• No se han encontrado resultados

La entrada triunfal de los virreyes en Ciudad de México

Tras el gran viaje explicado con anterioridad, el virrey no celebraría su entrada triunfal en la capital el mismo día de su llegada, sino que se hará un recibimiento y se irá preparando la entrada durante algún tiempo para que sea todo del agrado del nuevo mandatario. Lo que se va a exponer en este punto es, como en el caso de todo el trayecto anteriormente explicado, un esqueleto general para las entradas de virreyes, que luego se debe de rellenar con las características particulares de cada una para analizarlas mejor.

Tras la comida pública que se realiza en la villa de Guadalupe, el virrey y su comitiva entrarán en la ciudad en coches, acompañados por el corregidor y el regidor decano o alcalde ordinario. A su llegada a la plaza Mayor habrá un salu- do de artillería y repique general de campanas, y se extenderá una línea militar defensiva hasta la puerta del palacio, para apearse allí y pasar a descansar con su esposa, y empezar al día siguiente los actos importantes. Esta estancia primera en el Palacio Virreinal es más típica del siglo xViii, ya que anteriormente los virreyes descansaban en la villa de Guadalupe o en el castillo de Chapultepec, bajaban al palacio para realizar su juramento, y luego se retiraban hasta la llegada del día de su entrada triunfal en la capital.

Figura 18

Manuel de aRellano, Traslado de la imagen y dedicación del Templo de Guadalupe, óleo

El primer acto que se celebra en la capital novohispana es el de juramento de los recién adquiridos cargos: virrey de Nueva España, gobernador de Méxi- co, capitán general y presidente de la Real Audiencia. A la hora señalada, el virrey recibirá a pie de la escalera de su palacio a la Real Audiencia en pleno, con todos los ministros togados. Pasan a la Sala del Acuerdo, donde tiene el virrey un sitial bajo dosel preparado y una serie de sillones para los ministros. Cuando todos estén preparados entrará el teniente de Canciller del Reino –que normalmente había acompañado en su periplo al virrey desde la po- blación de Las Vigas– con el sombrero puesto y llevando un azafate cubierto de tafetán en el que transporta el Real Título de Virrey, lo que hace efectivo el cargo. Al tiempo que se levantan todos los oidores, el teniente entrega el título al secretario de la Real Audiencia que procede a su lectura en voz alta. Acabada esta, el virrey hará el juramento en una mesa donde se coloca para ello un crucifijo y el libro de los Santos Evangelios. Todo el juramento es verificado por el secretario de la Audiencia, que luego levanta la sesión para que todos los oidores salgan de la sala, donde quedará el virrey retirándose en breve a sus aposentos.

En los siguientes días se fijará la fecha exacta para la entrada triunfal, que será muy pronto, por la tarde, y que es «una solemne función que no puede explicarse sino viéndose».107 Normalmente la carrera empezaba en la ermita

de Santa Ana, entraba por la calle de Santo Domingo y desde esta se internaba en el centro de la ciudad hasta llegar a la plaza Mayor, visitaba en primer lugar la catedral y luego volvía a sus aposentos en el Palacio Virreinal.

El virrey empieza su entrada en coche, recorriendo diversas calles, primoro- samente colgadas, hasta llegar a la parroquia de Santa Catalina, donde habrá un gran tablado con dosel y adornado de tapices, lugar donde el virrey ha de tomar el caballo. En este punto le esperan los tribunales, los doctores de la Universidad –con gualdrapas de terciopelo negro, y que subirán en mulas–, los ministros de la Real Audiencia –con toga y gualdrapa de terciopelo negro, estos subidos en caballos–, los caballeros y títulos de la ciudad y los capitulares. Todos ellos irán vestidos de gala, con libreas y los caballos bien enjaezados. A la familia del virrey le corresponde ir en coche tras toda esta comitiva, y tras ellos el paje con el estan- darte que ya se había lucido en Tlaxcala o Puebla. Todos estos formarán la primera parte de la comitiva, delante del mandatario.

107. gaRcía panes, d.: Diario particular del camino que sigue un virrey de México desde su

Figura 19

Juan gómezde tRasmonte, Vista de la Ciudad de México, grabado, 1628. Benson Library,

Austin (Texas, Estados Unidos)

El virrey va montado en el caballo más excelente encontrado, muy bien enjae- zado y adornado, al que sube en la iglesia de Santa Catalina, llevando a un lado a los regidores, el regidor decano y el corregidor, que llevan unas cintas que van a parar a las riendas del caballo. Una vez el virrey haya montado se iniciará la entrada, en medio de grandes estruendos por las salvas de artillería, los fuegos artificiales y el repique general de campanas. Resulta difícil imaginar cómo debía ser este inicio de una entrada triunfal, pero parece obvio que ningún habitante de la capital podría escapar a la misma. Era una fiesta en la que toda la sociedad tenía que participar, tanto si era su voluntad como si no, ya que se vería abrumada por uno de los días más grandes que podía vivirse en la capital novohispana.

