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entenderse como la extensión adicional del capítulo 10 y no como una visión inconexa, ya que en esta

In document LIBRO Las Profecías del Fin (página 137-150)

visión de los dos testigos se revela lo que Juan experimentó

simbólicamente al comerse el librito. Muchos comentadores bíbli-

cos consideran la visión acerca de los dos testigos de Dios en

Apocalipsis 11:1-13 como el desarrollo adicional de la visión del

librito abierto de Apocalipsis 10. Mounce concluye diciendo que

"[Apoc. 11:1-13] forma el contenido del 'librito' del capítulo 10

que fue dulce al paladar y amargo al vientre (Apoc. 10:9,10)".

l Una opinión así se basa en el hecho de que ambas visiones son parte del mismo interludio del tiempo del fin entre la sexta y la séptima trompeta. Pero también existe el mismo desarrollo temático entre Apocalipsis 10 y 11. La proclamación del librito abierto se la denomina "profetizar" (Apoc. 10:11), lo que se describe como la misma misión de los dos testi- gos en Apocalipsis 11:3, (Ty 10. Además, el mensaje del librito y el de los dos testigos se dirige a los mismos oyentes en el mundo (Apoc. 10:11; 11:9). Apocalipsis 10 está ampliado en la visión siguiente del capí- tulo 11, y separar el capítulo 11 de su introducción en el capítulo 10 es separar lo que Dios ha unido. Nuestro primer asunto es ver de qué mane-

ra Apocalipsis 11 desarrolla el tema de Apocalipsis 10. (2/8)

La naturaleza simbólica de la visión de Apocalipsis 11

Así como la visión preliminar de Apocalipsis 10 es simbólica en sus presentaciones, también lo es la visión del capítulo 11. Este capítulo apunta directamente a su descripción simbólica cuando declara que la gran ciudad es "simbólicamente" (CI, BJ [pneumatikós, "en sentido espiri- tual", Valera]; "alegóricamente", JS; "lenguaje figurado", DHH) "Sodo- ma y Egipto" (Apoc. 11:8). La descripción del capítulo 11 es distintiva- mente hebrea en carácter. Toma su lenguaje e imágenes de Daniel, Eze- quiel, Zacarías, y también de las vidas de Moisés y Elias. Sin embargo, la descripción de la muerte de los dos testigos, su resurrección y su ascen- sión visible está obviamente tomada de la vida de Jesús narrada en los Evangelios.

Los apóstoles usaron en forma consistente términos e imágenes he- breas como lenguaje simbólico para describir la misión de Jesús y de su iglesia (ver Primera parte, caps. III y IV de esta obra). Un ejemplo revela- dor esta en Hebreos 12:22-24, donde se menciona el "monte de Sión" para representar a la iglesia, porque el mediador del nuevo pacto de Dios ahora es Cristo Jesús. La visión de Juan de los 144.000 israelitas en Apocalipsis 7 debe ser interpretado igualmente de acuerdo con la her- menéutica del evangelio (ver el cap. VIII de esta obra). Una aplicación li- teral de los símbolos hebreos en Apocalipsis 11 niega el evangelio e ig- nora que el Apocalipsis está centrado en Cristo.

La naturaleza pro/éptica de Apocalipsis /1:1-13

Juan usa con frecuencia el estilo literario de la prolepsis, es decir, anti- cipar un acontecimiento futuro introduciendo un símbolo nuevo que se explica más tarde. En Apocalipsis 1 anticipa el evento culminante de to- do el libro: "He aquí que viene con las nubes..." (Apoc. 1:7), tema que Juan desarrollará en Apocalipsis 6:12-17, 14:14-20 y 19:11-21. Todas las

promesas divinas en los capítulos 2 y 3 son descripciones prolépticas bre-

ves de lo que se desarrolla extensamente en los capítulos 21 y 22.

Otro ejemplo está en Apocalipsis 14:8, donde presenta por primera vez a "Babilonia" por medio de una prolepsis y desarrolla su significado completo en los capítulos 16 al 18. Las 7 postreras plagas se mencionan brevemente primero en Apocalipsis 15, y después de desarrollan deteni-

damente en Apocalipsis 16.

