5. LO POPULAR Y LA CULTURA DE MASAS EN EL PERIODISMO NARRATIVO
5.1 El sensacionalismo, una palabra acorralada
Uno podría verse tentado a decir que lo popular y la cultura de masas en el periodismo narrativo están inmersas en el sensacionalismo. Desde la visión de lo popular como lo falso o deformado hasta la concepción de lo masivo como fetiche. Pero no es ni lo uno ni lo otro. La situación resulta mucho más compleja. Pertenece a un contexto histórico de lucha de clases, a un proyecto hegemónico del Estado y la cultura, que hace difícil ver las raíces de los procesos y sólo deja a la vista ideas que se convierten, en la medida en que son avaladas por corporaciones o instituciones que van desde la publicidad hasta la academia, en ideologías dominantes.
Lo primero que hay que sacar a la luz para entrar en el campo del periodismo narrativo en la obra de Henry Holguín es la definición de lo que es sensacionalista. No existe propiamente una historia del sensacionalismo, parece que nadie le hubiera prestado la más mínima atención a este ‘ismo’, a esta supuesta tendencia que surge de darle prioridad a las sensaciones por encima de la razón. Más aún sentir es como respirar, y desde el punto de vista filosófico nadie cuestiona esta actividad del cuerpo humano. Pero otra cosa pasa con el sensacionalismo.
Se ha hablado sobre las percepciones y las emociones, un estado más elaborado del sentir, y sobre ellas existen tratados, como los que hay sobre los efectos en la salud física y mental del respirar. Entonces ¿por qué tanta persistencia en calificar negativamente un hecho por “sensacionalista”?
Si es una tendencia, como la mayoría de todos los ‘ismos’, tal vez una elección ¿por qué negarle sus alcances o limitaciones?, por el contrario, se prefiere categorizarla, empujarla, ubicarla en un solo lugar (en la modernidad, en lo cursi, pobre, mentiroso, exagerado, engañoso, inapropiado, impuro, poluto).
siglo XIX, con el periodista que sale a la calle a buscar la noticia y se encuentra con hechos cotidianos que sobrepasan las expectativas del día, que rompen con el ejercicio diario de vivir y remiten a un acontecer más allá de lo habitual.
Acostumbrados a la línea política de los periódicos del siglo XVII, la aparición del reporter - que le da espacio a aquellas noticias que ya no son solo populares sino masivas al entrar en el circuito tecnológico de la reproducción y venta masiva de periódicos-, hace que el hombre del siglo XIX experimente esta novedad como una vuelta a lo primitivo, a las “pasiones primogénitas”, a la ritualización de la acciones, al día a día, a lo paradójico. La narración se libera. Como en el folletín, en función del arquetipo. Entretanto, la hegemonía le resta importancia dentro de su proyecto político de mantener el orden y su idea de lo que debe ser el hombre en una sociedad de libertades de carácter burgués.
Para ese orden, es importante descalificar todo aquello que le dé prioridad a una cosmovisión donde los fenómenos sociales no logran explicarse bajo los parámetros de la cultura dominante: Occidental, Católica, Cristiana, Ortodoxa. Frente a esta irrupción de lo cotidiano en los periódicos, de lo popular en las páginas mismas de la prensa, como contenido regular, la hegemonía -en su papel de conservar sus intereses con la ayuda de la iglesia, la publicidad y la academia- termina por asignarle un lugar en el mundo de la imprenta, al igual que hizo con los locos en los manicomios, y los delincuentes y subversivos en las cárceles, y le fija a este tipo de información el lugar de la crónica roja o las páginas judiciales, acorralándola en el naciente mundo sensacionalista. A mediados del siglo XX la cercará en la prensa popular y posteriormente dará “la mano a torcer”, bajo el triunfo comercial del star system, asumiendo una parte importante de ese mundo de sensaciones en las páginas del espectáculo o de ‘chisme de los famosos’, es decir, el mundo de las pasiones conyugales y los desbordes de Eros.
