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EL PENSAMIENTO COTIDIANO

In document Desarrollo Del pensamiento (página 33-39)

En el análisis científico hay muchos datos y poca acción, mientras que en el pensamiento diario hay mucha acción pero pocos datos. La acción constituye el objetivo, fundamental del pensamiento cotidiano. De lo que se trata no es de acumular todo el conocimiento posible sino de contentarse exactamente con el conocimiento que basta para saber cómo obrar a continuación.

Un científico puede elegir dedicar su vida al estudio estricto de la estructura genética de las alas del mosquito. La investigación científica puede optar por concentrarse en un reducido campo de interés, pero el pensamiento cotidiano tiene que entendérselas con toda clase de situaciones, con las que tropieza sin haberlas buscado. Normalmente no cuenta sino con unos pocos datos. El pensamiento cotidiano tiene que ocuparse de temas tan vagos como la conducta humana, la política y la economía. Aun en casos en que se dispone de buenos datos, es posible que resulte difícil acceder a ellos con la celeridad que requiere la acción.

Si el pensamiento cotidiano obedeciese las normas de investigación se haría imposible la vida, puesto que nadie podría actuar en forma práctica. La finalidad que se persigue con la comprensión, cuando se trata del pensamiento cotidiano, es muy distinta de la que se persigue en la investigación científica. Lo que se busca no es ya el nivel más detallado posible de explicación sino el más simple entre los que permiten ir adelante y hacer algo. En cuanto nos permite hacer algo con respecto a la situación que enfrentamos, la explicación es ya suficientemente detallada. El marido vuelve a su hogar por la tarde malhumorado y en un estado de irritación. La esposa no sabe cómo tratarlo, hasta que se entera de que ha perdido su portafolio en la calle.

Hacer algo: Una explicación será suficientemente detallada cuando nos permita: 1. Decidir que no vale la pena preocuparse por la situación y que podemos desentendernos de ella. (Un accidente de tránsito en una ciudad lejana)

2

De BONO, Edward. “El pensamiento práctico”, cuatro caminos para estar en lo correcto. Cinco caminos para estar equivocado. Cinco caminos para entender. Paidós Empresa. Barcelona, 2ª edición, 1989.

2. Decidir que la situación es importante pero que, por el momento, no nos exige pasar a la acción (caída de precios en el mercado)

3. Decidir que la situación es peligrosa y que convendría evitarla. (Hacer cambiar las llantas muy deterioradas)

4. Decidir que la situación es ventajosa y que convendría aprovecharla (un viaje de vacaciones a precio reducido).

5. Decidir una respuesta concreta para una situación concreta (el médico que elige la penicilina para tratar una gripe aguda).

6. Decidir que nos hace falta una explicación más detallada (estudiar un poco el proceso de resolución de problemas y el desarrollo del pensamiento).

Nada de todo esto requiere en forma inmediata una explicación ampliamente detallada. Para poder hacer algo —seguir avanzando— nos basta con una explicación de cualquiera de los otros niveles. Como es evidente, es posible que el curso de acción a seguir suponga la necesidad de elaborar nuevos detalles de más alto nivel de explicación. Pero sólo ocurrirá en algunos casos.

Necesidad y uso: Supongamos que tenemos que cruzar un valle escarpado. Si vamos a pie y estamos con apuro podríamos cruzar el puente endeble que atraviesa el valle por las cumbres. Si vamos en automóvil podríamos utilizar el puente más corto, y por lo tanto más sólido, instalado a media altura por las laderas del valle. Si conducimos un camión, preferiremos servimos del puente más corto y más fuerte aun, construido cerca del fondo del valle, lo atravesaríamos y ascenderíamos por el otro lado. Estos puentes de distinta solidez e instalados a distintos niveles corresponden a los diferentes niveles de comprensión. Utilizamos el puente o el nivel que es lo suficientemente sólido para el objetivo que nos proponemos. No tenemos por qué descender hasta el fondo del valle cada vez que pretendemos cruzarlo, como tampoco necesitamos conocer la estructura molecular de la albúmina para hacer un huevo hervido. Si estamos con apuro, puede resultar más práctico el puente largo y endeble que atraviesa el valle por las cumbres.

El peligro de los detalles: Si bien no siempre es necesario el nivel de explicación más detallado, ¿no es mejor tender a él siempre que sea posible? Espontáneamente sentimos que, pudiendo, deberíamos esforzarnos por llegar a un alto nivel. Admiramos las explicaciones pormenorizadas y pedimos disculpas por la superficialidad de estas explicaciones de un nivel inferior. Tiene mayor valor conocer las enfermedades de las plantas que atribuir el fracaso de la cosecha al enojo de las divinidades de piedra que presiden la agricultura.

