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La preocupación por los conflictos sociales y su reflexión es reciente en nuestro país, mientras aun trata de explicar el proceso de guerra interna, la emergencia de conflictos con expresiones violentas golpea la puerta de las ciencias sociales buscando una explicación.

Ciertamente las ciencias sociales fueron parte de la perplejidad de los movimientos sociales al principio ante la arremetida de sendero y después frente al autoritarismo fujimorista y actualmente ante el paradigma dominante del neoliberalismo. Existe una preocupación en las ciencias sociales por entender los conflictos sociales, ya que no se tratan de movimientos sociales que perduran en el tiempo pero si de movilizaciones efímeras de grupos organizados y de ciudadanos en torno a demandas específicas que tienen que ver con ejercicio de derechos, al respecto Lauer (2012) expresa la

preocupación “Sin movilizaciones nacionales de protesta, era razonable suponer a los descontentos más interesados en los local que en lo nacional”.

Algunos autores buscaron explicar los conflictos sociales usando los conceptos tradicionales de la sociología y su primer esfuerzo se orientó describir a los conflictos como los nuevos movimientos sociales, sin embargo otros autores criticaron la similitud entre los movimientos sociales y las protestas sociales carentes de proyectos políticos, Pajuelo (2004) expresa esta crítica de la siguiente manera; “a menos que decidamos utilizar dicho concepto para nombrar cualquier tipo de movilización o protesta social. Y en este caso, lo que estaríamos haciendo es incrementar la enorme imprecisión conceptual que acompaña el redescubrimiento de los movimientos sociales”.

A partir de estudios de caso De Echave et al con un marco teórico sobre movimientos sociales más recientes ponen el énfasis en las estructuras de movilización y de oportunidades políticas, la construcción de marcos de referencia y la intervención de Brokers y actores externos existentes en los conflictos para explicar la protesta social (De Echave et al 2009:183). Sin embargo, prestan atención a las dinámicas políticas sin

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considerar los procesos de incubación o de latencia de los conflictos y las dinámicas psicosociales (Mitchell, 2010) que son la base para la el escalamiento (Pruitt and Rubin, 1986), se centran básicamente en el proceso previo al escalamiento, donde se conforman las dimensiones políticas de los conflictos y se producen esas dinámicas de movilización y protesta que describen muy bien, ciertamente se trata de un acento en la dimensión política del conflicto pero no da cuenta de todas las otras dimensiones involucradas. De otro lado dichos autores se enfoca en los roles políticos de los actores de los conflictos, dejando de lado los roles de transformación o resolución de los conflictos, a pesar de ello, no dan cuenta de por qué los conflictos movilizan a tantos ciudadanos de a pie y generan adhesiones y también rechazos tal como ocurrió en el conflicto del Puente Montalvo o , ciertamente, el marco teórico basado en los movimientos sociales es insuficiente para explicar los procesos de escalamiento y polarización así como las dinámicas sociocognitivas involucradas.

Otros esfuerzos buscaron explicar los conflictos por la desigualdad económica generada por el neoliberalismo, expresada en los niveles de pobreza extrema, sin embargo esta afirmación tan común en la sociología política nacional no tiene un asidero real en la mayoría de conflictos, como lo sugiere Rivas (2005:2) “la pobreza no es causa directa de los conflictos, sin embargo el escenario descrito nos remite a un contexto de precariedad económica en el cual surgen demandas por inclusión y reconocimiento”. Prueba de ellos fueron diversos conflictos que surgieron en la primera década del dos mil, en el Perú, con los diversos conflictos impulsados por los empresarios algodoneros de Ica, o el conflicto con los empresarios arroceros del San Martín y también el conflicto con las asociaciones de transportistas de carga pesada, actores que están muy lejos de la definición de extrema pobreza, aunque afectados en sus ingresos por la globalización, lograron en alianza con sectores de precarios recursos (campesinos, pequeños y medianos agricultores, empresarios individuales del transporte) plantear una serie de demandas y negociar con el Estado.

