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Entretenimientos populares

In document Britto García L. - La Mascara Del Poder (página 101-106)

5. El emisor del mensaje: los signos del caudillo

5.3. El caudillo como mensaje

5.3.14. Entretenimientos populares

Tirano Banderas, en la ventana, apuntaba su catalejo contra la ciudad de Santa Fé:¡Están de gusto las luminarias! ¡Pero que muy lindas, amigos! La rueda de compadres y valedores rodeaba el ca- talejo y la escalerilla astrológica, con la mueca verde encaramada en el pináculo:¡No puede negársele al pueblo pan y circo! ¡Están pero que muy lindas las luminarias!

El poder es, ante todo, el triunfo, y el triunfador celebra: se ce- lebra a sí mismo. El derrotado deplora o trata de pasar desapercibi- do. Mediante el gasto inútil de riquezas o de energías, el poderoso demuestra la plenitud y la superabundancia de su poder. Y, a través de este dispendio, establece una específica relación con la comunidad que lo acompaña en el festejo. Pues el pasatiempo, el juego o el fes- tejo son, ante todo, rituales de comunión. Por un instante, al menos, coinciden poder y pueblo. El uno reafirma su prepotencia. El otro se consuela fugazmente de no tenerla.

Canetti describe de manera sumamente acertada el clima que se crea cuando una muchedumbre deviene masa festiva:

Hay muchos manjares en un espacio limitado, y todas las per- sonas que se mueven en esta área precisa pueden participar de la fiesta (…). Hay más cosas de las que todos juntos pueden consumir, y para ello afluye cada vez más gente. Mientras haya algo, se sirven y parece como si nunca se pudiese acabar. Hay superafluencia de mujeres para los hombres y superafluencia de hombres para las mujeres (...) La atmósfera para el indi- viduo es de distensión y no de descarga. No existe una meta idéntica para todos y que todos deberían alcanzar unidos. Es la fiesta la meta y ha sido conseguida. La densidad es muy grande; la igualdad, en cambio, se debe en buena parte a la situación y a la alegría (...). Por danzas rituales y representa- ciones dramáticas se conmemoran ocasiones precedentes de idéntica naturaleza. Su tradición está incluida en el presente de esta fiesta. Ya porque se conmemore a los fundadores de tales celebraciones, a los héroes culturales dadores de todas las maravillas que se disfrutan, a los antepasados o, como en sociedades más frías, más tardías, sólo a los ricos donantes; en cualquier caso, a uno le parece garantizada una futura repeti- ción de ocasiones similares.304

304. Canetti, Elias. Op. Cit. p. 57.

Con su selección de entretenimientos y de vicios cumple enton- ces el caudillo tres funciones:

a) Ante todo, reitera su poder mostrándolo favorecido por la prueba del agon (competencia) o del alea (azar). Son formas

de lucir sus cualidades carismáticas: el caudillo compite o jue- ga porque está seguro de ganar: la resistencia física superior o la protección de las fuerzas invisibles inclinarán la balanza a su

favor. Observó agudamente Thorstein Veblen que la clase ocio- sa parece querer forzar al azar con la apuesta. También se sirve de los medios de entretenimiento como signos de “consumo ostensible”: gallos finos, purasangres, establos, jinetes y palafre- neros señalizan el poderío del dueño y lo unen con el prestigio de sus victorias.305

b) La segunda función del entretenimiento favorito, la del patro- nazgo, lo aproxima a la dádiva. Puesto que de la persona del caudillo viene todo, de él han de provenir las actividades de es- parcimiento. La celebración, el goce, son en el fondo activida- des de promoción política (V. 5.3.20).

Como dice Giraud, “los juegos tienen además una función de distracción en la medida en que satisfacen y, sin duda, subliman deseos frustrados por la vida real: deseo de poder, de fuerza, de ventaja, de promoción social, etc.”306

c) La tercera función de los entretenimientos y juegos consiste en legitimar visiblemente el caudillo como perteneciente a una cultura específica. Para ello son elegidos aquellos que de mane- ra más obvia sirven de signos específicos de dicha cultura: los constitutivos del folclore.

A continuación exploraremos cada uno de estos usos de los en- tretenimientos populares.

305. Veblen, Thorstein. Teoría de la clase ociosa. Capítulo III. p. 82.

5.3.14.1. El festejo como signo ostensible del poder

Boves tenía manía musical. Tras cada triunfo, daba saraos lúgubres que terminaban con el fusilamiento de los patriotas invitados. Bailarín incansable, disfrutaba haciendo cortar las orejas de los vencidos. Sus festejos eran macabros rituales de la consagración de su poder.