Por otro lado, el exceso de detalles puede entrañar un peligro, ¿es cierto o es un error? Como saben muy bien los políticos, los médicos, los astrólogos y los adivinos, para reducir el riesgo de equivocarse conviene atenerse a los niveles generales de explicación, porque al comprometernos con detalles aumentamos el riesgo de equivocamos. Tal vez parezca una actitud cobarde. Pero cuando debemos elegir una forma adecuada de actuar, es mejor basarse en una explicación general difícilmente equivocada que en otra más detallada, pero con grandes riesgos de ser errónea. En la ciencia, por el contrario, el objetivo consiste precisamente en comprometerse con explicaciones detalladas, porque así podremos probar que estamos equivocados y formular nuevas hipótesis mejores que la anterior.

Aun en el campo de la ciencia el esfuerzo por suministrar explicaciones detalladas puede ser nocivo, cuando los datos son insuficientes para formular una explicación. La mente humana tiene una fuerte inclinación a producir sistemas inmensamente detallados, que sólo se convalidan por la forma perfecta en que sus componentes encajan entre si. La historia de la ciencia está llena de explicaciones detalladas formuladas por alquimistas, astrólogos, frenólogos, etc. Especialmente la historia de la medicina y de la psicología está repleta de explicaciones minuciosas que, lejos de favorecerlo, han obstaculizado el progreso. Si sólo contamos con una explicación vaga, entonces nos esforzamos por mejorarla y estamos abiertos a nuevas ideas. Sí tenemos una explicación detallada y aparentemente completa, todo lo que buscamos es preservarla y defenderla.

Lo que cuenta es la utilidad: Sería un error suponer que las explicaciones generales son mejores que las detalladas. Pero también lo sería afirmar que, automáticamente, las explicaciones detalladas son mejores que las generales. Lo que en realidad interesa es la utilidad de la explicación. Con frecuencia los detalles no acrecientan la utilidad sino que sólo brindan una falsa apariencia de validez. Lo que interesa con respecto a las explicaciones es a dónde nos conducen. Y en ciertos casos es más fácil avanzar partiendo de una idea general que hacerlo a partir de una idea detallada, de la que luego deberemos apartarnos para reiniciar el camino. El escollo que se oculta consiste en que tendemos a establecernos en las ideas generales y a no abandonarlas, puesto que no aparece como urgente la necesidad de cambiarlas.

Cajones negros: ¿Cómo funciona un automóvil? Funciona "conectando el encendido". Esto es todo lo que sabe la mayor parte de la gente acerca de los automóviles. Saben que por algún lugar hay un motor (ni siquiera pueden precisar si está adelante o detrás) y unos engranajes y otras cosas, pero para utilizar el vehículo no se requiere que sepamos cómo funciona todo eso. Con sólo que subamos y conectemos, ya podemos utilizar el automóvil tan eficazmente como otro que lo sabe todo acerca de motores a gasolina, carburadores e inyección del combustible.

Para la mayor parte de la gente un automóvil es un "cajón negro". Sabemos cómo usarlo pero no sabemos qué tiene adentro. La designación "cajón negro" indica que no podemos ver lo que está sucediendo en el interior. Todo lo que necesitamos saber acerca de un cajón negro es que, si hacemos determinadas cosas (como por ejemplo conectar el encendido), ocurrirán otras también determinadas (por ejemplo, el vehículo se pondrá en movimiento). No hace falta que sepamos qué sucede entre una cosa y la otra. Para hablar por teléfono no se requiere que estemos informados sobre micrófonos, bobinas de inducción, repetidores, etc. Para encender el televisor y mirar una película de vaqueros no se exige saber de tubos de rayos catódicos, pantallas fluorescentes, barrido de señales, etc. Todo lo que necesitamos saber acerca de la aspiradora es que, si oprimimos un botón, comienza a funcionar.

Oprimir el botón apropiado: La característica más notable en los dibujos de niños entre cinco y ocho años de edad es el modo en que emplean el control por medio de botones. A cualquier máquina, por primitiva que sea se la provee cuidadosamente de un botón para iniciar el funcionamiento y de otro para detenerlo. Los botones no controlan el funcionamiento interno. Los botones son el funcionamiento.

Si hace falta obtener un determinado efecto, se coloca un botón especial. "Oprimiendo el botón apropiado se puede obtener cualquier cosa". En un dibujo de un niño de seis años, la bicicleta del cartero estaba provista de tres botones: el primero proporcionaba una taza de té caliente, el segundo mantenía el movimiento y aseguraba la estabilidad de la bicicleta mientras el cartero leía una historia cómica (una especie de piloto automático), y el tercer botón hacía aparecer en forma Instantánea un esclavo que corría a depositar las cartas en el buzón. Los tres botones estaban alineados en el manubrio.

