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EL PROBLEMA DE "LA VERDAD"

El científico está convencido de que lo que demuestra "científicamente" constituye la verdad más firme y sólida. El filósofo piensa lo mismo cuando su razonamiento es lógico e inobjetable filosóficamente, y el artista cree firmemente que con su obra de arte ha captado la esencia de la compleja realidad que vive.

Russel, considerado uno de los pensadores más lúcidos del siglo xx, quizá, de toda la historia humana, dice que "la ciencia, como persecución de la verdad, será igual, pero no superior, al arte" (1975, Pág. 8). Y Goethe señala que "el arte es la manifestación de las leyes secretas de la naturaleza".

En general, podríamos decir que la mente del artista procesa, en forma sintética, integral y básicamente inconsciente, la información que percibe en una realidad determinada, y es impulsada a expresar directamente su esencia a través del lenguaje propio de la obra artística. La mente del científico, en cambio, recorre el mismo camino, pero lo hace más lentamente, como sumando y relacionando elementos simples de información hasta llegar a la meta, es decir, a la captación y expresión de la estructura esencial de esa realidad. Por eso, el científico puede demostrar la legitimidad de los pasos que da, cosa que no puede hacer el artista. De esta manera, las diferentes pretensiones de verdad han constituido siempre el centro de las discusiones filosóficas a lo largo de toda la historia de la humanidad. Son miles los pensadores que han escrito sobre este tema central de la reflexión humana.

En la filosofía aristotélica y escolástica la definición de la esencia de la verdad era una "adecuación del intelecto con la cosa" (adaequatio intellectus et reí) y, en sentido más originario, concebían la esencia de la verdad con un término privativo (a-létheia = no-oculto), porque era como algo des-cubierto por el intelecto. Pero, como señala Heidegger,

la teoría neokantiana del conocimiento, del siglo XIX, ha estigmatizado repetidamente esta definición de la verdad como la expresión de un realismo ingenuo metódicamente retrasado, declarándola incompatible con todo planteamiento del problema que haya pasado por la revolución copernicana de Kant (1974, págs. 235- 236).

Hoy día, debido a las investigaciones de las últimas décadas sobre el cerebro humano, tenemos una posición privilegiada para aclarar discusiones seculares. Popper nos invita -como ya señalamos- a enriquecer nuestra epistemología -como lo hizo él en sus últimos años, cambiando en gran parte su pensamiento- inspirándonos en el conocimiento actual sobre la neurofisiología y estructuras neuropsíquicas del cerebro. "En efecto -dice él- la epistemología encaja bastante bien con nuestro conocimiento actual de la fisiología del cerebro, de modo que ambos se apoyan mutuamente" (1980, Pág. 486).

Hace unos años, el Congreso estadounidense emitió una resolución por medio de la cual designó la década de 1990 como "década del cerebro", y destinó más de 500 millones de dólares para el estudio de la neurociencia durante ese año. Actualmente, se realizan más de medio millón de investigaciones anuales sobre el cerebro. Las aplicaciones de estos hallazgos, en las más variadas disciplinas, resultan imposibles de enumerar.

Nos referiremos a una de estas aplicaciones: la relacionada con la epistemología y, más específicamente, con el proceso conceptualizador. Concretamente, las investigaciones sobre el cerebro nos permiten algo así como observar con lupa algunos aspectos del proceso de conceptualizar una realidad, de formarnos la imagen mental de algo.

Como ya puntualizamos en el capítulo 4, en la cultura occidental de los últimos tres siglos, ha existido una escisión paradigmática entre sujeto y objeto; esta escisión se instituyó en la ciencia clásica a partir del siglo XVII con la famosa analogía de Locke que concebía el intelecto humano como una pasiva cámara oscura (posteriormente, cámara

fotográfica), provista de un pequeño orificio por el cual pasaba el rayo de luz y reflejaba los objetos externos en su interior.

De acuerdo con esta analogía, nuestro ojo (que es una auténtica cámara oscura), al ver, por ejemplo, una silla, formaría su imagen en la retina. La retina trasmitiría dicha imagen, a través del nervio óptico, al cerebro, donde se formaría una pequeñita copia de dicha silla. Si esta sillita tiene las mismas características de forma, color, etcétera, tendríamos el objeto, en cierto modo, dentro de nuestro cerebro, seríamos objetivos; de lo contrario, si nos formamos una imagen diferente, si la desfiguramos, seremos subjetivos. Este proceso se daría en todos los sentidos y de acuerdo con la naturaleza de cada uno. Esta analogía de Locke fue difundida en toda la filosofía y pensamiento occidental empirista y ha plasmado mucho de lo que constituye el modo positivista de ver las cosas.

