Amílcar no se demoró en Cádiz más tiempo del estrictamente necesario para controlar los asuntos de la colonia. Después reunió a sus tropas y marchó hacia Poniente.
Esta vez no me llevó con él. Considerando conveniente reanudar mi instrucción con lecciones de gramática, retórica y dialéctica, había contratado al mejor pedagogo que pudo encontrar entre la menguada colonia griega de la ciudad. Así fue como entré en los dominios del ilustre Sosilos de Lacedemonia que, andando el tiempo, sería mi mejor amigo y consejero. De Sosilos aprendí la noble lengua griega y las otras cosas a ella pertenecientes:
el conocimiento, la equidad, la templanza, el sentido de la proporción y de la armonía, la estimación de la razón, el respeto a los dioses, tanto estatales como familiares, y a los hombres, tanto vivos como muertos. Y entre estos últimos, la admiración por Homero, Hesíodo y Platón.
Sosilos tenía veintisiete años. Había llegado a Cádiz acompañando el exilio de su padre, un filósofo ciego que, en tiempos de la guerra siciliana, hubo de huir de Siracusa bajo la acusación de connivencia con los cartagineses.
La primera campaña de Amílcar fue contra los tartesios turdetanos que habitan la región de Tarsis (aunque existen otras Tarsis en Hispania), donde están los dos ríos, el Iberus, cuyas aguas saben a hierro, y el Sangre, así llamado por el color de la escoria mineral que tiñe sus orillas. Los tartesios turdetanos son increíblemente ricos no sólo por los metales que extraen de sus montañas, sino por el estaño y el oro, procedente de otros territorios del interior, con el que comercian. Como suele acaecer a los pueblos amantes de la vida regalada, entre los tartesios abundan los poetas, cantores y músicos, espléndidamente pagados por los numerosos mecenas, pero escasean los buenos soldados. Prefieren confiar la defensa de sus ciudades a celtíberos asalariados que contratan en las tierras del norte.
Cuando los tartesios supieron que Amílcar había llegado a Cádiz con un potente ejército, se apresuraron a
llamar en su auxilio a dos tribus celtíberas de la meseta cuyos caudillos, los hermanos Istolacio e Indortes, se habían proclamado reyes de un extenso territorio.
Amílcar procedió con rapidez. Primero invadió las tierras de Tarsis y conquistó sus poblados y sus minas, antes de que los refuerzos celtíberos pudiesen alcanzar territorio púnico. Dejó en estos lugares guarniciones libias y, llevando consigo a toda la caballería númida de Nuras Avas, remontó el Guadalquivir para salir al paso de los bárbaros. Los tomó por sorpresa y los cercó en la colina de Aipa, donde habían acampado. Es bien conocida la brillante estratagema de que se sirvió para derrotarlos: amagó una huida de su infantería pesada al tiempo que lanzaba la caballería sobre Indortes. Éste, empeñado en el alcance de los que huían, había cometido la torpeza de congregar a su gente en una posición difícil, donde les resultaba imposible desplegarse. Istolacio acudió en ayuda de su hermano pero un númida le abrió la cabeza de un sablazo. A Indortes lo capturaron vivo. Amílcar permitió que le sacaran los ojos antes de crucificarlo, en castigo por la castración y empalamiento de unos exploradores que los bárbaros habían capturado la víspera de la batalla. Indortes, puesto en la cruz, murió entonando cantos guerreros.
En esta ocasión se puso de manifiesto una curiosa costumbre de los españoles. Muchos guerreros están ligados a su caudillo por un solemne juramento que, en
caso de que éste muera en combate, los obliga a suicidarse. Al menos doscientos seguidores de Istolacio e Indortes se sacrificaron de esta forma, degollándose unos a otros en el mismo campo de batalla. Pero también hubo muchos otros que, viéndose cercados y sin posibilidad de salvarse, se rindieron y entregaron las armas. Casi todos ellos consintieron en unirse al ejército de Amílcar.