De otro lado, los distritos con los mayores índices de pobreza extrema no son ciertamente donde mayores conflictos han surgido, ni sus miembros tienen la capacidad de

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articulación y agremiación, por la revisión exhaustiva de la literatura de los conflictos sociales que los conflictos surgen por amenaza o la insatisfacción de necesidades básicas, y estas, como ya habíamos analizado en el primer capítulo, se orientan al acceso de bienes y recursos tanto materiales (acceso a recursos naturales, alimentación, salud, etc.), desarrollo (educación, progreso) como simbólicos (identidad, religiosidad, estatus, etc.), por lo tanto, las demandas de inclusión y reconocimiento tienen, también cuentan en los conflictos.

En los conflictos socio-ambientales recientes está claro que las sociedades involucradas tienen índices de pobreza considerables, sin embargo, las demandas no son por más ingresos sino por mantener el modus vivendi (Conga, Tía María), el relacionamiento de sus comunidades con la naturaleza y los recursos (conflicto de Bagua, Ayaviri). Además, tanto en el conflicto de Bagua como en el de Ayaviri, los grupos indígenas también se movilizaron por razones religiosas, cosmovisiones de la naturaleza (relación con el bosque o los cerros sagrados) y por una demanda de inclusión ciudadana, ser consultados y tomados en cuenta, como lo sustenta Avruch (2004), no se pueden entender los conflictos si no se toman en cuenta los sistemas culturales de las partes en disputa.

Otros analistas buscaron explicar los conflictos por sus prácticas, especialmente el uso de la violencia, así lo sugiere Degregori (2004:35) “la política local, regional y hasta nacional resulta presa de una suerte de inversión fetichista y es colonizada por líderes que hacen del radicalismo y la violencia —es decir, los medios, si bien repudiables— el objeto mismo de su presencia pública en lugar de los fines o demandas sociales concretos, que resultan secundarios en su actividad política, de igual parecer es Reátegui al subrayar que estos grupos “proscritos del lenguaje público por las élites, se manifiestan ruidosamente en la forma de una aguda conflictividad y un radicalismo que excluyen toda

forma de diálogo para hacer de la política una lucha hasta las últimas consecuencias”

(Reátegui, 2005).

Ciertamente, estos autores buscaron explicar el peso que la violencia tiene en la expresión

de sus demandas y para la negociación política, pues “este uso de la violencia es el que se da para acumular fuerzas políticas o para dar fuerza a peticiones. Vamos a ver

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permanentemente que se utilizan métodos violentos, secuestros, bloqueos, etc. Empieza a legitimarse el uso de la violencia como medio eficaz para la acumulación de fuerzas políticas, para sustentar petitorios, para alcanzar protagonismo, para hacer justicia a cierta causa. Ese sí es un hecho importante porque pone el terreno de la confrontación política en un escenario en que aparece ese condimento que antes no existía” (Cotler 2005).

Además de la preocupación por los métodos violentos, estos autores ponen el acento en las dinámicas políticas de los grupos emergentes, subrayando que al no encontrar espacios en el sistema político actual usan de la violencia como una praxis política, en tal sentido los conflictos se explicarían por la frustración de ciertos actores y operadores políticos provinciales para acceder al Estado, lo que básicamente ha sido la misma explicación que se dio sobre a la emergencia de Sendero Luminoso a finales de los setenta en Ayacucho, pero sin embargo, no termina de explicar todo el complejo fenómeno de los conflictos sociales.

A nuestro parecer, la violencia no debe ser vista como la causa de los conflictos sino como una consecuencia de los mismos por ello su uso como praxis política, es una instrumentación de los actores, pues los conflictos no se originan en las prácticas violentas, sino, como revisamos en la literatura sobre conflictos, estos son un proceso social que se incuba, tiene etapas, y puede expresarse o no de formas violentas.

En conclusión, analizar los conflictos desde la violencia es explicar la neurosis por las manías, si bien se trata de las primeras respuestas de las ciencias sociales a la emergencia de conflictos, muchos de los analistas y periodistas de opinión, insisten en la actualidad en confundir los conflictos con las crisis y en dar explicaciones macro-estructurales a fenómenos que tienen un devenir y procesos específicos, articulados a la forma en que las industrias extractivas operan.

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