Puesto que en esta tesis propongo estudiar la política, a partir de sus mecanismos de operación, de su racionalidad51, centrada en lo que Foucault llama el “arte de gobernar”, entendida como ese modo de reflexión que surge en el acto de gobierno con el objeto de conducir la vida/conducta de las/los sujetos (Foucault, 2006, p.448; 2009, p.17) y los modos de funcionamiento que trabajan para tales fines; antes de referirme a cómo he de comprender la política en sí, creo necesario profundizar en lo que enuncio como relación articulada entre discurso-poder-saber/verdad, puesto que tal entretejido conformará el soporte de base que funda lo que he venido mencionando con anterioridad, la política como discurso.
Asimismo, en estrecha vinculación con esta red, no puedo ignorar la noción de subjetividad, la cual debemos considerarla más bien como proceso que como sustantivo, entendiendo que las redes discursivas que conforman y a su vez se forman por determinados regímenes de saber y que se ven entrelazadas a ciertas relaciones de poder, cobran sentido en tanto las/los sujetos se apropian, identifican, adoptan, internalizan, corporeizan o rechazan tales entramados, configurando así ciertos modos de llegar a ser subjetivados. Por tanto, aun cuando sostengo la formación tríadica como primordial, ésta estará en interjuego con la producción de sujetos, idea que también abordaré con mayor profundidad en este capítulo.
51 Entenderé por racionalidad, la propuesta foucaultiana referida al funcionamiento de las prácticas
inmersas en relaciones de poder y que en ningún caso deben ser comprendidas como universales, sino más bien múltiples y dependientes de procesos histórico contingente (Castro-Gómez, 2010). En ellas confluyen fines, cuyo alcance sólo podrá ser logrado a través del cálculo de ciertos medios y de la selección de estrategias específicas, y en caso de verse obstaculizado su alcance, se hará uso de los efectos provocados, con su reconducción en función de los objetivos de gobierno propuestos. Más adelante veremos la interrelación entre la racionalidad entendida de esta manera y las tecnologías de gobierno, entendidas estas
En referencia al Discurso
Para comprender la articulación entre las perspectivas propuestas, creo útil rastrear las huellas respecto de la noción de discurso. Para ello retomaré algunos puntos de sujeción que marcaron lo que hoy entendemos por discurso, y a partir de ahí elaborar la noción de la política en tanto discurso. Iluminar estas huellas, sus movimientos y transformaciones, nos permitirá recuperar ciertas inscripciones que hasta hoy nos otorgan sentido (y otras no), en la investigación social.
El desarrollo del pensamiento durante el siglo XX y el siglo XXI, estuvo marcado por su interés en el análisis del discurso, orientación que condujo a denominar este periodo como el “giro lingüístico” (Larraín, 2010). El discurso ha sido puesto como centro de estudio desde diversas perspectivas teóricas y metodológicas, cuyas bases ontológico- paradigmáticas han dado origen a varias corrientes de pensamiento. En este apartado me detendré en cuatro: el pensamiento estructuralista, postestructuralista, postmodernista y postmarxista.
En cada una de ellas, la comprensión, nociones, usos y fines que se le han otorgado al discurso, ha influido en la visión que se tiene tanto de la realidad social, como de la política. Advierto de antemano que transitar por cada una, especialmente el estructuralismo y el posmodernismo, si bien son corrientes que cuestiono en sus premisas fundacionales, creo necesario reconocerlas, pues posicionarme desde una perspectiva postestructural, también implica asumir las huellas que han permitido este giro.
La complejización del signo
El estructuralismo, es uno de los movimientos intelectuales ampliamente reconocido por su interés en los estudios del lenguaje (Buenfil, 1993; Laclau, 1993a; Larraín, 2010;
Seidman, 2004). Destaca su cuestionamiento hacia la filosofía humanista por sostener una visión del mundo social centrada en el individuo como auto dirigido y cuya fuerza creativa permitiría la estructuración del orden social (Seidman, 2004). Como respuesta, el estructuralismo propuso una visión del mundo social más allá del sujeto ordenado por principios inconscientes y subordinado a reglas determinadas (Seidman, 2004). Más específicamente, se destaca la búsqueda de la inmediatez de la realidad en sus trabajos más clásicos, es decir, se asume la transparencia del lenguaje, donde el signo es visto bajo una relación de isomorfismo con la realidad (Southwell, 2013). No obstante, en sus desarrollos posteriores se cuestionaron dichas premisas, movimiento que posibilitó el salto paradigmático hacia el postestructuralismo.
