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Los Tres Entrenamientos: ética, concentración y discernimiento

In document budismo (página 176-192)

Ética

Una de las propuestas más interesantes del budismo es el modelo de gestión para controlar de forma consciente las emociones, los sentimientos y los pensamientos que son responsables de nuestras acciones y de sus efectos kármicos. He aquí la razón del porqué en el BudhaDharma se le da tanto peso e importancia al control y sumisión de las emociones, a la sabiduría y a la compasión. La única forma de interrumpir los ciclos recurrentes de conflictos y problemas y así dejar de engendrar karma negativo es subsumiendo las emociones, principalmente las negativas, a la conciencia de la atención. De otra manera, sólo seguiremos reproduciendo los mismos esquemas de comportamiento. El manejo de las emociones es el primer paso para el adiestramiento de la mente. Y para comenzar una práctica de esta naturaleza hay que asegurarnos de que la conducta no siga produciendo los escenarios anteriores, especialmente los que se convierten en un círculo vicioso: estar enojados porque algo nos molesta; estar ansiosos porque una situación o alguien nos preocupa; temer el miedo… Todo este bagaje mental es producto de no saber cómo responder al contacto de un estímulo externo o interno. La emoción tiende a ser desorganizada e impulsiva porque ése es el carácter normal de las emociones primigenias al defenderse o sentir una amenaza cuando una persona se encuentra en una situación que pone en peligro su integridad. Pero las emociones, lo sabemos, no son lógicas ni racionales: creen que los impulsos instintivos son válidos en toda ocasión: las energías emocionales no se sustentan en el discernimiento.

Las emociones, tanto las instintivas como las subjetivas, son energía en bruto que procura estabilizarse y representarse por medio de un objeto que puede ser, por orden de importancia, el cuerpo, la palabra, una idea o pensamiento. Las emociones son un impulso precerebral en busca de un canal de conducción, porque de otra manera seríamos un cotidiano desastre energético.

La conducta que implica una reacción automática se robustece porque prevalece la creencia de que esa reacción es natural, de tal suerte que cuando uno está enojado, «lo más normal» es que grite sin analizar la situación ni controlarse. Así, cada emoción procura tener un referente concreto, pues es la única manera en que la energía generada adquiera una forma (rupa) y a través de ésta produzca una manifestación frente a uno mismo y a los demás. Pero la mayoría de las emociones, sobre todo las negativas, se construyen en la mente: son montajes que hace la imaginación como percepciones equivocadas y fuera de la realidad.

Las emociones construidas de forma puramente mental y sustentadas por un discurso interno intensivo y obsesivo derivan en problemas, pues hacen que las conductas se lleven

a la práctica irreflexivamente por el flujo intensivo de energías sin control. Toda conducta sustentada en el apego (ya sea en su modo positivo como deseo o en su modo negativo como aversión) deriva en efectos destructivos pues cada conducta de apego tiene el defecto de forzar los objetos de apego, ya sea bajo el manto de la posesión o el de la destrucción.

Para evitar que las emociones sin control provoquen conductas destructivas, el BudhaDharma ofrece un sistema integral que cambia la perspectiva de las personas. Esta propuesta se fundamente en tres campos de trabajo: disciplina (adhisila), discurso (ashisamadhi) y filosofía ética (adhiprajña).

La disciplina implica rigor de propósitos activos que, basándose en la repetición regular de una acción, se convierten en una práctica cotidiana que cada vez requiere menos esfuerzo. Los actos, por ejemplo, de meditar por la mañana, de estudiar diariamente o levantarse a cierta hora en la medida en que, con el tiempo, se realicen sistemáticamente provocan que los llevemos a cabo con más facilidad y gozo. La disciplina en el budismo no es forzada, ni mucho menos se asemeja al autoritarismo o a la imposición de rutinas; es un esfuerzo preceptivo que nos permite ir subordinando los instintos de un modo especiífico de hacer las cosas.

El discurso dentro del esquema integral para proyectar en las personas otras concepciones de vida se vale de la palabra como una manera especial de replantear las creencias. Una de las más comunes es que las emociones simplemente «suceden»; parecen tener vida propia, pues no somos conscientes cuando aparecen en escena y parecen también tener un comportamiento independiente de nuestra voluntad. Esto sucede porque toda emoción, además de ser energía buscando dónde tomar forma, es al mismo tiempo un hábito que se afirma en cada reacción automática y mecánica ante una y otra situación en que nos vemos envueltos. Por ejemplo, cuando una persona critica con buena voluntad algo que hicimos, inmediatamente nos molestamos con esa persona; esas emociones, en la mayoría de los casos, ni siquiera pasan por el sistema neurológico cerebral. La mayoría de nuestras emociones son de esta naturaleza: prácticas rutinarias, aprendidas y asimiladas, durante años y años, de cómo reaccionar frente a diversas estimulaciones de los ámbitos externo e interno.[136]