El dominio de pasatiempos menos inquietantes es credencial externa de igualitarismo, pasaporte hacia el “contacto con el pueblo” y prueba de la sencillez del caudillo, garante de su simpatía. Ramón J.

Velásquez explica así la de José Antonio Páez:

Buscando las raíces de esa simpatía es posible localizarla en ciertas cualidades populares, maneras de ser de buen criollo, de Páez. Llaneza en el trato. Gentileza en el modo de ser. Y su condición de artista, trovero de buenas coplas, amigo de fiestas y devoto de serenatas.307

Ramón Díaz Sánchez parece entender del mismo modo el ori- gen de la simpatía de Páez y de otros caudillos. En efecto, el pueblo:

…al advertir que el civilismo era una especie de misterio sa- grado para beneficio de los doctores, cambió bruscamente de sentimientos y volvió su mirada al caudillo, el que sabía ha- blarle su propio lenguaje, bailar sus danzas, beber sus aguar- dientes y derribar sus toros. Así entendía el pueblo la demo- cracia: llana, brutal.308

A estos entretenimientos unirán varios caudillos la pública os- tentación de vicios. Así, “cuando Andueza Palacios ejerció la presi- dencia, sus áulicos se dividieron entre beodos y jugadores, porque el nuevo jefe era jugador y bebedor”.309

307. Velasquez, Ramón J. Loc. Cit.

308. Díaz Sánchez, Ramón. Op. Cit. Tomo I. p. 188.

309. La Riva, Edecio. Op. Cit. p. 128.

En un pueblo que comparte ambas costumbres, las mismas an- tes ayudan que perjudican en la carrera política. Para el venezolano, todo compañero de tragos es “mi hermano”: la intimidad se prueba diciendo que “nos hemos rascado juntos”.

Una breve inclinación hacia los pasatiempos urbanos la marcará el mariscal Juan Crisóstomo Falcón, quien pone de moda nuevamen- te saraos y fiestas sociales de toda índole. La manía danzarina alcanza su cumbre con Cipriano Castro. Tanto a él como a su esposa se le dedican valses (“Castro en Margarita”; “Las Madreselvas”, luego co- nocido como “La Ruperta”). Las inacabables y reiterativas parrandas, unidas al donjuanismo, minarán su salud y contribuirán a su caída.

Los enemigos del demagogo Leocadio Guzmán lo acribillaron de acusaciones de “mal esposo”, “libertino” y aficionado a golpear a su mujer. En otra sección hemos hablado de los pasatiempos amatorios de Soublette, de Cipriano Castro, de Gómez, de Pérez Jiménez y de Carlos Andrés Pérez. Ninguno de ellos fue perjudicado por su reputa- ción en tal sentido (V. 5.3.4).

Gómez reimpone la pauta ruralizante. Ama gallos, toros y caballos finos y, por consiguiente, riñas, corridas, cabalgatas, ca- rreras.310 A pesar de su reputación de ser renuente a las fiestas de rumbo, preside periódicamente bailes en Maracay y en el dancing

del Hipódromo de El Paraíso. Restablece también las terneras, vieja munificencia de los caudillos rurales, fiestas en las cuales se sacrifi- caban unas cuantas reses y se ofrecía carne asada y aguardiente a los comensales.

Sobre estas pautas de la Venezuela rural, constituye también el populismo urbano la legitimación festejante de caudillo y partido.

Casi todos los caudillos populistas han sido devotos del domi- nó. Larrazábal además cantaba y tocaba cuatro. Betancourt, conforme señalamos en la sección relativa a “resistencia física”, siempre deseó 310. Cordero Velásquez, Luis. Gómez y las fuerzas vivas. p. 225-232.

tener gran fortaleza corporal: numerosas fotografías de Multimagen lo

muestran inaugurando partidos de béisbol con la primera bola, acom- pañado por deportistas (ocho gráficas, para ser exactos).

Betancourt, en el Plan de Barranquilla, califica a los trabajadores bajo el gomecismo como “degenerados por los vicios”; en particular, por “la industria del aguardiente y el monopolio de la jugada, mercan- tilización de taras sociales en beneficio de oligarquías”.311 Poco habían hecho los caudillos anteriores por corregir tales vicios; los dirigentes populistas que siguen parecen antes contagiarse con ellos que comba- tirlos. Al extremo de que denunciará Uslar Pietri, en 1985, que “Vene- zuela es un enorme garito”.

Carlos Andrés Pérez, después de su ascenso al poder, adquiere fama de incansable bailarín y fiestero. Se confiesa bebedor, dentro de los límites necesarios para no perjudicar al poder:

Jamás tomo licor en la mañana. Nunca tomo solo, no bebo encapillado. Sí me gusta echarme mis tragos, no soy pacato en eso y de golpe puedo hasta pasarme, pero ahí sí no me gusta que me vean. Me voy a casa de mis amigos.312

Pues para el venezolano, el licor es ante todo ceremonia social, y beber solo (“encapillado”), la mayor abominación.

