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CAPÍTULO I: ASPECTOS COGNITIVO-EMOCIONALES Y CEFALEA

2. EMOCIONES Y DOLOR

La asociación internacional para el estudio del dolor, lo define como “una experiencia sensorial y emocional displacentera, asociada con un daño actual o potencial o descrito en términos de ese daño”; de acuerdo con esta conceptualización, el dolor constituye una vivencia emocional y, si bien este aspecto se suele tener en cuenta entre los expertos en el manejo del dolor, aún es insuficientemente valorado en otros campos de la práctica médica general, lo que podría contribuir a impedir el abordaje integral en el tratamiento de este síntoma (47).

Como experiencia sensorial y emocional, el dolor depende de la integración, a nivel del sistema nervioso central, de diversos tipos de información biológica, con sustratos complejos de percepción, transmisión y procesamiento límbicocortical, que finalmente permiten su cualificación como vivencia subjetiva. Desde el punto de vista neurológico, el dolor es el resultado de la suma temporo-espacial de estímulos y el umbral doloroso, sería el punto crítico a partir del cual la estimulación neural adquiere cualidades álgicas, que transforman la información sensorial en experiencia con contenidos emocionales. No obstante, la integración neural de estímulos no es unidireccional (de la periferia a la corteza) y neutral, sino que está predeterminada por las expectativas, experiencias previas y esquemas mentales del sujeto, que a su vez dependen de su contexto cultural y de su historia personal. Además, la experiencia

32 dolorosa está determinada por las diferencias psicológicas estructurales, relacionadas con el temperamento y el estilo cognitivo sobre los estímulos sensoriales (40).

Melzack (1999), propuso la teoría de la neuromatriz del dolor, según la cual una serie de factores cognitivos podrían jugar un destacado papel en la experiencia del dolor, entre los cuales estarían la atención, las creencias y los estilos de afrontamiento (48). Se considera que los sujetos que experimentan dolor recurrente, tienen un sesgo atencional que los hace más susceptibles ante los estímulos relacionados con el dolor, lo cual se ha comprobado mediante neuroimagen funcional, donde se detecta que el enfoque de la atención en el dolor conduce a la activación de la sustancia gris periacueductal, mientras que la distracción produce su disminución en varias zonas relacionadas con la regulación del dolor (tálamo y parte de la corteza cingulada anterior) (49).

Entre las estrategias de afrontamiento se destaca el catastrofismo, que se asocia con mayor nivel de dolor en general y maladaptación delante de situaciones de dolor agudo y persistente (50); este factor se ha investigado de forma específica en pacientes con dolor de cabeza, encontrándose que además presentan otras estrategias inadecuadas como la evitación, la autocrítica y la resignación (inhibición del esfuerzo activo para el cambio), que a su vez se han relacionado con depresión, bajos umbrales de dolor y elevada discapacidad (51).

Varias investigaciones se han centrado en tratar de comprender cómo las emociones pueden modular la experiencia y la duración del dolor. En este sentido, es importante el concepto de nivel de activación emocional o arousal, así como el de valencia emocional, entendida esta última como la cualidad de positiva-negativa (agradable- desagradable) de una emoción. Aunque frecuentemente se plantea que las emociones negativas en general aumentan el dolor y las positivas lo inhiben, los estudio de laboratorio indican que la valencia de una emoción interactúa con su nivel de activación para determinar sus efectos sobre el dolor, de forma que sólo los niveles de activación relativamente altos, de un estado emocional desagradable, exacerban el dolor, o los de un estado emocional agradable inhiben el dolor; no obstante, estos

33 hallazgos experimentales tendrían que ser probados con el dolor producido en condiciones clínicas (52).

Según Lumley y cols. (2011), durante varias décadas, la investigación ha demostrado que los estados emocionales negativos como la rabia, la ansiedad, el miedo, el rechazo social y la inseguridad en el apego, no sólo se producen en respuesta al dolor, sino que también lo provocan, lo mantienen y lo agravan; por otro lado, la falta de conciencia y expresión de las emociones negativas, también se relaciona con mayor dolor y disfunción (47). Así mismo, Burke y cols. (2015), en un extenso meta-análisis, en el cual incluyeron 110 estudios sobre el funcionamiento psicológico de personas con dolor crónico, confirman que estos sujetos presentan dificultades en el manejo de la rabia y la hostilidad (53).

Slavin-Spenny y cols. (2013), plantean que debido a que la expresión de la ira es vista por muchas culturas, religiones y familias como algo nocivo, se genera una tendencia a suprimir o desplazar el enfado, en particular entre las niñas y las mujeres; así, aunque el enojo es normal y con frecuencia adaptativo, a menudo entra en conflicto con los sentimientos de culpa, la vergüenza y el miedo, y la supresión resultante de la ira parece contribuir al estrés crónico y los síntomas físicos como el dolor (54).

Según refieren Burns y Cols. (2008), el estudio sobre la inhibición de la ira y el dolor ha recibido contribuciones desde la perspectiva psicoanalítica, según la cual el ser humano gasta una buena parte de su energía mental y conductual en levantar defensas frente a pensamientos y deseos que resultan amenazantes para su psiquismo; así, por ejemplo, a determinados individuos, la creencia de que la expresión de la ira (e incluso experimentarla) es algo condenable, puede generarles ansiedad en las situaciones que les producen rabia, lo que les llevaría a inhibir estos sentimientos y sus manifestaciones conductuales; no obstante, las emociones reprimidas tienden a buscar vías de expresión, de forma que en el esfuerzo por reducir la ansiedad, la excitación que generan esas emociones amenazantes, podría transformarse en síntomas físicos. De esta forma, sería probable que en personas con dificultades para manejar y expresar fuertes emociones negativas, el dolor actuase como regulador

34 emocional que les permite aliviar la culpa inconsciente que les generan impulsos agresivos que el individuo no puede permitirse sentir, reconocer y/o exteriorizar (32).

Si bien los postulados psicoanalíticos no resultan fáciles de demostrar empíricamente, algunos estudios en los que se ha utilizado la provocación de la rabia en condiciones de laboratorio, han dado soporte a la idea de que la supresión de la ira lleva a reportar más altos índices de dolor y a una más baja tolerancia a él (55); así mismo, que podría estar relacionada con cambios fisiológicos específicos que exacerban el dolor en general (56) (57); no obstante, es difícil precisar la importancia de estos resultados de laboratorio para la aparición y evolución del dolor en la vida diaria; tampoco se conoce con certeza si la inversión de la supresión de la ira mediante el fomento de su expresión, llevaría a reducir el dolor (58), aunque algunas investigaciones aportan evidencias positivas al respecto (54).

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