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El ello como instancia primaria en Freud

CAPÍTULO III MARCO TEÓRICO

A. ALGUNAS NOTAS SOBRE LA DIMENSIÓN ESTRUCTURAL EN EL

1. El ello como instancia primaria en Freud

“Los instintos son las fuerzas que suponemos tras las tensiones causadas por las necesidades del ello” nos dice Freud en el Compendio de Psicoanálisis (Freud, 1938, p. 3381) Eros, como instinto de vida busca “establecer y conservar unidades cada vez mayores”, es la unión lo que construye, mientras que el instinto de muerte “busca la disolución de las conexiones”, su destrucción. Afirma además que vuelta hacia el exterior la destrucción se convierte en un factor de conservación del individuo (Freud, 1938, p. 3383). Estas ideas fueron las que tomaron Klein y Bion para describir los mecanismos de integración y desintegración, presente tanto en las posiciones esquizoparanoide y depresiva como en la conformación y destrucción de los pensamientos y del aparato para pensar, detrás de los cuales está la idea de unidades nuevas que se conforman con la unión de elementos parciales y de totalidades que se rompen y dan origen a divisiones nuevas.

Freud nos habla de las percepciones que el ello tiene de sus sensaciones

cenestésicas” que se sienten con relación al placer producido por una reducción de tensión debida a la satisfacción de las necesidades y al displacer, incremento de tensión por carencia de satisfacción, por incremento de estímulos que resulta displacentero. Nos

dice además que “El ello obedece al inexorable principio del placer, más no sólo el ello se conduce así. Parecería que también las actividades de las restantes instancias

psíquicas sólo consiguen modificar el principio del placer, pero no anularlo”. (Freud,

1938/1981, p. 3413).

En la cita que sigue vemos como Freud nos presenta una imagen del ello y sus demandas pulsionales como un campo de fuerzas de gran intensidad y de difícil control que, en búsqueda de una satisfacción inaplazable, genera conflictos hacia el mundo de afuera que ponen en peligro al individuo.

La única tendencia de estos instintos es la de alcanzar su satisfacción, que procuran alcanzar mediante determinadas modificaciones de los órganos, con ayuda de objetos del mundo exterior. Mas la satisfacción instintual inmediata e inescrupulosa, tal como la exige el ello, lleva con frecuencia a peligrosos conflictos con el mundo exterior y a la destrucción del individuo. El ello no tiene consideración alguna por la seguridad individual, no reconoce el miedo o, para decirlo mejor, aunque puede producir los elementos sensoriales de la angustia, no es capaz de aprovecharlos. Los propósitos posibles en y entre los supuestos elementos psíquicos del ello discrepan ampliamente de los que la percepción consciente nos muestra en nuestra vida intelectual y afectiva; además, para ellos no rigen las restricciones críticas de la lógica, que rechaza una parte de esos procesos, considerándolos inaceptables y tratando de anularlos. (Freud, 1938/1981, pp. 3412 - 3413)

2. Los instintos y el ello de Klein.

En su trabajo sobre la ansiedad y la culpa Klein (1948) afirma que la lucha entre

los instintos de vida y muerte operan desde el nacimiento y acentúan la ansiedad persecutoria provocada por esta experiencia, que repercute en que el mundo externo, incluyendo el pecho de la madre, parezca hostil. A esto se suma que el yo vuelve los impulsos destructivos contra este objeto primario. El bebé siente que la frustración por el pecho, lo que representa para él, para su vida, es la consecuencia de los impulsos destructivos proyectados vueltos hacia él y que el pecho frustrante lo está persiguiendo. De esta forma desvía hacia afuera el instinto de muerte; es entonces cuando el pecho atacado se convierte en el representante externo del instinto de muerte. Como el pecho "malo" también es introyectado intensifica la situación de peligro interno, el temor a la actividad del instinto de muerte en el interior. Es decir la porción del instinto de muerte

que ha sido desviada hacia afuera, con todos sus peligros asociados, se vuelve otra vez hacia adentro y el yo liga su temor a sus propios impulsos destructivos y al objeto interno malo. Esto conduce a una necesidad mayor por parte del yo de proyectar los peligros internos (principalmente el instinto de muerte) en el mundo externo. Klein identifica entonces dos fluctuaciones constantes:

… entre el temor a los objetos malos internos y externos, entre el instinto

de muerte actuando dentro y desviado hacia fuera, y la interacción entre proyección e introyección. Los peligros externos se experimentan a la luz de peligros internos y por consiguiente se intensifican; por otra parte, cualquier peligro que amenaza desde afuera intensifica la perpetua situación interna de peligro. Esta interacción existe en cierto grado a todo lo largo de la vida. El hecho mismo de que la lucha ha sido, en alguna medida, externalizada, alivia la ansiedad. La externalización de las situaciones internas de peligro es uno de los primeros métodos de defensa del yo contra la ansiedad y sigue siendo fundamental a lo largo del desarrollo.

