En cuanto a esa ceguera del yo (je) se com prueba en el amor que, lo más a m enudo, no es sino un m alentendido radical
p ien so que m e q uiere [...] quiere decir que van a em pezar los líos.6
Esa fórmula tiene validez sobre todo porque subraya la dimensión del no quiero saber nada de eso que subyace, aquí, en el yo pienso, y sitúa de entrada el punto de origen del amor,
o sea su propio escollo, en esa convicción: “no somos más que
Uno”,7 Ahora bien, Lacan observa:
Por supuesto, todos saben que jam ás ha sucedido que dos hagan U no solo [...] D e ahí parte la idea d el am or.8
En efecto, la única y verdadera palabra de amor que reduce auténticamente a la nada nuestras mejores aspiraciones es la siguiente:
lepido que rechaces lo q uc te ofrezco, porque eso no es eso.9
Sin duda, parece ser que toda proposición de amor pasa necesariamente bajo las horcas caudinas de ese requerim iento imputable a lo real de la diferencia de los sexos. En otras palabras, el m alentendido es inevitable porque se funda en el desconocimiento (yo pienso...) del hecho de que una dem anda siempre supone un vacío imposible de colmar. En ese sentido, el amor ratifica una determ inada “pasión que puede ser la ignorancia del deseo”.10Remitámonos al comentario de Lacan:
[...] tepido— ¿qué?—que rechaces— ¿qué?—lo que te ofrezco — ¿por qué?— porque no es eso— eso, saben qué es, el objeto a. El objeto a n o es n in gú n ser. El objeto a es lo que supone d e vacío una dem anda [...] No es eso quiere decir que, en el d eseo de toda dem anda, sólo hay la solicitud del objeto a .11
El malentendido opera en el amor en cuanto se intenta tomar a cualquier otro por el objeto a que daría satisfacción al goce formando uno consigo. De esa manera, en elyo pienso de la plenitud de una unidad imaginaria se eclipsa eso que hace que el otro sexuado sea siempre fundam entalm ente heteros. La exi gencia torturante de reciprocidad que acompaña necesaria mente al amor es un testimonio de ello:
[...] yentonceselamor, ¿es siempre recíproco?—¡Peroclaro, claro
que s//P o r eso hasta inventaron el inconsciente: para percatarse de que el d eseo del h om bre es el d eseo d el Otro y que e l amor, aunque se trate de una p asión que p u ed e ser la ignorancia del
d eseo , n o por ello es capaz d e privarlo de su alcance. C uando se m ira d e cerca, se p u e d e n ver sus estragos.12
У Lacan prosigue esa instructiva explicación al poner de relieve la nervadura de esta fantasía devastadora:
El am or es im p oten te, aunque sea recíproco, porque ignora que no es más que el d eseo d e ser U n o, lo que nos lleva a lo im posible d e establecer la relación d e am bos. ¿La relación de am bos, d e quiénes? — d e am bos sexos.13*
[...] si bien es cierto q u e el am or tiene relación con el U no, jam ás hace salir a nadie d e sí m ism o.14
El amor, por el hecho de que alimenta una constante de inercia directamente proporcional a la impotencia de hacer Uno
con dos, induce de modo inevitable un lastre de incertidumbre
susceptible de hacer vacilar las garantías especulativas mejor fundadas. Por lo demás, cuando cambia bruscamente de direc ción, el no quiero saber nada de eso del sujeto se manifiesta en lo más profundo de sí mismo a través del fascismo imperioso de las exigencias de comprensión. Entonces el am or debe devenir íntegram ente explicable en el orden de las razones, y el yo pienso intenta otorgarse su control absoluto.
El totalitarismo de esa ceguera subjetiva está en connivencia con la estructura del deseo del sujeto que es, fundam entalmen te, deseo del deseo del Otro. Si bien el amor es ignorancia del deseo, esa estructura del deseo es, empero, la que puede salvar al sujeto atascado en la intimación que prescribe al amor de que se someta al orden de las razones.
No obstante, el surgimiento del deseo hacia otro, al igual que su eclipse, no depende en modo alguno de ese orden de las razones, sino de un objeto destinado a una inevitable metonimia. De alguna manera, el Uno del amores el no quiero saber nada de esa metonimia. Mientras que el objeto del amor traduce la movilización del deseo del sujeto al servicio del Uno, el objeto del
deseo, en calidad de objeto a, se caracterizajustamente por por el * H om ofonía entre de ellos (d’eux) y dos [deux], [T.]
hecho de no existir como ser. Eso da como resultado el hecho de que el amor sea ciego desde el m omento en que el yo pienso conduce a la certeza de que el otro amado es ese objeto del deseo.
La expresión más corriente de ese m alentendido se sitúa en la confusión del sujeto entre el deseo de reconocimiento y el
reconocimiento del deseo. El deseo de ser reconocido por el otro
es una exigencia del amor tanto más torturante cuanto que es imposible formar Uno con él. El reconocimiento del deseo, en cambio, puede situarse en los antípodas del amor, puesto que supone que el sujeto asume que el deseo es necesariamente una apelación a la metonimia de los objetos sustitutivos, objetos que el yo pienso no debe ni com prender ni, siquiera, justificar.
[...] lo que busca el d eseo en el otro es m en o s lo deseable que lo deseante, es decir, lo que le falta [...] D eseo al otro co m o deseante y cuando d igo co m o d eseante no he dicho siquiera, expresam ente n o h e d ich o co m o d eseante d e mí: porque soy yo quien desea y, al desear el deseo, ese d eseo n o podría ser d eseo de mí si m e en cu en tro en esa vertiente en la que estoy muy seguro, es decir, si m e am o en el otro, d ich o d e otro m od o, si m e am o a m í mism o.
Pero en ton ces ab an d on o el d eseo. Lo que quiero acentuar d e esta m anera es el lím ite, la frontera que separa el d eseo del amor: lo que n o quiere decir, por supuesto, q u e n o lo co n d icio n e d e todas las formas im agin ab les— ahí radica, ju stam ente, tod o el dram a.15
En consecuencia, del pienso al amor hay sólo un paso, el paso del Uno, precisamente.