Una perspectiva importante que marca este periodo es la lingüística estructural. Entre sus principales referentes podemos encontrar a Claude Lévi-Strauss y Ferdinand de Saussure, quienes convergían en su interés por el signo y en su rechazo a comprenderlo bajo el principio de relación isomórfica entre significante y significado. La importancia de esta transformación es la ruptura de aquellas reglas de formación del lenguaje, centradas en su positividad y que hasta ese entonces, lo configuraban como un sistema cerrado, abstracto, de carácter autónomo y ahistórico. Esto trajo consigo un modo distinto de comprender el lenguaje y lo social, donde el carácter diferencial desplaza al de identidad (antes sostenido como el elemento central en la fijación entre significante y significado) y donde lo social pasa a ser comprendido como el resultado de ciertas relaciones diferenciales, entre unidades básicas del fenómeno social, cuyas fuerzas de organización son esos códigos de estructura y ya no el individuo en sí (Buenfil, 1993; Laclau, 1993a; Larraín, 2010; Seidman, 2004).
Bajo esta premisa, se cuestiona la idea de inmediatez y se abandona la idea sobre el lenguaje como un mediador neutral a través del cual la mente refleja el mundo (Seidman, 2004). En efecto, Saussure sostenía una noción de lenguaje como un sistema de signos cuyo significado era generado por relaciones de diferencia y por tanto lo veía
como una fuerza activa y dinámica que formaba la mente y el mundo. Esto trae consigo, un nuevo propósito para el análisis lingüístico estructural, orientado a descubrir aquellas leyes universales que gobiernan el funcionamiento de las formas sociales (Seidman, 2004).
Posterior a la lingüística estructural, pero sin posibilidad de superar la corriente estructuralista, emerge la semiología, cuyo fin se centraba en estudiar los signos a partir de la idea de sistema o de estructura, con la distinción de los niveles denotativo y connotativo propuestos por Barthes (1993, p. 76), en cuyos inicios eran identificados como sistemas separados (Buenfil, 2011; Larraín, 2010). En efecto, Barthes y Greimas, se centraron en analizar la relación de significación con miras a alcanzar una visión global del mundo social, por lo que cobra gran interés en ellos, la rigurosidad del método y la objetividad, aspecto que Greimas (1987) intenta resolver con el modelo de semántica estructural. Específicamente, su propuesta se centra en dividir el universo semántico en unidades menores, con el fin de establecer los principios de organización, combinación y permuta, lo que permitiría clarificar el significado de las unidades más grandes (Larraín, 2010). Una de las principales críticas compartidas hacia el método, apuntaría a su visión reduccionista de la interpretación y por su ingenua objetividad, lo que refleja una noción del discurso cerrado, desterritorializado y escindido de quien lo interpreta, y que trae como consecuencia una separación entre el contenido intrínseco- semántico y la función práctica global que asume el discurso en un contexto determinado. Asimismo, Barthes (2004) en sus trabajos posteriores, aclara que la distinción –anteriormente sostenida– entre denotación y connotación, no operaría de una forma abiertamente expuesta o marcada, sino más que pensar en dos registros separados, la denotación se trataría de una connotación más sedimentada; relación que condujo a entenderla en sus trabajos iniciales, de un modo diferencial respecto de la connotación. No obstante, en esta etapa argumenta que ambos sistemas, suponen una arbitrariedad en el desarrollo de las significaciones, donde permanecen imbricados uno en otro, y a la vez
desligados, donde la denotación no es más que un intento de pretensión de superioridad del sistema, cuando “es al fin y al cabo solo la última de las connotaciones” (p. 9).
