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El samsara contra la alegría de vivir

In document budismo (página 103-125)

ara pasar de la orilla del río salvaje del samsara a la otra orilla, donde mora la paz y los estados de alegría pacífica y sabia, es vital comprender contra qué estamos luchando, ver con claridad al enemigo y, posteriormente, establecer los parámetros que nos indiquen que estamos en un camino correcto, asertivo, ya no reactivo a nuestros hábitos y condicionamientos de aferramiento y aversión.

Los pleitos humanos se dan por todo y a todo nivel; no hay actividad alguna que se encuentre exenta de conflictos, contradicciones, jaloneos, gritos y violencia, ya sea por mandatos de autoridad y Estado, ya sea por ideologías religiosas y culturales o por estructuras patriarcales y corporativas.

En este contexto debe quedar claro que el samsara tiene su origen básicamente en dos situaciones cuya presencia es inmemorable en la historia humana; no sabemos cuándo empezó esta separación de la mente con el mundo, pero se habla del desencuentro, enfrentamiento y separación sustantiva entre los estados mentales y los siguientes dos parámetros:

1. Condiciones ineluctables de la vida terrenal, o lo que se llama en las ciencias sociales «condiciones objetivas de existencia». Esto quiere decir que en general la mayoría de los estados mentales que vivimos a diario simplemente no reconocen, ni aceptan, ni desean vivir en la aceptación plena, con todos sus significados y consecuencias, el hecho de haber nacido, la existencia de las enfermedades y el envejecimiento y, sobre todo, la inevitabilidad de la muerte. También, aquellos estados mentales se resisten a las situaciones ordinarias donde lo que deseamos no lo tenemos, lo que tenemos no lo deseamos, y lo que queremos y amamos cambia y se desintegra.

2. Los estados mentales ordinarios se desencuentran también con las energías internas que todo ser humano posee en su corazón, con su bondad y cariño innatos. Por eso, la mayoría de los problemas que se viven cotidianamente en diversas situaciones se derivan de la falta de la bondad humana. Somos incapaces de ver hacia dentro de la conciencia, donde reside, de forma natural y espontánea, el amor y la compasión. Por eso, samsara es prácticamente un universo terrenal que nace como producto de lucha y conflicto que se establece entre nuestras formas de pensar y creer lo que deben ser los estados mundanos con respecto a los deseos, tanto conscientes como inconscientes. Así es como se genera un mundo atestado de problemas y conflictos donde la mente no reconoce los Tres Sellos de la Realidad (impermanencia, insatisfacción e insustantibilidad), ni tampoco se identifica con la naturaleza profunda y propia de cada ser humano que es luz clara: bondad, conocimiento y experiencia.

Por eso, la literatura budista insiste en que el samsara, el conjunto de redes y estructuras humanas hechas de insatisfacción, dolor, miedo y angustia, es un estado «natural y lógico» en la vida ordinaria y mundana de las personas. En otras palabras, cualquier persona que esté enfrascada en la lucha encarnizada para lograr la felicidad, el éxito, el placer y el reconocimiento social y procure, también con su mente, palabra y cuerpo rechazar y no aceptar lo que se identifica con el sufrimiento, fracaso, el dolor y el anonimato, se encontrará inevitablemente en un ciclo recurrente de conflictos, tanto en esta vida como en las secuelas de su continuo mental sutil.

Para el BudhaDharma el ciclo recurrente de producción de estados samsáricos sólo viene a confirmar que los seres humanos, al estar invirtiendo enormes energías mentales, recursos discursivos (quizá como este mismo libro) y acciones materiales en crear espacios y situaciones que puedan trascender la presencia de los Tres Sellos de la Realidad, lo que hacemos es incrementar los insumos que nutren las condiciones del samsara. Es tanta la prisa, la angustia y la preocupación por no caer o, en su caso, por salir de los estados negativos de los intereses mundanos, que constantemente nos equivocamos de tácticas y estrategias para salir de los pequeños infiernos que vamos creando. Ahora bien, la vida que llevamos es a todas luces insegura irreparable.

Cuando un objeto llena los requerimientos de algún deseo, nos apegamos y aferramos a él: poseerlo nos «garantiza» —eso cree nuestra mente ignorante— la satisfacción, la seguridad y la felicidad. Grave y fatal error. El mundo samsárico, entonces, está lleno de hábitos y costumbres basados en la idea de que es posible encontrar la felicidad adquiriendo un objeto externo o interno (una idea, una creencia o un pensamiento) dirigido a la satisfacción de un deseo surgido desde las demandas de la centralidad del ego.[79]

Pero veamos el otro lado del asunto. El nirvana representa un estado mental donde dukkha y samsara dejan de estar presentes. Ahí hay mente, cuerpo, sensaciones, percepciones y voluntad, pero todos estos agregados humanos se encuentran plenamente purificados de perturbaciones y aflicciones emocionales; para que exista semejante estado mental es necesario que las energías de todo tipo estén alineadas y distribuidas de tal manera que respondan de forma consciente y en el presente a las necesidades y deseos legítimos de las personas con que uno interactúa.