Sólo una reflexión analítica puede transformar las reacciones emocionales automáticas en reacciones de contención emocional consciente; la práctica de controlar la emoción antes de que se convierta en una conducta determinada sólo es factible si tenemos la capacidad de llevar la energía emocional desordenada a una operación mental tal que le dé cierta preeminencia estructural y ordenada a esa energía. Así, con el discurso reflexivo e interpretativo se realiza el diagnóstico preventivo del flujo de esa energía. La palabra, al imputar ciertas consideraciones, antes de que la emoción se convierta en acción, conlleva una clara regulación de las emociones. Éste es otro aprendizaje que el BudhaDharma nos ofrece: se pueden dirigir las emociones hacia la claridad de presencia y manifestación; para ello se requiere disciplinar la voluntad cada vez que un torrente de emociones quiera avasallar nuestras acciones.

La disciplina y el discurso adquieren una dimensión extraordinaria cuando se complementan con una filosofía ética. Se trata de ir sustituyendo nuestra visión interpretativa, subjetiva y limitada al campo del yo ego, hacia una perspectiva objetiva y ampliada al campo de todo lo existente. El cambio de perspectiva es un salto entre el mundo limitativo del interés propio, del aferramiento y estimación del yo, hacia la apertura universal de todo lo que transpira vida y presencia. La apertura requiere, como todo proceso, ajustes en la panorámica que le dan sentido y orientación a las creencias. Así, el Dharma proyecta un sentido de unidad fusionada entre la persona y el todo existente: lo que hago a los demás me lo hago a mí mismo; lo que no quiero que me pase a mí, tampoco deseo que le pase a los demás. Éste es el núcleo del entramado filosófico y ético que bajo la norma del esquema integral se expande hacia los diversos campos de la vida.

En el campo de los valores del budismo, la ética (la forma de comportarnos) y la moral (la manera de regular y normar los comportamientos) tienen muy poco que ver con los estados de culpabilidad o con los mecanismos de amenaza divina o la represión del Estado. Se trata más bien de estipulaciones conductuales que tienen el propósito de prevenir perturbaciones y aflicciones y fomentar aquellos factores que conduzcan a la calma mental. De ahí que en la ética y moral budista se encuentran las razones más relevantes para tener conciencia preventiva de nuestras acciones, y sobre todo de aquellas que tienen alto impacto en otros seres.

La ética del BudhaDharma no es muy complicada, pues toda su normatividad y reglamentación se sustenta en la práctica del desapego hacia los objetos de deseo y de aversión. Con este mecanismo se compromete uno a no causarse daño alguno ni causarlo a los demás (ahimsa, ausencia de violencia). Si logramos dirigir nuestro comportamiento de manera ética y sin violencia, entonces dejamos de crear las causas que generan el karma negativo y las perturbaciones mentales y aflicciones emocionales.

Al desarrollar mecanismos de contención en la conducta y en las acciones de forma cotidiana e intensiva durante todo el tiempo cortamos los canales que alimentan los estados mentales de ansiedad, preocupaciones y frustraciones, en suma, dejamos de alimentar las causas que reproducen los estados de dukkha; de hecho, se crean los cimientos de una felicidad duradera y consecuente. Por eso, en la práctica budista lo primero que se debe desarrollar es el sentido de la ética: cambiar nuestra conducta ignorante y obtusa por la plena conciencia de evitar todo acto de violencia irracional, lo que entraña un pleno esquema sistemático para poder domar las emociones.

En otras palabras, la ética y la moral budista no son dogmas de fe, ni se presentan como mandamientos ortodoxos y autoritarios; son más bien una guía, un mapa de señalizaciones, para llevar a cabo la valoración de los comportamientos cuyo objetivo

principal es evitar el sufrimiento y concurrir a fundar la paz y la felicidad. Se trata de recorrer los caminos que llevan a una vida de plenitud, con un alto grado de serenidad (nada es preocupante cuando se ha dejado de hacer daño) y sin temores. Esto implica una triple instrucción: la suprema virtud, el supremo recogimiento y la suprema sabiduría.

