5. El emisor del mensaje: los signos del caudillo
5.3. El caudillo como mensaje
5.3.12. Traje ruralizante
Ello implica que se establece una demanda inusual sobre los lí- deres en lo que atañe a su vestimenta, formas de actuar y modos de vida. Muchos populistas usan ropas campesinas (Witosz, Tols- toi). Belaúnde se ataviaba con las vestiduras incaicas
Peter Wiles. “Un síndrome, no una doctrina: algunas tesis sobre el populismo”. Populismo.
El clima tropical preponderante en Venezuela y las tareas agra- rias que eran la base de su economía, impusieron un traje compuesto esencialmente por prendas holgadas de tela clara y sombrero. Este traje claro, con tocado, es el que lleva el general José Antonio Páez en campaña, de acuerdo al célebre dibujo de Fritz Melbye, que ha servi- do de inspiración para diversos cuadros.
Los antiguos caudillos rurales lo usaron durante sus campañas. Los abigarrados uniformes llenos de adornos que aparecen en la iconografía de los próceres fueron utilizados a afectos ceremoniales y, casi nunca, por razones obvias, durante las marchas y los combates. Boves, Páez, los Monagas y Zamora llevaron el traje típico durante sus trajines bélicos, por motivos prácticos: raramente había otro. Así, Páez se le presenta a Ricaurte “descalzo y maltratado de vestido, con unos calzones de bayeta verde, roídos hasta la mitad de la pierna, presentando de pies a cabeza el exterior de miseria, harto común en aquella época de combates y aven-
turas de guerra, aún entre los militares de más alta graduación”. Como Ricaurte le reprocha “ese traje de mendigo”, el llanero le contesta:
—Mi general, le respondí, es el único que tengo. Creí de mi obligación, como militar, venir a presentarme a mi superior, y lo he hecho sin ocuparme del vestido y creyendo que nadie está obligado a más de lo que puede.288
Hacia la segunda mitad del siglo pasado, el liquiliqui —traje de tela clara inventado por un sastre panameño— alcanzó un favoritis- mo cuya derivación política está todavía lejos de declinar. A pesar de ser usado ante todo por los terratenientes y hombres de cierta posi- ción, su escueta sobriedad le atribuye un carácter ruralizante que a la postre fue tenido por “popular”.
Así, tras el triunfo de la Federación, Falcón se presenta en público “con su democrático liquiliqui, su perro san Bernardo y su cohorte de ca- bezones corianos”. Como apunta Díaz Sánchez, “no ignoraba cuánto debía
a su popularidad”.289 El liquiliqui, entonces, implica democracia, implica fidelidad al terruño, implica, en definitiva, carácter popular. Joaquín Cres- po lo adopta también, y lo alterna con diversos atuendos de telas frescas y claras. Es fama que uno de ellos lo hace excelente blanco para la bala que acabará con su vida en la Mata Carmelera. Su adversario, “el Mocho” Hernández, usó también liquiliqui en la campaña electoral de 1897.
Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez llegan a Caracas en 1899. La fotografía representa a “los dos compadres” en un escueto traje cla- ro, no muy distinto del liquiliqui.290 La conquista del poder desviará al uno hacia el frac del estadista y al otro hacia uniformes pomposos: en la residencia de su hijo Florencio Gómez Núñez pude contemplar un óleo que lo retrata vestido de general prusiano, y otro —debido al pin- cel de Tito Salas— que lo representa con uniforme de general francés. 288. Páez, José A. Op. Cit. p. 54.
