• No se han encontrado resultados

MARCO TEÓRICO

2.2 ENFOQUE DE GÉNERO

En relación a lo expuesto en el apartado anterior donde se define la Violencia de Género y los modelos que permiten comprender la complejidad de la violencia, surge como elemento a considerar dentro del fenómeno lo que es la variable género. De esta forma, se establece el enfoque de género como una perspectiva para analizar y comprender la violencia que se ejerce contra las mujeres, incidiendo en gran medida en la forma de intervenir de las instituciones que abordan el fenómeno, especialmente en los Centros de la Mujer, lugar donde se lleva a cabo el presente estudio.

Es posible encontrar un sinfín de definiciones en torno al género, que han sido elaboradas a partir de la visibilización de distintas situaciones en las que se ven expresadas las diferencias entre hombres y mujeres.

En esta materia, las autoras feministas han realizado un importante aporte a la perspectiva de género, por lo que es imprescindible no dejar fuera las conceptualizaciones que aquellas realizan sobre género.

36 A pesar de las diferencias que han logrado establecer entre ellas respecto del concepto de género, el consenso fluctúa en la comprensión de éste, como “el conjunto de ideas, representaciones prácticas y prescripciones sociales que una cultura desarrolla desde la diferencia anatómica entre los sexos, para simbolizar y construir socialmente lo que es propio de los hombres (lo masculino) y lo que es propio de las mujeres (lo femenino)”(Lamas, 1996: p.84).

SERNAM frente a esto, señala que “la categoría de género es una definición de carácter histórico y social acerca de los roles, identidades y valores que son atribuidos a hombres y mujeres e internalizados mediante los procesos de socialización” (SERNAM, 2013: p. 18).

De esta misma fuente, se considera que las dimensiones principales de dicho concepto son:

- Es una construcción social e histórica por lo que puede variar de una sociedad a otra y de una época a otra.

- Es una relación social porque describe las normas que determinan las relaciones entre mujeres y hombres.

- Es una relación de poder porque nos remite al carácter cualitativo de esas relaciones.

- Es una relación asimétrica; si bien las relaciones entre mujeres y hombres admiten distintas posibilidades (dominación masculina, dominación femenina o relaciones igualitarias), en general estas se configuran como relaciones de dominación masculina y subordinación femenina.

- Es abarcadora porque no se refiere solamente a las relaciones entre los sexos, sino que alude también a otros procesos que se dan en una sociedad: instituciones, símbolos, identidades, sistemas económicos y políticos, entre otros.

- Es transversal porque no está aislada, sino que atraviesa todo el entramado social, articulándose con otros factores como la edad, estado civil, educación, etnia, clase social, entre otros.

37 - Es una propuesta de inclusión porque las problemáticas que se derivan de las relaciones de género solo podrán encontrar resolución en tanto incluyan cambios en las mujeres y también en los hombres.

- Es una búsqueda de equidad que sólo será posible si las mujeres conquistan el ejercicio del poder en su sentido más amplio, como poder crear, poder saber, poder dirigir, poder disfrutar, poder elegir, ser elegida, etc.

En el año 2001 se incorpora en Chile el Sistema de Equidad de Género al Programa de Mejoramiento de la Gestión del país, lo que implicó que por primera vez los organismos públicos del país hicieran revisión de su quehacer desde una perspectiva de género, examinando la manera en que ellos como instituciones contribuían a la equidad e igualdad entre hombres y mujeres, proponiendo medidas para lograr dicho objetivo.

De esta forma, se inicia un proceso nuevo en el país, el proceso de incorporación de la perspectiva de género en las distintas instancias gubernamentales, proceso que es llamado como la transversalización de la perspectiva de género (Guerrero, 2005: p. 1), lo que en términos concretos, se traduce a considerar las diferencias entre hombres y mujeres en los distintos ámbitos de sus vidas.

De esta forma, la perspectiva de género se constituye como un instrumento de análisis crítico, siendo una variable socio-económica de base, sobre la que influyen otras variables que generan diferencias (Formujer, s/a: p. 14). Existe por otro lado, un modelo importante que surge al alero de la perspectiva de género. Este es el Modelo de roles. Este modelo refiere a la existencia de diferencias culturales entre los sexos que se organizan de una determinada forma. Es así como se asignan roles diferenciados para cada uno de los sexos, y que conllevan un comportamiento determinado, el cual es denominado como “estereotipos”. De esta forma, los roles tienen la finalidad de determinar tareas específicas a los sexos en función de las cuales no se puede flexibilizar, significando un mandato a cumplir por cada uno de los individuos de la sociedad en función de su conformación biológica (SERNAM, 2013: p. 19).