Algunos soldados de Istolacio eran turdetanos, incorporados por la fuerza en diversos lugares del Guadalquivir. Estos turdetanos son guerreros de menor calidad. Mostrándose magnánimo con ellos, Amílcar renunció a alistarlos, les devolvió sus armas y los dejó en libertad para que pudiesen regresar a sus lugares de origen. Muchos senados y régulos de dichos lugares, ganados por la clemencia de Amílcar y temerosos de su poder, se apresuraron a renovar los antiguos tratados. Amílcar impuso los mismos tributos que solían satisfacer e idénticas obligaciones, especialmente la de mantener reparadas y libres de bandidos las calzadas por las que la plata de Sierra Morena había de llegar a los puertos de la costa. Con estas y otras acertadas disposiciones de gobierno, mi padre se atrajo la amistad de muchos españoles, si bien es cierto que otros se resistieron a aceptar los antiguos tratados, con su pesada carga de tributos y servidumbres, y hubieron de ser sometidos por fuerza de armas.
En una de sus visitas a Cádiz, Amílcar me trajo un esclavo. Era un niño oretano, de unos cuatro años de edad, al que habían encontrado llorando y casi ahilado de hambre entre las ruinas de un poblado incendiado. No tenía nombre ni sabía hablar. Sosilos lo llamó Hermión. Este esclavo me ha acompañado durante toda mi vida. Incluso ahora, en mi desgracia, no se aparta de mí. Levanto la cabeza de estas líneas, miro por la ventana y puedo verlo frente a mi prisión a la sombra de la escuálida palmera. Lleva toda la tarde reparando, con infantil aplicación, una trompeta de juguete que le han regalado los soldados que me custodian. Las fatigas de Italia y la tortura a que lo sometieron los romanos, lo volvieron loco. Ahora vuelve a ser aquel niño oretano babeante que no sabe hablar y que me sigue a todas partes como un perro. Siento hacia él una piedad infinita. A menudo me sorprendo considerando, con pesar, lo que será de él después de mi muerte.
Los éxitos de Amílcar devolvieron la prosperidad a los exhaustos graneros y almacenes de Cartago. Descendió el precio del pan y se puso coto a las especulaciones de Hannón y sus secuaces del partido agrícola. Con esta mudanza se avivó el rencor que el Gran Consejo y los senadores afectados profesaban hacia los Barca. Ellos mismos denunciaron a mi padre e hicieron llegar a Roma detallados informes de sus conquistas. Los Claudios y los Escipiones presionaron para que una comisión oficial del
Senado viajase a Hispania con objeto de investigar sobre el terreno los progresos de Amílcar. Uno de aquellos parlamentarios fue Cayo Papirio, el que sería cónsul el año 231. Papirio recordó a mi padre que el tratado de 348 seguía vigente. Este tratado, cuyo principal objeto era salvaguardar Denia y otras colonias marsellesas y griegas aliadas de Roma, señalaba el cabo Farina como límite de la expansión cartaginesa. Amílcar justificó sus conquistas alegando que aquellas colonias y factorías habían sido abandonadas por los griegos en tiempos de la rebelión hispánica y, por lo tanto, cuando él las capturó se encontraban despobladas y desiertas. Por otra parte, Cartago precisaba nuevos recursos si quería reunir la gran cantidad de plata que cada año había de pagar a Roma. Este argumento confundió a los romanos. Nunca han sido buenos negociadores. Hace demasiado poco que dejaron el arado y aún huelen a estiércol. Son incapaces de apreciar la complejidad de un pacto internacional, habituados como están a las sencillas transacciones de sus padres: dos medidas de grano, una vaca, treinta cerdas paridas. Sabían que habían cometido el error de subestimar la capacidad de recuperación de Cartago y lamentaban no habernos lastrado con una indemnización de guerra aún mayor, suficientemente abusiva como para impedirnos levantar cabeza.
convicción de haber sido burlados por Amílcar. Pero no fueron los únicos decepcionados. Un mes después mi padre recibió un detallado informe de su primo Arbil en el que daba cuenta de las furibundas denuncias que Hannón promovía en la Balanza. Era evidente que también los agrícolas de Cartago se habían sentido insultados por el éxito del Barca.
