III. PRODUCCIONES TÉCNICAS O MULTIMEDIALES
4. Descripción del contenido
4.5. De las singularidades del perfil: forma y contenido
4.5.1. El malentendido: la estética y la literatura supeditadas a la forma
Se lo llama Periodismo literario. El primero es el nombre y el segundo el apellido. El primero designa el contenido y el segundo, la forma. La pura forma. En algunos ensayos sobre periodismo, se habla de la forma como eso: forma. Tom Wolfe, en su tono rebelde y pueril, calificó al Nuevo Periodismo como una revolución de la forma. Al término corresponden las estrategias narrativas, el uso de la palabra, la cadencia del discurso, la combinación de las voces. La forma es, valga decirlo, pura formalidad. Hay una sensación general, que apenas se percibe pero no es muy clara, de que la estética solo se ocupa del tratamiento exterior del arte. Que la estética es una recubierta.
Sin embargo, el conflicto no puede ser tan simplón. Afuera, forma; adentro, contenido. ¿Se podría definir así la hibridez del periodismo que se encuentra en las crónicas, perfiles y reportajes que se preocupan, en un sentido u otro, de la forma de escritura? ¿Así nomás? Aquellos que acercan el periodismo a la literatura parecen hacerlo con el afán de darle algún estatus a los textos. Se comete, pues, un error. El periodismo literario es tal sólo porque utiliza ciertas técnicas de la literatura y las emplea en una narración factual. ¿Sólo por eso? Sí. Por la pura forma. Y por esa forma resulta ser estético.
Dicho postulado es una confusión. El periodismo, en primer lugar, no necesita de la literatura para subir al pedestal. No necesita ningún pedestal. Si escribir un perfil con
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descripciones útiles, ambientes referidos con detalle, acciones constantes que revelan la condición del ser humano, es hacer periodismo literario, entonces ¿qué es lo demás? ¿Periodismo periodismo? ¿Periodismo noticioso? ¿Periodismo de cancha? ¿Periodismo anti-literario? El periodismo bien hecho, consciente de la información y las herramientas que usa para organizarla, tiene un solo nombre: periodismo.
Entonces, el periodismo no puede ser literario por el simple hecho de que utiliza las formas literarias. Es convertir la función poética en un vestido más o menos bien diseñado. La consecuencia más visible de esa reducción es la ceguera frente a la influencia de la forma en el contenido. Uno podría aceptar, como una división clásica de la estética, que la forma es la figura que se contempla. Es fácil identificar la forma de una escultura, su material, y conocer su proceso de elaboración. Pero, sea en escultura o literatura, esa forma no es sólo un puñado de piezas puestas de tal o cual manera. La forma, pues, penetra el significado. Es una obviedad, pero el mal llamado periodismo literario parece olvidarla.
A propósito, Julio Villanueva Chang escribe:
Pero hay quienes creen que el periodismo no sólo es feo: también es gordo, es inculto y muere pronto. Hay quienes creen que una historia real sólo es digna cuando se parece a la literatura, y que una crónica sólo puede maravillar cuando ―se lee como novela‖. La crónica, al igual que los chistes, sería así un pariente pobre del cuento. A pesar de la obra de reporteros emblemáticos como Gay Talese y Ryszard Kapuscincki, en Hispanoamérica el periodismo narrativo sigue siendo eslogan y malentendido: ―periodismo‖ es el adjetivo y ―literario‖ es sustantivo. (Villanueva Chang, 2009)
Es literatura hecha periodismo. El periodismo queda en un segundo plano: la reportería, el conocimiento de culturas. ¿No tiene el periodismo el derecho a narrar sin dejar de ser lo que es? ¿Hay que ponerle esa palabrita para que pueda ser leído de otra manera? El periodismo descubre otras visiones —aunque suene a cliché— y procura no resbalar por los terrenos del lugar común. El periodismo tiene, por sí mismo, una fuerza de conocimiento que permite que la vida misma no sean sólo hechos sino experiencias. Y eso no lo descubre la pura forma sino el hecho mismo de la investigación, de la indagación, del encuentro diario con el entorno. El periodismo es —debería ser— un fin en sí mismo.
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Vincent van Gogh, poco antes de morir, realizó algunas copias de cuadros de Jean François Millet y Eugène Delacroix. En ellos imprimió su estilo personal a partir del color, la vivacidad del amarillo, la aplicación pastosa de la pintura, los contornos casi abstractos, la composición a partir de líneas más o menos extensas, la confusión entre los planos de la imagen. Todo eso hacía parte de su propio canon, creado con la paciencia de un asceta. Entonces, ¿qué son aquellos cuadros? ¿Una mera imitación de los dos pintores o una puesta en escena de la subjetividad de Van Gogh?
Parece correcta la segunda opción. Así sucede con la confección de los textos periodísticos. En ella no sólo se propone una organización determinada de los elementos sino que se crea un mapa subjetivo del tema. Un camino por recorrer, guiado por el periodista. Una pintura, valga la metáfora, que nace del estudio consciente de las situaciones por parte del periodista.
Queda en el aire, pues, una pregunta que daría para una tesis entera: ¿no es eso —la creación de un mundo propio, independiente de la ―realidad real‖, esbozado a partir de la selección y la jerarquización y el descubrimiento de otros entornos— una de las formas de la ficción?