Los roles se transmiten como tradición de generación en generación, teniendo un carácter hereditario de cómo ser y comportarse de acuerdo al sexo. De este modo, se generan patrones de comportamiento que se transmiten transgeneracionalmente, por tanto al ser un comportamiento

38 aprendido, no es frecuentemente cuestionado por los individuos, sólo lo aprenden y lo viven como tal.

En este sentido, resulta importante tener en cuenta esta comprensión en torno al género, puesto que de este modo se puede reconocer cómo entiende la mujer la violencia, visualizándose si responde a una lectura basada en la experiencia familiar y a los patrones de conducta que habitualmente observó la mujer a lo largo de su vida.

Por otro lado, también es fundamental comprender la existencia de roles y estereotipos en torno al género, puesto que visualizar la construcción que realiza la mujer en torno esto nos permite reconocer las fortalezas de la intervención y los elementos a potenciar, puesto que en base al modelo de roles se puede conocer la posición de la mujer frente a esto, si presenta niveles de rigidez en torno a los roles, o más bien se muestra dispuesta a flexibilizar en relación a éstos.

Específicamente para esta investigación, resulta oportuno conocer las construcciones que realizan las mujeres que participan del proceso acerca del modelo de roles, puesto que este modelo refiere que socioculturalmente la mujer debe permanecer dentro de la esfera de lo privado, limitándola a cumplir las funciones de reproducción y crianza de los hijos, así como las labores asociadas al espacio laboral.

Desde esta problematización sobre los roles de género, será posible conocer con mayor profundidad las relaciones entre participación laboral y empoderamiento de las mujeres víctimas de violencia de género, puesto que si existe una comprensión crítica sobre los roles de género habrá mayor incidencia de la participación laboral en el proyecto emancipador de empoderamiento de mujeres víctimas de violencia de género.

2.3 EMPODERAMIENTO

Como reseña sobre el surgimiento del concepto de empoderamiento, es posible indicar que la retórica del empoderamiento se origina en Estados Unidos durante los primeros movimientos sobre los derechos civiles en los años sesenta. Ya a mediados de la década de los setenta comienza a ser aplicado a los movimientos de mujeres en la exigencia de los mismos derechos de los que eran acreedores los hombres en aquel entonces.

39 En este contexto, la palabra empoderamiento surge bajo la necesidad de generar cambios dentro de las relaciones de poder entre los géneros (De León, 1997: p.189), vislumbrando la existencia de una diferencia que desfavorecía a las mujeres por su condición biológica sexual.

Es así, como también surge la necesidad de conceptualizar el término poder. Lo que distintos autores, y en especial Foucault, quien posee importantes escritos sobre el poder, comprende a éste como el acceso, uso y control de recursos tanto físicos (materiales) como ideológicos, presentes en una relación social (De León, 1997:p.189).

En relación a los conceptos abordados en los ítems anteriores, se comprende que el ejercicio de la violencia contra la mujer es la expresión de la desigualdad de poder entre hombres y mujeres, donde a través del enfoque de género, es posible visibilizar que las distintas construcciones socioculturales de lo femenino y lo masculino reproducen y perpetúan dichas relaciones de poder en forma desequilibradas.

De esta forma, el empoderamiento se comprende como un proceso en el que el sujeto que se encuentra dentro de las dinámicas de subordinación, en este caso las mujeres respecto de los hombres, va generando cambios que permiten romper con aquellas relaciones en las que el poder se ve distribuido en forma inequitativa, desfavoreciendo a la mujer.

A través de este proceso, es como la mujer logra tener acceso y control de los recursos necesarios y poder, de tal manera que ellas puedan tomar decisiones informadas y adquieran control sobre sus propias vidas (Kishor, 2000 en Casique, s/a: p. 231). De esta forma se espera, que aquellas mujeres empoderadas, es decir, considerando todos aquellos aspectos descritos recientemente, puedan con mayor facilidad rechazar y evitar la violencia contra ellas.

Sin embargo, es esencial reconocer la complejidad que posee el concepto de empoderamiento femenino, diversas son las dimensiones que posee, y de esta forma “el sentido de las vinculaciones entre empoderamiento de la mujer y violencia de pareja, difieren en función del elemento específico de empoderamiento que se analice y el tipo de violencia en particular de que se trate” (Casique, s/a).

40 En este sentido, a partir de las construcciones teóricas en torno al empoderamiento de mujeres, se reconocen diversas dimensiones que facilitan los análisis del proceso como tal.

En esta oportunidad se revelarán los dos elementos más importantes del proceso de empoderamiento.