Escribo a ratos y dormito después de apurar mi ración de espeso vino. En mis sueños creo recordar, quizá recuerdo, quizá veo, a mi padre y a Sileno, su secretario griego. Son otra vez jóvenes. Nuevamente resuenan en mis oídos palabras pronunciadas en el otro extremo de mi vida.
-Cartago es como un barco a la deriva, gobernado por una pandilla de incompetentes. Privado de la mano de un hábil piloto que lo conduzca a buen puerto, es seguro que pronto se irá a pique. Pero hemos nacido en una época desgraciada, señor. Los dioses nos han vuelto la espalda como antes a los griegos y antes de ellos a los persas. La ciudad está en manos de tenderos que por no arriesgar la ganancia de mañana son capaces de permitir que la república se pierda para siempre. Además desconfían de los Barca. Están convencidos de que aspiras a restaurar la antigua monarquía. Quizá no vayan descaminados. Es posible que la salvación de Cartago esté en manos de los Barca, pero si los Barca salvan a Cartago, habrá que hacerlos reyes. Nunca seremos reyes. La Balanza y el Gran
Consejo abrirían las puertas a los romanos antes que permitir que un Barca rigiera la ciudad. No nos engañemos: en Hispania acuñamos monedas con nuestra efigie, para que los indígenas nos respeten y teman como a criaturas divinas, pero nunca seremos reyes. Mi corazón se entristece por la camada del león, por mis pobres hijos, no ya por Cartago ni por las Setenta estirpes de los púnicos de las que pronto no quedará memoria.
Omitiré el relato de las victoriosas campañas de Amílcar puesto que ya las ha historiado insuperablemente Sileno. En el año 233 falleció mi madre, a la que no había vuelto a ver después de la triste despedida en el Cotón. Aquel mismo año el fiel Arbil trajo a Cádiz a mis hermanos Asdrúbal y Magón.
Mientras tanto, la Balanza reclutaba colonos y nombraba a los oficiales administrativos que habrían de hacerse cargo de la creciente burocracia de Hispania. Llegaban unos y otros en multitud creciente, atraídos por las fáciles ganancias, impacientes por enriquecerse, dispuestos a sangrar las antiguas colonias que mi padre reconquistaba o las nuevas que fundaba a lo largo de las costas levantinas. Gracias al ventajoso tratado, muchas factorías y mercados abandonados por los griegos pasaban ahora a dominio de pleno derecho de los púnicos.
En el ejército de Amílcar nuevos oficiales jóvenes y capaces fueron sustituyendo a los sicilianos muertos en
combate o retirados de las armas por la achacosa vejez. Estos últimos recibían espléndidas fincas en la Turdetania y se retiraban a vivir en ellas rodeados de esclavos, de bellas muchachas gaditanas y de músicos. Cartalón, al que creo haber mencionado ya, se hizo cargo de la caballería; Asdrúbal Lacón, el medio libio que sólo pensaba en las mujeres y la pelea, entrenaba a los nuevos reclutas y los hacía combatir a la griega. Nuevos contingentes llegaban de África al mando de Amarca; más de dos mil númidas se alistaron en los regimientos de Nuras Ava, atraídos por las pagas y los regalos.
