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Junto a los antidepresivos, médicos y psicólogos aconsejan la terapia cognitivo-conductual (TCC) para superar la depresión.2
Según las investigaciones, la TCC ayuda a que los pacientes depresivos modifiquen sus pensa- mientos negativos y a que decrezcan los síntomas del trastorno.3
Los mecanismos por los que esta psicoterapia resulta beneficiosa se desconocen todavía. Las primeras in- vestigaciones sugieren que la TCC aumenta la activi- dad de la corteza prefrontal. Esta, a su vez, amortigua la actividad neuronal en la amígdala, área que facilita las emociones negativas.ABORDAJE PSICOTERAPÉUTICO / PSICOTERAPIA paraba sus competencias como docente con las de otro
voluntario, pensamientos que le hacían sentir que no encajaba. El terapeuta de Anna le pidió que describiese el trabajo que ella y el otro profesor llevaban a cabo du- rante las clases. «Cuando razoné sobre ello, me di cuen- ta de que ambos teníamos buenos y malos momentos», recuerda Anna. «Antes focalizaba mi atención en aspec- tos negativos de mí misma y en características positivas de la otra persona.»
La exabogada finalizó con éxito la terapia. Hoy, cuan- do le vuelven ese tipo de pensamientos, sabe identificar- los y examinarlos para determinar si está llegando a conclusiones poco realistas. «No es que no tenga más pensamientos negativos», confiesa, «pero ya no soy una víctima de ellos».
Strunk y sus colaboradores constatan que desarrollar habilidades de afrontamiento cognitivo disminuye los síntomas depresivos, a pesar de que las creencias negati- vas persistan. Una vez el sujeto ha aprendido esas destre- zas, puede ponerlas en práctica en cualquier momento de su vida. Ello podría explicar por qué los beneficios de la TCC resultan duraderos incluso una vez finalizada la terapia, fenómeno que no se ha constatado con el tra- tamiento mediante antidepresivos. Tampoco existen muchos datos sobre si otras psicoterapias ejercen un efecto similar.
Algunos investigadores se han servido de los estudios mediante neuroimagen para comprender mejor los me- canismos que subyacen a la terapia cognitivo-conductual. Las personas depresivas suelen mostrar diferencias en dos sistemas cerebrales primarios: la corteza prefrontal, responsable de capacidades mentales complejas, como el autocontrol y la planificación, y el sistema límbico, que incluye la amígdala, involucrada en el procesamiento emocional. En sujetos sanos, la corteza prefrontal es capaz de inhibir la actividad de la amígdala, mantenien- do el control de las emociones. Sin embargo, en nume- rosos individuos con depresión, la corteza prefrontal parece menos activa. «Las personas con depresión dis- ponen de una amígdala que se podría describir como de disparador fácil», comenta Greg Siegle, neurocientífico de la Universidad de Pittsburgh en Pensilvania.
La TCC puede corregir esos problemas. En 2007, Sie- gle explicaba en un estudio llevado a cabo a partir de imágenes por resonancia magnética funcional (RMf) que los adultos con trastorno depresivo manifestaban una actividad neuronal elevada en la amígdala cuando reali-
zaban una tarea emocional. Si se les pedía que resolvieran una actividad cognitiva, la activación en su corteza prefrontal dorsolateral descendía. A partir del seguimien- to de nueve sujetos que habían participado durante 14 semanas en sesiones de terapia cognitivo-conductual halló que la situación se revertía casi por completo.
«Los datos obtenidos por neuroimagen resultan espe- ranzadores», señala Timothy Strauman, psicólogo de la Universidad Duke en Durham, quien ha obtenido resul- tados similares. «Obtuvimos los cambios que esperábamos.» Los investigadores estiman que la TCC centrada en el control de los pensamientos reactiva la corteza prefron- tal hipoactiva, proceso que, a su vez, ayuda a reducir la hiperactividad del sistema límbico. «La terapia cognitivo- conductual enseña al paciente a intervenir y sacar parti- do de la corteza prefrontal en lugar de dejar que las emociones se apoderen de él», detalla Siegle.
Con todo, los resultados deben considerarse con pru- dencia. No solo se altera la actividad de la corteza pre- frontal y la amígdala en la depresión; tampoco son estas áreas las únicas sobre las que actúa la psicoterapia. De momento, los estudios son todavía escasos y, en ocasiones, contradictorios. «Mi postura al respecto es siempre pru- dente, pues no disponemos de suficientes estudios», in- dica Cynthia Fu, de la Universidad del Este de Londres. Según argumenta, existen entre tres y cuatro veces más estudios de neuroimagen relacionados con el uso de antidepresivos que con la psicoterapia. «Se trata de un campo de estudio nuevo, en el que los investigadores emplean actividades diferentes y llevan a cabo escáneres en momentos distintos. Esa diversidad puede conducir a una variedad de resultados.»
Preguntas y respuestas complejas
Del mismo modo que ocurre con la modificación de los pensamientos negativos, no está claro si las alteraciones neurológicas son causa o consecuencia de la recuperación. Con el fin averiguarlo, los científicos deben obtener neuroimágenes de los pacientes en repetidas ocasiones a lo largo de la terapia. En otras palabras, deben realizar un seguimiento de las alteraciones en la actividad cerebral y determinar si revelan una mejoría.
Ese tipo de investigaciones son caras, necesitan tiem- po y resultan pesadas para los pacientes. Además, por regla general, los científicos afirman que puede ser más difícil estudiar la terapia cogniti vo-conductual que los antidepresivos, puesto que en la primera existen más factores de sesgo: los terapeutas y las sesiones pueden variar ampliamente unos de otros. También resulta com- plicado administrar un placebo. Los científicos pueden comparar sujetos que participan en una TCC con otros a los que, de forma aleatoria, se han asignado al grupo de medicación o de placebo, o a una la lista de espera para recibir tratamiento. Asimismo, pueden emplear un grupo de control, cuyos miembros reciben consejos ge- nerales; sin embargo, resulta imposible controlar el estu-
L A A U T O R A