La clave para llegar al estado de nirvana es la superación gradual pero definitiva de todos los factores que constituyen y dan origen a los estados de dukkha, ya que samsara no es más que la red acumulada de estados mentales de insatisfacción, ansiedad, miedo y dolor. Por tanto, el nirvana es un estado mental contrario al samsara: hay alegría sostenida, satisfacción, felicidad y gozo más o menos constante por la vida tal y como es.

Para que en la realidad mundana existan los estados de nirvana se requieren dos tipos de desarrollo continuo: bienestar material y paz mental, entendiendo por el primer tipo de desarrollo aquellas condiciones físicas y culturales que permiten que las personas tengan un hogar, alimentación, solvencia económica, salud, recreación y educación; por

desarrollo de la paz mental se entiende, dentro del contexto del BudhaDharma, la presencia irrefutable y asegurada de la calma corporal, la neutralidad sensitiva y un conocimiento objetivo y ecuánime de las cosas de la vida.

Una característica de los estados samsáricos es que nunca se encuentran en el presente; no hay percepción o conciencia lúcida de las verdaderas condiciones individuales por las que transita una persona el tiempo y el espacio. Bajo el modelo samsárico no hay conciencia de cómo realmente se está actuando y sus causas determinantes; por eso la mente samsárica se encuentra «fuera de lugar» respecto a lo que está sucediendo.

Cuando la mente samsárica dirige su atención hacia el pasado y se centra de manera obsesiva en los pensamientos de cómo eran las cosas antes, de cómo fueron y ya no son, o lo que se dejó de hacer, se inserta en la depresión, la nostalgia y la melancolía. Cuando dirige la atención hacia el futuro, y se centran con obstinación los pensamientos en cómo podrán ser las cosas, se penetra en estados mentales de ansiedad, frustración y preocupación.

En pocas palabras, el samsara siempre divaga hacia el pasado o hacia el futuro, pero le es imposible aceptar y ubicarse en el presente; en el preciso momento de la existencia real, y donde el aferramiento y la aversión no son experiencias posibles.

La hipótesis del BudhaDharma consiste en que sólo es posible la paz mental cuando la mente percibe las condiciones, causas y efectos que suceden en un momento determinando. No se trata de negar la experiencia positiva o negativa de los sucesos del pasado, ni tampoco descalificar el importante papel que juegan en la construcción de lo humano las imaginerías hacia las probabilidades del futuro; el problema es que cuando se recurre al pasado o al futuro para no conocer y ver la realidad de la experiencia por la que se está pasando se crean experiencias ilusorias y engañosas que entran en conflicto con la realidad, haciendo que esas experiencias se llenen de insatisfacción, depresiones y angustias, en una palabra de sufrimiento.[80]

Samsara va en sentido contrario al desarrollo material y mental del potencial humano. Si el desarrollo espiritual es aquel que se identifica con el afecto, el compromiso, la honestidad y la inteligencia, entonces el samsara es el desarrollo mundano de odio, deslealtad, deshonestidad e ignorancia.

La posibilidad del nirvana en el contexto hegemónico y dominante del samsara es real en la medida en que sea verídica la idea budista de que en cada ser humano existe una naturaleza búdica; de que sea auténtica la presencia en cada uno de nosotros de una luz clara, algo así como una innata residencia de espiritualidad, de espíritu santo, según el cristianismo. Pero el samsara es noche, oscuridad y suele impedir que la luz clara de la mente no se haga manifiesta en el mundo terrenal.

La propagación de la naturaleza búdica en el camino espiritual requiere de muchas nuevas condiciones y de la formación de nuevos hábitos y costumbres favorables a la vida, al amor y a la ética. Y una de las primeras cosas que se requieren es comprender lo mejor

posible el principio de causalidad, donde los estados emocionales se construyen con dependencia de las actitudes y de los comportamientos. Se habla principalmente de las actitudes que se asumen frente a las múltiples circunstancias mundanas que vivimos a diario. El hambre, la falta de sueño, el trabajo excedente, la mala salud, las relaciones personales y familiares deterioradas, las guerras y conflictos, los problemas de miseria e injusticias sostienen una fuerte energía contraria a la presencia lúcida de la conciencia.

Son tres las principales actitudes, o maneras de ser, con las que nos enfrentamos a las circunstancias: 1) agradables y, por tanto, aceptables y valoradas; 2) desagradables y, por tanto, no aceptables y desvalorizadas; 3) neutras: ni agradables, ni desagradables.