La neurociencia actual considera este "modo de ver las cosas" sumamente ingenuo y muy alejado de lo que en realidad sucede en el proceso conceptualizador. En efecto, si las cosas fueran como señalamos en el párrafo anterior, bastaría un solo canal unidireccional, retina—>cerebro, al estilo del fax que trasmitimos por vía telefónica. Pero el nervio óptico está compuesto por más de un millón de canales que trabajan en ambas direcciones, y sabemos que en la naturaleza no hay órganos inútiles. ¿Qué hacen tantos canales? De acuerdo con lo, que nos dicen Popper y Eccles (Eccles es premio Nobel en transmisión neurocerebral) en su obra El yo y su cerebro (1980), en el mismo instante en que aparece la imagen en la retina comienza un intensísimo diálogo, un ir y venir de información, un toma y dame, entre esa imagen y nuestro centro visor, ubicado en la parte occipital del cerebro. Ese intercambio de información va a tal velocidad que en una fracción de segundo se repite centenares -y aun millares- de veces, dependiendo de la agilidad mental de cada sujeto.

¿Qué es lo que dialogan la imagen de la retina y el centro visor?

Cada elemento de la imagen y ésta en su totalidad es comparada o relacionada con el gigantesco archivo de información constituido por nuestro acervo mnemónico, es decir, con la amplísima red de nuestras experiencias anteriores. Este proceso tiene por finalidad interpretar y darle sentido a la imagen física que está en la retina. Evidentemente, esa interpretación y ese sentido o significado dependerán de cuáles hayan sido nuestras experiencias previas. Y si la imagen, o la sensación (tratándose de otros sentidos), no tiene relación alguna con nuestras experiencias anteriores, simplemente no la entendemos. Un extraterrestre, por ejemplo, dotado de un cuerpo rígido, no entendería la imagen de la silla, por muy inteligente que pudiera ser.

Si las cosas son así, ¿qué significa ser "objetivos"?, ¿qué quiere decir la tan exigida "objetividad"? Sencillamente, son ilusiones que no corresponden a nada; ser objetivo sería tan imposible como aplaudir con una sola mano. Ya Heisenberg había advertido esto en la física cuántica cuando, al observar la interacción sujeto-objeto, dijo: "la realidad objetiva se evaporó" (1958b).

Y Bertrand Russell (1975) nos señala que la física y la fisiología, independientemente de nuestro acto de ver, nos aseguran que lo que hay ahí afuera no es sino una danza loca de miles de millones de partículas sometidas a miles de millones de transacciones de energía cuántica.

También adquiere relevancia y valor uno de los más sabios y universales proverbios, que existe, con diferentes modalidades, en casi todas las lenguas y culturas: "todas las cosas son del color de la lente con que se miran". Y, a nivel de la ciencia, Einstein se lo dijo así a Heisenberg: "el hecho de que usted pueda observar una cosa o no, depende de la teoría que usted use. Es la teoría la que decide lo que puede ser observado".

Esta orientación epistemológica nos aleja en cierto sentido de la lógica formal clásica, centrada más bien en los primeros principios de identidad y no-contradicción, de la deducción y la inducción, y nos exige una lógica dialéctica, que explica mejor todo el proceso epistemológico. García Márquez dijo una vez que "muchas cosas que hoy son verdad, no lo serán mañana; que, quizás, la lógica formal quede degradada a un método escolar para que los niños entiendan cómo era la antigua y abolida costumbre de equivocarse" (1990). Como ya señalamos en el primer capítulo, en la primera edición de la Enciclopedia Británica se dice, por ejemplo, que el flogisto es "un hecho comprobado", y en la tercera que "el flogisto no existe".

La lógica dialéctica, en cambio -como ya lo señalamos- supera la causación lineal, unidireccional, explicando los sistemas auto- correctivos, de retro-alimentación y pro-alimentación, los circuitos recurrentes y aun ciertas argumentaciones que parecieran "circulares". En efecto, no podemos percibir una determinada realidad sin que, de alguna manera, quede afectada por las percepciones anteriores relacionadas con ella. Por otra parte, la lógica dialéctica goza de un sólido respaldo filosófico, pues se apoya en el mismo pensamiento j socrático-platónico-aristotélico, como también en toda la filosofía dialéctica de Hegel, que es, sin duda, uno de los máximos exponentes de la reflexión filosófica a lo largo de toda la historia de la humanidad. Igualmente, según los estudios de la neurociencia, parece que la lógica

dialéctica es una expresión de la dinámica natural de la mente humana, pues integra maravillosamente los procesos digitales (simples) del hemisferio izquierdo con los procesos analógicos (globales) del derecho, y ambos (procesos cognitivos) son coordinados y armonizados con los estados emotivos del sistema límbico. De este modo, la armonía de los "tres cerebros" constituye la mejor síntesis de nuestra vida y actividad mental.