• No se han encontrado resultados

Como ya he explicado, en la comunidad judía, la santidad pasa por el matrimonio. En consecuencia, cuando ven a jóvenes que no están casados, los judíos organizan encuentros: es el famoso sidur. Preguntan antes a los jóvenes por el perfil que les interesa, también en lo que respecta al físico: ¡es muy pragmático! Luego consultan su fichero y ponen en relación a las personas que coinciden en sus demandas. ¡Atención, eso no compromete a nada! No hay matrimonios forzados. Incluso las chicas pueden continuar sus estudios, si lo prefieren, antes de casarse. Como los dos sidurs que han organizado para mí en Israel no me han permitido encontrar la que sea mi mujer, persisto y pido esta vez al director de la escuela donde enseño en Grenoble que se ocupe de encontrarme una esposa.

La joven que ha seleccionado para mí es lubavitch, originaria de una familia sefardí de Lyon. Trabajaba antes como institutriz de educación infantil en esta escuela de Grenoble, pero cuando yo llegué, ella había ido a estudiar en un seminario para mujeres en la región de París. Nuestra primera toma de contacto se hizo por teléfono, luego nos llamamos una vez por semana. Des-

pués, como la corriente circula bien entre nosotros, decidimos encontrarnos durante las vacaciones escolares. Y es así como comenzamos a quedar regularmente en un café, siempre en público. En el curso de estos encuentros, hablamos de nuestros proyectos. Eso va a durar así todo un año, y en ese tiempo podemos reflexionar. En fin, decidimos casarnos.

La feliz elegida se llama Martine. Me gusta mucho y compartimos las mismas ideas. Tenemos los dos la misma pasión por los textos místicos del pensamiento hasídico. Además, ella está de acuerdo en que continúe estudiando, como yo deseaba. Y sobre todo, los dos tenemos ganas de fundar una gran familia. Siempre he querido tener hijos. Y las familias israelíes tan cordiales que he conocido durante mis estudios en Israel han reforzado en mí ese deseo. Me han dejado entrever también una manera de vivir en familia muy diferente de la que conocí siendo niño. En efecto, entre los ultraortodoxos y los lubavitchs, que no tienen televisión, la familia está centrada en la vida con Dios. El padre pregunta a sus hijos: «¿Has entendido esta palabra de Dios? ¿Qué tal esta semana con tus amigos?». En la mesa, se habla sobre el modo en que se vive la religión, el día a día, y sobre las cosas de la vida cotidiana. Eso no tiene nada que ver con lo que yo he conocido en casa de mis padres. No se hablaba más que de temas exteriores, de política, de guerras, de fútbol.

Para celebrar nuestro noviazgo, el director de la escuela de Martine querría organizar una fiesta con sus compañeros y los alumnos. Pero, la costumbre es que el compromiso se celebre en casa del novio, por eso mi madre se empeña decididamente en organizar la recepción en su casa. Como está un poco contrariada, Martine le pregunta si puede invitar a compañeros y amigos. Mi madre le responde: «No, prefiero que no: puede resultar muy ruidoso ... ». A mí me parece que sencillamente no quiere un desembarco de lubavitchs en su casa. Al final, nuestros esponsales tienen lugar en dos tiempos, a primera hora de la tarde en casa de mis padres con la familia y algunos amigos íntimos, y al atardecer en la escuela de mi mujer.

Creo que en el fondo mi madre me reprocha. No ha aceptado que me fuese a Israel contra su voluntad. Por otra parte, mis padres nunca fueron a verme cuando estaba allí, diciendo que no tenían dinero para el viaje. Sin embargo, fueron a visitar a mi hermano a las Canarias. Más tarde, mis hermanos y her- manas me reprocharán el haberme apartado de la familia y haberme mostrado desagradecido con mi madre, después de todo lo que hizo por mí cuando era niño. Quizá mi madre no fuera tierna, pero era posesiva. Es triste, pero mis relaciones con ella estaban lejos de ser serenas. Sea como fuere, como yo estaba ya fuera de su influencia desde el día en que tomé la decisión de hacerme religioso e instalarme en Israel, su desacuerdo con mi mujer no incidirá en nuestro matrimonio, como suele suceder a veces.

