El día que abandoné Hispania, los dioses me infundieron un sueño. Un joven heraldo de Zeus, ataviado con resplandecientes vestiduras, compareció ante mí y me ordenó seguirlo sin volver la vista atrás. Durante mucho tiempo caminé en pos de él, a través de un bosque espeso y umbrío, mientras percibía a mi espalda un creciente estruendo de árboles tronchados. Por fin no pude dominar por más tiempo mi curiosidad y volví la cabeza. Detrás de nosotros reptaba una serpiente gigantesca, monstruo espantable en cuyas terribles fauces estaba inscrita la negra muerte. Avanzaba a través del espeso bosque arrasándolo
todo. Me encontraba petrificado por aquella pavorosa visión cuando el rayo tronó sobre nuestras cabezas, a pesar de que el cielo estaba despejado y no había nubes. El joven heraldo de Zeus detuvo entonces su marcha y volviéndose hacia mí me amonestó: «Lo que has presenciado es la devastación de Italia. Ahora prosigue tu camino y no pretendas saber más. Respeta el secreto de los hados.» Después de esto, el ronco fragor de una tuba me despertó. Hice venir a Garesaya, el augur, y le ordené que se realizasen los pertinentes sacrificios a los dioses protectores de cada nación. Después proseguimos la marcha. Aquella misma tarde penetramos en el país de los galos, cuyas primeras tribus son todavía iberas, de tez morena y ojos oscuros. Los pisteros y exploradores que Alorco había apalabrado con Magalo, el jefe de los galos boios, nos aguardaban en el primer poblado. Tendieron una manta a mis pies y esparcieron sobre ella torques de plata y armas cinceladas, anchas espadas galas, afiladas como cuchillas. «Obsequio de Magalo», informó, escuetamente, el que parecía jefe de ellos. Eran rubios y fuertes, con largos bigotes que les llegaban hasta las clavículas. Guiados por ellos reanudamos la marcha sin apartarnos mucho de la costa. Nos conducían por cómodos y vetustos caminos ligures trazados por las tribus que poseyeron aquellas tierras en otro tiempo. Solamente nos detuvimos para saquear una colonia de Marsella, Agde, donde capturamos
un gran depósito de trigo y los carros necesarios para transportarlo. Compartí esta ganancia con los próceres galos de la comarca, quienes, al conocer el espléndido botín alcanzado, se habían quejado de las malas cosechas que sufrieron el año precedente. Monómaco porfiaba que mentían y que sus lamentos no eran sino una argucia para que les cediésemos parte de nuestras ganancias. Pero yo desoí sus protestas y compartí el grano de buena gana: era el debido tributo que nos permitiría atravesar aquellas tierras sin ser importunados.
A mediados de septiembre llegamos a la desembocadura del Ródano y acampamos para que cada pueblo ofreciese un sacrificio propiciatorio a sus dioses. Antes de juntarse con el mar, el río se dilata por la llanura y alcanza casi un kilómetro de ancho aunque su profundidad raramente excede los dos metros. Pero, como aquellas aguas son turbias y espesas, su visión espantó a los númidas y celtíberos poco habituados a tan grandes corrientes. A este problema se añadía otro aún más preocupante. En la orilla opuesta se había ido estableciendo, desde antes de nuestra llegada, un creciente número de belicosos galos voleos que pretendían impedirnos el paso.
En aquel punto confluyen dos caminos muy transitados por trajinantes y mercaderes. Hay sencillos embarcaderos con barcas de todos los tamaños, cuyos propietarios viven de alquilarlas para trasladar mercancías y
viajeros de una orilla a otra. Monómaco los contrató y no satisfecho con ello destacó a diversas patrullas río arriba para que compraran o requisaran todas las embarcaciones disponibles. Mientras tanto, los carpinteros cortaban troncos y construían toscas almadías y plataformas, bajo la dirección de Calcas. En dos días reunimos el material necesario para transportar al ejército al otro lado del río.
