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Exploración y conquista (1540-1600)

Mapa 3: El Oriente en la primera época colonial (siglo XVI)

Fuente: elaboración propia Información geográfica: Instituto Geográfico Militar del Ecuador Información histórica: González Suarez (1901), Jean-Paul Deler (2007)

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Potenciada por el abandono nos encontramos con una de las consecuencias del primer frente colonizador más decisivas de cara a la historia de la región en estos últimos cuatro siglos: la transformación de esta área en una zona de frontera, con todo lo que ello implica. El proceso de ruptura de las tierras altas con las del Oriente se consolidó en esta época, aunque había comenzado en parte con los incas, que empezaron a desmantelar algunos de los sistemas de alianza verticales y fueron los primeros en formular la dicotomía entre sierra civilizada y barbarie selvática (Taylor, 1994: 23). En este período corto de tiempo, la intensidad de la penetración española acabó con lo que quedaba del tejido de relaciones preincaicas. Con la retirada española de estos asentamientos y la gran caída demográfica en el declive andino (ver la Figura 1 en la página 121) y la alta Amazonía, se completó un proceso de ruptura entre tierras altas y bajas, estableciéndose esa frontera invisible que durante tanto tiempo ha persistido (y en parte todavía persiste). Esta ruptura también se ve reflejada en una redefinición y polarización de las identidades étnicas, tanto porque se aniquilan las continuidades culturales que habían existido históricamente entre la sierra y el oriente en forma de diferentes lazos sociales, políticos y económicos, como por el comienzo de una dicotomía culturalmente simplificadora que establecía exclusivamente dos sistemas diferentes de valores, indígenas y occidentales, en una región tan diversa como esta (Taylor, 1994: 23).

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La Amazonía de las misiones (1600-1767)

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Este abandono se alargó por varias décadas y la presencia civil española prácticamente no volvió nunca más. La situación descrita anteriormente se vio agravada porque en el marco de la organización general de la colonia, con Perú volcado en la explotación del polo minero del Potosí, la función productiva asignada a la Audiencia de Quito requería concentrar los esfuerzos en los Andes, en donde se podía sacar provecho de una mano de obra abundante para las tareas agrícolas y hábil en las artesanías, sobre todo en los textiles (Velasco, 1995: 52).

Aun así, las preocupaciones de la Audiencia por poder ejercer control sobre los territorios asignados formalmente nunca desaparecieron, e incluso se potenciaron a medida que los portugueses presionaban la frontera este del Imperio hispánico, hecho que llevo a intentos fracasados de implantación de misiones religiosas a lo largo del primer tercio del siglo XVII. Franciscanos, jesuitas y dominicos intentaron penetrar, con mucha rivalidad y poco éxito, en el norte de la Amazonía. Finalmente, una Cédula Real del 31 de diciembre de 1642 confiaba la evangelización a los franciscanos en el norte, principalmente las gobernaciones de Mocoa y de Quijos, y a los jesuitas en el sur, en la Gobernación de Maynas.

Hay que decir que la empresa más exitosa, y que aseguró por más de un siglo la presencia española y la vinculación de esta área con la

44 No se trata de sumergirnos en las profundidades de más de un siglo de historia misionera, sino más bien de analizar brevemente los puntos que nos interesan de esta fase en cuanto a la conformación de lo que es hoy la Amazonía ecuatoriana. Para tal menester consúltese, entre otros: García O.C.D. (1999: 45-68) para una visión panorámica de los proyectos de las diferentes congregaciones durante este primer ciclo misionero; Federico González Suárez (1901: 94-110) y Lorenzo García O.C.D (1999: 85-114) para el caso de las misiones franciscanas en el norte (Putumayo); y Federico González Suarez (1901: 111-256), Lorenzo García O.C.D (1999: 115-170) y María Elena Porras (1987) para el caso de las misiones jesuíticas y la Gobernación de Maynas.

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Audiencia de Quito, fue la de los jesuitas45. Además de la presencia misionera existía una autoridad civil, más formal que real, impuesta desde Quito en los gobiernos de Quijos, Macas y Maynas. A pesar de que la presencia jesuítica pasó por diversas etapas y dificultades46, algunas cifras en su momento de auge antes de la expulsión pueden ser representativas de la magnitud de esta empresa misionera: una totalidad de 1 ciudad (Borja), 42 pueblos (en las riberas de los ríos Marañón, Napo, Pastaza, Bobonaza, y otros ríos caudalosos —ver Mapa 4—) y muchos pueblos menores, que son atendidos por un teniente de cura y 17 curas, comprendiendo a unas 14.000 personas47 (Porras, 1987: 50- 52). El total de las misiones fundadas por los jesuitas entre 1632 y 1767 ascendieron a 152 (Hudelson, 1987: 128), cifra que si bien muestra la envergadura de la acción de los jesuitas, también indica las complicaciones y debilidades en el cometido, pues pocas de estas fundaciones lograban sobrevivir un tiempo largo.

45 La misión de los franciscanos no llegó a tener nunca la envergadura y el éxito de la de los jesuitas. En el momento de la expulsión de éstos (1767) las “misiones de los franciscanos en el Putumayo, en el Caquetá y en el Coca, […] se encontraban en un estado más bien de decadencia que de prosperidad; y de ese estado de postración no lograron reponerse” (González Suárez, 1901: 109)

46 Básicamente se podrían distinguir tres grandes fases. La primera, desde los inicios de la misión hasta 1660, se trata de un período de exploración de territorio y perfeccionamiento de técnicas de reducción. El segundo ciclo consiste en una gran oleada de expansión de un frente misionero por el sector Pastaza-Curaray-Tigre. Las dificultades encontradas llevan al desmoronamiento de este frente alrededor de la segunda y tercera década del siglo XVIII. Finalmente se recomponen en un segundo frente misionero hacia la cuenca del Napo y del Amazonas, fase que estaba en plena expansión cuando llegó la expulsión jesuítica (Taylor, 1994: 26-27). Las mayores dificultades que encontraron en tal tarea mesiánica, y que llevaron al desmoronamiento del primer frente misionero, fueron: la falta de operarios, la falta de medios y provisiones, las insurrecciones indígenas, la no cooperación de las pocas autoridades civiles y colonos existentes (que buscaban su provecho propio en el pillaje, la venta de esclavos y otras malas prácticas), y la imposibilidad de mantener el dominio de las misiones ante las incursiones y el avance de los portugueses (González Suárez, 1901: 201, Porras, 1987: 39-44).

47 Pierre Chaunu eleva hasta 100.000 las personas sobre las que las misiones jesuíticas, de una manera u otra, tenían influencia, aunque se tratara de población en hábitat disperso fuera de las reducciones mencionadas y que eran visitados regularmente por alguno de los misioneros (citado en: Deler, 2007: 83).

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