Finalmente, por medio de la teoría de los textos, diversos exponentes agrupados en la revista francesa Tel Quel (entre ellos Barthes y Kristeva), avanzaron en comprender la significación textual, donde el signo pasó a ser considerado como estructura, pero a la vez como producción de significado, relación de intertextualidad que traspasa el foco de interés hacia la producción significativa, es decir, cómo el texto significa, más que al significado del texto en sí. Por tanto el sistema –que antes era visto como cerrado– con este giro se abre hacia la interrelación de textos (Larraín, 2010). De este modo, pasa a concebirse al sujeto como producido en el lenguaje, lo que le permitiría representarse a sí mismo para actuar en el mundo social, y a la vez, como resultado de sus representaciones, que dependen de las producciones del lenguaje.
Pese a estos avances, una crítica a la teoría de los textos, es la supremacía de la cognición hecha representación, la cual traza una línea divisoria entre el lenguaje como proceso interno y el mundo como externo al sujeto, a pesar de su intertextualidad con el mundo social.
En este punto, donde las fronteras del estructuralismo se desdibujan y se abre paso el posestructuralismo, un aporte importante a considerar, es la teoría de los actos de habla propuesta por John Austin (2004). Este filósofo del lenguaje, precursor de lo que más adelante denominaremos como actos performativos, introdujo en la lingüística enunciativa un tipo de expresión que él denominó “realizativas” (p. 47), las que bajo circunstancias apropiadas, su sola enunciación implican la realización del acto. Esta particularidad de ciertos lenguajes, constituirá una de las propiedades valiosas de la política en tanto discurso, pues su condición de realización será constitutiva de lo político, de lo social y por tanto de los procesos de subjetividad.
La centralidad del discurso
Con un escenario de compulsión social, en medio de la crisis nacional de Francia producto del movimiento estudiantil denominado “Mayo del ‘68”, se configura una nueva corriente intelectual, el postestructuralismo. Este movimiento, amparado en ideas post-marxistas y con un pensamiento antihumanista, pone al lenguaje bajo un estatus de centralidad en la configuración del mundo social, de la realidad y del sujeto (Seidman, 2004), cuyo interés se focalizaba en superar la crisis de la ilusión por la inmediatez y sus cuestionamientos al pensamiento absolutista (Buenfil, 2011). En esta perspectiva, no hay duda de que el lenguaje juega un rol productivo en la subjetivación, en la organización de las instituciones sociales y en la producción del escenario político, por lo que si bien las/los representantes de esta corriente intelectual coinciden en que el lenguaje es un sistema cuyos significados derivan de relaciones diferenciales (Seidman, 2004), se distinguen en su búsqueda por las irregularidades y discontinuidades presentes en el discurso, más que por la atención sobre los patrones de regularidades, meta última de los estructuralistas.
Una de las ideas centrales que distingue al postestructuralismo del estructuralismo en su noción de discurso, es el cuestionamiento al orden binario. El posestructuralismo critica la relación diferencial basada en opuestos exclusivamente sostenida por el estructuralismo; giro que amplía las fronteras relacionales y que modifica la noción de discurso, otorgándole nuevas cualidades, particularmente la condición de movilidad, de cierre parcial y de inestabilidad (Buenfil, 1994; Seidman, 2004). De este modo, el discurso es comprendido como unidad básica de la configuración social, giro que cambiará la comprensión de la vida social, de la producción de conocimiento, la constitución del sujeto y la formación de las instituciones sociales, sin importar el sustrato material que lo soporta (ya sea texto, habla, gesto, etcétera.) (Scott, 1994, p. 87). Esto trae consigo un cuestionamiento a la idea de verdad modernista (Larraín, 2010), a los supuestos fundacionalistas y universales que sostienen La verdad absoluta, en cuya
nueva propuesta teórica, se rescata el rol del lenguaje como un espacio de producción de las realidades sociales y de los conflictos políticos (Seidman, 2004).