Después de conquistar la costa y de establecer nuevamente el comercio a lo largo de las tres vías de la plata tradicionales (por el Guadalquivir, por Baza y por Levante), Amílcar amplió sus conquistas hacia el interior del país. Cada cierto tiempo recibía una carta de la Balanza ordenándole que nombrase funcionarios gubernativos para el control y administración de los nuevos poblados y territorios. Pero lo último que Amílcar deseaba era aceptar la rémora de espías oficiales mantenidos a sus expensas. A cada nueva requisitoria recibida, Sileno, el eficiente secretario de cartas, respondía con su amable y fría prosa oficial que tal poblado o tal región distaban mucho de encontrarse totalmente pacificados. El territorio de la colonia hispánica se había duplicado en apenas ocho años, desde la llegada de Amílcar, pero, a efectos oficiales, sólo
las antiguas factorías de la costa recibieron nuevos gobernadores designados por la Balanza. En el interior, los agentes comerciales de los Barca eran los gobernadores efectivos, con potestad para recaudar impuestos, alistar tropas, imponer penas y juzgar delitos reservados. Amílcar estableció un escalafón sobre los libros de su mayordomía y una escala proporcional de salarios y gratificaciones. De hecho algunos competentes empleados de la Casa del Comercio devolvieron sus credenciales al registro de la Balanza y se ajustaron con los Barca, atraídos por sus salarios más elevados y mejores perspectivas de promoción futura. Este tipo de política iniciada por mi padre fue luego mantenida por Asdrúbal y después por mí mismo a través de nuestro fiel ministro Sileno. Sólo tuvo un problema: la mayoría de estos eficientes funcionarios continuaron espiando para sus amigos de Cartago. Pero esto lo supe cuando ya era demasiado tarde.
La explotación de tributos apenas alcanzaba para satisfacer las soldadas, recompensas y retiros del ejército. Por lo tanto los Barca nos reservamos el monopolio comercial de los más variados productos de la Turdetania: trigo, vino, aceite, cera, miel, tejidos, pez, cochinilla, minio (de mejor calidad que el de la tierra sinópica), sal fósil y lanas. Para escapar al control de los funcionarios de la Balanza, casi todo este comercio se encauzaba por puertos privados, principalmente los de Adra y Baria, y por
otros de las vecinas costas Baleares y marroquíes a donde acudían las panzudas naves, de hasta dos mil ánforas de capacidad, que luego pasaban los estrechos de Sicilia y Cartago e iban a surtir los ávidos mercados del Este.
Cuando cumplí catorce años, Amílcar me concedió mando de tropa y me regaló una hermosa falcata. Así se llama el sable corto que usan los españoles. Su hoja no es recta sino en forma de ángulo, con el filo en la parte interior. Sus tajos infligen terribles heridas y son capaces de penetrar el escudo y cortar el brazo que lo sostiene o de decapitar limpiamente al adversario. En las fiestas hispánicas es frecuente el espectáculo de contemplar cómo los guerreros, excitados por la bebida, descabezan nervudos toros con un solo tajo de sus falcatas. Esta arma es lo más valioso que posee un guerrero hispano. La aprecia más que a su mujer y a sus hijos pues sin ella toda la familia perecería de hambre. Cuando quieren probar si una falcata es buena, la apoyan de plano sobre la cabeza y la doblan hasta que la punta y la empuñadura tocan los hombros. Luego la sueltan de golpe y el sable salta en el aire como un resorte y se endereza de nuevo sin que quede rastro alguno de torcedura: esto es indicio de que la hoja está bien forjada. El secreto de tal elasticidad reside, por una parte, en el hierro extremadamente puro y muy trabajado que utilizan y, por otra, en su labrado en frío, sobre dos láminas superpuestas de metal que van trabando a base de pequeños
y repetidos martillazos, de manera que las caras exteriores se endurezcan convenientemente mientras que el núcleo interior se mantiene blando y elástico.
Entonces comenzó mi vida militar. Sosilos continuaba acompañándome, pero ya más como amigo que como preceptor, aunque seguía reprendiéndome cuando no prestaba atención a sus lecciones. En estos casos intentaba distanciarse otorgándome el título de «señor», lo que hacía que nuestra relación resultase bastante cómica, particularmente cuando yo fingía enfadarme, dejándome llevar por mi sangre fenicia según él, y amenazaba con hacerlo despellejar.