Con la desviación hacia afuera del instinto de muerte, el instinto de vida se liga por medio de la libido al objeto externo, el pecho gratificador, que se convierte en el representante externo del instinto de vida. La introyección de este objeto bueno refuerza el poder del instinto de vida en el interior. El pecho bueno internalizado, que se siente como fuente de la vida, forma una parte vital del yo y preservarlo se convierte en una necesidad imperiosa. La introyección de este primer objeto amado está por consiguiente inextricablemente ligada a todos los procesos engendrados por el instinto de vida. El pecho bueno internalizado y el pecho malo devorador forman el núcleo del superyó en sus aspectos bueno y malo; son los representantes dentro del yo de la lucha entre los instintos de vida

y muerte” (Klein, 1946, pp. 40-41)

Inicialmente la relación de objeto es parcial pues las pulsiones orales están dirigidas hacia el pecho de la madre, con una doble interacción de las pulsiones libidinales y agresivas. Para ella el componente agresivo en los niños es muy fuerte, por lo que la frustración y la voracidad se despiertan muy fácilmente, y les resulta difícil soportar la privación y la ansiedad que esta generan. Klein (1952) afirma que

[…] la fuerza de las pulsiones destructivas en su interacción con las pulsiones libidinales suministraría la base constitucional de la intensidad de la voracidad. Sin embargo, mientras en algunos casos la ansiedad persecutoria puede aumentar la voracidad, en otros (según sugiero en El psicoanálisis de niños) puede transformarse en causa de las primeras inhibiciones de la alimentación. (Klein 1952, p.71)

3. Temperamento y ello en el modelo Harris- Meltzer.

Bajo este modelo la organización de la personalidad compuesta por el temperamento, la organización del objeto interno, la organización adulta y la organización infantil del self se presenta de manera detallada en los capítulo II y VI de

su libro Familia y Comunidad.

El temperamento es definido como aquella parte que encierra las preconcepciones y las inclinaciones innatas, ligadas a la fisiología general en los distintos momentos de la vida. Se lo describe a través de cualidades como activo-pasivo, masculino-femenino, violento-plácido, reflexivo-comunicativo, lento-rápido y corresponde al concepto de ello (instinto). El self comprende las funciones del yo y las representaciones de los

estados corporales del ello.

4. El yo como segunda instancia en Freud

Para Freud el yo es la instancia de “autoconservación” que está en contacto con el mundo exterior a través del aparato perceptual y de la actividad muscular, pero que vuelta hacia el interior limita las demandas del ello. Como dice Freud,

Frente al mundo exterior se percata de los estímulos, acumula experiencias sobre los mismos, elude los que son demasiado intensos, enfrenta (por adaptación) los estímulos moderados y aprende a modificar el mundo exterior, adecuándolo a su propia conveniencia. Hacia el interior, frente al ello, conquista el dominio sobre las exigencias de los instintos, decide si han de tener acceso a la satisfacción, aplazándola hasta las oportunidades y circunstancias más favorables del mundo exterior, o bien suprimiendo totalmente las excitaciones instintivas (Freud, 1938, p. 3380).

Se trata en realidad de una instancia reguladora que intenta ejercer control sobre el ello y sobre el mundo exterior. Regido también por el principio de placer-displacer.

El yo para Freud responde “con una señal de angustia a todo aumento esperado y

previsto del displacer, calificándose de peligro el motivo de dicho aumento, ya amenace desde el exterior o desde el interior.

Partiendo de la percepción consciente, el yo ha sometido a su influencia sectores cada vez mayores y capas cada vez más profundas del ello. Su función psicológica consiste en elevar los procesos del ello a un nivel dinámico superior,

(por ejemplo, convirtiendo energía libremente móvil en energía ligada, como corresponde al estado preconsciente); su función constructiva, en cambio, consiste en interponer entre la exigencia instintual y el acto destinado a satisfacerla una actividad intelectiva que, previa orientación en el presente y utilizando experiencias interiores, trata de prever las consecuencias de los actos propuestos por medio de acciones experimentales o «tanteos». De esta manera el yo decide si la tentativa de satisfacción debe ser realizada o diferida, o si la exigencia del instinto no habrá de ser suprimida totalmente por peligrosa (he aquí el principio de la realidad) (Freud, 1938/1981, p. 3380).