Este lenguaje de botones que se aprietan es producto directo del haberse desarrollado en la era de la electricidad y de la electrónica. Todo lo que tenemos es una caja: oprimimos el botón preciso y obtenemos el efecto deseado. El lenguaje de los botones reemplaza al antiguo idioma de las causas y los efectos, en el que era posible observar lo que sucedía. En el Idioma de las causas y los efectos, sí se quería lavar la ropa, se la restregaba y enjuagaba en una tina; si se trataba de transportar ladrillos a la parte superior de una construcción se utilizaban cuerdas y poleas. En el idioma de los botones utilizamos una máquina lavadora o un montacargas, y en ambos casos nos limitamos a oprimir un botón. Es muy posible que la transición del idioma de las causas y los efectos al idioma de los botones constituya el cambio cultural más importante acontecido en el terreno del pensamiento en estos últimos siglos.

En cierto sentido, el idioma de los botones es un retorno a la época de las fórmulas mágicas y los dioses especiales. Si se deseaba producir un determinado efecto, todo lo que se debía hacer era "provocarlo" mediante el conjuro o el hechizo apropiados. Sí se quería hacer llover bastaba con oprimir el botón correspondiente, y lo mismo para lograr que el enemigo cayera enfermo. La relación entre el conjuro o el hechizo y el efecto producido es tan poco comprensible como la que existe entre el accionar un botón del televisor y la imagen que aparece en el aparato. Ya no se observa una cadena de causas y efectos sino que todo ocurre en forma misteriosa. El procedimiento ahora consiste en descubrir la identidad. En lugar de hacer que las cosas ocurran, se descubre el botón que corresponde (o el encantamiento que corresponde) y se desencadena el proceso. Como decíamos antes, la electricidad es la magia moderna, que se controla oprimiendo el botón apropiado.

Tal vez este idioma de los botones parezca más primitivo, puesto que es un retorno a la época de la "magia". Pero en otro sentido es un paso adelante hacia una forma más refinada de percibir las cosas. El enfoque estático, típico de la ciencia del siglo XIX, ha sido reemplazado por un interés cada vez mayor por la organización de sistemas complejos. En parte, esto se debe al interés cada vez mayor por los organismos vivos, que son sistemas complejos imposibles de desmontar como se puede desmontar un motor a vapor. Si amontonamos tres libros poniéndolos uno sobre otro, tendremos una pila de tres libros hasta que los retiremos. Es el antiguo idioma de la causa y el efecto, el enfoque estático. Los sistemas complejos, en cambio, funcionan sin pausa. De lo que se trata entonces no es de hacer que las cosas sucedan sino de encontrar el modo de influir sobre las cosas para provocar el efecto deseado. Es el enfoque dinámico. El efecto producido no es el resultado lógico de lo que hacemos sino que depende del funcionamiento del sistema mismo del cajón negro, así como la imagen del aparato de televisión depende del funcionamiento interno del aparato de televisión y sólo es provocada por el hecho de apretar el botón correspondiente. Lo que hace el médico cuando emplea un antibiótico como la penicilina para matar gérmenes no equivale a

pegarle un golpe en la cabeza a cada uno de los gérmenes con un pequeño martillo, como sería en el caso de que empleara un desinfectante fuerte. El antibiótico provoca en el germen ciertos cambios que lo incapacitan para reproducirse. Luego el sistema defensivo del cuerpo mata los gérmenes. De modo que, al emplear el antibiótico, lo que estamos haciendo es aprovechar tanto el "sistema" del germen como el "sistema" del cuerpo.

La medicina y la biología dan por supuesta la existencia de sistemas complejos y están siempre a la búsqueda de los botones que, al ser pulsados, desencadenen el efecto deseado. En unos pocos casos se comprende en su totalidad el mecanismo que actúa, pero lo usual es que se descubra el botón conveniente sin conocer realmente cuál es el mecanismo que se ha puesto en marcha. La aspirina es una de las drogas más efectivas y más útiles, y para hablar de su consumo se emplea como medida la tonelada. Sin embargo, aún no tenemos una idea precisa sobre el modo en que actúa. Su empleo hace recordar bastante a aquella bicicleta de cartero, en la que oprimiendo un botón aparecía una taza de té servida.

