III. PRODUCCIONES TÉCNICAS O MULTIMEDIALES
4. Descripción del contenido
5.1. El periodista es más amigo del carpintero que del poeta
Habría que ver los prejuicios a que se enfrenta. De esta manera se podrá percibir, al mismo tiempo, el valor artístico del periodismo. El primero de los prejuicios es visible en la introducción previa. El periodista se asemeja más al alfarero o al carpintero que al pintor o al escultor. La distinción adolece de clasismo. Quienes dicen eso, entre ellos los artistas, creen que rebajar el oficio a la mera práctica es casi un insulto. El periodista sí es como el alfarero o el carpintero. ¿Qué diferencia hay entre construir un mueble y estructurar un texto? Ninguna. El oficio del periodista es práctico. Ningún periodista puede escribir periodismo sin pararse de su asiento. ¿O sí? Sí; en El Tiempo lo hacen. Periodismo de escritorio. Pero, si se quisiera proponer un espíritu en el periodismo, ese sería salir a la calle, empaparse de la vida, recoger los datos en las voces de quienes saben. Ese es el oficio, por supuesto. ¿No lo hacen los escritores? Sí, todo el tiempo. Sin el Perú de los años sesenta, Vargas Llosa no tendría el premio Nobel; sin la España de la Guardia Civil Española y sus ataques a la comunidad gitana, García Lorca no hubiera escrito el
Romancero gitano. ¿No lo hacen los artistas plásticos? Sí, también. Si Doris Salcedo no se
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hablar con las familias de los muchachos de Soacha asesinados por los militares, no hubiera realizado su obra actual.
El arte depende de una construcción concreta, llamada obra de arte. Esa figura, palpable, constituye la esencia del arte. Sin convertirse en algo concreto, la obra se queda en la idea o en un ensayo de la idea. La única manera de acceder a la obra, de crearla, es conjugando el material de que se provee y procurar que corresponda con la idea que desea transmitir. En las obras de Banksy, artista callejero inglés, por ejemplo, el material es el muro, el grafito, los colores oscuros y los esténciles. El material tiene coherencia con su contenido: crítica política puesta en escena de manera ilegal. Banksy pinta para que lo borren porque eso, el hecho de que eliminen su pintura de las paredes de Londres o Bristol, refuerza aún más el sentido de su posición. ¿Cómo llega, entonces, a ese hecho concreto que es la obra de arte? A través del trabajo juicioso y riguroso de un artesano. En esta etapa, no se diferencia en nada del zapatero que repasa la costura de la suela. Se trata de diseñar y comprender el funcionamiento de los elementos que maneja.
Todo artista, en resumen, es artesano. ¿Cuál es la diferencia? ¿En dónde se separan los dos oficios? El artesano es pura técnica. ¿Qué es técnica? El procedimiento mecánico de producción. El artesano sigue algunos pasos y llega a tener cierta maestría; es respetado por su experticia y la manera rápida y efectiva en que concluye los procesos. Grandes bateristas, como John Bonham, de la banda británica Led Zeppelin, y Keith Moon, de The Who, son maestros de su instrumento, pero podría debatirse su lugar como artistas. Lo mismo sucede con otros tantos grupos que pertenecen a las diversas derivaciones del metal o de la pintura figurativa (¿no son todas las pinturas abstracciones?): saben tocar solos electrizantes y pintar figuras en exceso cercanas a la realidad, pero no son artistas.
La pregunta se asoma sin ningún esfuerzo: ¿qué es un artista, entonces? Si los artesanos conocen su oficio y lo realizan a ojo cerrado, ¿qué es un artista? La pregunta no carece de cierta trampa. Uno podría caer en el lugar común: un artista es aquel que va más allá. Más allá también van los motoristas. Más allá en un plano ontológico, casi metafísico, corregirán. Y podría ser cierto, en parte. Un artista es, si se quiere definir una de sus caras, un sujeto que se aleja de las verdades de Perogrullo, o que sabe utilizarlas. Un artista,
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cualquiera y en cualquier ámbito de las artes llamadas bellas y populares, es quien descubre los claroscuros de la realidad y sabe ponerlos en una obra de arte. Tiene una relación directa con su entorno y además posee un cuerpo crítico que le permite distanciarse, en algún sentido, de lo que está viviendo. Es capaz de volverse otro para proponer, con algún equilibrio de razón, su visión de los hechos.
Pero, si se trata de ser artistas, hay que ir más allá. Van Gogh no sólo fue más allá. Cuando Van Gogh comenzó a pintar se dio cuenta de que la pintura y los colores —los medios— carecían de expresividad. Se dio cuenta de que el contenido que intentaba exponer necesitaba otros matices y otros tonos. No se fijó, pues, sólo en el contenido, en la posible perspectiva que darían sus trabajos, sino en el hecho mismo de la creación. El proceso le parecía muy importante. Van Gogh no sólo pintaba uno de los puentes de Arles, que colgaba sobre el río sucio, lleno de mujeres lavando la ropa, sino que cogía la paleta de colores y decidía qué posibles combinaciones permitirían una exploración —casi mística— de ese entorno. En palabras más simples: Van Gogh pensaba antes de poner la pintura en el papel. Y eso es lo que hace un artista. No sólo critica, propone una visión, muestra gran habilidad técnica, abre las puertas de la percepción. Lo que hace, antes de meter la mano al lienzo o manchar la hoja con la pluma, es pensar. ¿Qué significa pensar? Analizar el soporte, el medio y los contenidos; revisar los razonamientos que llevarán la obra a buen término; autocriticar las propias ideas; proponerse un plan de trabajo; estudiar el entorno; clasificar diversas posibilidades. Una obra de arte bien construida es el resultado de mil posibles.
El artista quiebra esquemas, es cierto. Sin embargo, hoy eso suena a cliché. Las vanguardias obligaron a que el artista se volviera un revolucionario. William Burroughs decía que en las obras literarias es el contenido el que tiene que ser revolucionario y no la forma. Y de allí, de ese precepto enano, nacieron las obras de Jack Kerouac y Allen Gingsburg. El artista debe ser —es un precepto ético— irreverente, audaz, rebelde, políticamente incorrecto, altivo, furtivo, arriesgado, aventurero. El artista es un loquito que pinta locuritas. No, en definitiva. Ni el artista es un gran revolucionario ni el arte es el vehículo de su revuelca. Cuando James Joyce, escritor irlandés, publicó Finnegan’s Wake y
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quería hacer era experimentar, jugar con el talento que le había sido otorgado. La fama y el respeto literario vinieron después, por obra de los críticos y la mercadotecnia editorial. Si el fin último del arte es revolucionar, que no descorrer el velo, la existencia se vuelve más monótona.
Revolución se confunde con escándalo. Tom Wolfe lo sabía bien. Un artista expone su obra y permite que exista con cierta independencia. A partir de ello, descubre otros mundos posibles; con base en las críticas de su realidad, construye otras variaciones de la historia. Un artista no revoluciona, apenas intuye. Dice: ―aquí hay algo mal‖. Dice: ―algo podría ser de esta otra forma‖. Y guarda silencio. La tarea del artista es demasiado humilde para ser revolucionario. La revolución es política, no artística. El arte es una actividad más, como cocinar o bañarse. El artista es aquel que describe el espíritu de su sociedad y es capaz de imprimir en su obra una parte de ella. El arte permite soportar la existencia y conocer, por otros medios, a través de otras experiencias, una naturaleza latente, ausente por la costumbre y la tradición.