Como se observa, las actitudes que podemos tener frente a las tan diversas circunstancias de la vida son iguales a las tres maneras en que las sensaciones trabajan. Esto no es fortuito porque las circunstancias externas no son más que el espejo de las sensaciones para identificar los objetos con nuestros seis sentidos donde se expresan de forma concreta y específica los Tres Venenos: deseo (que es posesivo y de ahí el apego), odio (que es destructivo y produce aversión) e ignorancia (que es ver las cosas como aparecen, vijñana).

¿Qué es lo que anula la producción de las condiciones y causas de la felicidad? Querer

algo y no poder poseerlo, y poseerlo y sufrirlo.

En el samsara nunca estamos en paz. La mente centrada en el yo ego se encuentra obsesivamente haciendo monólogos internos; no deja de comparar y juzgar todas las circunstancias desde las perspectivas de lo que pudo haber sido (pasado) y lo que deberá ser (futuro). Entre más intenso y continuo es el monólogo interno, ese estado de atropellamientos de conceptos, deseos, miedos, pensamientos, angustias y nervios, más se reducen las posibilidades de tranquilizar la mente y, por ende, de establecer una atención que perciba con claridad los sucesos y las cosas que precisamente son objetos del obsesivo discurso interno.

La intensidad del discurso interno es un mecanismo que oscurece y nubla la luz clara de la mente sutil que existe en las personas; los reclamos de la mente hacen que las personas no estén enfocadas en lo que pasa en el presente, y, quizá más importante aún, consolidan los hábitos y creencias al no tener tiempo en analizarlos y observarlos.[81]

El samsara tiene en su centro el infierno de los monólogos obsesivos y neuróticos de las mentes totalmente incapaces de abrirse al flujo de la impermanencia, de la insatisfacción y de aceptar existencialmente la insustantibilidad de las cosas de la vida. Es pues una mente que usa como instrumentos de validación la resistencia, por un lado, hacia lo que es el presente y, por el otro, la anexión o destrucción de lo que le es agradadable o inaguantable respectivamente. He aquí el fundamento del estrés y quizá de la mayoría de las enfermedades que hoy sufren las personas que habitan en un medio urbano y el ámbito de la modernidad. La inconciencia de nuestros hábitos hace que a cada momento hagamos

juicios que sólo anulan la verdad de las cualidades de los objetos que son en ese momento procesos de atención. Reaccionamos y etiquetamos desordenada e incansablemente; sin método y sólo viendo la parte relativa de nuestros deseos egoístas. ¿Qué mundo se puede construir con personas que únicamente se concentran en sus deseos neuróticos?[82]

La obsesiva presencia de conceptos, creencias, pensamientos y sentimientos en la mente ordinaria es una respuesta a los objetos de deseo mundano que se definen a través de los seis sentidos. Expliquemos un poco más este interesante mecanismo de enajenación de las conciencias. Los deseos de los sentidos son apetencias o demandas que se perciben por medio de un órgano físico corporal (ojos, nariz, boca, oídos, piel y cerebro) bajo un tejido muy complicado de células, nervios y neuronas. Las redes de relaciones entre el órgano sensitivo y el cerebro definen las sensaciones. Éstas son las impresiones primarias entre el órgano sensitivo y los objetos de deseo. Estos objetos pueden estar fuera o dentro del cuerpo mismo; la regla aquí es que a cada órgano sensitivo le corresponde un objeto específico: a los ojos las formas; a la nariz los olores; a la boca los gustos; al oído los sonidos; a la piel el contacto y a la mente los conceptos.

Tal y como lo vimos en la primera parte de esta obra, el problema no está en la relación que se establece entre órganos y objetos respectivos, sino en la obsesión de satisfacer los deseos y anhelos que surgen como requerimiento de la satisfacción. La ecuación engañosa es que logrando cumplir las necesidades manifiestas por los órganos sensitivos, de forma automática se resuelve el problema del sufrimiento y la ansiedad. Solventar las demandas de nuestros cincos órganos sensitivos y los requerimientos de nuestras creencias e ideas sobre el mundo es lo que viene a complicar la vida; es el caldo de cultivo del mundo samsárico, pues al buscar desaforadamente insumos y recursos para satisfacer las demandas de los órganos sensitivos, se redunda en el hábito de equiparar felicidad y no sufrimiento con la satisfacción de los vehementes y arrebatados deseos, como lo insiste en sus obras Sangharákshita.