Mientras tanto encomendé a Hano, el hijo de Bomílcar, que formase un destacamento de dos mil españoles que supieran nadar y los llevase río arriba con la primera vigilia de la noche. A una jornada de marcha, el río se estrecha considerablemente. Uno de los ayudantes de Calcas acompañaba a la expedición, con un equipo de carpinteros, por si fuese necesario armar alguna balsa. Solamente construyeron dos, para los más pusilánimes. El resto de los españoles cruzó el río a nado o tendidos sobre sus escudos a los que habían sujetado odres, según la curiosa costumbre de su tierra.
El quinto día desde nuestra llegada, apenas amaneció, Hano hizo ahumada en la orilla opuesta, tierra adentro, para comunicarnos que se había situado en la retaguardia de los volcos, según lo acordado. Los galos son perezosos y descuidados en lo referente al reconocimiento y vigilancia del terreno. Todavía no habían descubierto su presencia detrás de ellos. Respondí con otra ahumada, hice sonar las tubas y dio comienzo el paso del Ródano. Bandadas de
golondrinas bajaban al agua y la rozaban con el extremo de sus alas, lo cual es un excelente augurio. Primero arrojamos al río las balsas más pesadas, para que frenaran algo el ímpetu de la corriente y facilitaran el cruce de las embarcaciones más pequeñas. Tropas escogidas se acomodaron, entre bromas y cánticos, en las primeras embarcaciones que partían. Los caballos las seguían en las almadías mayores. Muchos hombres que sabían nadar se lanzaron al agua detrás de las barcas en las que habían depositado sus armas y equipajes. Algunos de ellos arrastraban varios caballos de las bridas. Resultaba aleccionador contemplar cómo se dejaban conducir los inteligentes animales, nadando animosamente, y dando ejemplo de valor y nobleza a los pusilánimes que todavía permanecían en la orilla, sin acabar de decidirse a cruzar el río, remoloneando y ocupándose en mil menesteres innecesarios y escrutando el cielo en busca de funestos presagios.
Embarqué en uno de los esquifes, con cuatro remeros indígenas. A mi lado viajaba Sosilos, mortalmente pálido, abrazado al morral que contenía su biblioteca.
Los galos volcos se habían concentrado en la raya del agua y emitían sus gritos de guerra al tiempo que repicaban vigorosamente las armas sobre los escudos, según los bárbaros tienen por costumbre cuando, antes de la batalla, quieren amedrentar al adversario. Pero nuestros libios de
las canoas delanteras respondían con gritos todavía más espantables.
Cuando las embarcaciones más adelantadas estaban a punto de tocar la orilla opuesta, las tropas de Hano brotaron de los cañaverales y lanzaron sobre los sorprendidos voleos una lluvia de jabalinas y piedras. A continuación los acometieron con las falcatas. La sorpresa fue tan completa que los galos, viéndose atrapados entre los españoles que surgían a su espalda y los africanos que desembarcaban delante de ellos, desampararon el campo y huyeron vergonzosamente, abandonando sobre la playa todo su equipo y gran cantidad de cadáveres. Los hombres fueron desembarcando sin estorbo y, unidos a los que celebraban ruidosamente la fácil victoria, me aclamaban agitando sus lanzas. Cuando pisé tierra, Maharbal se reunió conmigo, hizo un esguince y comentó en voz baja:
-No sé si alegrarme, Aníbal. Galos como éstos serán nuestros aliados en Italia.