Todo el Apocalipsis es una revelación coherente, indivisible y pro- gresiva, y en él están íntimamente relacionadas todas las visiones. Siem- pre que seccionamos un capítulo de la unidad total y tratamos de aplicarlo al mundo o a la historia de la iglesia, estamos destinados a malin-

terpretar su significado. Por lo tanto, una exégesis responsable del Apo- calipsis respetará la conexión estructural de todas sus visiones. Con res- pecto al capítulo 11, muchos consideran que es uno de los capítulos más difíciles de interpretar del libro; otros lo ven como un resumen prolépti- co de los capítulos 12 al 22.

Joseph S. Considine concluyó en su estudio instructivo sobre Apoca- lipsis 11, que los capítulos 10 y 11 "narran un relato continuo, en el que el

capítulo 10 forma una introducción solemne para al capítulo 11", de manera

que el 11 anticipa prolépticamente los acontecimientos de Apocalipsis 12 y 13. También se dio cuenta de los interludios paralelos dentro de los sellos (cap. 7) y de las trompetas (caps. 10 y 11), y por eso declaró:

"Pero es más que un paralelo; completa lo que se nos dijo en el epi- sodio entre el sexto y el séptimo sello, ya que lo que no se dice en uno, se dice en el otro. Estas visiones interpuestas nos dan un cua- dro de la vida interior de la iglesia de Cristo durante la lucha... las visiones interpuestas apuntan a la obra y a la fe de los verdaderos hijos de Dios... Los acontecimiento predichos en los capítulos 7 y 10-11:1-13 son necesarios como preludios del fin".2

Si reconocemos estas relaciones estructurales, no podemos tratar más estas secciones como digresiones innecesarias, sino más bien como partes esenciales que encajan exactamente en la estructura total del li- bro. Ninguna perícopa puede separarse o dividirse de lo que la rodea. Todo el lenguaje figurado de Apocalipsis 11 queda aclarado por la mis- ma Biblia, lo que significa que Apocalipsis 11 debe interpretarse por su contexto inmediato (es decir, de los capítulos circundantes que tratan con el tiempo del fin) y por su contexto más amplio en el Antiguo Testa- mento, antes que se puede emprender la tarea de hacer cualquier aplica- ción a la historia.

Apocalipsis 11 ofrece un anticipo de la última crisis de fe para los creyentes verdaderos que viven en el mundo; será una crisis universal (se menciona 4 veces la palabra "tierra") causada por el testimonio vale- roso de los testigos de Dios entre una población hostil descrita por la frase estereotipada "los moradores de la tierra" (v. 10).

Para Juan, "los moradores de la tierra" se definen teológicamente como los que son engañados por la adoración idolátrica de la bestia (ver Apoc. 13:8, 12,14; 17:2) y cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida (17:8). Son enemigos del pueblo de Dios y culpables de la sangre de los santos (6:10). Sin embargo, la aparente derrota de los que adoran

en el templo de Dios será finalmente cambiada por el acto de Dios. Serán vindicados por su resurrección de los muertos y por su ascensión visible al cielo "en una nube" (11:11, 12), lo mismo que su Señor experimentó durante su vida en la tierra. En ese momento, la recompensa de los jus- tos está acompañada por un gran terremoto que obliga a que muchos den "gloria al Dios del cielo" (v. 13).

Es evidente que Apocalipsis 11:1-13 no es una profecía aislada acer- ca del pueblo judío o de acontecimientos seculares de la historia del mundo, sino que está inextricablemente tejida en el tejido del Apocalip- sis de Juan, estableciendo una relación clara con Apocalipsis 12 y 13 al introducir en forma proléptica las unidades de tiempo proféticas de "42 meses" y "1.260 días" en Apocalipsis 11:2 y 3 (ver Apoc. 12:6, 14; 13:5). Apocalipsis 11:7 introduce en forma abrupta "la bestia que sube del abismo" sin ninguna explicación adicional de su identidad hasta que Apocalipsis 13 desarrolla sus conexiones históricas y teológicas con Da- niel 7.

