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El hum o que se elevaba de los aromas quem ados sobre el altar fue m uy pronto interpretado com o un sím bolo de la oración humana que sube hasta D ios.

LAS SIETE TROMPETAS (Ap 8-9)

3. El hum o que se elevaba de los aromas quem ados sobre el altar fue m uy pronto interpretado com o un sím bolo de la oración humana que sube hasta D ios.

Las siete trompetas 137

La oración de los santos de la tierra, los cristianos, se une a la oración de los santos del cielo, de m odo que su grito es un grito único. El A pocalipsis presenta, pues, como inherentes a su revela­ ción, la com unión de los santos del cielo y de la tierra y la interce­ sión de los santos que están junto a Dios en favor de los hombres.

La intercesión de los santos pertenece a la entraña del A poca­ lipsis. N egar que los santos oren constantem ente y que lleven es­ ta oración ante Dios significa negar una parte de la encarnación; desconocer la com unión de los santos del cielo y de la tierra con la posibilidad de su intercesión supone traicionar una parte esen­ cial del Nuevo Testamento. Si no existiese la com unión de los san­ tos nos encontraríam os en una soledad inm ensa, no de tipo psico­ lógico, sino teológico, en relación con Dios. En ese caso, cuantos «nos han precedido en el signo de la fe y duerm en el sueño de la paz»

(Canon romano)

dorm irían para siem pre, la resurrección de Cristo no les habría alcanzado, no tendría plena eficacia. «La gran nube de testigos» (H eb 12, 1), que son los santos de la A ntigua y de la Nueva A lianza, constituye en cam bio «la asam blea de los prim ogénitos que están inscritos en el cielo» (H eb 12, 22-23), a la que se han añadido ya los cristianos que se encuentran en la tierra (H eb 12, 22). El A pocalipsis atestigua que el cuerpo de Cristo no existe solo en la tierra, sino que en él participan tam bién todos los que han m uerto y están ju n to a Dios. M ás adelante Juan dirá que cuantos han m uerto en C risto resurgen inm ediatam ente y ya des­ de ahora reinan con él (cf. Ap 20, 4).

Este ángel ejerce una función sacerdotal, de m ediación, orando a Dios y ofreciéndole la oración que sube desde la tierra, lo mism o que se afirm a del ángel Rafael en el libro de Tobías: «Cuando tú y Sara orabais, yo presentaba el m emorial de vuestra oración delan­ te de la gloria del Señor» (Tob 12, 12).

El ángel que lleva las oraciones a Dios está muy presente en la tradición occidental y es el que se menciona en el

Canon romano:

«Te pedim os, Dios om nipotente, que esta ofrenda sea llevada por manos de tu ángel ante el altar del cielo, ante tu divina m ajestad». La ofrenda apocalíptica esencial de todos los santos y de todos los tiempos se convierte así en la ofrenda única, la del Hijo Jesucristo.

138 El Apocalipsis

El grito de los justos y de los oprim idos, la oración que forma parte de la historia, es llevada por m edio del ángel a la presencia de Dios. En este punto el ángel tom a el incensario, lo llena del fue­ go del altar y lo arroja sobre la tierra (Ap 8, 5). La imagen está to ­ m ada de Ez 10, 2, donde, para significar el com ienzo del juicio, al hom bre vestido de lino se le da la orden de esparcir sobre la Jeru ­ salén culpable los carbones encendidos que se encuentran entre los querubines. Se produce un retum bar de truenos, rayos y tem blores de tierra (Ap 8, 5): cuando la oración es presentada a Dios y él la escucha, repercute en la historia del hom bre y se revela com o un com ponente histórico que produce un doble efecto de purificación (cf. Is 6, 7) y de juicio para los malvados y el mundo. Juan recorre y narra de nuevo la historia de la salvación. Estamos a punto de lle­ gar a la encarnación, a Jesucristo, al evangelio, a la iglesia: Dios in­ terviene, y con su palabra sana y hiere, castiga y salva.

