• No se han encontrado resultados

Se ha llamado la atención sobre el hecho de que la cuarta bestia vista por Daniel lleva, ella sola, diez cuernos, y com o la primera y la segunda, una sola ca­

a) Primera visión

2. Se ha llamado la atención sobre el hecho de que la cuarta bestia vista por Daniel lleva, ella sola, diez cuernos, y com o la primera y la segunda, una sola ca­

beza; en cam bio, la tercera tiene cuatro cabezas. En su conjunto las cuatro b es­ tias tienen siete cabezas y diez cuernos, precisam ente los caracteres de la bestia de Ap 13, I, que se presenta com o la totalidad de las cuatro bestias de D aniel.

Las siete visiones 181

tia de Dn 7, la m ás terrible y espantosa, la cual significativam en­ te se identificaba en el judaism o tardío y en los autores rabínicos con la potencia imperial de R om a3.

La bestia vista por Juan indica, pues, un nuevo im perio, el ro­ m ano, que reasum e en sí todas estas antiguas potencias, lleva los signos de los viejos imperios y no representa un

novum

absoluto en el desarrollo de la historia humana. Esta bestia recibe directam en­ te del dragón «su fuerza, su trono y su inm enso poder» (Ap 13, 2) y por eso m anifiesta su carácter de anticristo: Juan, en efecto, nos ha dicho ya que C risto recibe su poder, su autoridad y su trono directam ente de Dios (cf. 2, 28; 3, 21). El dragón, o sea, Satanás, el diablo, el seductor de toda la tierra, ha sido precipitado con la m uerte del Señor y sólo tiene poder por cierto tiem po, poder que otorga a la bestia. Lo que Juan en realidad quiere decirnos es que los títulos en que se apoyaban los poderes totalitarios de la anti­ güedad son propios de todo tiem po y lugar; en la bestia están re­ presentados todos los grandes enem igos de Israel, todos aquellos que se han opuesto a los planes salvíficos de Dios. Por lo tanto, no es lícito identificar a la bestia exclusivam ente con Roma. La ecua­ ción bestia-im perio rom ano es dem asiado superficial; en realidad, la bestia encarna el poder

tout court

, el poder totalitario, siendo imagen del poder depravado y degradado a un nivel infrahum ano, anim al, bestial. La pretensión de este poder lo lleva hasta la blas­ fem ia (A p 13, 1); desde A ugusto el em perador era llam ado «di­ vino», «hijo de Dios», «salvador», «señor», «digno de adoración»

(augustus/sebastos).

Estos y otros títulos conferidos al em perador constituían para el m undo ju d ío la mayor blasfem ia, y por tanto un atentado contra la unicidad del Señor, contra el Dios único.

La bestia ostenta los títulos del

poder totalitario

que pretende sustituir a Dios llegando a disputarle la adoración. Así pues, en ab­ soluto debe ser identificado autom áticam ente con el

Estado

, como con frecuencia han hecho los apocalípticos. Jesús m ism o (cf. Mt 22, 15-22 par) y después de él todo el Nuevo Testamento (cf. Rom 13, 1-7; 1 Tim 2, 1-2; 1 Pe 2, 13-17) han reconocido al Estado de­

182 El Apocalipsis

rechos sobre los ciudadanos en orden al bien com ún; por tanto, el cristiano debe respetar las leyes en su actuación en favor de la paz y la justicia, m ientras que el Estado, por su parte, perm anece siem ­ pre bajo el juicio de Dios, de m odo que nunca puede ser autorita­ rio ni ensalzarse con los títulos que solo a Dios pertenecen. Sobre este delicado problem a Juan no adopta ninguna posición mani- quea, por lo que resulta arbitrario querer fundam entar en el A po­ calipsis opciones «cristianas» antiestatalistas. En Juan sim plem en­ te existe la constatación realista de que aquel poder frente al que los cristianos deben com portarse con lealtad -c o m o afirm a todo el Nuevo T estam en to - puede pervertirse pasando de ser «m inistro de Dios» (cf. Rom 13, 1) a m inistro y siervo de Satanás. De hecho, es Satanás quien da autoridad y fuerza a la bestia; el poder totali­ tario no viene de Dios, sino del dem onio, quien lo ha recibido en las propias m anos y lo da a quien quiere (cf. Le 4, 6).

