La escuela histórica que llamamos «metódica» o que, con mayor fre cuencia, llamamos «positivista», aparece, se desarrolla y prolonga durante la Tercera República en Francia. Sus principios básicos se exponen en dos textos-programa: el manifiesto, escrito por G. Monod, para lanzar La Re- vue historique en 1876; y la guía que Ch.-V. Langlois y Ch. Seignobos re dactaron para los estudiantes en 1898. l^_esgj^jneM dica-qui^ejmponer una investigación científica, dejando^le lado cualquier espeeulación_filas6-
ficá. y~pretaadiendo la absolata objetividad en .eLcampo de la historia. Pro-
cura lograr estos fines aplicando técnicas rigurosas en_lo_gue respecta áTm- ventario de las fuentes, la crítica de ¡os docurnemos y ¡a organización Ov ias tareas profesionales. Los historiadores «positivistas» participan en la re forma de la enseñanza superior y ocupan cátedras en las nuevas universi dades; dirigen grandes colecciones —E. Lavisse: Histoire de France; A. Rambaud: Histoire générale; L. Halpen y Ph. Sagnac: Peuples et civilisa- tions—, formulan los programas y elaboran los libros de historia destina dos a los alumnos de los colegios secundarios y escuelas primarias. Ahora bien, los manuales escolares alaban, muy explícitamente, el régimen repu blicano, alimentan la propaganda nacionalista y aprueban la conquista co lonial. Por tanto, esta corriente de pensamiento funda una disciplina cien tífica y, simultáneamente, segrega un discurso ideológico. Ante este «mons truo intelectual», uno se siente tentado por la duda acerca de la capacidad de cualquier rama del conocimiento en ciencias humanas para abstraerse del medio ambiente del que procedeíLa escuela metódica continuó domi nando la enseñanza y la investigación histórica en las universidades hasta los años 40; y marcó una evolución mítica de la colectividad francesa —en forma de una galería de héroes y de combates ejemplares— en la memoria de las generaciones de escolares hasta los años 60.
1. «Lar e v u e h is t o r iq u e»
En 1876, la taná^óríJísJ^g^ReyuehiMorique por G. Monod y G. Fag- niez marca la constitución de una .escuela.Marica deseosa de acoger a to-
dos los investigadores serios, en el marco de un cierto eclecticismo.ideoló gico. El «Preámbulo», que abre el primer número, no oculta las ambicio- üe¡Tde lo que debía llegar a ser «una publicación periódica destinada a dar a conocer investigaciones originales acerca de los diversos períodos histó ricos y a suministrar informaciones exactas y completas sobre los estudios históricos, tanto en el extranjero como en Francia». En realidad, La Revue historique pretende cubrir principalmente la historia europea desde la muer te de Teodosio (395) hasta la caída de Napoleón I (1815). Por una parte, 6ajo~forma de artículos eruditos, y por otra, con ayuda de recensiones de lecturas. ~ ~
Én el consejo de redacción, en el que figuran los colaboradores más ac tivos, coexisten dos generaciones: la de los «antiguos», que alcanzaron su madurez durante el Segundo Imperio, y son conocidos por sus obras como filósofos e historiadores, tales como Duruy, Renán, Taine, Boutaric, Fus tel de Coulanges; y la de los «jóvenes lobos», que darán su plena medida en los primeros decenios de la Tercera República, como Monod, Lavisse, Guiraud, Bémont, Rambaud. De los cincuenta y tres fundadores, treinta y uno son enseñantes —en el Colegio de Francia, en la Escuela de Altos Estudios, en las facultades de Letras—, diecinueve son archiveros y biblio tecarios. El círculo es más bien estrecho. Es evidente la voluntad de crear una revista destinada a los profesionales integrados en el ambiente de las universidades, en contacto con los fondos de los archivos.