Uno de ellos es la autonomía y toma de decisiones. Otro es la disponibilidad de recursos, tanto económicos como sociales.

En cuanto a la autonomía y toma de decisiones, alude a las capacidades y por tanto posibilidades, de la mujer para optar, por decisiones concernientes tanto a ella en lo personal, como en el aspecto familiar, planteándose la idea de que una mayor igualdad en cuanto a poder de decisión entre los cónyuges, conlleva una reducción en el abuso hacia la mujer (Sa, 2004 en Casique, s/a p. 234).

En relación a la disponibilidad de recursos económicos y sociales, los expertos en el tema señalan que existen estudios que revelan que la violencia conyugal contra la mujer tiende a disminuir a medida que las mujeres contribuyen con el ingreso del hogar, o cuando ellas alcanzan ciertos niveles educativos, o cuando participan en ciertas redes sociales (Kabeer en Casique, s/a). De esta forma, el planteamiento apunta a que existe una relación bidireccional entre empoderamiento femenino y recursos, donde el acceso y disponibilidad de recursos facilita el empoderamiento y, a la vez, el empoderamiento facilita el acceso a más y nuevos recursos.

En tensión con la pregunta e hipótesis mismas de la investigación, los teóricos dicen asumir que “el acceso a recursos y a la propiedad de bienes, por sí solos, no implican un proceso de empoderamiento de las mujeres. Es preciso que vayan acompañados de un proceso de concientización en torno a las diferencias de género y los derechos y capacidades de las mujeres, para que se traduzcan en elementos de control sobre la propia vida y las decisiones familiares fundamentales y en una participación equitativa de hombres y mujeres en los diversos procesos sociales” (Casique, 2010: p. 38), lo que permite remitir nuevamente a la incidencia de realizar la presente investigación, para proponer mejoras en las intervenciones que se limitan a abordar el empoderamiento únicamente desde la obtención de un empleo y por tanto la inserción laboral de mujeres víctimas de violencia de género.

41 Tomando en consideración dicha comprensión sobre el empoderamiento de mujeres víctimas de Violencia de Género, es que se impulsa y propone en las diversas instancias que se aborda la Violencia de Género, la potenciación y promoción de los procesos de empoderamiento de las mujeres que se encuentran en dichas situaciones, lo que conformaría el objetivo principal del plan de intervención que se articula con la presente investigación, en el mismo contexto institucional, Centro de la Mujer Talagante.

Sin embargo, se reconoce una implicancia fundamental del proceso de empoderamiento en la vida de una mujer, que hasta ahora había permanecido latente.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (en adelante UNICEF) destaca que un tema fundamental en la agenda pública en torno a las inequidades de género, es el desarrollo de las mujeres. Mas, la definición de desarrollo de la mujer implica aunar los conceptos de igualdad de género y de empoderamiento. En este sentido, UNICEF reconoce que la igualdad entre hombres y mujeres es intrínseca a la definición de desarrollo de la mujer, lo que culmina necesariamente en impulsar el empoderamiento de las mujeres como un medio para superar los obstáculos asociados a la inequidad de género (UNICEF en León, 1997: p. 177).

De este modo, UNICEF apuesta en que el empoderamiento de mujeres se puede promover a través del alcance de cinco niveles de igualdad. Por tanto, el alcance de estos niveles de igualdad se traduce en el alcance también de desarrollo y empoderamiento.

Esta apuesta que realiza UNICEF es fundamental dentro de este trabajo de investigación, puesto que de esta fundamentación teórica se desprenderán análisis en torno a los niveles de empoderamiento de las mujeres víctimas de violencia de género, protagonistas de este estudio.

En un primer nivel y desde abajo, se sitúa el nivel Bienestar. Este nivel hace referencia al bienestar material de la mujer, como el estado de nutrición, suministro de alimentación e ingresos. En este nivel se develan las brechas de género únicamente desde lo material y no como una capacidad de la mujer de modificar su vida. Sin embargo, éste nivel no es suficiente para hablar de empoderamiento, ya que la acción de mejorar el bienestar conlleva el acceso a recursos, por tanto se requiere del segundo nivel.

42 El nivel dos se contiene desde el acceso a recursos. Los bajos niveles de productividad de la mujer se relacionan al acotado acceso a los recursos para su desarrollo. Contrastando los casos de hombres y mujeres, la mujer tiene menos acceso a educación, servicios y capacitación que facilitan el trabajo remunerado, por tanto tiene menos acceso a oportunidades en cuanto a desarrollarse. UNICEF reconoce que el factor primordial de esta situación es que “en casi todas las sociedades, la mujer tiene una carga tan grande de trabajo doméstico y se subsistencia al servicio de su familia, que no tiene suficientemente tiempo para invertir en su propio progreso y desarrollo” (UNICEF, 1997: p. 178).