Así pues, el comportamiento ético y moral en el budismo es consecuencia de comprender que toda acción significativa mental, de palabra y corporal deja una impresión (una huella kármica) en la mente. Las impresiones mentales de nuestros actos pasados, que pueden equipararse a la experiencia o a los elementos de inconsciencia mental, transitan de latentes a manifiestas cuando encuentran nuevas condiciones. Dado que la mayoría de nuestras emociones llegan con el disfraz de la inconciencia, es necesario evitar la producción de aquellas condiciones que hacen salir a las emociones de sus cuevas mentales. Para eso se entrena la mente: para cambiar el modelo de gestión de las emociones; y esto se logra con la aplicación de una ética-moral que dé cuenta de las correlaciones entre acción y reacción, entre acto y resultados. El BudhaDharma plantea que el sufrimiento y la felicidad son estados mentales que se despliegan según las percepciones que en un momento se tengan sobre lo que está sucediendo; estas percepciones, a su vez, dependen de las experiencias del pasado y de las expectativas del futuro pero también de los niveles de satisfacción que tenemos en el presente, en la actualidad. Para el logro de la felicidad hay que evitar estados mentales de percepciones erróneas, pues de ellos sólo pueden resultar emociones negativas.

Por eso la ética y la moral en el budismo se sustentan en la suprema virtud de abstenerse de crear situaciones nocivas de cuerpo, habla o mente. En el capítulo 7 se expusieron los cinco preceptos que regulan la vida de un budista en general y que de cierta manera constituyen un sistema de disciplina ética y moral básico. Ahora es pertinente profundizar en ellos por medio de los 10 preceptos, también llamados las 10 abstenciones, que están contenidos en las tres áreas de actividad de todo ser sintiente: corporal, discursiva y mental.

En el área corporal se encuentran el no dañar la vida por ningún motivo, no tomar lo que no nos han dado y el abstenerse de conductas sexuales erróneas o incorrectas respecto a las normas generales de la sociedad. En el campo del habla están las prácticas de abstenernos de mentir, de calumniar a las personas, del abuso verbal y de tener pláticas banales. Y respecto a la mente debemos abstenernos de la avaricia, del rencor y de las creencias erróneas. De hecho, estas 10 abstenciones se consideran en el budismo el código de ética.

La ética budista es un instrumento que ayuda a romper el sendero kármico negativo. Bajo estas consideraciones, es relevante reflexionar sobre la cadena de causas y efectos de dicho sendero. La cadena del karma y las emociones negativas y destructivas es lo que le da consistencia y viabilidad a la insatisfacción y al sufrimiento. Esta cadena se inicia con el surgimiento de un objeto de deseo (vastu); aparecido el deseo, viene la intención (samjña) de realizarlo;[137] a partir de este punto echamos andar el esfuerzo (prayoga) para

la consecución intencionada del deseo original. Hasta aquí podríamos decir que todo va más o menos bien; pero el problema es que el esfuerzo ya viene acompañado de partículas mentales impuras que se denominan kleshas, emociones afligidas de apego y aversión; y bajo las determinaciones impuestas por una mente impura, realizamos las acciones (nispatti) negativas que, a su vez, reproducirán efectos como la insatisfacción y sufrimiento que al mismo tiempo fomentarán nuevos deseos reiniciando el perverso ciclo del samsara.

La práctica de la ética budista pretende deshacer ese ciclo de deseos, pasiones, acciones inadecuadas y resultados negativos; para ello trata de romper los eslabones de la cadena kármica que hace circular las causas y efectos negativos. Aquí todo depende de la experiencia y de las habilidades del practicante budista; el ciclo se pude romper desde el punto donde nace el deseo hasta unos cuantos segundos antes de la realización de la acción o conducta negativa. Lo importante es, con base en las capacidades logradas en la praxis del BudhaDharma, definir el punto de quiebre o el momento de la crisis, y eliminar el ciclo del samsara.

El Dalai Lama manifiesta cinco condiciones que ayudan a la realización de la suprema virtud, y que confluyen en la práctica que nos permite ubicar correctamente el ciclo del samsara. Primera: practicar las 10 abstenciones o preceptos antes señalados. Segunda: comprender a plenitud aquellos fenómenos que están libres de impurezas para impulsarlos como prácticas diarias. Buscar la compañía de buenos y amables amigos practicantes del Dharma para que la soledad no haga mella en los procesos de rompimiento es la tercera condición. La cuarta hace alusión a realizar ejercicios de purificación del karma negativo. Y la quinta condición es tomar en cuenta aquellos requisitos básicos materiales que implican felicidad y aquellos que implican sufrimiento. La primera conlleva una conducta mental pura y la segunda una conducta mental destructiva.

La ética y la moral budistas aportan el contexto más apropiado para la realización de la sabiduría, la confianza, la vigilancia y la destrucción de impurezas mentales; controlar la conducta, principalmente aquella que se funda en los estados mentales perturbados y en las aflicciones emocionales, se convierte por tanto en la suprema virtud en la práctica de un budista. El supremo recogimiento que indica la práctica de ver hacia dentro de uno mismo, es el corolario de la práctica de la meditación, como lo veremos en el próximo apartado, y se define como un recogimiento mental. El Buda decía que cada cual era su propia isla donde tenía que encontrar las verdades y los engaños; se refería a estar con uno mismo. Se parte de instruir a la mente para que sea capaz de concentrarse en un objeto virtuoso. Este tipo de meditación, samadhi, incluye tres niveles: primero es la entrada a la concentración; posteriormente entra la calma, el sosiego mental y la visón profunda, vipassana; y al final del supremo recogimiento se encontraría el recogimiento perfecto, samadhi-paramita.