Llegando al inicio de la calle Santo Domingo, se veía ya el primer gran arco de la carrera. Era el arco que realizaba la función simbólica tratada en el capítulo anterior de toma de la ciudad, la cual recordaba las murallas medievales, ya que sus puertas estaban cerradas. En este punto se celebraba el ritual de entrega de

las llaves de la ciudad al virrey, tras lo que se abrían las puertas de la magnífica construcción, para que toda la comitiva desfilase por debajo camino al centro de la ciudad. Con el mismo orden irán desfilando por las adornadas calles, mientras el virrey es aclamado por el pueblo y saluda a las damas notables –entre ellas la virreina–, que asisten al magnífico espectáculo desde los balcones de las casas más importantes.

Llegado a la plaza Mayor, se apeará en el atrio de la catedral metropolitana, en el lado que hace frente a las Casas del Estado, pórtico donde se habrá colocado el segundo gran arco de la entrada. En toda la carrera podía haber más arcos –al- gunos florales o de inspiración más popular–, pero eran los dos nombrados los más importantes, el primero costeado por la ciudad y el segundo por el cabildo catedralicio, y de ambos encontramos multitud de relaciones que nos cuentan como eran las arquitecturas y los programas iconográficos que las decoraban. En las escaleras de la catedral era recibido por el arzobispo, vestido de pontifical, y todo el cabildo llevando ricas capas pluviales. Tras recibir la bendición y la paz del prelado, entrarán en la iglesia realizando las mismas ceremonias que en el caso poblano, excepto la de las espuelas de los seises, que es privativa de la ciudad de Puebla. Tras los oficios y el canto del Te Deum, todo el cabildo en pleno acompa- ñará al virrey de nuevo a la puerta del templo.

En la puertas de la catedral volverán a tomar el coche, dirigiéndose al Palacio Virreinal, al que pese a estar en la misma plaza tardarán cierto tiempo en llegar debido a las multitudes cantando vivas, aclamando al virrey y siendo observado- res de una de las mayores fiestas y ceremonias que podía vivir una ciudad ame- ricana en Edad Moderna. Una vez en el palacio, los virreyes serán obsequiados con una cena y refresco ostentosos, costeado el del virrey y los tribunales por la ciudad, y el de la virreina y señoras notables por el gobernador.

Falta por referir brevemente los festejos en la capital durante los días de la entrada. Durante tres días, el ayuntamiento costeaba comida, refresco y cena. Se celebraban conciertos musicales de bandas, bailes, mascaradas y todo tipo de fiestas cortesanas con el mayor lucimiento. Se representaban comedias en el pe- queño coliseo que se había instalado en el Palacio Virreinal, solo con asistencia de la oficialidad y personas de alta distinción invitadas por los virreyes. Otros actos muy estimados por los novohispanos eran las corridas de toros, que se celebra- ban en la famosa plaza del Volador, durante al menos dos o tres semanas. La plaza estaba justamente al otro frente de palacio, y la familia virreinal podía asistir a las corridas desde su cuarto, y en palacio también se servía todas las tardes un refres- co costeado por la ciudad, que gastaba unas sumas realmente exageradas en la en- trada de un virrey, aunque las corridas taurinas ayudaban a paliar los males de las arcas públicas. Además, eran habituales las luminarias durante todas las noches programadas como festivas, los fuegos artificiales, las calles seguían decoradas,

salvas y repiques en cualquier momento. Era un verdadero espectáculo festivo, la ciudad se revestía por unos días de un lujo inusitado, de una festividad que todo el pueblo vivía de manera apasionada, y venía a revitalizar de nuevo el sistema colonial que funcionaba como válvula de escape a los problemas de la sociedad novohispana. El virrey ya estaba en disposición de empezar a ejercer su gobierno, y ya había sido obsequiado durante el viaje por multitud de grupos y notables,108

gentes de las que ya no podría olvidarse durante su mandato. De esta forma el sistema se corrompía desde el momento en que un nuevo virrey pisaba Nueva España, y las redes clientelares empezaban a actuar para mantener la situación tal como tradicionalmente estaba establecida. Para culminar este apartado, nada mejor que unas palabras del propio Diego García Panes que resumen en buena manera lo que se ha expuesto en este capítulo: 109

Este es solo un epítome del viaje y entradas públicas que hicieron los Virreyes desde tiempo inmemorial, y he visto repetida vez, asombrándose cuantos lo ven, pues no es creíble que vasallo ninguno de ningún monarca sea recibido en su entrada con tanta grandeza, majestad y pompa, de que no se puede hacer juicio sino viéndolo.