La primera misión importante que me encomendó Amílcar consistió en inspeccionar y reforzar la línea de castillos y recintos que vigilaba la vía de la plata a lo largo del Guadalquivir. Esta línea se extiende desde las mismas fuentes del río hasta los llanos de Triana, en el lugar llamado Sevilla, donde hay un embarcadero de gabarras y una serie de almacenes.
Antes de remontar el río ofrecí el sacrificio acostumbrado a Fósforos, cuyo santuario está en la desembocadura. Es un lugar más pintoresco que sobrecogedor. Delante de la costa se extiende una dilatada barra arenosa salpicada de pecios en los que habitan suculentos langostinos. Grandes bandadas de pájaros de las más diversas especies cruzan constantemente por el cielo
camino de las marismas. Las mareas se dejan notar más de cien kilómetros río arriba, favoreciendo la navegación de barcos de carga hasta los embarcaderos de Triana. Las penteras y barcos de menor calado pueden llegar mucho más lejos, hasta un poblado que llaman Córdoba, cuyos varones son famosos entre los turdetanos por la fecundidad de su pensamiento y rectitud de sus juicios, así como los griegos lo son entre nosotros. Este viaje fluvial es placentero, pues el río discurre entre arboledas y plantaciones de variadas especies cultivadas con gran esmero.
En invierno se desaparejaban los buques y cesaban los transportes fluviales. Entonces me retiraba al campamento principal, en Carmona, mientras que mi padre regresaba a Cádiz para cuidarse de organizar los envíos de plata. La flota de Asdrúbal Janto había aumentado a cincuenta penteras. En cada tornavuelta traía cierto número de familias púnicas que el sufeta del mar ajustaba para poblar las nuevas colonias y algunos lugares convenientes, entre ellos la propia Carmona.
En Carmona adopté las disposiciones necesarias para el mejor gobierno y defensa de la ciudad. Hice acampar a las tropas fuera de los muros, para quitarlos de comodidades y evitar que molestasen a la población, si bien dispuse que los númidas que tuviesen mujer e hijos se alojasen en la acrópolis. Por mi parte instalé mi residencia
en una torre fuerte desde la que podía inspeccionar cómodamente la construcción de la puerta de Melcarte. Además, quedaba a un paso del campamento mayor, cuyas primeras chozas se apoyaban en la nueva muralla. Conservo un recuerdo especialmente grato de un invierno en que Sosilos vino a reunirse conmigo, siempre deseoso, como él decía, de atemperar mi natural inclinación hacia las bárbaras costumbres de la milicia. Más exigente que nunca, impuso que nos comunicásemos solamente en griego. Considerando que ya era llegada la hora de invertir mi talento en una obra de más ambición que las consabidas odas escolares, se empeñó en que redactara un ensayo extenso. Me propuso diversos temas, entre los que escogí el que me pareció menos tedioso: un comentario de las campañas asiáticas de Cneo Manlio Vulso.
Fue un invierno excepcionalmente lluvioso. Las riadas del Guadalquivir arrastraron el puente de barcas que Amílcar había construido la primavera anterior para el trasiego de los elefantes. La campiña se inundó. El campo de armas estaba tan encharcado que hubo que suspender los entrenamientos de la tropa. Obligado a permanecer inactivo en los vastos aposentos de la torre Melcarte, me entregué con verdadera fruición al estudio de los libros que Sosilos había traído de Cádiz y a la composición de mi obra.
Cierro el ojo y puedo percibir el crepitar de los leños con que Hermión alimentaba la chimenea del salón
mientras que la lluvia rebotaba sobre el alabastro de la ventana y las ráfagas de viento helado se colaban por debajo