Luis Herrera fue inaugurador impenitente de galleras, hipódro- mos, mangas de coleo y patios de bolas criollas.

Lusinchi se moviliza para asistir a las fiestas de la Virgen del Va- lle, en Margarita, y le regala a la imagen collares de perlas, pues “a ella le gustan”.

311. Servicio Secreto de Investigación. “Plan de Barranquilla”. La verdad de las actividades comunistas en Venezuela. (El Libro Rojo).

312. Pérez, Carlos Andrés.“Yo merezco el cielo”. El Nacional. Caracas: 31/08/1986. p. F-7.

Todos, casi sin excepción, y a pesar de sus públicas llamadas de austeridad, rodearán sus administraciones de un clima de fasto, de suntuosas giras internacionales con comitivas multitudinarias, de rumbosas recepciones, copiosos banquetes y de clamoroso derroche. Los subalternos imitarán tal estilo en la medida de sus recursos, y casi siempre por encima de ellos.

5.3.14.2. El festejo como munificencia

Pues el festejo ha de ser también dádiva. Desde los primeros tiem- pos de la República, el poder asumió la responsabilidad de promover los festejos como una función de munificencia pública. Ramón Díaz Sánchez describe así el inicio de la segunda presidencia de Páez:

Música y danzas populares, fuegos artificiales que simulan re- ñidas batallas de artillería, terneras asadas y devoradas al aire libre con guasacaca, guarapo y casabe; coleadas de toros a lo largo de las calles capitalinas, riñas de gallos y mucho aguar- diente de caña: he aquí como expresa el pueblo venezolano, el mismo que hizo la Independencia y que fue hasta Perú a mo- rir por la libertad, su alegría en los funerales del civilismo.313

De manera consecuente, los caudillos harán de cada uno de sus triunfos motivos de fiesta popular. Así creerá el pueblo que triunfa con ellos.

La tradición sigue ininterrumpidamente hasta la autocracia an- dina, la cual asumirá para sí un cierto mecenazgo de las diversiones públicas. Como señala Juan Bautista Rojas, “las diversiones las ponían los Gómez. Los equipos de béisbol, las carreras de caballos y los toros eran patrocinados por ellos. También las fiestas de los clubes”.314 313. Díaz Sánchez, Ramón. Op. Cit. Tomo I. p. 188.

El populismo prolongará esta tradición. La ternera sigue siendo ritual en fiestas con contenido esencialmente político. El texto de una secuencia de fotos en Multimagen de Rómulo predica que “Criollo a

tiempo completo, el presidente Betancourt (1961), fiel al rito de las

terneras, prueba un trozo de entreverado… y después come el pedazo

semicocido de carne con carne, acompañándolo con guarapo de caña.”

Se unen así alimentación, sociabilidad y comunión telúrica: comer entreverado es ser “criollo a tiempo completo”: no se trata de alimen- to, sino de una unción cultural.

Sobre este ritual, el populismo apenas ha añadido la variación de la “romería” o “verbena”, versión magnificada de la “ternera”. En un amplio espacio se sitúan decenas de quioscos que expenden co- midas y bebidas a veces típicas, a veces industriales. Muy raramente aparece un quiosco poco visitado con artesanías u obras doctrinarias de dirigentes. Altoparlantes, emblemas visuales y templetes donde al- ternan conjuntos criollos con números de payasos y otras variedades compiten por la atención de los consumidores. Alfombras de latas de cerveza terminan cubriendo el lugar.

Juan Bautista Rojas las describe fidedignamente:

Los servidores públicos simpatizantes y militantes del par- tido, obligatoriamente deben hacer acto de presencia en la romería. Allí encontrarán caldo de chipichipi de Margarita, chorizos de Carúpano, cangrejos de Güiria, salón de chivo de Coro, queso guayanés de El Manteco, piñas de Trujillo, pisco de Rubio, cruzado de Abejales y condumio guatireño. Toda la culinaria proteica y multisápida venezolana estará allí representada en criollos quioscos y vernáculos pabello- nes. Todos, vestidos de blanco, con el color de la pureza y la integridad partidista. Estamos en el deber de concurrir el domingo a la romería.315

315. Ibídem. p. 10.

En un nivel aún mayor, campañas y mítines multiplican el am- biente de la verbena. Se deja el trabajo, se acude a concentraciones más o menos entusiásticas, se hace ruido, se escucha música, se come y se bebe. Indumentaria, gallardetes y repetición de consignas y de gestos uniforman a los participantes hasta hacerlos perder su identi- dad. En la época de la comunicación electrónica, las concentraciones carecen de utilidad como vehículos de información. Son, en el sentido en que lo señala Veblen, “demostraciones de fuerza”, ostentación de la capacidad de derrochar enormes cantidades de esfuerzo humano.