Pasa enseguida a describir las funciones del yo, todas aquellas que le permiten ubicarse en el mundo exterior. Se trata de considerar la percepción, la memoria, la atención, la conciencia, el juicio, el razonamiento, como formas de conocer, evaluar e interpretar el mundo y su propio ser. Son funciones que permiten por un lado la satisfacción de las necesidades instintuales, y por el otro lado defenderse de los ataques que provienen del exterior y del interior. Textualmente nos dice respecto a la protección como función del yo que:

El yo se protege […] estableciendo la función del juicio o examen de

realidad, que, merced a las condiciones reinantes al dormir, bien puede quedar abolida en los sueños. El yo, afanoso de subsistir en un medio lleno de fuerzas mecánicas abrumadoras, es amenazado por peligros que proceden principalmente de la realidad exterior, pero no sólo de allí. El propio ello es una fuente de peligros similares. Esto debido a que los instintos excesivamente fuertes pueden perjudicar al yo de manera análoga a los «estímulos» exorbitantes del mundo exterior. Es verdad que no pueden destruirlo, pero sí pueden aniquilar la organización dinámica que caracteriza al yo, volviendo a convertirlo en una parte del ello. (Freud, 1938, pp. 3413 – 3414).

Más tarde nos habla de las funciones que el yo realiza pero que tiene un campo de acción limitado en el tiempo

La noción de un yo que media entre el ello y el mundo exterior, que asume las demandas instintuales del primero para conducirlas a su satisfacción, que recoge percepciones en el segundo y las utiliza como recuerdos, que, preocupado por su propia conservación, se defiende contra demandas excesivas de ambas partes, guiándose en todas sus decisiones por los consejos de un principio del placer modificado; esta noción sólo rige, en realidad, para el yo hasta el final del primer período infantil alrededor de los cinco años (Freud, 1938/1981, p. 3417).

Esta manera de funcionar del yo con relación al mundo exterior puede verse afectada o perturbada, generando estados patológicos del yo, “en los cuales vuelve a

aproximarse más al ello”, y se produce “la anulación o el relajamiento de esa relación con el mundo exterior”.

Es en su trabajo sobre el Yo y el Ello, punto de transición entre la primera y la

segunda tópica, que Freud se preocupa de la relación entre el yo, la conciencia y la represión. Afirma en ese momento que

El yo integra la conciencia, la cual domina el acceso a la motilidad; es decir, la descarga de las excitaciones en el mundo exterior, siendo aquélla la instancia psíquica que fiscaliza todos sus procesos parciales, y que ejerce la censura onírica. Del yo parten también las represiones por medio de las cuales han de quedar excluidas no sólo de la conciencia, sino también de las demás formas de eficiencia y actividad de determinadas tendencias anímicas (Freud, 1923, pp. 2703-2704).

Más adelante se refiere a la relación entre el yo y el inconsciente asumiendo que

en el yo hay también algo inconsciente, “algo que se conduce idénticamente a lo reprimido, o sea, exteriorizando intensos efectos sin hacerse consciente por sí mismo, y

cuya percatación consciente precisa de una especial labor” (pp. 2704) Es en este mismo

trabajo cuando Freud afirma que

El yo es una parte del Ello modificada por la influencia del mundo exterior, transmitido por el P.-Cc. El yo se esfuerza en transmitir a su vez al Ello la influencia del mundo exterior y aspira a sustituir el principio del placer, que reina sin restricciones en el Ello, por el principio de la realidad. La percepción es para el yo lo que para el Ello el instinto. El yo representa lo que pudiéramos llamar la razón o la reflexión, opuestamente al Ello, que contiene las pasiones. La importancia funcional del yo reside en el hecho de regir normalmente los accesos a la motilidad (Freud, 1923/1981, p. 2708).

También resalta la relación del yo con el cuerpo cuando afirma que

En la génesis del yo, y en su diferenciación del Ello, parece haber actuado aún otro distinto de la influencia del sistema P. El propio cuerpo, y, todo, la superficie del mismo, es un lugar del cual pueden partir simultáneamente percepciones, externas e internas. Es objeto de la visión, como otro cuerpo cualquiera; pero produce al tacto dos sensaciones, una de las cuales puede equipararse a una percepción interna. El yo, es ante todo, un ser corpóreo. (Freud, 1923/1981, p. 2709).

5. El yo de Klein

En notas sobre algunos mecanismos esquizoides, Klein (1946) afirma que el pecho bueno introyectado forma una parte vital del yo, ejerce desde un comienzo una

influencia fundamental en el proceso del desarrollo del yo y afecta tanto a la estructura yoica como las relaciones de objeto. Para Klein (1946) existe una tendencia del yo a fluctuar entre la integración y desintegración durante los primeros meses de la vida del bebe.