289. Díaz Sánchez, Ramón. Op. Cit. p. 137.
Estos desvíos no serán duraderos. Cuando Castro se retira tran- sitoriamente, en 1906, “lleva un sencillo y rural atuendo de liquiliqui azul, sombrero jipijapa y como único signo de coquetería un ‘foete’ de los que se usaban en 1906, con pequeño mango de plata”.291
A la postre, Gómez abandonó también las fantasías sartoriales para recurrir en el modelo de Falcón y Castro. En su vida cotidiana en Maracay, usaba casi siempre sombrero aludo —de fieltro o de pana- má— y escuetas guerreras de tela clara, con alguna semejanza con el liquiliqui. Así lo muestran gran parte de las imágenes de Torito Martí- nez y otros fotógrafos de la época.292 Con tal atuendo —complemen- tado con un foete y polainas— ratificaba visualmente su prestigio de “hombre de trabajo” (en aquella Venezuela, todo trabajo debía de ser, evidentemente, agrario), aunque durante esas dos décadas y media de prominencia política sus faenas no debieron exceder de rutinarias inspecciones de fincas realizadas desde comitivas motorizadas.
La eficacia del símbolo, sin embargo, opera incluso a través de los procedimientos de la fotografía, o precisamente gracias a los mis- mos. Prueba de ello, el testimonio oral de un hombre del campo de la época, sobre la clemencia de Gómez hacia un conuquero que había resistido a la autoridad, cuando se entera de que el reo es campesino:
Y con eso lo amansó, porque a Gómez no se le podía nombrar agricultor, al nombrarle un agricultor él trataba de ayudarlo y tú no ves que él mismo fue agricultor, él primero antes de llegar a la Presidencia fue un hombre humilde. Yo no sé cómo Gómez llegó a la Presidencia. Es que cuando una cosa convie- ne, conviene. Era un hombre de campo, yo lo tengo retratado ahí. Entonces ahí mismo se puso de acuerdo con el goberna- dor, pa’ que lo despacharan pa’ su casa.293
291. Picón Salas, Mariano. Op. Cit. p. 205.
292. Dorronoso, Jozune. Torito Martínez, un espontáneo de la fotografía.
293. “Don Miguel Bello Castro”, testimonio recogido por Antonio Trujillo en Tropos y Helechos. No. 6. 1986.
Nótese cómo para el informante, que no sabe “cómo Gómez llegó a la Presidencia” y que, por tanto, debe tener escasas referen- cias políticas, un simple retrato dispara las asociaciones siguientes: “era un hombre de campo”, “él mismo fue agricultor”, “fue un hombre humilde”, “al nombrarle un agricultor él trataba de ayudarlo” y, por consiguiente, “cuando una cosa conviene, conviene”. Casi tan míticas como las atribuidas al reo: cuando van a fusilarlo, recoge las balas en un sombrero.
Las desviaciones de este modelo ruralizante son fatales para el prestigio del caudillo. En 1902, el banquero y general Manuel Anto- nio Matos comanda la Revolución Libertadora vestido elegantemen- te, con guantes y con sombrilla.
Como bien señaló Picón Salas:
¿No era ese parasol de Matos un signo de distancia y casi de menosprecio entre el jefe y su tropa? A pesar de que se com- portará muy valientemente en La Victoria, nunca logrará ven- cer aquella ácida reacción de ironía y resentimiento de sus ofi- ciales y tropas, quienes por primera vez contemplaban un jefe militar llevando paraguas.294
La mayoría de los comentaristas ven estos melindres como pre- monitorios de su derrota. Domingo Alberto Rangel resumirá más tar- de: “Matos, el general del paraguas afrancesado. Gómez, el andino de jipijapa de los hombres machos. Ya para 1908 es Gómez el hombre en quien piensan generales y banqueros”.295 Véase cómo, aún para el ob- servador contemporáneo, “jipijapa” casi connota “hombría”, y por lo tanto “victoria”; “paraguas” connota “afrancesamiento”, y quizás, pe- yorativamente, “afeminamiento” y “derrota”. El hábito hace al caudillo, y también lo deshace.
294. Gómez, el Amo del Poder, p.144.
El populismo heredará tal tradición. Larrazábal, Betancourt, Leoni, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campins y Jaime Lusin- chi utilizan variaciones del traje claro y el sombrero que tiene un sabor ruralizante (V. 7.1.3). No es imposible que sus imágenes dis- paren en la mente de los electores cadenas de asociaciones al estilo de “hombre macho… hombre de campo... hombre humilde… al nombrarle un agricultor, él trataba de ayudarlo… cuando una cosa conviene, conviene”.