Su dinámica también será particular en la televisión y desbordará a la prensa misma. Contrario a la prensa que tiene una primera página y organiza sus noticias de acuerdo con su ideología, la televisión, particularmente la televisión por cable, no se molesta en organizar un editorial sino que deja a la voluntad del espectador la libertad de escoger sus contenidos, en su mayoría sensacionalistas, si tenemos en cuenta la cantidad de realitys que hoy se presentan. Parecería que a la hegemonía no le interesa controlar este tipo de emisiones pues su proyecto se basaría más en la prensa que en la televisión. Pero no es así. Mientras la una se
ve como fragmentación, la otra se mira como totalidad; la una es un universo caótico, la otra es una unidad con sentido ideológico a la que se puede calificar como prensa seria o popular. Pero a todas las atraviesa el mundo sensacionalista de diferente manera.
Esto no quiere decir que en medio del libre albedrio del televidente, de su libertad de pasar de un canal a otro (zapping) la hegemonía no se inserte en la televisión marcando la pauta editorial (obviando los noticieros que a través de los titulares presentan su primera página), pues ésta se presenta sutilmente, por fuerza de la programación.
Esto lleva a una falsa percepción del asunto. Al ser contenidos individualizados, en su conjunto, no se habla, por lo general, de una televisión sensacionalista, sino más bien de una televisión mala o sin contenidos.
No ocurre así con la prensa, a la que se ha puesto en ‘jaque mate’ y se la ha querido distinguir y neutralizar con el apelativo de sensacionalista, cuando sus contenidos o la presentación de los mismos no corresponden con el proyecto hegemónico de Gobierno y Educación. Y no corresponden porque en el fondo de esta tendencia sensacionalista lo que se descubre es una cosmovisión particular, que tiene sus orígenes en el entrecruzamiento de una sociedad de saberes colectivos y de saberes individualizados. Entre una sociedad mítica y una sociedad que hace del dinero, la perfección y la autosuficiencia, el eje de su movimiento.
Entonces, debido a que la hegemonía no puede ocultar lo primitivo, como el ser humano no puede ocultar su origen, su naturaleza, su dualidad; lo condiciona, lo encierra, lo fagocita, lo transfigura, lo transvierte, lo niega, para neutralizarlo. Esto significa que en realidad no hay nada sensacionalista, por lo menos en esa acepción que la ubica en “el lugar equivocado”, fuera de contexto, invento; algo de lo que simplemente se puede prescindir. Es decir, en vez de aceptarse una estética sensacionalista, lo que prevalece es un calificativo negativo que oculta una historia, otra forma de pensar, sentir, actuar, una libertad de ser en todos los sentidos, en todos los extremos, en todas las posibilidades, en el arriba y el abajo, en la vida y en la muerte, en el aquí y en el más allá, por fuera de la perfección de la resurrección, donde solo “unos pocos pasarán a la vida eterna”.
No existe el sensacionalismo, simplemente somos en todas nuestras facetas. Como culturas híbridas presentamos las diferencias y coincidencias de nuestro
pasado y presente histórico, que no quiere ser reconocido por aquellos que se arrogan la verdad del futuro de un país o de la humanidad. Por lo tanto, en vez de ser una respuesta a una necesidad de información la construcción de relatos sociales narrativizados y ficcionalizados por la prensa sensacionalista parece responder principalmente a una demanda de reconocimiento. (Sunkel, 2002:124) Para argumentar que no existe el sensacionalismo porque sí (-), sino una estética sensacionalista, y que lo que se muestra como tal resulta ser un conjunto de matrices culturales sobrevivientes o transformadas de acuerdo con las necesidades de los pueblos y del mismo sentido del ser, pasaremos a analizar cómo la estética de lo que se llama sensacionalismo tiene un contenido histórico que la explica, y que no es el resultado del capricho de un hombre o un equipo de redactores, regularmente literarios, quienes son los que más se alimentan de estas historias citadinas y paradójicas.