Las funciones con que se identifica el funcionamiento del yo existen desde el inicio de la vida. Cree que una de las funciones principales del yo es la de hacer frente a las ansiedades de múltiple fuente con las que se encuentra el yo:

[…] de la actuación del instinto de muerte dentro del organismo, que es sentida

como temor a la aniquilación (muerte) y toma la forma de temor a la persecución. El temor al impulso destructivo parece ligarse inmediatamente a un objeto, o mejor dicho es vivenciado como temor a un abrumador objeto incontrolable. Otras fuentes importantes de ansiedad primaria son el trauma del nacimiento (ansiedad de separación) y la frustración de las necesidades corporales; y también estas experiencias se sienten desde un principio, como provocadas por objetos. Aun cuando estos objetos sean sentidos como externos, se transforman, por introyección, en perseguidores internos, reforzando así el temor a los impulsos destructivos internos. (Klein, 1946, p. 13- 14)

La función más sobresaliente del yo para Klein es su capacidad activa de escindir al objeto y al sí mismo cuando se encuentra enfrentado a los peligros internos y externos. Klein considera que

[…] el yo temprano escinde en forma activa al objeto y a su relación con él, lo que puede implicar cierta escisión activa del yo mismo. De cualquier modo, el resultado de la escisión es una dispersión del impulso destructivo, que es sentido como la fuente de peligro. Sugiero que la ansiedad primaria de ser aniquilado por una fuerza destructiva interior, con la respuesta específica del yo de hacerse pedazos o escindirse, puede ser de mucha importancia en todos los procesos esquizofrénicos. (Klein, 1946, p.14)

Un poco más adelante Klein sigue aclarando la relación entre la frustración por no encontrar satisfacción de las necesidades, las ansiedades a las que se enfrenta y la conformación o deformación del yo, cuando dice:

En estados de frustración y ansiedad los deseos sádico-orales y canibalistas se refuerzan y el niño siente que ha incorporado el pezón y el pecho en pedazos. De esta manera, junto a la división entre un pecho bueno y uno malo en la fantasía del niño, el pecho frustrador —atacado en fantasías sádico-orales— es sentido como hecho pedazos, mientras que el pecho gratificador, incorporado bajo el dominio de la libido de succión, es sentido como completo. Este primer objeto interno bueno actúa como un punto central del yo. Contrarresta los procesos de escisión y dispersión, contribuye a la cohesión e integración y constituye un factor en la construcción del yo. Pero la sensación del niño de tener adentro un pecho bueno y completo puede ser sacudida por la frustración y ansiedad. Como resultado, la división entre el pecho bueno y el malo puede ser difícil de

mantener y el niño puede sentir que también el pecho bueno está hecho

pedazos”. (Klein, 1946, p. 15)

La intensidad que adopte el proceso de escindir al yo y a los objetos internos y externos tiene como consecuencia el sentimiento de que el yo esta hecho pedazos. Que puede llegar hasta el estado de desintegración total. Estos estados de desintegración sentidos por el bebé son transitorios ya que el objeto externo a través de la gratificación lo ayuda con su presencia a recuperar la integración del yo y la síntesis de los objetos. Para Klein la capacidad del bebé de superar estados esquizoides temporarios está relacionado directamente con la elasticidad y resistencia de la mente infantil a los ataques del mundo externo.

Klein (1946) considera que el curso del desarrollo del yo y de las relaciones de objeto depende del grado de equilibrio entre los proceso de introyección y proyección en los estadios tempranos del desarrollo. Procesos que influyen también en la integración del yo y en la asimilación de los objetos internos.

6. El ideal del yo o superyó como tercera instancia en Freud

Freud descubre el fenómeno de la identificación y de la introyección y lo describe ampliamente refiriéndose a la manera como los padres quedan ubicados dentro de nosotros como parte de estos dos procesos. En sus propias palabras nos dice que

Como sedimento del largo período infantil durante el cual el ser humano en formación vive en dependencia de sus padres, se forma en el yo una instancia que perpetúa esa influencia parental y a la que se ha dado el nombre de super-yo. En la medida en que se diferencia el yo o se le opone, este super-yo constituye una tercera potencia que el yo ha de tomar en cuenta. (Freud1938/1981, p. 3381)

En el Compendio de psicoanálisis nos muestra el momento en que el yo, hacia los cinco años debe modificarse y constituir una nueva entidad

Hacia esa época se produce una importante modificación. Una parte del mundo exterior es abandonada, por lo menos parcialmente, como objeto, y en cambio es incorporada al yo mediante la identificación; es decir, se convierte en parte integrante del mundo interior. Esta nueva instancia psíquica continúa las funciones que anteriormente desempeñaron las personas correspondientes del mundo exterior: observa al yo, le imparte órdenes, lo corrige y lo amenaza con castigos, tal como lo hicieron los padres, cuya plaza ha venido a ocupar. A esta instancia la llamamos super-yo, y en sus funciones judicativas la sentimos como conciencia. (Freud, 1938/1981, p. 3417)

Recalca Freud la severidad que suele asumir esta instancia interna en el

momento de demandar del yo explicaciones no solo sobre sus comportamientos “sino