cascada me hizo abrir los ojos. Recortes de sol se filtraron por las copas de los árboles. No pude mantener los ojos abiertos por mucho tiempo. Agarré un puñado de piedras y les noté una textura lisa, como de peque- ñas esferas de barro. Las apreté con fuer- za pero me dolió la mano y las solté.
Abrí de nuevo los ojos y me los tapé con la mano adolorida, en espera de acostumbrarme a la luz. Lo primero que vi fue la línea del follaje, altas palmeras, ceibas y una infinidad de árboles sin nom- bre. Todos interrumpían el azul de un cielo moteado de nubes. Quise saber la hora y me acerqué el reloj a la cara. La cará- tula estaba empañada pero las maneci- llas indicaban las ocho de la mañana. No podía ser esa hora. El sol brillaba alto en el cielo. Tenía que ser más del mediodía.
La pesadez del dolor de cabeza no me dejaba levantarme. No era el taladro de la migraña, sino un dolor más extenso, como de golpe o de herida. Me hice un reconocimiento a dos manos, siempre a ciegas, pero no me encontré nada que pudiera pasar por una herida.
Me dejé adormecer de nuevo sobre las piedras. Por un momento quise sentir que estaba en Tres Ríos, con Gabriela y Este- ban… la vez que fuimos de excursión a la Carpintera, siguiendo las señas que me dio Javier, mi compañero de trabajo. Esteban corría entre los árboles sin soltar una bola de hule, como un jugador de rugby. Ga- briela lo perseguía, mientras yo grababa el video. Había visto aquella grabación tan- tas veces. Cuando creía recordar la aven- tura en las montañas, más bien podía estar recordando las veces que había visto el video… El viaje terminó cuando descubri- mos una poza en la que compartían fami- lias enteras, probablemente habitantes de pueblos cercanos. Intentamos acercarnos al agua, pero de cuando en cuando nos lanzaban esa mirada de desprecio que se reserva para los turistas. Si soñaba o si solo recordaba aquel día familiar, era imposible saberlo. Nada importó cuando me giré y descubrí el cuerpo de Bernal.
¡Bernal!, grité. Mi amigo estaba tirado bocarriba sobre un charco de sangre. ¡Bernal!, pero él no respondía. Le puncé el pecho con los dedos. Me hinqué a su lado y traté de sentir su aliento, pero no respiraba. A la derecha del cuerpo había una piedra más grande que las demás. Me pareció que un golpe de piedra no explicaba la sangre, o por lo menos no toda.
Confiado en que ya nada peor le po- día pasar a Bernal, alcé ligeramente el cuerpo usando un leño de palanca. Era tan pesado como lo imaginaba. Por de- trás, tenía la camisa hecha girones. Todo estaba lleno de sangre. La carne y la tela eran una misma cosa. Lo habían apuña- lado con saña. No pude soportar mucho aquel cuadro y mejor lo dejé caer.
Me agaché sobre el cuerpo para sa- carle la billetera del pantalón y quitarle el reloj. Entonces descubrí algo más:
que Bernal tenía los dedos de las manos ensangrentados; a simple vista, parecía que le habían arran- cado las uñas, pero con una mi- rada más detenida, se notaba no solo la falta de las uñas sino tam- bién de buena parte de los dedos. Me hacía falta la lucidez necesa- ria para comprender lo que le ha-
bía pasado a Bernal, pero no para darme cuenta de que también podía pasarme a mí. Tenía que irme; adonde fuera. Me puse el reloj de Bernal en la otra mano y me guardé la billetera en el bolsillo.)
Sintió un terror primario ante la idea de cruzar el río. Incluso si supiera nadar, jamás lo intentaría. Sentado en el tronco perdió la noción del tiempo. Lo mejor era negar- le espacio a la realidad, imaginar que aquella masa de agua no era tan exten- sa como parecía. Estaba acostumbrado
a volver imposibles los obstáculos que se había topado a lo largo de su vida. Siem- pre había sido así. Se levantó y empezó a caminar. Luego de haber perseguido el sonido de la cascada durante no sa- bía cuánto tiempo, no se le ocurrió nada mejor que huir de ella, dirigirse al norte, siguiendo el curso del agua.
La tierra arcillosa brillaba en las orillas del río. No tenía por qué cruzarlo. Con encon- trar a alguien a quien contar lo sucedido
con Bernal era suficiente. Le mentiría di- ciendo que su amigo necesitaba ayuda. Le pediría que llamara a la Cruz Roja y algo de comer, cualquier cosa. Pero eso que sentía no era hambre de comida sino de la compañía de Gabriela. Estar con ella en ese momento era lo que más ansiaba en el mundo.
Caminó cerca de una hora y le pareció que el cauce del río se había ensancha- do. ¿Cuántos hombres habrían cruzado aquel río apenas menor en comparación