108. RLRI, Libro iii, Tit. iii, Ley xxii.

109. gaRcía panes, d.: Diario particular del camino que sigue un virrey de México desde su

Durante el siglo xVi, al tiempo que poco a poco la administración virreinal va tomando forma, y todos sus elementos empiezan a desarrollarse sobre los terri- torios novohispanos, se produce el proceso de hispanización del territorio, con el que llegará también la ceremonia de entradas triunfales, propia de la cultura europea. Por tanto, durante este siglo veremos cómo se ensayan diferentes tipos de ceremoniales, y cómo las entradas triunfales toman sus características propias, marcan sus escenarios principales y se convierten en la ceremonia que mejor refleja el poder de los virreyes en la Nueva España.

3.1. EL REINADO DE CARLOS V (1516-1556)

En las décadas previas a la instauración de la Nueva España como un virreina- to, aparecen diferentes instituciones previrreinales que inician el asentamiento de la administración hispana en estos territorios. En primer lugar, los goberna- dores de las Indias Occidentales, un título todavía bastante simbólico ya que la ocupación de los territorios era leve, y que ocupan el propio Cristóbal Colón, Francisco de Bobadilla, Nicolás de Ovando, Diego Colón o Alonso de Ojeda. Pos- teriormente, la Audiencia de México será el organismo de control de todo este amplio territorio, con Hernán Cortés varias veces a su cabeza, además de Cris- tóbal de Tapia, Alonso Zuazo, Gonzalo de Salazar, Alonso de Estrada, Rodrigo de Albornoz, Luis Ponce de León o Marcos de Aguilar. A finales de 1528, se instituye la Primera Audiencia de la Nueva España, dirigida por Nuño Beltrán de Guzmán y duradera hasta 1530. De esta fecha al catorce de noviembre de 1535 gobernará la Segunda Audiencia, presidida por Sebastián Ramírez de Fuenleal, ya que el

diecisiete de abril de ese mismo año había sido nombrado por la administración carolina el primero de los virreyes novohispanos, Antonio de Mendoza. De esta etapa es mucha menor la información que se posee en comparación a los pos- teriores siglos, pero se puede decir que, en general, la ruta ya está establecida a través de Nueva España desde Veracruz a la capital, así como la apropiación de los espacios públicos en cada ciudad por donde va a transcurrir a través de los siglos esta interesantísima ceremonia. A continuación se desarrollan estas entra- das triunfales de forma cronológica, atendiendo al listado de los virreyes de la Nueva España. 110

3.1.1. Antonio de Mendoza, el primer virrey (1535-1550)

Hijo del marqués de Mondéjar, Antonio de Mendoza nace en esta misma ciu- dad, y vive varios años en la Alhambra al convertirse su padre en el primer capitán general de la ciudad de Granada con funciones de virrey. Luchará en ejércitos realistas en la batalla de Huéscar, y como comendador de Socuéllamos pasará de embajador en Hungría a camarero real, y participa incluso en la coronación imperial de Carlos V en la ciudad italiana de Bolonia. En 1528 es gobernador de León, ya desposado con Catalina de Vargas, hija del contador mayor de los Reyes Católicos. El diecisiete de abril de 1535 recibe el mayor de sus honores: es nom- brado virrey de la Nueva España, gobernador, capitán general y presidente de la Real Audiencia de México.

El viaje de Antonio de Mendoza a la Nueva España será tramitado en Sevilla, donde será hospedado en el Alcázar de dicha ciudad, gran honor que ya desde este momento se va a convertir en uno de los principales privilegios virreinales. Habiéndose embarcado en Sanlúcar de Barrameda, su navío zarpó en julio de 1535. Tras más de un mes de viaje, el veintiséis de agosto llegará a Santiago de Cuba, donde permaneció más de dos semanas. El ocho de septiembre sale hacia la Nueva España, y realiza su ingreso en los últimos días de este mes en la ciudad de Veracruz.111

110. La información para tratar las entradas de estos virreyes extraída de RuBio mañé, J. i.:

El Virreinato, iih, unam, México, 1983, más en concreto del capítulo IX del Tomo I: «Viaje

de los Virreyes de Nueva España a su destino, llegada y recepción» y las diferentes actas de cabildo de Ciudad de México.

