CAPÍTULO 2: LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS XI-XV)
2.3. El papado: Excluir los conocimientos “mágicos” para evitar que se violen los
Las artes tomadas por mágicas como la alquimia fueron objeto de interés por numerosos maestros, pero nunca se introdujeron formalmente en los programas de las universidades. Es más, fueron condenadas y prohibidas recurrentemente. La razón principal radica en que planteaban un pensamiento rupturista respecto a la concepción tradicional de la relación del ser humano y, en concreto, de las técnicas que puede desarrollar, con la naturaleza.
El teocentrismo y el creacionismo proporcionan el marco ético e ideológico que regula las prácticas de los sujetos y de las instituciones durante toda la Edad Media.
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Como ha desarrollado Martín Serrano ([1977] 2008, p. 31-33), el pensamiento medieval considera herética la idea de que el ser humano (la criatura) pueda transformar la obra del Creador. Para el ser humano, es lícito imitar aquello que se ha creado mediante el Plan Divino, pero no le es posible introducir su propio designio en la conformación del mundo. El resultado de este pensamiento es que limita la técnica medieval a la
recreación del mundo natural y no la abre a la creación.
Esta concepción fundamentada en la teología era coherente con la filosofía aristotélica y otras fuentes de uso habitual en la Edad Media. De acuerdo con Newman (1989):
“Debido en parte a Aristóteles, y en parte a otras fuentes griegas, latinas y árabes, este punto de vista establece lindes (o fronteras) estrictos sobre los límites conceptuales de la innovación técnica. El escritor monástico del siglo XII, Hugo de San Víctor, famoso por su influyente inclusión de la tecnología en el campo de las ciencias, escribió que ‘los productos de los artesanos (o artífices), aunque no son la naturaleza, imitan a la naturaleza, y en el diseño a través del que imitan, expresan la forma de su modelo, que es la naturaleza’. Aquí Hugh está repitiendo simplemente la convicción de la filosofía griega antigua según la cual las distintas ramas de las ‘artes mecánicas’, lo que podríamos llamar la tecnología, se aprendieron inicialmente mediante la copia de
los procesos naturales” (p. 423-424)20
.
Otro elemento clave en el análisis es, siguiendo a Martín Serrano (2008), que la escolástica solo concebía como naturales aquellos fenómenos que son perceptibles para los sentidos humanos. Todo aquello que escapa de los sentidos, en particular de la vista, se consideraba artificial y contra natura. De este modo, los procesos químicos y biológicos ocultos a la percepción inmediata del ser humano se consideraban mágicos y, por tanto, su investigación constituía una herejía. En consecuencia, el objeto de estudio del conocimiento medieval se circunscribía a los fenómenos naturales sensibles a escala del ojo y, como se ha visto, sus aplicaciones técnicas se limitaban a su imitación.
Las autoridades persiguieron las corrientes académicas que podían poner en cuestión esta concepción de la naturaleza y de la técnica. Por ejemplo, las artes mágicas fueron condenadas en la Universidad de París por parte de la Facultad de Teología (1398) con el argumento de que algunos maestros “usan ficciones y hechizos para encontrar y aprender los tesoros escondidos, y las cosas secretas y ocultas”, algo contrario a la religión cristiana y a Dios (en Thorndike, 1975, pp. 261-266).
Otra condena de la magia en la Universidad de París data de 1446. El rey de Francia escribió una carta a la universidad para que examinase una serie de libros sobre artes mágicas que pertenecían al astrónomo Arnoldus y que emitiese un veredicto sobre su consonancia con la fe y la doctrina cristiana. La universidad condenó los libros argumentando que “contienen muchas supersticiones, muchos conjuros e invocaciones a
los demonios manifiestos y horribles, muchas herejías ocultas e idolatrías manifiestas” (en Ibíd., p. 351-352).
Estas condenas de las artes mágicas son una muestra del control que se ejerció sobre las corrientes contrarias a la doctrina católica. La universidad debía mantenerse fiel al principio de que las artes imitan a la naturaleza y lo contrario era una herejía. Sin embargo, como ha argumentado Newman (1989), este marco de pensamiento dominante se vio cuestionado por un movimiento que propagaba una ética de las tecnologías rupturista desde el campo de la alquimia. Según el autor, desde la alquimia se sostenía la posibilidad de la transmutación y, con ello, se preconizaba la habilidad del ser humano para transformar el mundo. Roger Bacon, quien fue uno de los más grandes alquimistas de la época, definió su objeto de estudio en Opus Tertium, refiriéndose a la transmutación como la generación de cosas a partir de otros elementos:
“Hay otra ciencia que trata sobre la generación de las cosas a partir de sus elementos y de todas las cosas inanimadas, así como de los elementos y líquidos (humores), simples y compuestos, piedras comunes, piedras preciosas y mármol, oro y otros metales, azufre, sales, pigmentos (atramentis), lapislázuli (azurium), aluminio y otros colores, aceites, betún, e infinitos más de los cuales no encontramos nada en los libros de Aristóteles. Tampoco los filósofos de la naturaleza ni ninguno de los latinos están familiarizados con estas cosas” (Bacon, [1268] 1859, p. lxxix).