Las barcazas y almadías estuvieron transportando tropas, ganado y fardos de equipo durante toda la mañana. Por la tarde, Manalor vino a comunicarme que los elefantes estaban dispuestos. Les había administrado un fármaco que les produce soñolencia. Los barqueros arrimaron las almadías al embarcadero y extendieron sobre los maderos del piso una capa de juncia y tierra, para que los animales las creyeran prolongación de la tierra firme. Luego cada
indi arreó a su elefante. Primero subieron las hembras, que son más dóciles y suelen arrastrar en sus locuras (y en sus aciertos) a los machos, como también sucede en la especie humana. Cuando los treinta y siete proboscidios estuvieron embarcados, los barqueros soltaron amarras y las almadías se pusieron en movimiento, arrastradas por la suave corriente fluvial. Al separarse del embarcadero, el inteligente Surus advirtió el engaño y elevando su trompa emitió un poderoso gañido que puso sobre aviso a sus congéneres. Los elefantes comenzaron a removerse intranquilos y protestaron con sus roncas voces. Las plataformas que los sustentaban eran sólidas y estaban bien compensadas, pero el movimiento de los elefantes las hacía oscilar de un lado a otro de modo alarmante. Algunos indis pensaron que podían caer al agua, se aterrorizaron y transmitieron su miedo a los animales. Es sabido que el elefante huele el miedo de su cuidador y se deja llevar por él como el niño de pecho por el de su madre. Algunos elefantes, espantados, cayeron al agua, entre un hervor de gritos y gruñidos. Los que desde la orilla presenciábamos el desastre temimos que se perdieran fatalmente. Pero aquel día los augurios habían sido favorables y la fortuna nos acompañaba. La corriente del río no era muy fuerte ni muy profunda. Las inteligentes bestias lo atravesaron caminando sobre el fondo mientras respiraban a través de la probóscide, cuyo extremo asomaban, cómicamente, por
encima del agua. Cuando hicieron su aparición triunfal en la otra orilla, el ejército, que había asistido, angustiado, a la inmersión de las enormes bestias, manifestó su alivio y su alegría de las distintas maneras que son peculiares de cada nación, todas igualmente estruendosas: salvajes aclamaciones de los númidas, gozoso repiqueteo de escudos de los celtíberos y palmoteo rítmico de oretanos y tarsienos.
Cartalón, que había permanecido atento a la operación con la boca abierta y los ojos arrasados de emocionadas lágrimas, descargó una jubilosa palmada de su manaza sobre la frágil espalda de Monómaco.
-Esta vez no te resistirás a ceder el ganado necesario para el sacrificio, ¿verdad? ―le preguntó ―. ¡El dios tutelar de este río bien se merece una hecatombe por habernos devuelto a los elefantes!
Monómaco, malhumorado, se apartó del gigante. -No es piedad, sino mera glotonería la que habla por tu bo c a ―replicó frotándose el hombro dolorido ―. Si quieres hartarte de carne, aquí la tienes ya embroquetada
―añadió señalándole el traspasado cadáver de un voleo.
Establecimos el campamento cerca de la orilla y trabajamos hasta bien entrada la noche para acabar de pasar los carros de intendencia y el fardaje. Al caer la tarde llegó un destacamento de mil boios que enviaba el jefe Magalo. Había sabido que los volcos se disponían a atacarnos
cuando intentásemos cruzar el río y nos enviaba esta fuerza de protección. Sus hombres se admiraron mucho cuando contemplaron la fosa donde habíamos arrojado los cadáveres de los enemigos y se sorprendieron aún más cuando sus compatriotas, los guías, les comunicaron que solamente habíamos sufrido dos bajas.
El día segundo, una de nuestras patrullas de vigilancia regresó de la costa, reventando caballos, con sorprendentes nuevas:
-Hemos encontrado un gran ejército romano como a tres días de marcha. Están a este lado del río. Acababan de desembarcar. Uno de nuestros galos los espió, confundido entre los campesinos que ofrecen sus productos a los soldados. Ha sabido que son las tropas que el cónsul Escipión lleva a Hispania. Los oficiales son romanos pero la mayoría de los soldados son confederados italianos.
-¿Qué piensas de esto? ―pregunté a Alorco.
-Según nuestros últimos informes, iban a desembarcar en Hispania ―respondió ―, pero quizá han sabido que nos dirigíamos directamente contra Italia, lo que demuestra que con nosotros viajan espías romanos y que ningún plan puede mantenerse en secreto. Nos están esperando.