5.3.14.3. Uso político del folclore

Desde el poder, avanza Acción Democrática durante el trienio 1945-1948 un plan de uso político de las expresiones folclóricas. Crea el Departamento de Investigaciones Folclóricas, adscrito al Ministe- rio de Educación Nacional, y nombra director del mismo al poeta Juan Liscano. Como indica Betancourt:

Estábamos interesados en incorporar al presente nacional el pródigo legado de una tradición artística de raíces populares, tan rica y múltiple que ella sola bastaría para testimoniar nues- tra intransferible personalidad de nación.

Tarea esa tanto más urgente porque necesitamos alzar un an- temural de resistencia a lo perturbador y deformativo de las formas de expresión cultural criolla que iba a traer la avalan- cha inmigratoria extranjera. Queríamos asimilar e incorporar a lo nativo cuanto de aprovechamiento viniera de afuera, pero insertándolo de un modo de vida y de cultura que son y deben seguir siendo venezolanos. Porque así pensamos, se puso em- peño en que adquiriera vigencia nuestro Folklore; y revelara a todos, nacionales y extranjeros, su categoría excelente.316

Tres consideraciones son inevitables. En primer lugar, al seña- lar que quería “incorporar al presente nacional” la tradición folcló- rica, de modo que “adquiriera vigencia”, estima que, para la época, tal tradición, ni estaba incorporada ni tenía vigencia por sí misma. De allí que, en segundo lugar, tal puesta al día sea “tarea tanto más urgente” del poder político: éste crea institutos de folclore y pro- mueve festivales, con “empeño”. En tercer lugar, la puesta en vigen- cia del folclore, no sólo es realizada mediante los instrumentos del poder, sino para servir a las políticas del mismo. Por una parte, para contrarrestar “lo perturbador y deformativo” de las culturas de los inmigrantes (cuya entrada masiva, por cierto, era también política estatal);317 por otra parte, para celebrar al mismo poder: Betancourt cita complacido “el magnífico festival de danzas nacionales, realiza- do en Caracas en febrero de 1948, con motivo de la toma de pose- sión de Gallegos”.318

La tradición folclórica surgió de la venezolanidad, el populismo la usa para insertar lo foráneo dentro de la venezolanidad. La tradición

folclórica surgió al margen de las instituciones y en oposición a ellas, el populismo emplea las instituciones para darle una “incorporación” o “vigencia” de que supuestamente carecería. En fin, insertarse en el folclor institucional es insertarse en “un modo de vida y cultura que son y deben seguir siendo venezolanos”. Pero tal modo de vida debe- ría su “incorporación al presente” y su “vigencia” al partido y, por lo tanto, casi sería una misma cosa con él. Insertarse en el folclor es ser venezolano y, por lo tanto, ser accióndemocratista. El partido refuerza esta dudosa equivalencia asimilando a su sello los colores de la ban- dera, el mapa del país y el nombre de éste; presentando a sus líderes como muestrarios de gustos gastronómicos y oratorios de raigambre vernácula (V. 5.3.11 y 5.3.16) y figurando a su clientela con la efigie de “Juan Bimba”, un indigente rural en traje típico.

317. Op. Cit. p. 524.

318. Loc. Cit.

El venezolano común califica de “adecas” las formas adulteradas de folclore. Ello testimonia a la vez el éxito y la miseria de una polí- tica de utilización ideológica de la tradición cultural. En su intento de asimilarse a las formas culturales surgidas espontáneamente de la sociedad, el poder sólo ha conseguido alienar al pueblo de ellas.

En este caso, como en los precedentes, la relación entre la capa- cidad política y determinados entretenimientos es lo suficientemente remota como para esperar un categórico rechazo consciente. Sin em- bargo, en nuestra encuesta el enunciado “La afición al dominó, bolas criollas, toros coleados y deportes indican un carácter popular”, susci- tó las siguientes reacciones:

No. % Completo acuerdo 19 15,83 De acuerdo 44 36,66 Mediano acuerdo 26 21,66 Ni acuerdo ni desacuerdo 15 12,5 Mediano desacuerdo 4 3,33 En desacuerdo 9 7,5 Completo desacuerdo 3 2,5

Una significativa mayoría del 74,16% considera, por tanto, que tales aficiones son garantes del “carácter popular”, que tan útil es para quien quiera ganar el apoyo del pueblo. Apenas un 13,33% rechaza explícitamente tan precaria asociación de ideas.

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