Llega el día de nuestra boda. Estamos en el mes de julio de 1990, tengo 26 años. Para la fiesta, hemos alquilado el hall de una escuela. En efecto, como me gusta mucho bailar, hemos contratado una orquesta yeso requiere una gran sala. La ceremonia tiene lugar en el patio. Nuestras familias y nuestros amigos están todos reunidos allí. Según la tradición, mientras el rabino pronuncia las siete bendiciones rituales, Martine y yo estamos bajo la hupa, el palio nupcial. Después comienza la fiesta. Un gran paño separa la sala en dos partes, pues hombres y mujeres no deben mezclarse, por razones de pudor. La orquesta toca exclusivamente música judía religiosa, oriental o hasídica, y bailamos hasta las dos de la madrugada. Es una fiesta muy alegre. Mi padre y mis hermanos, mis primos y mis tíos, que nunca han visto una boda como esta, parecen encantados. Unas palabras sobre la música. En el universo judío, no hay un espacio y un tiempo para las cosas profanas y otro para Dios. Cada instante se vive con Dios. Por eso, cuando me hice ortodoxo, ya no escuché más que música religiosa. Felizmente, hay música judía para todos los gustos, para todos los estados de humor y para todos los momentos de la vida.

El director de mi yeshiva ultraortodoxa de Bnei Brak acudió a nuestra boda.

¡Desde Israel! Sin embargo, no ve con buenos ojos que me case con una

lubavitch. Un par de palabras sobre lo que distingue y separa a los

ultraortodoxos de los lubavitchs. Estos últimos pertenecen a una corriente del 41

judaísmo surgida de la escuela filosófica hasídica. El fundador de esta corriente,

nacido en Rusia a mediados del siglo XVIII, Baal Chem Tov, quería hacer

accesible a todo el mundo, incluso a los más modestos, la mística judía

reservada hasta entonces a los iniciados. Él y sus discípulos pusieron al alcance de la razón las nociones desarrolladas por la Kábala en el Zohar, la gran obra de exegesis mística de la Torá -la verdadera mística judía, no la de New Age que se nos despacha ahora-o En lo que concierne a la práctica de la Ley, ultraortodoxos y lubavitchs tienen la misma doctrina. Pero los ultraortodoxos están más centrados en la moral. Destacan los textos en que se dice lo que hay que hacer o no hacer, donde se insiste en el peligro del mal, en el temor de Dios. Según ellos, nadie debe interesarse por la mística antes de los 40 años. Los textos hasídicos intentan pensar el misterio de Dios a través de su creación, el ser humano y las

Escrituras. Están centrados sobre el asombro ante la grandeza de Dios que ha

creado el mundo de la nada. Se meditan frases de las Escrituras como esta: «La palabra de Dios está constantemente en los cielos». ¿Qué significa eso? Esta pregunta suscita un estado meditativo pero no es aún el diálogo con Dios de la oración cristiana, como ya subrayé antes. En realidad, los lubavitchs que he

conocido no eran especialmente místicos. Pero en aquel momento yo descubría

un mundo intelectual fascinante.

EN GALILEA

Durante los dos primeros años de nuestro matrimonio, según lo acordado con Martine, vuelvo a los estudios rabínicos en una yeshiva lubavitch que se

encuentra en Essonne. Más tarde, como deseo profundizar aún más en mi

conocimiento de la mística judía, decidimos regresar a Israel-más bien, soy yo

el que regresa a Israel, pues mi mujer nunca ha vivido allí antes-o Nos instalamos en Safed, el gran centro de estudios en la tradición kabalista acerca de los textos de los primeros siglos de nuestra era. Es una ciudad situada en las montañas, al norte del país, en Galilea. Alquilamos un pabellón que da sobre el lago de Tiberiades. ¡Es magnífico! Estudio en un Kollel, una escuela rabínica para casados. Mi mujer está inscrita en el programa Ulpán para aprender hebreo y descubrir el país. Con frecuencia vamos los dos a Haifa, para bañarnos en una playa salvaje desconocida por los turistas.