Pero mi preocupación del momento no era el secreto sino la posibilidad de que Escipión nos interceptara antes de emprender el ascenso de los Alpes. Por nada del mundo quería aceptar batalla. Fuera del suelo italiano cualquier
derrota romana podría ser minimizada para que su eco no afectase la cohesión interna de la Liga itálica. Ordené preparar inmediatamente la marcha y levantamos el campamento al día siguiente, antes de que amaneciera. Mientras tanto encomendé a un regimiento de jinetes númidas la tarea de patrullar el territorio a una jornada de distancia en la probable dirección del avance romano. Escogí a mis hombres, adrede, entre los más inexpertos. Al día siguiente se toparon con una fuerza similar de caballería, avanzadilla del ejército romano, y sostuvieron con ella una sangrienta escaramuza. Ninguno de los dos grupos prevaleció sobre el otro, lo que dio a Escipión una engañosa impresión del verdadero valor de mi caballería africana.
El espectro de uno de los númidas muertos, un viejo sargento llamado Arnas, visitó aquella noche a sus compañeros de tienda. Se detuvo ante ellos, sangrando un fosforescente licor blanco por su garganta seccionada, y extendiendo el brazo les señaló el camino de poniente. Después se esfumó en el aire. Inmediatamente se produjo un gran revuelo en las tiendas de los africanos. Los númidas creen que los augurios del año son don de las Pléyades, cuyo ocaso estaba próximo (pues lo que cuento sucedía a mediados de octubre). Sus augures no se ponían de acuerdo sobre la interpretación que habían de dar al prodigio. Según unos, lo que Arnas había querido indicar
era que debíamos regresar inmediatamente a Hispania; pero para otros el dedo del difunto señalaba el lugar del paraíso a donde van los guerreros caídos en combate y cuyas delicias él estaría degustando, presumiblemente, desde hacía unas horas. Hice reunir al ejército, con los jefes que entendían griego y púnico delante, y los arengué.
-¡Soldados! ―grité ―. No hay nada que temer. Dentro de tres días iniciaremos el ascenso a los montes de la Nieve. Estos guerreros galos que nos acompañan recorrieron el mismo camino la semana pasada. Vedlos aquí, sanos y contentos. No han venido volando. ¿Tenéis alas, Curtalo? ―El aludido negó con la cabeza y agitó cómicamente los brazos imitando a una torpe gaviota, lo que provocó una risotada en las primeras filas ―. No, no tienen alas ―proseguí ―. Pero conocen los caminos y saben que allá arriba no existen demonios, ni espíritus, ni enemigo alguno, aparte de los espantadizos lobos y algún que otro oso sarnoso. ¿Es que teméis a los lobos? ―Otra vez un estentóreo clamor «¡No! » se produjo en las primeras filas del ejército y después más atrás. Sonreí complacido ―. Pues entonces no os dejéis engañar por las patrañas de los cobardes y pusilánimes que os aconsejan regresar. Ellos llevan su ganancia en la vuelta, puesto que están a sueldo de Roma; vosotros tenéis vuestra ganancia en la llegada. Recordad las riquezas que conquistasteis en Sagunto. En Italia os aguardan cien ciudades aún más
prósperas que se nos rendirán en cuanto derrotemos a la loba. Otros ejércitos nos han precedido en este camino; otros guerreros han atravesado las montañas de la Nieve. Los galos insubros lo hicieron en tiempos de nuestros abuelos y después los boios, los lifones, los semones y los gálatas. Los volcos que hace cuatro días huían vergonzosamente delante de vuestras armas, son descendientes de los que un día conquistaron la propia Roma. Y ahora descansaremos lo que queda de día porque mañana hemos de madrugar para proseguir la marcha. A propósito, ¿alguno de vosotros rechazará una ración extra de vino?
Un unánime clamor aprobatorio se elevó del ejército y los hombres más borrachos comenzaron a palmear entusiásticamente sus escudos, gesto que fue prontamente imitado por el resto, en militar ovación. Delante de mí formaban mercenarios procedentes de doce naciones distintas, hombres morenos y rubios, altos y bajos, de costumbres bárbaras unos, refinadas otros. No se podían entender entre ellos puesto que hablaban nueve idiomas diferentes. Pero todos ellos comprendían el significado de una serie de palabras griegas y púnicas tales como «botín», «soldada», «plata», «mujer» y «vino». A través de ellas eran capaces de seguir el contenido de una arenga, así como la cóncava nave sigue los invisibles contornos de la costa con ayuda de las luminarias nocturnas.
