En julio de 2002, muere mi madre sin que estemos verdaderamente reconciliados, aunque en estos últimos años nos veíamos regularmente y ella se mostraba cariñosa con nuestros hijos. Es para mí una prueba difícil de superar. Ignoro entonces que se acerca un acontecimiento que me afectará aún más. En el mes de diciembre del mismo año, cuando aún no ha terminado el duelo por mi madre, mi mujer -que está encinta de nuestro séptimo hijo- se entera de que está enferma.
La enfermedad avanza y ella no deja de echarse la culpa.
«Tendría que haberte escuchado -dice-, y haber espaciado más los nacimientos». Trato de consolarla: «¡Tu enfermedad no tiene nada que ver con los niños'». Cuando Chneor nace prematuramente lo llevan a la incubadora ya mi mujer la tratan en otra parte del hospital. Yo corro de uno a otro, tratando de ocuparme lo mejor posible de los otros seis hijos. Logro repartirlos entre varias familias de la comunidad judía que se han ofrecido a cuidarlos.
Mi mujer muere el 11de marzo de 2004. El médico me avisó de que era inminente. La he velado toda la noche, del miércoles por la tarde al jueves por la mañana. Luego, he tenido que
volver a casa para ver a los niños. Cuando he regresado al hospital, ella ya se había ido. Creo que no es necesario explicar el dolor que siento en ese momento. No se lo deseo a nadie. Lloro mucho. Pero no pienso, como dicen los judíos en esos casos, «Dios la ha dado, Dios la ha quitado», no, de verdad que no. No estoy enfrentado con Dios, no, nunca me he rebelado contra Dios. Tengo confianza en Él. No tengo espacio para dedicarme a mi dolor. Tengo, en lo sucesivo, la responsabilidad de siete hijos que consolar, alimentar y cuidar. Rache! no tiene más que diez años y Chneor, uno.
Dos meses antes del deceso, he confiado a nuestro último hijo, Chneor, a mi cuñada. Pero mi mujer me ha pedido explícitamente que mantuviera a los niños conmigo cuando ella hubiese desaparecido. Confiaba en mí para su educación. Hoy estoy orgulloso de que todos ellos estén bien educados, gracias a Dios. Ella no quería que fuesen a vivir con su familia, donde algunos han pasado temporadas durante su enfermedad. Ahora que se ha ido, me gustaría que Chneor viniese a vivir con nosotros. Pero viéndome solo con todos estos hijos pequeños, la hermana de mi mujer me propone quedarse con él un tiempo, y acepto. Esta decisión me cuesta enormemente, pero soy consciente de que no podría ocuparme bien de todos mis niños al mismo tiempo.
Y, mi amigo musulmán, me telefonea. Se ha enterado de la muerte de mi mujer. Su llamada me conmueve y me conforta el corazón. Me dice: «¡Acuérdate, éramos amigos! Esta amistad no ha desaparecido aunque nos hayamos separado. Aunque hayamos cortado los lazos, están ahí en lo invisible. ¡Ven a verme a Canarias!». Desgraciadamente, aunque tengo muchas ganas de volver a verle, no puedo responder a su invitación porque soy ultraortodoxo.
Aquí estoy, padre a tiempo completo, con la gracia de Dios, por supuesto. El entrenamiento militar que seguí en Israel me es de gran ayuda, estoy seguro. Despliego una voluntad y unas habilidades que no hubiera sospechado nunca para sacar adelante una casa. Comprendo pronto que es impensable volver al trabajo. Ser padre de familia kosher no es ningún chollo. Debo aprender a cocinar lo de todos los días, los pasteles del shabat, el pan. Dicho esto, descubro que es para mí un placer hacerlo. La vida cotidiana, práctica, concreta, tiene algo mágico para mí, mientras que antes no me gustaban los trabajos manuales. Sin embargo, la comida kosher requiere toda una organización. Está prohibido mezclar carne y leche. Hay que tener dos vajillas, una para la carne y otra para la leche, y las dos vajillas no pueden estar en contacto, ni lavarse al mismo tiempo. Se necesitan dos cacerolas, dos manteles, dos fregaderos. No se puede lavar una comida de carne en el fregadero donde está la vajilla de leche. El viernes, paso toda la jornada en la cocina para preparar las comidas del shabat. En resumen, no es cosa sencilla. Antes participaba en la vida de la casa pero, de repente, debo ocuparme de todo y hacen falta cuatro manos. Hay que seguir la escolaridad de los niños, llevarles al foniatra, al psicólogo, al dentista, fregar la 49
vajilla (no tenemos lavavajillas), la plancha, llevar kilos de ropa a lavar, ser ordenado en todo lo administrativo, hacer la compra, llevar a los niños en coche a la escuela judía e ir a recogerlos a la salida y, sobre todo, estar disponible para ellos. Guardo siempre un ratito para leer, estudiar y rezar. No me desanimo jamás. No me permito caer enfermo ni física ni psíquicamente. Sin embargo, tendría motivos para hundirme. No sé cómo aguanto. En todo caso, no con mis simples fuerzas humanas.