Todo va muy bien hasta el día en que el ejército me encuentra. Es el lado KGB

de Israel. Un día, recibo un requerimiento para cumplir el famoso miluim, del

que escapé al marcharme a Francia hace cuatro años. Esta vez acudo a la cita, y

allí me embarcan directamente, incluso sin dejar que avise a Martine de que no

voy a volver a casa. Así son las cosas allí: no se andan con chiquitas. Dos días después, puedo por fin telefonearle. Evidentemente, está muy inquieta. Me han llevado a una prisión, situada en los territorios, y mi misión es vigilar a los presos. Al cabo de una semana, tengo derecho a un permiso. A la una de la madrugada llamo a la puerta de casa, en uniforme militar, sin haber podido avisar a mi mujer de que volvía. Ella está muy agitada. Estos incidentes han 42

acabado con su paciencia. Me dice que no se encuentra bien en Safed y que quiere volver a Francia.

Comprendo muy bien su reacción. Es una mujer occidental, está sola en Safed, sin familia, y no habla el idioma. Pero a mí, en el fondo, no me fastidia tanto el haber sido alistado sin tambor ni trompeta por el ejército. Incluso paso allí buenos momentos. En efecto, con el paso de unas semanas, en el grupo en que he caído empiezo a encontrar la calidad de relaciones humanas que tanto aprecié en el ejército. Un día de shabat me pongo a cantar cantos religiosos desde lo alto de la torre en que estoy montando guardia. Cuando bajo, los demás soldados, de los que ninguno es religioso, me preguntan. ¡Me han escuchado! Les enseño entonces los cantos de shabat y nos ponemos a cantar todos juntos. Ese es mi pequeño lado misionero que no tiene miedo a nada. Después de este episodio, el general, un judío iraquí que no practica en absoluto, me convoca y me llama al orden: ¡está prohibido hacer proselitismo en las filas del ejército! Sin embargo, a continuación, me felicita por haber dado ánimos al equipo. ¡Está muy contento! Es curioso, pero el servicio militar tiene muchas virtudes.

Después de haber vivido momentos peligrosos, se aprecia más la vida. Cuando se vuelve a la vida civil, se disfruta de tener buena salud, se aprecian las cosas pequeñas, se siente todo con más agudeza. El ejército proporciona también una disciplina que robustece la voluntad. Durante el servicio se deben realizar tareas de las que no se tiene ningunas ganas. Pues bien, debo

reconocer que eso es muy formativo, sobre todo en nuestros días, pues cuando uno es joven se tiene la tendencia a no hacer más que lo que a uno le apetece. Como decía, mi mujer no apreció en absoluto este paréntesis

militar. Hasta el punto de que, al cabo de dieciocho meses en Safed, decidimos volver a Francia. Eso es para mí un sacrificio. Pero amo a mi mujer y quiero que sea feliz. Dos días antes de nuestra partida, a escondidas, me pongo a llorar en un rincón. Estoy visceralmente unido a Tierra Santa. Me siento en mi elemento en el seno de esta sociedad israelí mediterránea. En este pequeño país, se pasa de un paisaje y un clima a otro en menos de una hora, hace calor y la calidad de vida es bastante mejor.

Así que una vez más vuelvo a Francia a contrapelo. Pero, con el pasar del tiempo, estoy convencido de que ha sido la divina Providencia la que ha querido que fuera así, porque aquí es donde regresará con fuerza mi deseo por Jesús, a pesar de mi barba, mi sombrero y mi estricta ortodoxia judía.