Figura 20

Desconocido, Retrato de don Antonio de Mendoza, primer virrey, óleo sobre lienzo, 95 x 67 cm, 1535, Museo Nacional de Historia (mnh), México

El nombramiento se conoce en México desde agosto de 1535, y diferentes co- misiones empezarán a trabajar con el ánimo de recibir dignamente al más alto de sus dirigentes.112 El veinte de agosto se informa en el cabildo del nombramiento

y el viaje de Mendoza, con lo que se decide la creación de una comisión de dos regidores con credenciales que fuesen a darle la bienvenida. El veinticinco de agosto se crea una nueva comisión con otros dos regidores para vigilar que en la iglesia indicada estuviese a punto todo lo necesario para la celebración de un

Te Deum. Por tanto, ya se tiene plena conciencia de la importancia del canto de

ese himno en acción de gracias para la llegada de grandes dignatarios, una tradi- ción castellana que se convertirá con los siglos en una de las grandes constantes de cada entrada virreinal. Ya el veintisiete de agosto se aprueba la construcción de arcos triunfales para la recepción a don Antonio, de los que no tenemos cons- tancia explícita en otras fuentes de la época, como ocurre con la mayor parte de arcos construidos durante el siglo xVi para los virreyes de la Nueva España.

El dos de octubre saldrán los comisionados hacia el puerto de Veracruz, don- de el virrey ya espera para su viaje hacia la capital de Nueva España, viaje menos conocido que en el caso de otros gobernantes. El doce de noviembre se compran trompetas, atabales y capuces de color para vestir a los regidores, además de fijar el domingo día catorce para la recepción oficial en la ciudad. En la tarde anterior, se ofreció a Mendoza una colación en los salones de la Casa del Cabildo, además de salvas, repiques y otros regocijos en la plaza Mayor: el primer virrey de la Nue- va España ya había entrado en su capital, se iniciaba una tradición que duraría doscientos setenta y cinco años, la de las entradas virreinales.

En su gobierno, Antonio de Mendoza seguirá apoyando los viajes de explora- ción: Cortés descubre la Baja California,113 respaldo a fray Marcos de Niza en sus

búsquedas de las míticas ciudades de Cíbola y Quiviria o a las expediciones de Vázquez de Coronado en el sur de los actuales Estados Unidos. En 1535 instaura la Casa de la Moneda en la Ciudad de México, que empezará a acuñar moneda al año siguiente, fundando también el Colegio Imperial de Santa Cruz de Tla- telolco, destinado a la educación de indios nobles. Asimismo, inicia el acondi- cionamiento del puerto veracruzano, establece la primera imprenta americana, funda la ciudad de Valladolid e inicia las gestiones para la creación de la primera universidad. En 1550 Mendoza será nombrado virrey del Perú, llega a Lima al año siguiente y permanece en el cargo diez meses, pues morirá en 1552, y será enterrado en la catedral de Lima.

112. Las informaciones sobre estas comisiones podemos encontrarlas en el Tercer Libro de Actas del Cabildo mexicano, páginas 121-123 y 129-131.

113. Incluso el navegante y explorador Juan Rodríguez Cabrillo nombrará en su honor Cabo Mendocino en California, por su apoyo a los reconocimientos de las costas californianas en 1542.

3.1.2. Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón (1550-1564)

Don Luis de Velasco114 nace en Carrión de los Condes en 1511, y es nombrado

virrey el 1550. El día siete de mayo de ese mismo año llega a Sevilla donde, como su antecesor, se hospedará en el Alcázar. El veintinueve de junio sale de Sanlúcar de Barrameda y tras tres meses de travesía desembarcará el veintitrés de agosto en el islote fortaleza de San Juan de Ulúa. Esta fortificación, frente a las costas de Veracruz, se convertirá en el tradicional punto de llegada de los virreyes, donde descansarán de la larga travesía y organizarán su primera entrada triunfal novohis- pana: la del puerto de Veracruz.115

El tres de septiembre se da cuenta del desembarco del nuevo virrey en la Ciudad de México, por lo que las comisiones comienzan el trabajo para preparar su recepción. Además, Mendoza y Velasco se reunirán en Cholula para discutir los problemas y las necesidades de la circunscripción, en lo que sería la primera experiencia de transmisión personal del virreinato, y sentar así el precedente para la futura ceremonia de traspaso del bastón de mando en Otumba, aunque en el caso de los dos siguientes virreyes no se produzca tal encuentro, ya que Luis de Velasco muere en el cargo y el marqués de Falces vuelve a España sin esperar a su sucesor. La solemne entrada triunfal en la Ciudad de México se produce el veinticinco de noviembre de 1550. 116

Del gobierno de Luis de Velasco destaca sobre todo su relación con los indios,