1. Dialoguemos con la teoría
1.2 Entendiendo el trabajo de las mujeres mineras
Acercándonos al tema laboral, hablar de “la presencia femenina en las minas, se remonta incluso a la etapa pre colonial, pues el trabajo de las minas era realizado en parejas. Durante la colonia, los mitayos iban a sus trabajos en las minas acompañados siempre, de sus mujeres e hijos. Pero esta presencia constante desarrolla luego en una incorporación como mano de obra cuya presencia se hace notoria y relevante aunque poco difundida” (Berdeja, 2010: 155), tal y como lo es el caso de la historia de la minería en Buenos Aires, donde las mujeres refieren que muy pequeñas conocen del oficio como una práctica ancestral en la que han estado sumergidas por generaciones, a la par con hombres, por lo que ha sido una opción de vida mediada entre la recolección del mineral o de la agricultura, las cuales se señalan como las dos principales actividades económicas del Municipio.
Por lo tanto, explorar esta categoría de análisis tiene como objetivo vislumbrar el tipo de trabajo que desarrollan las mujeres mineras en Higuerillos, y todas las características que a diario las rodean. Como primera medida hay que decir, que el trabajo
minero es considerado alrededor del mundo como uno de los más riesgosos, tanto para hombres como para mujeres, pues en la mayoría de los casos no hay seguridad en él, como el esfuerzo físico, los posibles derrumbes, las enfermedades, entre muchos otros riesgos (Berdeja, 2010).
De tal modo, la minería trasnacional que poco a poco viene ocultándose a través de testaferros en la titulación de tierras para explorar y explotar el territorio de Buenos Aires, es un reflejo de la proliferación de dicha actividad a gran escala que se enfrenta en el mundo. Y es que,
“La globalización y el neoliberalismo han producido una creciente desigualdad entre los países industriales avanzados y los países en desarrollo. Así como entre segmentos clasistas dentro de esas economías. En los países en desarrollo, la internacionalización y la fragmentación de la producción dan lugar a una competencia feroz por la inversión extranjera, en gran medida mediante el mantenimiento de niveles bajos de salarios y otros costos laborales, a la vez que se logra una alta productividad. De este modo, la mano de obra barata se convierte en la ventaja comparativa primaria. Y gran parte de esta la proveen las mujeres pobres. esta feminización del trabajo, principalmente con empleos flexibles e informales, ha conducido a un decaimiento del empleo aislado estable, de tiempo completo, tanto para los hombres como para las mujeres, con tasas más bajas de participación masculina en la fuerza de trabajo activa, salarios reales inferiores, y más altas tasas de desempleo” (Standing, 1999, citado por Safa, 2006: 107).
Lo anterior pareciera ser un relato de la situación laboral de las mujeres que trabajan en la mina de Higuerillos, pues la casi nulidad de un salario fijo, la falta de seguridad social, la poca oferta de otras actividades productivas, entre otras dificultades y discriminación a la que se enfrentan en sus corregimientos, son la prueba de cómo paradójicamente una actividad que extrae uno de los minerales más costosos a nivel mundial, es una de las causas de la pobreza en éstas regiones del país, pues la mano de obra barata no es la única ventaja que reciben estas multinacionales, sino el bajo precio de las regalías que prácticamente funciona como una nimia donación al país por saquear los recursos a costa de la confianza inversionista.
Lo anterior viene a contraponerse con la idea que considera al trabajo como una construcción social, donde el colectivo “define actividades que se consideran trabajo y le asigna un significado distinto a cada una; y por eso jerarquizan y valoran de manera
desigual las diferentes ocupaciones de las personas. Esta valorización social que se otorga, no necesariamente se corresponde con la importancia económica de cada tarea” (Ministerio de la protección social, 2007: 41), sino con el contexto, la cultura y el modelo económico propio de ese entramado social. Por ende, no hay duda que “en nuestra sociedad, el trabajo es un elemento básico en la construcción de la identidad individual y un importante instrumento de valorización social [...] y eso le confiere alguna importancia ante las demás personas. También le genera gratificaciones y satisfacciones” (Ibíd.).
No obstante, “en general puede enfatizarse un problema ya esbozado a lo largo del trabajo. Es el de la existencia de una brecha entre el trabajo real de la mujer en la historia de la nación colombiana y el trabajo que han podido definir los instrumentos de investigación que hasta ahora se han usado” (León de Leal, 1977: 225), pues el hecho de estar por varios siglos en la parte oculta de la historia, en la parte no valorada ni tenida en cuenta la pone en un nivel bajo de participación laboral cuestionable, precisamente debido a que,
“El estereotipo de la mujer recluida en el hogar hasta épocas recientes puede ser una realidad para las capas más altas de la sociedad, pero en el resto la mujer siempre ha hecho un aporte muy valioso para el sostenimiento de las comunidades. En las comunidades rurales se la encuentra junto al hombre en las labores del campo, además de llevar cargas domésticas (...) en toda la nación se la encuentra apoyando, de múltiples maneras, la economía familiar” (Ibíd.).
Así las cosas, las mujeres no sólo mineras sino en general, han tenido que soportar el olvido social de su aporte al desarrollo de la sociedad que le ha impuesto la cultura dominante, además de la misma carga histórica de ser mujer y además negras. Una disputa que relaciona al siglo pasado, pero que en las comunidades rurales y urbanas de Colombia siguen siendo el pan de cada día.
En conclusión, el sentido que las mujeres le otorgan a su trabajo, si bien hace referencia a los aportes al sostenimiento de la familia, está estrechamente relacionado con la manera como tradicionalmente las mujeres del Municipio han sobrevivido.