La recompensa de los mártires que aparece en Apocalipsis 11:11 y 12 se vuelve a mencionar bajo la séptima trompeta (11:16-18) y se am- plía en Apocalipsis 14:1-5, 20:4-6 y 22:1-5. En resumen, la visión simbóli- ca de Apocalipsis 11:1-13 es una sinopsis breve y una anticipación de la revelación progresiva de los capítulos 12 al 22.

Símbolos de la iglesia verdadera

"Entonces me fue dada una caña semejante a una vara de medir, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él. Pero el patio que esta fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses. Y daré a mis dos testigos que profeticen por mil doscientos sesenta días, vestidos de cilicio" (Apoc. 11:1-3).

Es conveniente recordar que Juan había representado a la iglesia cristiana como un"reino de sacerdotes" para servir a Dios (Apoc. 1:6) y como "siete candeleras" (vs. 12, 20) que se mantienen encendidos por el Cristo resucitado (2:1, 5). Apocalipsis 1 nos da la llave para la aplicación de los símbolos del santuario de Israel al nuevo pacto, hermenéutica evangélica que está fundamentada en Jesús como el Cordero expiatorio y el Sacerdote de Dios (1:5).

Se representa a la iglesia apostólica como el nuevo Israel de Dios, como el pueblo del nuevo pacto, mientras que a la comunidad judía per-

222 Las profecías del fin La misión profética de los testigos de Dios 223

seguidora se la caracteriza como la "sinagoga de Satanás" (Apoc. 2:9;

3:9). Cristo permanece como el sustentador de su iglesia y no tolera su corrupción. Desenmascara las enseñanzas engañosas de esa "mujer Jeza- bel" en la iglesia de Tiatira (2:20), y anuncia su juicio cuando dice: "A sus hijos heriré de muerte, y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os daré a cada uno según vuestras obras" (v. 23). Por otra parte, Cristo le hace esta promesa a la iglesia de Filadelfia:

"Al que venciere, yo le haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual des- ciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo" (Apoc. 3:12). El Cristo resucitado considera a sus seguidores como "columnas" espirituales en el templo de Dios, los que llevan el nombre "nueva Jeru- salén". Además aparecen representados como los 144.000 israelitas es- pirituales que sirven a Dios "día y noche en su templo" (Apoc. 7:15). Con esta valoración de la iglesia de Cristo, estamos preparados para comprender la descripción simbólica de la iglesia y los gentiles en Apo- calipsis 11.

Desde el cielo se le da a Juan una caña que sirve como "una vara de medir", con la cual debe "medir" el templo [naos] de Dios y el altar [thu-

siastérion] y los que adoran en él [NIV interpreta, "y cuenta allí a los

adoradores"] (Apoc. 11:1).

La cuestión fundamental es: ¿Qué significa la orden para "medir" el templo de Dios, el altar y sus adoradores? ¿Hay alguna descripción similar en el Antiguo Testamento? Tanto Ezequiel como Zacarías descri- ben visiones en las que se miden el nuevo templo prometido y la ciu- dad de Dios. Zacarías aclara el acto de medir por medio de la promesa que dice que Dios eligió a Jerusalén y que volverá a Sión después del cautiverio babilónico para proteger a su pueblo (ver Zac. 1:16; 2:1-5). Para él, "el acto de medir" significó la promesa de restauración y protección del fiel remanente de Israel.

Ezequiel ve a un mensajero divino que mide con una caña de medir el templo prometido y la santa ciudad (caps. 40-48). Esta visión también comunica una promesa de restauración de la adoración pura de Dios para el Israel que vuelve de la cautividad (44:15, 16, 24) y tiene el propó- sito de motivar a los israelitas en el cautiverio a arrepentirse de sus peca- dos y a que sean otra vez fieles (43:10, 11). Ezequiel destaca la pureza ri- tual y la santidad espiritual de la adoración en el nuevo templo (44:9), y

de esa forma separar "lo sacro de lo profano" (42:20; 44:23, NBE). El nombre de la ciudad capital, con sus doce puertas, se llamará: "El Señor está allí" (48:35, NBE). Debajo del templo correrá un río de aguas vivifi- cantes con árboles frutales en ambas riberas (cap. 47). Se reconoce gene- ralmente que la visión que Ezequiel tuvo del templo y de sus medidas está expuesta como la Nueva Jerusalén por Juan en Apocalipsis 21 y 22.