El septenario de las trom petas se com pone de cuatro elem en­ tos (el núm ero que indica la tierra) y otros tres (que rem ite al cie­ lo), claram ente separados por el v. 13, y quiere m anifestar la

in­

tervención de Dios.

En este relato Juan rehace la narración de las «lecciones» que hirieron a Egipto antes del éxodo de los israeli­ tas. Pero vale la pena recordar que la intervención de Dios m ani­ festada en la «Torá de las plagas» (cf. Ex 7 -1 2 ) va precedida del grito, el gem ido de los hijos de Israel oprim idos, provocado por la dura esclavitud. Dice Ex 2, 23-25: «Los israelitas, esclavizados, gem ían y clam aban, y sus gritos de socorro llegaron hasta Dios desde su esclavitud. Dios

escuchó

sus lam entos y

recordó

la pro­ m esa que había hecho a A brahán, Isaac y Jacob. D ios

se Jijó

en los israelitas y

comprendió su situación

[conoció]». Escuchada la oración, Dios interviene: el m ovim iento es el m ism o que encon­ tram os en Ap 8.

Esta intervención de ju icio y purificación en respuesta al g ri­ to de las víctim as, que se repite varias veces tanto en el A ntiguo Testam ento (cf. Ex 22, 22.26; Dt 24, 15; Eclo 35, 13, etc.) com o en el N uevo (cf. Le 18, 7-8; Sant 5, 4-5), es anunciada ahora por Juan en este septenario de las trom petas com o el verdadero y pro­ pio proceso de encarnación del Verbo.

Las siete trompetas 139

2. La s s e i s p r i m e r a st r o m p e t a s (A p 8, 6 -9 , 21)

«Los siete ángeles que tenían las siete trom petas se aprestaron a tocarlas» (Ap 8, 6), y al sonido de cada trom peta sigue la reacción de angustia y perturbación en la tierra. Las trom petas suenan para m arcar los tiem pos de la encarnación: el Dios om nipotente aban­ dona su poder y se hace débil y pobre; el C reador entra en la crea­ ción, se som ete a las leyes creacionales y llega entre los hom bres; el tres veces Santo desciende entre los pecadores. La creación se descom pone y perturba porque esta irrupción de la bendición im ­ plica un proceso de separación dentro del mundo: la distinción en­ tre justos y m alvados. El lanzam iento de los carbones encendidos sobre la tierra significa que com ienza aquella intervención de Dios en la historia que ahora se desarrolla con el sonido de las trom pe­ tas; pero ese es el gesto realizado por Jesús m ism o con su venida al mundo: «He venido a prender fuego a la tierra; y ¡cómo desearía que ya estuviese ardiendo!» (Le 12, 49)4.

Las cuatro prim eras trom petas aparecen claram ente distintas de las tres últim as: son descritas m uy brevem ente (A p 8, 7-12) y la reacción que desencadenan se refiere siem pre a elem entos de la creación (tierra-m ar-ríos-astros). Su descripción se hace según un esquem a fijo que se repite: al sonar cada una de las cuatro prim e­ ras trom petas se produce la perturbación de

una tercera parte de

la tierra

(A p 8, 7),

una tercera parte del mar

(8, 8),

una tercera

parte de las aguas de los ríos y las fuentes

(8, 10-11),

una terce­

ra parte de las estrellas, del sol y de la luna

(8, 12). La esp ecifi­ cación de una tercera parte (un tercio) se fundam enta en el len­ guaje profético veterotestam entario (cf. Ez 5, 2; Zac 13, 8) y es bien conocida tam bién en la literatura rabínica5.

El sonido de la trom peta del

primer ángel

provoca granizo y fuego m ezclado con sangre; de este m odo es evocada la séptim a

4. Cf. el logion de Jesús transmitido por el apócrifo Evangelio de Tomás (10):

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