En este nivel, superar las brechas de género consiste en que la mujer pueda igualar el acceso que tiene el hombre a las diversas oportunidades. Sin embargo, según UNICEF, empoderamiento conlleva a que la mujer sea consciente de las inequidades de género, motivándole a gestionar acciones para equiparar el acceso los mismos recursos y oportunidades al que tienen los hombres. De este modo, el acceso a recursos se percibe como un paso hacia el progreso de la mujer, sin embargo el acceso reducido que tienen las mujeres a los recursos es efecto de la discriminación que existe en torno a la concepción de género femenino, por lo que para hacer frente a esta desigualdad es imprescindible pasar al tercer nivel, sobre la concientización de la desigualdad.

El tercer nivel, concientización, se comprende que las brechas de género no se alojan de manera empírica como los casos anteriores, sino que en el aparato psíquico, a través de la creencia de que la posición socioeconómica inferior de la mujer y la división sexual del trabajo responde a un orden natural. En este nivel, el empoderamiento consiste en sensibilizar a la sociedad respecto de estas creencias y sus prácticas, y el rechazarlas se traduce en reconocer que la subordinación y opresión de la mujer no es parte de un orden natural, sino que responde a todo un sistema de discriminación socialmente construido, por tanto puede modificarse (UNICEF en León, 1997: p.179).

Desde este nivel, se debe aspirar a que la mujer se dé cuenta que sus problemas no se originan desde una deficiencia personal, sino que son expresión de la discriminación que se instala en las sociedades y culturas. En este sentido, se interpela a que la mujer mantenga una reflexión crítica respecto a las prácticas discriminatorias y no se conformen con aceptar en la “la vida es así”.

43 Por tanto “la creencia en la igualdad de género como una meta del desarrollo está en la base de la conciencia de género, y es el elemento ideológico crucial en el proceso de empoderamiento que provee la base conceptual para la movilización con respecto a asuntos de desigualdad de la mujer” (UNICEF en León, 1997: p. 179)

Participación es el cuarto nivel. Se establece que las brechas de género encuentran sus bases en las bajas participaciones de las mujeres en distintas instancias sociales, realidad que puede fácilmente medirse y cuantificarse en función del número de mujeres que se encuentran en servicios públicos, cargos privados, en asambleas legislativas, en comparación con los hombres. En este sentido, la participación significará que la mujer se encuentre involucrada de manera activa en los procesos de desarrollo. Esta participación tiene que expresarse en que las mujeres puedan ser parte de los procesos de toma de decisiones, evaluación de necesidades, identificación de problemas, evaluación de proyectos, entre otras instancias. En términos concretos, este aumento de representación femenina significa en sí misma adquisición de poder (UNICEF en León, 1997: p. 180).

Por último, control constituye el quinto nivel. Se establece desde aquí que la brecha de género se manifiesta en las relaciones de poder desiguales entre la mujer y el hombre, es decir, se refiere a cómo se construye el poder en una relación entre hombre y mujer. “La mayor participación de la mujer al nivel de la toma de decisiones llevará a mayor desarrollo y adquisición de poder por las mujeres cuando esta participación se utilice para lograr mayor control sobre los factores de producción para asegurar la igualdad de acceso de la mujer a los recursos y la distribución de los beneficios” (UNICEF en León, 1997: p. 180 - 181). En este sentido, igualdad en torno al poder significará que ninguna parte se sobrepone a la otra en ejercicio de dominación, sino que la mujer, al igual que el hombre, tendrá la posibilidad de decidir el curso de su vida y de su influencia en el entorno social.

En consecuencia, se entiende que a través de la igualdad de control permitirá a la mujer tener mayor acceso a los recursos y asegurar su propio bienestar y el de sus hijos.

En función de lo señalado, es importante señalar que en tanto a la interacción de los distintos niveles, no se pretende decir que los primeros sean más importantes que los últimos, que el bienestar importe menos que el control, sino que los niveles mayores sobre control y participación se

44 configuran como esenciales para asegurar el bienestar de las mujeres y de su núcleo familiar.

Por otro lado, esta descripción en niveles acerca del empoderamiento permite generar una noción cíclica de la adquisición de poder, por tanto una brecha en cualquiera de los niveles tendrá repercusiones en los demás niveles. De este modo además, se intenta generar una conciencia en torno al empoderamiento como un proceso cíclico que se encuentra en constante tensión con los múltiples elementos que le componen.