En este sentido, se disuelve la distinción entre lo lingüístico y extralingüístico, aquella idea del lenguaje como una representación abstracta (Scott, 1994, p. 87; St. Pierre, 2000), se acepta la relación enmarañada, pero nunca fija, entre significante/significado (Larraín, 2010) y se asume la imposibilidad de una verdad objetiva. En síntesis, el discurso en el pensamiento postestructuralista es entendido como una constelación cuyos significados derivan de las relaciones diferenciales (Seidman, 2004), cuyas cualidades centrales radican en su pluralidad, apertura, movilidad, relacionalidad e inconmensurabilidad (Buenfil, 1994; Larraín, 2010; Seidman, 2004).
Desde una línea foucaultiana, Joan Scott sostiene que el discurso “no es un lenguaje ni un texto, sino una estructura histórica, social e institucionalmente específica de enunciados, términos, categorías y creencias” y que a su vez estarían subsumidas a relaciones de poder (Scott, 1994, p.87)
Otra de las particularidades del pensamiento postestructuralista y su crítica al lenguaje, se relaciona con la deconstrucción propuesta inicialmente por Derrida, Nietzsche y Foucault (Seidman, 2004; St. Pierre, 2000). La deconstrucción, basada en ciertas premisas acerca de la radicalización del relacionismo del lenguaje, de su carácter cambiante y nunca fijo, es decir, de la indecidibilidad de las estructuras (Buenfil, 2011), plantea que el discurso posee un valor político, donde lo discursivo y lo social a su vez, se yuxtaponen. Es en este espacio de indecidibilidad, considerado como un terreno dilemático, donde la disputa estaría dada por el intento de dominar parcialmente ciertos significantes, bajo ciertos contenidos (Seidman, 2004; St. Pierre, 2000). Este terreno dilemático, conformaría la condición ontológica de lo político, que a la vez sólo es posible, en tanto se asuma al discurso como superpuesto a esta condición de politicidad. Visto así, el discurso se centra en traccionar, fijar, ‘inmovilizar’ y por tanto naturalizar,
ciertos términos a determinados contenidos (ya sean demandas, preocupaciones, consignas de sectores particulares), proveyendo una aparente situación de estabilidad; estatus de sedimentación que le otorgaría el poder constitutivo de un determinado orden social.
El propósito de la deconstrucción, se orientaría a desestabilizar aquellos discursos instalados y puestos a circular como estáticos, de esencialismos plenos, naturales y trascendentales, devolviéndoles su condición de movilidad, lo que revela una intención de demostrar que más allá del conocimiento que subyace a cierto orden social, se entretejen ciertas relaciones de poder que disputan dicho orden, conocimiento e incluso ética y moral (Scott, 1994; Seidman, 2004; St Pierre, 2000).
Tal como lo expone St. Pierre (2000), la deconstrucción es una práctica crítica que apunta a “desmantelar [déconstruire] las estructuras metafísicas y retóricas, en cuya operación, no tiene como fin rechazar o descartarlas, sino que reinscribirlas de otra manera” (Derrida citado en Spivak, 1974, p.Lxxv).
Bajo este enfoque, Foucault (2011c) nos presenta su comprensión del discurso y específicamente su interés por el carácter productivo del mismo, poniendo atención más bien a las reglas de formación, que a su estructura interna, por lo que su interés se centraría en sus discontinuidades, rupturas, transformaciones o como él lo señala “estudiar el discurso en el juego de su instancia” (p. 39) para “recobrar la palabra muda, murmurante, inagotable, que anima desde el interior de la voz que escucha” (p.41), cuyas interrogantes que guían su análisis hacen referencia a preguntas como ¿qué leyes forman determinados discursos? ¿qué condiciones sostienen su existencia durante un periodo determinado? ¿quiénes están autorizados a enunciar determinados discursos y quiénes no poseen ese derecho de enunciación? ¿dónde se enuncia y qué lugares ocupan los sujetos en el despliegue de un discurso particular?. En síntesis, Foucault releva la interrelación del estatus del discurso, de los ámbitos de producción y de la posición que
ocupa el sujeto o más bien de las relaciones que se forman como efecto, y que a la vez funcionan como condición de producción de ciertos discursos (Foucault, 2011c).