Lo que debemos considerar como más avanzado que el tosco manejo de las causas y los efectos del pasado es, precisamente, esta tendencia al aprovechamiento de los sistemas complejos, gracias al descubrimiento de los botones apropiados. En la actualidad, por ejemplo, sí lo que se busca es condicionar el pensamiento de la gente, son mucho más efectivas unas pocas palabras cuidadosamente escogidas por su capacidad para desencadenar efectos a través de los medios de comunicación, que otras medidas tan toscas como encerrar en campos de concentración o quemar en la hoguera.

La era de la automatización: Opinan algunos que a medida que la maquinaria industrial, y hasta la misma maquinaria que se emplea en el hogar, se vaya tornando más compleja, llegará un momento en el que la mayor parte de la gente no tendrá la capacidad suficiente para hacer cosa alguna. El peligro se evitará gracias a la implantación del lenguaje de los botones. Por complicada que sea la maquinaria, basta con que sepamos oprimir el botón correcto. En realidad, ya el automóvil es una maquinarla extremadamente complicada, y sin embargo no se requiere ser un genio o un ingeniero para manejarlo.

Aprovechar la ignorancia: Para algunos, eso de los "cajones negros" no es más que un sinónimo de ignorancia. Y sin embargo nos permite aprovechar la ignorancia eficazmente, en lugar de rendirnos ante ella. Tal vez el ingeniero especializado en la construcción de automóviles mire con desprecio a la rubia elegante para quien el automóvil es una caja mágica que se acciona haciendo girar la llave del encendido.

Pero también el ingeniero se sirve de cajones negros de un modo absolutamente similar. Lo que se sabe acerca de la fisicoquímica de la expansión de la nafta, ¿es todo lo que se puede saber, o solamente lo que se necesita para aprovechar esa expansión al estilo de los cajones negros? ¿Sabe todo lo que se puede saber acerca de la física superficial de los lubricantes, o simplemente los utiliza como elementos dotados de determinadas propiedades? ¿Sabe todo lo que se puede saber acerca de las ruedas dentadas, o se reduce a utilizar, al estilo de los cajones negros, las ruedas dentadas que ponen en sus manos?

Por mucho que avancemos en el proceso de la comprensión; siempre acabamos topándonos con un cajón negro. Ello se debe a que es más simple percibir un efecto que

comprender cómo se produce. La ciencia está repleta de cajones negros. La gravedad es un buen ejemplo. Conocemos sus efectos, sabemos calcularla y podemos utilizarla con la precisión suficiente como para enviar un hombre a la Luna. Pero no la conocemos realmente. El "magnetismo" es otro cajón negro. También lo es la noción de "electrón", y hasta la misma "luz". Uno de los procesos más fundamentales del cuerpo humano es el pasaje del sodio desde el interior de las células hacia el fluido que las envuelve. Toda la actividad del cerebro y del sistema nervioso depende de este proceso. Pero apenas si lo conocemos. Percibimos que el sodio se mueve en dirección contraria a lo que sería su "flujo" natural. Y como para lograr que el agua corra en dirección contraria a su flujo natural empleamos la bomba, nos reducimos a afirmar que también en este caso debe existir una "bomba" de sodio. Es lo mismo que decir: "Existe un mecanismo que hace caer al cilindro".

Saltando por encima: Los cajones negros son enormemente útiles. Sin ellos, la vida (y la ciencia) serían imposibles. Son útiles porque nos permiten movernos tanto en el terreno del pensamiento como en el de la acción. Si cada uno de los conductores debiera saber todo lo referente a los motores a gasolina, no andarían muchos automóviles por las carreteras; y la publicidad por televisión no serviría de mucho sí sólo la vieran aquellos que conocen lo bastante sobre sus aparatos de televisión como para construirlos por sí mismos.

Los cajones negros nos permiten utilizar un efecto sin conocer detalladamente el modo en que se produce. Nos permiten movernos en la práctica a pesar de la ignorancia. Todo lo que necesitamos conocer es una manera segura de provocar el efecto. Con sólo que sepamos cuál es el botón correcto, podemos oprimirlo y, salteándonos todos los detalles intermedios, aprovechamos el efecto que nos interesaba.

Antes de usar un cajón negro necesitamos conocerlo para saber cuál botón debemos oprimir. Una vez que hemos definido una situación, ya sabemos qué hacer para obtener el efecto deseado. Si los nombres son tan importantes, es porque constituyen el instrumento principal para definir las situaciones.

Principios precisos e ideas generales vagas: Dentro de todo el campo de la comprensión, los principios precisos y las ideas generales vagas se encuentran exactamente en los extremos opuestos. Por lo que resulta sorprendente que en ciertos casos sea imposible distinguirlos entre sí.

La idea general vaga corresponde al segundo nivel de comprensión. El principio preciso se formula cuando, consideradas diversas explicaciones posibles del más

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