TEORÍA EDUCATIVA (Pensamiento Crítico,
5. DIDÁCTICA Y ÁLBUMES METAFICCIONALES
5.2. EL RECONOCIMIENTO DE LA METAFICCIÓN COMO INTERTEXTUALIDAD
En la aproximación teórica a la producción de literatura infantil se advierte un evidente interés por las diferentes formas de intertextualidad, entre las que se encuentran formas doblemente codificadas -como la parodia y la ironía- y formas rompedoras, como la metaficción.
Todas estas manifestaciones tienen un elemento en común: dependen en mayor o menor grado de los conocimientos previos de los lectores. Por ejemplo, el lector podrá reconocer como tal una referencia a una obra literaria sólo si tiene algún conocimiento previo de esta obra, así sea a través de otros medios como la televisión o la publicidad. El reconocimiento de la
narración metaficcional sólo podrá mostrar que vulnera las convenciones de las narraciones canónicas si el lector cuenta con un conocimiento previo acerca de estas convenciones.
Como las demás formas de reconocimiento, la metaficción dirigida al público infantil plantea el problema relativo a la inexperiencia de los lectores. Para un lector con pocas experiencias narrativas, todos los textos pueden resultar poco convencionales (Hunt, 1988). De ahí que no parece peregrino suponer que la forma que vulnera la convención pudiera convertirse para el lector inexperto en una referencia convencional, en un texto primario.
De acuerdo con Beckett (2001), existen cuatro aspectos pragmáticos que envuelven el estudio de las formas alusivas entre las que se incluyen la parodia, la ironía y la metaficción:
a) La intención del texto. b) El efecto en el lector.
c) La competencia en la codificación y decodificación de la forma intertextual.
d) Los elementos contextuales que median en la comprensión de las referencias.
Según la autora, estos aspectos son “más cruciales en los libros para niños
que en la literatura para adultos” (Beckett, 2001:175). En efecto, en la
literatura infantil, la inexperiencia de los lectores y el tipo de comunicación asimétrica que se plantea entre el autor y éstos añade otros elementos a considerar en el análisis de estas formas y procesos. Es éste uno de los campos que, sin duda, aún no ha sido lo suficientemente explorado por la investigación sobre la literatura infantil.
A este respecto, una consideración importante es la que se refiere al orden en el tiempo y a las diferentes vías en que los niños y niñas reciben esta información previa en una sociedad multimediática. A propósito de este aspecto, Wilkie afirma: “La experiencia intertextual de los niños es
acronológica, por lo cual la pregunta acerca de qué sentido le dan los niños a los textos cuando la experiencia intertextual no puede ser asumida, es importante. (Wilkie, 1996:133).
Mientras que otro aspecto trascendente a considerar es el de los lectores implícitos que construyen los textos. En la literatura para niños y niñas es frecuente encontrar referencias que, por su tipo o su complejidad, están dirigidas al destinatario adulto que comparte la lectura, a quien se le hace un guiño para integrarlo en la narración. Es cierto que se aspira a que las obras literarias tengan distintos niveles de significación, pero conviene estar atentos a si al menos alguno de estos niveles es accesible a los niños y niñas, identificando qué peso tienen estas alusiones dirigidas a los adultos dentro del desarrollo total de la historia.
Por fin, un último aspecto a considerar es el que se refiere al tipo de ayudas que ofrecen los textos. Estas ayudas pueden consistir en llenar el vacío entre un texto y otro trayendo al intertexto el texto de origen y proporcionando información sobre su contexto. El riesgo de este tipo de ayudas está en la sobreexplicación: si bien la literatura dirigida a los niños y niñas debe ser cuidadosa en responder a la necesidad de ser lo suficientemente explícita en la presentación y explicación de las referencias, de manera que no pierda lectores, ha de ser a la vez lo suficientemente estilizada y contenida como para permitir que los lectores puedan jugar libremente con los vacíos del espacio intertextual, sin que las explicaciones obstaculicen el desenvolvimiento de la obra (Wilkie, 1996). Otro tipo de ayudas consiste en dejar marcas en el texto para que el lector identifique que allí hay una referencia a otro texto, que se está parodiando algo, o que determinada expresión está cargada de ironía. Según Kümmerling-Meibauer, estas marcas
“son como gatillos que advierten al lector que debe abrirse a otros posibles significados” (Kümmerling-Meibauer, 1999:163). Tales “gatillos”, disparadores
de la conciencia del lector, pueden consistir en un cambio de tono, en pistas proporcionadas por la voz autorial, en llamadas de atención sobre el elemento intertextual, etc. Sin embargo, para comprender la forma en que el texto sugiere manifestaciones vinculadas a otros textos es necesaria la experiencia, tal como lo señala Hunt: “Asignarle importancia a los elementos dentro de los
textos depende de encontrar señales en algún lugar de los textos, y esto, a su vez, depende de la experiencia” (Hunt, 1988:221).
En el caso de la metaficción, el reconocimiento de la variación implica que el lector ha establecido una conexión intertextual con la historia canónica. De manera que la comprensión cabal de las narraciones metaficcionales está condicionada por las experiencias previas con las historias canónicas.
El efecto metaficcional quedaría diluido sin la tensión necesaria entre la metaficción y la forma canónica a la que vulnera. El asidero del efecto metaficcional es precisamente la historia convencional, de ahí que en las narraciones metaficcionales las convenciones de los textos no estén totalmente ausentes: son una presencia reconocible que dispara las expectativas de los lectores, expectativas basadas en el funcionamiento de las narraciones canónicas y de determinados géneros literarios. Las convenciones están presentes, o bien para ser vulneradas, o bien para servir de anclaje narrativo que permita la ruptura de otras convenciones. Los textos metaficcionales no pueden estar, por tanto, completamente alejados de la convención, pues en caso contrario no se podría percibir su efecto subversivo. Cuando en la metaficción se conjuga el verbo “descubrir”, las convenciones son subrayadas hasta el punto de que dejan de ser naturales. En cambio, cuando se conjuga el verbo "vulnerar", las convenciones están allí para ser atacadas. En este sentido, Waugh afirma:
Los textos literarios tienden a funcionar al preservar el balance entre lo que no es familiar (la innovación) y lo familiar (o convencional) (…) Los textos metaficcionales, en cambio, ofrecen al mismo tiempo la innovación y la familiaridad a través del replanteamiento y la dinamitación de las convenciones familiares (Waugh, 1984:12).
En definitiva, en toda literatura metaficcional, y de manera especial en la que se dirige a los niños y niñas, es necesario que existan aspectos familiares que allanen el camino del lector, de manera que valga la pena el esfuerzo de lectura de un texto innovador que resulta poco familiar.