Permitidme un breve paréntesis sobre mi decisión de dejar de trabajar. Sé que esta elección y su consecuencia, la de vivir únicamente de los subsidios familiares y del subsidio de solidaridad específica, no ha sido comprendida por todos. Las personas que me juzgan ignoran sin duda lo que es atender y educar uno solo a seis niños todavía pequeños. Es un trabajo a tiempo completo, las 24 horas del día, todos los días del año, también durante las vacaciones escolares. Las madres de familia numerosa saben de qué hablo. Algunos años más tarde, cuando los niños son un poco mayores, dirijo una demanda al presidente de la comunidad judía de nuestra ciudad, que ya ha hecho mucho por nosotros, para que me encuentre un empleo de oficina. Me responde que eso no es posible. ¿Por qué entonces, se preguntan algunos, no busco un trabajo cualquiera que me permita ganar algún dinero? Sencillamente porque si ejerciera un trabajo inadecuado, sé que no sería bueno ni para mí ni para mis hijos. En efecto, si por ejemplo me dedicase a colocar producto en una gran superficie, creo, perdonadme la expresión, que «se me fundirían los plomos». Los niños ya han quedado bastante trastornados por la muerte de su madre y tengo que guardar un cierto equilibrio.
Poco después del fallecimiento de mi mujer, pienso que nos convendría mudarnos. Tenemos necesidad de cambiar de aires. Así que nos instalamos en una pequeña casita en el suburbio sudeste de París. La comunidad judía de este barrio me ha acogido muy bien y ha procurado ayudarme, y se 10 agradezco muy cordialmente. No hay más que dos habitaciones para los seis niños, pero tiene un pequeño jardín y es muy agradable. Al principio llevo a los niños a la escuela judía; pero poco después me doy cuenta de que no puedo pagar, a pesar de los descuentos que tienen a bien concederme. Los escolarizo entonces en la escuela pública que hay al lado de casa, 10 que en todo caso es más práctico y menos fatigoso.
Durante este periodo, al comienzo de mi viudedad, tengo una amiga judía no practicante. Me ayuda enormemente durante un año. Es ella quien me dio la idea de enviar un mail a todos los presidentes de comunidad para encontrar un alojamiento. Me acompañó a ver la casita en que nos hemos instalado. Nos ayudó en la mudanza, haciendo múltiples viajes de ida y vuelta entre el norte y el sur de París. Me ayuda a ocuparme de los niños, que la quieren mucho. Vive un poco con nosotros y respeta las reglas judías de la familia. Pero los seis niños y las obligaciones de la Ley son algo pesado para ella. En cuanto a mí, no llego
a encariñarme con ella lo suficiente. Decidimos dejarlo. ¿Era una relación kosher?, os preguntaréis. A decir verdad, no, no es de esas cosas normales en la comunidad judía ortodoxa. Pero en esta época yo soy ya un poco disidente. Me siento en paz con su conciencia.
A su vez, las personas de la comunidad judía quieren presentarme mujeres. Me encuentro con una o dos, participo de ese juego durante un tiempo, pero no funciona. Me he puesto una coraza. Hay algo en mí que no me permite apegarme a nadie. De hecho, creo que me he prohibido enamorarme. Si me engancho en una historia que no funcione, corre el riesgo de afectarme. Y no puedo estar preocupado por otra cosa que los niños. De todos modos, no sufro verdaderamente de soledad.
Paradójicamente, durante los tres años posteriores a la muerte de mi mujer, mientras estoy «libre» de hacer lo que quiera, no voy nunca a la iglesia ni llevo el crucifijo. No vuelvo a comprar los Evangelios y no medito. No porque me sienta culpable ante mi mujer, es solo que ya no pienso. Sin embargo, al pasar ante una iglesia, tengo siempre ganas de entrar. Para mí, visto ahora, este periodo de latencia es señal de que la atracción por Jesús no es sentimental. Mi relación con Cristo no es un modo de paliar una forma de soledad. Si no, me habría arrojado en sus brazos al desaparecer mi mujer. No, el amor de Cristo no llena un vacío afectivo. Además, esta relación con Jesús se enraíza en mi infan- cia y en mi adolescencia, periodos de mi vida en que nunca me he visto privado de amor humano.
Paralelamente, me distancio un poco de la comunidad judía.
Mi fe y mi práctica no han cambiado, pero ya no voy regularmente a la sinagoga. Estoy cansado. Prefiero estar tranquilo con los niños, vivir a mi ritmo y no al de las oraciones impuestas por la sinagoga. Cada vez más, siento la necesidad de una relación más personal y menos formal con Dios. La liturgia en la sinagoga, tal como está organizada, no me permite quedarme en mi interior: todo va muy rápido, no se para de leer, y leer. Cuando rezo un salmo, a veces una palabra se me clava y quiero detenerme ahí para meditarla. En la sinagoga, eso no es posible, hay que seguir. No se tiene un momento para estar a solas con Dios. Rezamos todos juntos, todo el tiempo. Entonces, trato a Dios en casa. Voy a mi cuarto, canto, bailo. Rezo a mi ritmo.
LUSTIGER ME HACE SEÑAS EN LA PLAYA, EN TROUVILLE