Además de por Bacon, el nuevo saber fue objeto de interés por diversos maestros de prestigio como Alberto Magno, Tomás de Aquino o Arnau de Vilanova. A pesar de ello, desde su nacimiento a mediados del siglo XII, la alquimia fue objeto de oposición eclesiástica, sobre todo en las tres últimas décadas del siglo XIII cuando se desarrolló una creciente actitud hostil que culminó en la denuncia Contra alchymistas del inquisidor Nicolás Eymerich en 1396 (Newman, 1989, p. 439). La alquimia fue prohibida por las autoridades eclesiásticas y no pudo introducirse en los programas universitarios. El propio Bacon fue acusado de magia. Diversas órdenes religiosas, como los dominicos, los franciscanos o los cistercianos decretaron prohibiciones. Por ejemplo, los dominicos emitieron condenas en 1272, 1287, 1289 y 1323, prohibiendo su estudio y ordenando quemar todos los escritos (Ibíd., p. 440; en Thorndike, 1975, pp. 168-169).
Unos años antes, en 1317, el papa Juan XXII había condenado la alquimia mediante la bula Spondent quas non exhibent tras albergar una disputa entre los alquimistas y los filósofos naturales. La bula condenaba que “los alquimistas fingen hacer oro o plata genuinos mediante una transmutación sofística, aunque en la naturaleza no exista nada semejante” (Original en latín y traducción al castellano en Rodríguez, 1999; en latín y traducción al inglés en Walsh, 1908, pp. 125-126):
Como ha señalado Rodríguez (1999), desde el siglo XIII la proliferación del uso de la moneda para el comercio llevó a una fiebre por hacerse con metales preciosos, lo
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cual explica, en parte, tanto el auge del interés por la alquimia como las preocupaciones eclesiásticas y la aparición de los falsificadores a los que el edicto iba dirigido. La alquimia presentaba problemas a la iglesia tanto de índole moral como económica. Por una parte, suponía una invitación a la codicia y a la búsqueda de riquezas (Ibíd.) y, por otra, llevaba a una depreciación de la moneda que ponía en riesgo el bienestar económico (Newman, 1989, p. 440).
No obstante, lo interesante del escrito es, como señala Newman (Ibíd., p. 440), que especifica que los alquimistas fingen aquello que no está en la naturaleza de las
cosas (o como dice la versión en castellano del documento, “aunque en la naturaleza no
exista nada semejante”), lo cual sugiere que el papa no creía que la transmutación alquímica fuese posible. Su posición no derivaba del conocimiento científico, sino que reflejaba el pensamiento dominante fundamentado en la imposibilidad de modificar la obra de Dios. Según Newman (Ibíd., p. 441), la clave de la hostilidad hacia la alquimia se encuentra en que muchos defensores de la alquimia se centraban en sus implicaciones naturalistas mientras que sus detractores la analizaban a la luz de la teología. La innovación y el peligro que entrañaba la posición de los alquimistas queda patente en la conclusión de Newman (Ibíd):
“Nació una literatura propagandística de desarrollo tecnológico. Durante esta etapa innovadora, los escritores de alquimia y sus aliados produjeron uno de los primeros corpus literarios latinos en promover activamente la doctrina de que el arte puede igualar o superar los productos de la naturaleza, aun cuando el arte humano se aprende mediante la imitación de los procesos naturales […] [Algunos alquimistas] no rehuían de la conclusión de que el hombre puede incluso cambiar el orden del mundo natural alternado las especies de esos productos. Este sueño tecnológico, aunque prematuro, iba a tener un efecto duradero en la dirección tomada por la cultura
occidental” (p. 443)21
.
El principio de que las artes imitan a la naturaleza mantuvo la hegemonía durante todo el periodo medieval. Aunque los alquimistas no pretendían violar explícitamente este principio, introdujeron la posibilidad de transformar la naturaleza y, por ello, la disciplina fue objeto de oposición. A pesar de que prestigiosos maestros escribieron sobre la alquimia, el nuevo conocimiento no pudo enseñarse en las universidades. No obstante, no se pudo evitar que se abriese la puerta al futuro desarrollo tanto de una nueva ética como de una nueva epistemología durante el Renacimiento y la Revolución Científica.