Entonces, podemos afirmar que el samsara es un ámbito saturado por la presencia abrumadora de los deseos, que tiene el efecto de exaltar, apasionada y violentamente, los intereses, las creencias y propuestas de las personas consideradas como los únicos receptores legítimos y válidos de la satisfacción de sus necesidades. Este mecanismo samsárico propicia que las motivaciones y actitudes encauzadas a la satisfacción de necesidades individuales tengan un desencuentro e incluso una confrontación con las necesidades colectivas y sociales. El yo queda separado de los otros, creando abismos y desconcierto en la mente receptora así como la desconexión entre la persona ensimismada y la sociabilidad inherente al ser humano.

La mente de odio es producto del abismo que se abre entre el yo de deseos vehementes y las condiciones reales con las que se encuentra para satisfacer sus deseos egoístas. El yo ego es xenofóbico por naturaleza: todo lo extraño a él es potencialmente un enemigo para el cumplimiento de sus deseos y cualquier cosa que no coincida con ellos es potencialmente objeto de sospecha y se convierte en adversario.[83] Motivaciones y actitudes se encuentran de esta manera seriamente dañadas por las pulsaciones samsáricas

de la mente egoísta. A pesar de que la mente es una entidad de energía plena de luminosidad y totalmente capaz de conocer la verdad de las cosas tal y como son, en el mundo samsárico todo está contaminado e intoxicado por el engaño y la ilusión, lo cual implica una aversión y hostilidad a lo que no se estructura bajo los requerimientos de los deseos del yo ego. El samsara no es más que el resultado de la práctica mundana en la que interactúan los Tres Venenos: apego, aversión e indiferencia. Es la máxima expresión de la soledad y el sufrimiento, y ello a pesar de que en algún momento afortunado de la vida se satisfaga la mayoría de las necesidades.

La separación y distanciamiento del yo convencional respecto a la gloriosa conectividad social alimentan al sufrimiento y al samsara. Ese dolor llega a ser tan grande que perennemente ha inspirado bellos poemas como éste de Margarita Michelena: Imaginad un árbol con las ramas por dentro, ahogado por su propia e imposible corona y que cautivo lleva — aniquilándole— el fruto no vertido de su sombra. Esto soy yo. La soledad sin brazos. Un mar que, despertando, ya es arena, muriendo solo bajo el mismo grito que imaginó poner entre sus ondas.[84]

El ensimismamiento es una de las más representativas características del mundo del samsara: la gente solamente piensa en sus situaciones, en sus cosas, tragedias, en sus demandas no resueltas, en sus necesidades insatisfechas por las presiones de la cultura institucional y corporativa. Parece como si todo trabajara contra los deseos de las personas. Nada se cumple como lo pretenden los deseos, y cuando se logra, la satisfacción es un un relámpago efímero; la felicidad dura lo que duran unas cuantas respiraciones… Un favor, en este precisamente momento… Deje de pensar en usted. Deje que su mente elimine los deseos, las opiniones. Deje de pensar en usted por un segundo. ……… No piense en usted… piense en otra cosa que no tenga nada, nada que ver con su vida… piense… Si en verdad usted deja de pensar en usted mismo(a), si en verdad logró no estar en el posicionamiento de sí mismo, entonces tiene garantía de que estuvo tocando el nirvana, la paz y la claridad. Los mismos resultados se obtienen en segundos y a veces milésimas de segundo con otros tipos de ejercicios que nos suceden casi a diario: cuando estornudamos, cuando estamos a punto de entrar al sueño, cuando se logra un orgasmo y cuando las

mujeres dan a luz de forma natural. Pero de hecho hay también otros momentos, no tan cotidianos pero que también se pueden a llegar a experimentar a través de la vida.

La mente de ensimismamiento también desaparece cuando las personas están realmente asustadas a causa de un peligro eminente; cuando una persona reacciona para salvar la vida de otras que están en peligro y cuando las drogas o el alcohol hacen sucumbir el monólogo neurótico interno. Puede haber otras circunstancias que nos hagan estar fuera de nosotros mismos, pero aquí lo importante es que de una u otra manera ¡todos hemos experimentado algo del nirvana! Es decir, hemos estado fuera del samsara sin saberlo, sin percatarnos de ello.

Por lo tanto, la vía corta para salir del samsara y descansar, es dejar de pensar en nosotros mismos y asimismo tener siempre presente cómo la mente del yo ego realiza demandas a través de la lógica de los deseos de los seis sentidos frente a los recursos y condiciones del mundo externo. Como lo veremos ampliamente en el siguiente capítulo, el hecho de estar atentos a nuestra experiencia hace que nos demos cuenta de los hábitos tan arraigados e inconscientes que ponemos en práctica a diario, de forma automática; somos seres reactivos, en vez de asertivos.

En varias ocasiones hemos tratado de hacer notar que para poder estar alegres es necesario reconocer la complejidad del comportamiento de la mente. Dado que la mente es inseparable del cuerpo podemos establecer ciertas estrategias a fin de reeducar la mente

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