En Apocalipsis 11 se le dice a Juan que mida "el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él" (v. 1). En la perspectiva de sus prototipos del Antiguo Testamento, este "medir" indica la responsabilidad de Juan de separar la comunidad santa de la contaminación de la adoración falsa y de restaurar su verdadera adoración en el "templo de Dios". Dentro del Apocalipsis, el "templo de Dios" es fundamentalmente el templo ce- lestial donde Cristo ministra ante el trono de Dios (5:6-10; 7:14-17; 11:19).

Los santos en la tierra entran ahora por la fe y la oración en este santuario celestial, y por lo tanto son parte del templo de Dios en el cielo (ver Apoc. 8:3, 4; Heb. 10:19). Como sus nombres están escritos en el li- bro de la vida del Cordero, ya no son más parte de los (idólatras) "mora- dores de la tierra", y aunque físicamente viven sobre la tierra, su "ciuda- danía está en los cielos" (Fil. 3:20). Están "en Cristo" y, por lo tanto, ya están sentados con él "en los lugares celestiales" (Efe. 2:6).

La iglesia del tiempo del fin debe restaurar esta adoración de los santos dentro del templo celestial, y esta adoración restaurada debe in- cluir "el altar" que estaba dentro "del patio de los sacerdotes" (uno de los patios interiores del templo de Herodes) y que representa el sacrificio expiatorio de Cristo y su intercesión por nosotros. La diferencia funda- mental entre la adoración en el santuario de Israel y la de los paganos, era el conocimiento de que Dios les había dado la "sangre" del sacrificio "para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas" (Lev. 17:11).

El evangelio del Nuevo Testamento enseña que Dios "envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados" (1 Juan 4:10; ver 2:2). La obra expiatoria de Cristo fue el propósito máximo de la encarnación y del amor de Dios, y sólo los verdaderos creyentes en Cristo pueden par- ticipar de este "altar" que representa la cruz de la expiación (Heb. 13:10).

Juan también debe "medir" a los adoradores. Esto significa separar a los verdaderos adoradores de la apostasía universal en el tiempo del fin, y esta interpretación se confirma por la orden de "dejar aparte" [lite- ralmente, "echar afuera"} el patio que está afuera, "y no lo midas, porque

ha sido entregado a los gentiles" (Apoc. 11:2). Este "patio que está afue- ra" representa el territorio de los moradores de la tierra, donde los genti- les establecieron su culto idolátrico. Lo mismo que se instruyó a Eze- quiel para que se prohibiera a cualquier extranjero que fuera "incircunci- so de corazón e incircunciso de carne" a entrar en el templo (Eze. 44:9), así ahora Juan debe excluir o expulsar (ver Juan 9:34) a todos los adora- dores que están en el "patio que está fuera", es decir, los que no están en Cristo, que no entran en el patio interior sino que más bien adoran a la bestia.

Jesús había hecho frente a los judíos con la afirmación absoluta de su mesianismo: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador... El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano [literalmen- te, ebléthé éxo, 'es echado fuera']" (Juan 15:1, 6). El Apocalipsis amplía esta separación de todas las personas en una escala universal (Apoc. 22:14, 15).

Juan había indicado que aún en las iglesias locales había algunos que eran meramente cristianos nominales o que habían sido engañados por los profetas falsos (Apoc. 2:14-16, 20-25; 3:1-5, 16). Si persistían en su tibieza o incredulidad, iban a ser rechazados por Dios (2:23; 3:16). Evidentemente, Dios tenía el propósito de restaurar y poner aparte la adoración verdadera en el tiempo del fin de la era cristiana.