Después de la encarnación, Juan ve dentro de la historia dos li­ turgias radicalm ente opuestas: una im perial, político-totalitaria, y otra cristiana, dirigida al Cordero. La bestia tiene un poder tal que llega a usurpar prerrogativas de Dios y a escenificar una paro­ dia del Cordero crucificado y resucitado, prom etiendo la salvación que el m ism o Cristo prom ete: «U na de sus cabezas parecía haber sido herida de m uerte, pero su herida mortal estaba ya curada» (Ap

13, 3). Tam bién el C ordero se presentaba con una llaga y, aunque traspasado, estaba de pie. Percibimos aquí un eco de la leyenda del

Ñero redivivus,

bien conocida y difundida en las regiones del Asia Menor, según la cual Nerón, que se suicidó en el 68 d.C., en reali­ dad había sido arrancado de la m uerte, y estaba m ilagrosam ente vivo y dispuesto a un retorno terrible y vengativo4.

El poder totalitario, incluso cuando parece haber sido condena­ do a m uerte, tiene siem pre una cabeza herida que enseguida vuel­ ve a resurgir y entonces m uestra de nuevo su pretensión totalitaria. Las masas, otra vez seducidas e incluso adm iradas y fascinadas an­ te tal dem ostración de fuerza y de renovada vitalidad (cf. Ap 13, 3),

4. Cf. Suetonio, Nerón 57, 2-8; C om m odo, Canto apologético 830; etc. Es­ taba extendida también la creencia que identificaba a N erón con el Anticristo:

Las siete visiones 183

en lugar de liberarse caen con frecuencia en regím enes peores que el anterior. La de Juan no es una visión pesim ista de la historia, si­ no m ás bien la visión realista, ajena a toda idealización. El poder resurge aun cuando haya sido golpeado por una llaga m ortal y así toda la tierra se llena de adm iración y se ve llevada a adorarlo. En efecto, va detrás de la bestia, es seducida por ella, y adora al dra­ gón, sím bolo del poder en su fuerza ultram undana. Esa es la ilu­ sión y la seducción satánica: no conservar el propio lugar, sino ocupar el del otro, el de Dios. La tierra cum ple ante Satanás aquel acto de adoración, la

proskynesis,

reservada exclusivam ente para Dios: «A dorarás al Señor tu Dios y sólo a él le darás culto» (Le 4, 8; cf. Dt 6, 13). Con estas palabras de la Escritura, Jesús recha­ zó la tentación de Satanás, que le pedía que lo adorase, que se pos­ trase ante él, prom etiéndole el poder y la gloria de todos los reinos de la tierra (cf. Le 4, 5-7). En cam bio, los hom bres -d ic e J u a n - «adoraron al dragón diciendo: ‘¿Quién hay com o la bestia? ¿Quién puede luchar contra ella?’» (A p 13, 4). Entonan un cántico blasfe­ mo que pervierte el cántico del Éxodo: «¿Q uién com o tú, Señor, entre los dioses?» (Ex 15, 11 l x x).

El M esías se ha presentado com o C ordero, y para la iglesia el objeto de culto es el Cordero inm olado, el siervo, la víctim a; para el m undo, en cam bio, el objeto de culto y adoración es el poder, el verdugo que crea la víctim a. Juan en realidad nos está presentan­ do el anti-m esías y la anti-liturgia desarrollada por una anti-iglesia. La culpa m ás grave de Roma, el poder totalitario que Juan te­ nía ante sí, fue la de haber querido hacer de todas las naciones un solo estado reduciéndolas bajo un único poder. El m ensaje refe­ rente a la elección de Israel subraya la existencia de setenta nacio­ nes (cf. Gn 10: el «m apa de las naciones», de las gentes que pue­ blan la tierra), las cuales tienen derecho a la propia autonom ía e independencia, no en nom bre del nacionalism o, sino en el respe­ to a la diversidad de los pueblos y las culturas. La unidad de la hu­ m anidad, de la

adama

, no se realiza por m edio de Babel, bajo un poder totalitario, sino en la obediencia al Señor que ha querido pa­ ra cada nación un cam ino y características específicas, hasta atri­ buir un ángel a cada pueblo (cf. Dt 32, 8 l x x).

184 El Apocalipsis

A la bestia se le concede «autorización [una boca] para proferir palabras orgullosas y blasfem as» (Ap 13, 5); la expresión se en­ cuentra ya en Dn 7, 8.20, donde designa la arrogancia de A ntío- co IV Epífanes (el pequeño cuerno), que pretende cam biar el culto dado a Dios en su templo. A aquella se le concede tam bién «el po­ der para actuar durante cuarenta y dos meses» (Ap 13, 5), o sea, du­ rante todo el tiem po de los paganos, los últim os tiempos. La bestia abre la boca contra Dios y su morada (13, 6); por lo dem ás, ya con sus diadem as y los nom bres escritos sobre las cabezas ofendía al Señor y portaba la blasfemia. Juan dice: «contra su santuario [m o­ rada] (

skené

)»; esto alude a la caída de Jerusalén y a la destrucción y profanación del tem plo, m orada de Dios. Tras la destrucción de Jerusalén se realizan ante el tem plo sacrificios a las insignias y es­ tandartes rom anos, y Tito es saludado com o

imperator.