En su propuesta, más que referirse a la supremacía del significante o a lo inmaterial y abstracto del discurso, nos invita a comprenderlo como un conjunto de acontecimientos discursivos, donde la materialidad es el sustrato en el cual cobra efecto el discurso, y donde su carácter histórico y contextual, configurarán una serie de relaciones de coexistencia, de dispersión, de intersección y de acumulación (por mencionar algunas), que expondrán las relaciones de poder en juego y que configurarán –con cierta parcialidad– determinados sistemas de saber (vinculados a cierta idea de verdad) (Foucault, 2005a).
Más aun, en su planteamiento Foucault (2005a) releva ciertos principios para el análisis, que me permiten profundizar en aquello que él nombra como discurso. En primer lugar distingue el principio de discontinuidad, aludiendo con ello al discurso como práctica, como relacional y que a su vez posee la cualidad de cambiante y no fundacional, es decir, se rechaza la idea del discurso trascendental y original. En segundo lugar, reconoce el principio de especificidad, que remite a su contingencia de formación, o a lo que Wittgenstein estableció como juegos de lenguaje (Wittgenstein, 1999). Y por último, destaca el principio de exterioridad, donde las condiciones de posibilidad del discurso se establecen en constante relación con su exterioridad (Foucault, 2005a, p. 47).
Hasta ahora podemos ver cómo el discurso va dando un giro desde una mirada abstracta y fundacional, a una visión material, antifundacionalista y antiesencialista. La comprensión foucaultiana o postestructuralista del discurso (si puedo nombrarla así), es justamente uno de los ejes conductores, epistemológicos y ontológicos, que guían mi mirada y la forma de implicarme e interpretar la realidad social en la que me intereso.
Para llegar al entramado discurso-poder-saber, requiero detenerme en lo que podemos situar como una de las corrientes posmarxistas, me refiero al APD, pues sus planteamientos me ayudarán a complejizar aún más no sólo la noción de discurso (que desarrollo a continuación), sino mejor aún, contribuirá a la construcción de la caja de herramientas que emplearé para el análisis.
El discurso como acto político: Una propuesta posmarxista
Uno de los principales exponentes del posmarxismo contemporáneo es Ernesto Laclau, quien en su trabajo junto a Chantal Mouffe (2011), han relevado el carácter político del discurso por medio de la teoría de la hegemonía. Estos autores comprenden el discurso como condición de posibilidad, más que del hecho mismo (Laclau, 1993a), como constitutivo de toda organización social, y por tanto como práctica social, donde la distinción entre lo lingüístico y extralingüístico resulta irrelevante (Buenfil, 1996). El discurso en esta corriente es comprendido en una superposición con lo social, porque como nos señala Southwell (2013) “cualquier tipo de acto social es un acto de producción de sentido, dado que está enmarcado en lógicas de sentido que estructuran la vida social” (p.2).
Desde esta mirada, el discurso se comprende como diferencial, inestable, pero con cierta estabilidad relativa, en cuyo intento de fijación parcial se anidan ciertos significados que conformarían las condiciones de posibilidad para ciertos discursos, no obstante, a su vez, se asume que dicha estabilidad posee una condición de precariedad, por lo que el discurso es visto como abierto, nunca completamente suturado e incompleto, es decir, susceptible a ser transformado (Buenfil 1996). En palabras de Buenfil (1994),se trataría de una “constelación de significados, configuración significativa, relacional, abierta, incompleta y susceptible de ser trastocada, que supera la distinción lingüística y
extralingüística, constituyente de lo social, como condición de inteligibilidad y por tanto de valores de verdad” (p. 9-10).
En efecto, son justamente estas cualidades las que permiten la configuración de lo social, pues su imposibilidad de sutura y fijación y su intento permanente por producir esta totalidad, es lo que estructuraría la vida social (Southwell, 2013), entendida esta última como el intento siempre inacabado por cerrar las fronteras, que funcionan en un doble sentido, por un lado como delimitación del exterior del sistema, es decir, lo que no pertenece a este orden (temporal y contingente), pero por otro lado, dicho valor diferencial, configuraría la condición de posibilidad del sistema que en sí mismo lo niega. Esta estabilidad precaria, es lo que más tarde denominaré como antagonismo, noción central para el APD.