Para una aclaración adicional de Apocalipsis 11, necesitamos consi- derar el contexto del Apocalipsis. Es provechoso comparar las visiones del tiempo del fin de los sellos y las trompetas. El sellamiento de los 144.000 israelitas espirituales en Apocalipsis 7 debe colocarse lado a lado con la medición de los adoradores del templo de la ciudad santa, comparación que provoca la sorpresa de la unidad esencial de ambas visiones del tiempo del fin. Al respecto, una erudita señala que "medir a los santos y excluir a los profanos precede a la séptima trompeta lo mismo que el se- llamiento de los escogidos precede al séptimo sello".3

Prácticamente todos los comentadores bíblicos relacionan la "medi- ción" de los santos en Apocalipsis 11 con el "sellamiento" de un número determinado de santos en Apocalipsis 7, e interpretan ambos hechos co- mo la promesa especial de Dios de proteger y preservar a sus hijos du- rante la crisis de fe del tiempo del fin. Roy Naden concluye diciendo: "De esa forma, la medición del templo puede entenderse como una for- ma simbólica de decir que Dios preserva o 'sella' a su iglesia durante los juicios finales derramados sobre los impíos antes que Jesús regre- se".4 Claramente, Dios desea señalar a los verdaderos adoradores como

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su pueblo especial y los pone aparte para que lleven a cabo un servicio especial en el mundo. La orden de Dios a Juan para medir el templo (Apoc. 11:1, 2) es el resultado de comer y digerir el librito abierto de Apocalipsis 10. Hay que tener en cuenta que el poseer nuevo conocimiento produce una prueba de fe y compromiso.

El pisoteo de la ciudad santa

"Y ellos [los gentiles] hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses"

(Apoc. 11:2).

Esta predicción de la opresión une dos visiones en el libro de Daniel: las que aparecen en los capítulos 7 y 8. Daniel había bosquejado todo el desarrollo de la historia de la salvación desde sus días hasta el juicio final (Dan. 7). Desde los días de Babilonia había previsto los grandes imperios mundiales, el último de los cuales iba a ser el duradero imperio romano que "pisotearía" a todas sus víctimas (Dan. 7:7,19, 23).

Pero Daniel fue más allá de la Roma imperial cuando vio cómo se desmenuzaría en pequeños reinos (los "diez cuernos"). Su interés principal fue el consiguiente "cuerno pequeño" (Dan. 7:24) que se imponía con exigencias políticas y religiosas y con una "boca que hablaba grandes cosas" (v. 8). El ángel interpretador señala las características específicas de ese poder que ejercería un reino de terror sobre los santos.

"Y hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en cambiar los tiempos y la ley; y serán entregados en su mano hasta tiempo, y tiempos, y medio tiempo" (Dan. 7:25).

Este poder antiDios (el "cuerno pequeño") lucharía con los santos durante 31/2 tiempos proféticos (o "años"), lo que hace 42 meses profetices y de esa forma establece un eslabón específico entre Daniel 7 y Apocalipsis 11. En Daniel 8 se describe al mismo "cuerno pequeño" como el archienemigo de Israel, el que invade la "tierra gloriosa" y después pisotea el lugar santo y a sus adoradores (8:9-13).

Aquí tenemos un vínculo patente entre Daniel 8 y Apocalipsis 11. Mientras que los santos adoran a Dios y a Cristo al entrar en el

templo celestial por medio de la fe, aún permanecen en forma física en la tierra. Con respecto a su existencia terrenal, se describe a los santos como "la ciudad santa" que no puede ser pisoteada por los poderes hostiles de los "gentiles". El desgaste de los santos sólo se permite ["serán entrega-

dos"] por un período de tiempo limitado, por "42 meses". Esta unidad de tiempo también se usa para el tiempo que se le da a la bestia del mar en Apocalipsis 13 que blasfema el nombre de Dios, "de su tabernáculo, y de los que moran en el cielo" (Apoc. 13:5, 6). Por eso el pisoteo de la ciu- dad santa en Apocalipsis 11 se explica en Apocalipsis 13:1-8 como el tiempo de persecución de los adoradores por parte del anticristo, cone- xión que confirma la interpretación de que Apocalipsis 11 describe a los santos de Dios como la "ciudad santa" (cf. 20:9).

Todo esto indica que Apocalipsis 11 es una prolepsis o anticipación

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