A este poder totalitario se le concede blasfem ar «contra los que habitan

(skenoün)

en el cielo» (Ap 13, 6), ofender a los agentes del plan de salvación e incluso hacer la guerra a los santos [creyentes] y vencerlos (13, 7). Juan aplica de nuevo a la bestia las expresio­ nes referidas a A ntíoco IV Epífanes en Dn 7, 21, asegurando que la bestia aún hace la guerra a los santos, a los cristianos, que cons­ tituyen la m orada de Dios en la historia y que son tem plos del Es­ píritu Santo (cf. 1 C or 6, 19). H istóricam ente es verdad: los santos son vencidos, los cristianos se ven perseguidos y convertidos en víctim as, y la bestia ejercita su poder sobre «las gentes de toda ra­ za, pueblo, lengua y nación» (A p 13, 7), es decir, tiene un poder universal que se extiende a toda la tierra. Todos los habitantes de la tierra, partícipes de la m undanidad,

le

rinden pleitesía: después de haber hablado de la bestia (neutro en griego), Juan dice que

«le

rindieron pleitesía [adoraron]», refiriéndose por tanto al dragón (m asculino en griego), porque el som etim iento a la bestia es so­ m etim iento al dragón y la adoración de la bestia se dirige en últi­ ma instancia al dragón, a Satanás (cf. 13, 4).

Sus adoradores son todos excepto aquellos «que desde la crea­ ción del m undo están inscritos en el libro de la vida del C ordero degollado [inm olado]» (13, 8). El texto griego perm ite dos lectu­ ras: si se pone una com a después de «inm olado», las últim as pala­

Las siete visiones 185

bras se refieren a la inscripción del nom bre en el libro de la vida (cf. 17, 8); si se om ite la com a, el texto afirm a que la inm olación del C ordero está inscrita en el querer y el actuar de Dios desde la creación (cf. 1 Pe 1, 19-20; Hch 2, 23). Esta segunda lectura, ad­ m itida tam bién en la tradición patrística, encaja perfectam ente en el universo teológico del autor del A pocalipsis y parece preferible. Así, el designio del C reador tiende ya hacia el acontecim iento pas­ cual. Por otra parte, C risto es presentado com o «el que está en el origen de las cosas creadas por Dios [el Principio de la creación de Dios]» (Ap 3, 14) y la liturgia celestial, cósm ica, a la que se aso­ cian todos los hom bres, desde el principio de la hum anidad se di­ rige a C risto com o el C ordero inm olado (cf. Ap 5, 6ss). M isterio­ sam ente, m ísticam ente, el Cordero se halla inm olado ya en el seno de la Trinidad en el m om ento m ism o en que Dios ha pensado en su Hijo y ha creado el m undo (cf. 1 Pe 1, 19-20). Al crear a Adán, al pensar el hom bre, en la generación m ism a del Verbo, Dios veía la cruz, el C ordero inm olado. Los Padres y la liturgia oriental insis­ ten en que el Cordero inm olado es la clave de lectura para enten­ der no sólo la redención, sino tam bién la creación5.

«Q uien tenga oídos que escuche» (Ap 13, 9). Frente a esta li­ turgia dirigida al antim esías (anticristo), Juan coloca una adverten­ cia; com o en las cartas de los capítulos 2 -3 dirigidas a la iglesia militante y confesante, se hace una invitación a la escucha: «El que esté destinado al cautiverio, al cautiverio irá. El que haya de m orir a filo de espada, a filo de espada morirá». Son palabras proféticas (cf. Jr 15, 2) que m uestran una

necessitas passionis:

ha llegado el m om ento en que quien sea llevado al m artirio debe perseverar, m antenerse absolutam ente fiel, perecer a espada si así se lo exigen, porque ahora el juicio es inminente. «¡Ha llegado la hora de poner a prueba la paciencia y la fe de los creyentes!» (Ap 13, 10).

5. Recuérdese también el fam oso icono de la Trinidad de Andrei Rubliov: los

Outline

Documento similar