Al día siguiente atravesamos el río Durance, de escaso caudal y heladas aguas, vigilados de lejos por algunos destacamentos de galos alobroques que se limitaban a importunar a nuestros forrajeadores. En cuanto veían separarse de nuestra formación algún pelotón de jinetes númidas, se esfumaban.
Por la tarde llegaron dos embajadas de galos, una del jefe Branco y otra de su hermano Arrero, que estaba rebelado contra él y le hacía cruda guerra. Me habían erigido en mediador de su disputa y se comprometían a aceptar mi veredicto, fuese cual fuese. Examiné las razones que cada uno de ellos expuso y, después de consultar a Sosilos y Calcas, sentencié que la jefatura le correspondía a Branco, si bien Arrero debía recibir los honores del segundo puesto y una generosa indemnización. Branco me quedó muy agradecido, me colmó de regalos, me facilitó guías para la montaña y distribuyó varias cargas de grano entre la tropa. Además, como notase que muchos de mis hombres no iban calzados adecuadamente, ni pertrechados de ropa de abrigo con la que afrontar los intensos fríos de las alturas, nos entregó gran cantidad de pellotes y abarcas de las que ellos usan, muy ingeniosamente fabricadas de corteza de árbol, madera y piel. Correspondí a su generosidad con diversas dádivas en joyas y plata amonedada y además le regalé un elefante que venía aquejado de diarrea y quizá no hubiese sobrevivido si lo
llevábamos a la nieve.
En cuanto a Arrero pareció resignarse de buena gana a ser el segundo de su hermano y ahogó las penas de la posible decepción bebiendo hasta emborracharse en compañía de Cartalón, con el que rápidamente había amistado. Cartalón lo condujo a las cercanías de Surus y, después de cerciorarse de que el elefante tenía a su alcance un balde de agua sucia, le preguntó:
-Dime, Arrero, ¿cuál es el nombre de nuestra común enemiga?
Arrero se rascó la cabeza y, después de un momento de profunda reflexión, dijo:
-¿Nuestra enemiga?: la maldita Perca.
Dijo así porque en la lengua de los galos la capital de los romanos se denomina de esta manera.
-No, no ―corrigió Cartalón ―. Tienes que decir Roma.
Advirtió su desliz cuando ya había pronunciado la palabra fatal. A continuación recibió el manguerazo de Surus. Apuró la copa de aguado vino que sostenía en la mano y dirigiéndose a los que habían presenciado el evento, aguardó a que cesaran las carcajadas y suplicó:
-Por favor, que no se entere de esto el bandido de Alorco.
Mientras estas cosas sucedían, Alorco regresó con las patrullas que habían estado espiando los movimientos de Escipión.
-Buenas noticias ―i nf o r mó ―, el romano se desesperó cuando encontró desmantelado nuestro campamento. Ha embarcado nuevamente a su tropa y la ha enviado a Hispania, al mando de su hermano Cneo. Él regresa a Italia, solo, en una trirreme ligera. Creo que nos esperará en el río Po, en cuanto descendamos de los Alpes. Al día siguiente emprendimos el ascenso. Por la parte
de las Galias, los Alpes se extienden a lo largo de doscientos kilómetros y van creciendo en altura y nieves a medida que se aproximan a Italia. El ejército quedó sobrecogido de emoción y todo su pavor se renovó cuando, al superar un collado, se disipó un poco la niebla dejando al descubierto el hermoso espectáculo de aquellas magníficas montañas cuyas inaccesibles cumbres alcanzaban las nubes y se ocultaban dentro de ellas. Exhorté a los jefes y augures diciéndoles: «Allá arriba habitan tribus salvajes de largas