Respecto a la suprema sabiduría cabe destacar que también es de tres tipos: la sabiduría de lo absoluto (anatman, no alma, y shunyata, vacuidad); la sabiduría capaz de

analizar e investigar los fenómenos y objetos relativos, que tienen la cualidad dependiente y causal; y por último, la sabiduría que beneficia a los demás, que hace honor a la compasión como un dispositivo que permite disminuir las causas del sufrimiento y elevar las causas y condiciones que propician la felicidad.

Por tanto, la ética y la moral en el BudhaDharma se sustentan en una razón lógica: la conducta virtuosa permite detener (shamatha) las causas y condiciones que dan aliento y consistencia al karma negativo y a las perturbaciones y aflicciones emocionales que soportan dukkha, la insatisfacción y el sufrimiento. La ética budista se convierte así en el primer paso de los Tres Entrenamientos básicos de la práctica budista para vivir mejor y en paz.

Concentración

Si bien ya expusimos lo que es la meditación budista y su importancia en la práctica del BudhaDharma, aquí es necesario profundizar en algunos temas para que se entrelacen a los entrenamientos de la ética y del discernimiento, y de esta manera presentar un sistema de praxis existencial lo más completo.

La concentración de la mente la ejercemos casi siempre, sólo que la realizamos, sin saberlo, sobre objetos no virtuosos. Por ejemplo, cuando estamos enojados con alguien, nos concentramos mucho en esa persona. También, por ejemplo, cuando estamos obsesionados en adquirir una cosa, o ir a un lugar, ejercemos la concentración mental. Toda actividad mental que logra enfocarse por buen periodo de tiempo sobre una persona, cosa, lugar o situación es concentración. De hecho, es natural que toda manifestación de una emoción fuerte venga acompañada de gran concentración, más aún cuando estamos bajo la influencia pavorosa de los celos, el temor o cualquier tipo de fobia. La concentración budista hace alusión a un estado de la mente que de forma unívoca se estabiliza en un objeto virtuoso material o inmaterial. Podemos estar concentrados, por ejemplo, en los movimientos que realiza la flama de una vela o en la foto de un santo de nuestra devoción, pero también en un estado mental virtuoso, como la paciencia, el amor o la bondad. Por tanto, la concentración meditativa budista sirve para iluminar, a través de la transparencia de la tranquilidad mental, un proceso determinando o también para crear una fuerza que limpie y desintoxique la mente de un estado negativo, o de un sentimiento irracional y agresivo.[138]

¿Qué podemos esperar con la concentración meditativa? Muchas cosas. Para empezar, se suspende y se descansa de la agitación de la verborrea interna de la mente; cuando se penetra en fases más estables, la mente logra descansar. Si bien sigue creando pensamientos y sensaciones mentales, como imágenes o pulsaciones surgidas por estímulos del exterior, se deja de reaccionar de forma automática. También se puede detectar el destello de la naturaleza del ser humano, que es la budeidad. Cuando la meditación logra adentrarse, por medio de la concentración, a las instancias del cuerpo, las sensaciones, percepciones y objetos mentales, las características de la conciencia salen a relucir. Una de ellas es ser fuente de luz y calma. Como bien dice el Dalai Lama, se toca la

luz propia de la benevolencia innata en cada ser sintiente. Nuestra mente que de forma natural tiende a la manifestación de la bondad y del cuidado amoroso de los demás, tiene tres fuentes de intoxicación, tres mecanismos que la intoxican de forma constante y regular:

1. Las condiciones adversas en la vida, que son connaturales a la imperfección de los elementos constitutivos del universo físico y biológico conocido, fundamentan el karma negativo que surge de la ansiedad que sentimos por vivir en ese mundo imperfecto, pues sería absurdo no querer vivir en un mundo perfecto, donde todo vaya bien, esté tranquilo y todo se encuentre en su plena manifestación vital. Por eso nos enojamos, por eso la ira y la frustración: vivimos en un mundo que sabemos incompleto, condicionado e impermanente.

2. Las perturbaciones mentales tienen su apoyo idóneo en los pensamientos negativos. Cuando producimos una idea o un pensamiento que se aleja considerablemente de la fuente de compasión y de la luz clara, sistematizamos, casi siempre de manera incompleta, rápida y de forma muy caótica, un pensamiento negativo que es la fuerza

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