La Revue historique se erige contra su hermana mayor La Revue des Questions historiques, que le precedió en diez años. G. Monod no oculta la analogía ni la oposición entre las dos publicaciones: «El éxito de La Re vue des Questions historiques, los felices resultados que ha producido, el provecho que hemos obtenido de su lectura han sido un estímulo para imi tarla. Pero, al mismo tiempo, se aparta sensiblemente del ideal que nos pro ponemos (...). No ha sido fundada con un objetivo desisteresado y cientí fico, sino para la defensa de ciertas ideas políticas y religiosas» (Manifies to, 1876). En efecto, La Revue des Questions historiques fue constituida por aristócratas —el marqués de Beaucourt, el conde Henri de l’Empinois, el conde Hyacinthe de Charencey— y por plebeyos —León Gautier, Ma- rius Sepet, etc.— que compartían el gusto por la erudición, la vinculación a la fe católica y una tendencia políticamente reaccionaria. En esta revista, la mayoría de los artículos tratan acerca de la monarquía y de la iglesia francesa, insistiendo sobre la vuelta a las tradiciones y el respeto por las jerarquías sociales. Además, el director de la publicación es un consejero político del conde de Chambord. La Revue des Questions historiques tra duce, a todos los efectos, el pensamiento de la derecha ultramontana y le- gitimista que triunfa en la época del «orden moral».
En principio, La Revue historique no se pronuncia por ninguna religión, ninguna doctrina, ningún partido. Sin embargo, si contemplamos de cerca el equipo de sus redactores, vemos que se vincula a un grupo bastante ho mogéneo a nivel social y político. Gabriel Monod, dirigente de la revista, desciende de una familia de pastores ginebrinos y entre sus primos herma nos se cuenta no menos de catorce pastores. También son protestantes nu merosos colaboradores de la publicación, así Rodolphe Reuss, Xavier Mossmann, Fierre Vaucher, Charles Bayet, Arthur Giry, Camille Jullian, Georges Parrot, Paul Meyer, Alfred Leroux y otros. Junto a ellos se en
cuentran algunos judíos, por ejemplo Gustave Bloch y James Darmeste- ter, y librepensadores francmasones tales como Ernest Lavisse, P. Guiraud o Ernest Havet. Los católicos son escasos. El codirector, G. Fagniez, que pertenece a la religión dominante en Francia, intenta asegurar una apertu ra, mantener un pluralismo doctrinal; pero, desde 1881, presenta la dimi sión a causa de los virulentos ataques de La Revue historique contra la Igle sia católica y —¡traición!— se pasa a la Acción francesa y & La Revue des Questions historiques. Ahora bien, son los intelectuales protestantes o li brepensadores, formados en la Escuela normal superior y en la «Escole des Chartes», como la mayor parte de los miembros de Revue historique, los que crearon la Escuela alsaciana, y la Escuela de Ciencias políticas, que po blaron la Escuela práctica de Altos Estudios, que ocuparon las direcciones del ministerio de Instrucción pública en los años 1870. Se trata del mismo «lobby» protestante y francmasón que hizo adoptar las leyes Ferry, insti tuyendo la enseñanza primaria laica, gratuita y obligatoria a principios de los años 1880.
G. Monod, en su Manifiesto de 1876, bosqueja un cuadro de la histo riografía francesa desde el siglo XVI. La Revue historique se considera como el punto final de una tradición, que nace en la reflexión de los humanistas del Renacimiento —J. J. Scaliger, J. Bodin—, se prolonga a través de la investigación erudita de los benedictinos de San Mauro —D. Mabillon, D. Montfaucon—, continúa con la abundante producción de los románti cos —D. Barante, A. Thierry, J. Michelet—.
A mediados del siglo xix, la disciplina histórica descansa en sólidas ins tituciones, tales como la «Ecole des Chartes», la Escuela práctica de Altos Estudios, la Sociedad de la historia de Francia, o las numerosas sociedades científicas. G. Monod se muestra más original cuando reconoce la deuda de los historiadores franceses con respecto a los alemanes: «Se debe atri buir a Alemania la mayor parte del trabajo histórico de nuestro siglo (...). Publicación de textos, crítica de fuentes, paciente explicación de todas las partes de la historia, examinadas una a una y desde todos los puntos de vista, nada se ha dejado de lado. Es suficiente citar los nombres de Las- sen, Boeck, Niebuhr, Mommsen, Savigny, Eichhom, Ranke, Waitz, Pertz, Gervinus; recordar la colección del «Corpus Inscriptionum», la de los «Mo- numenta Germaniae», la de los «Jahrbücher des Deutschen Reichs», la de las «Chroniken de Deutschen Staedte»... (Manifiesto, pp. 315-316). Cier tamente, el director de La Revue historique, que pasó un tiempo en las uni versidades del otro lado del Rhin, se limita a apreciar los logros de la eru dición alemana, pero al hacerlo demuestra una cierta valentía desafiando el chauvinismo francés sólo unos años después de Sedán.
G. Monod y sus amigos consideran modestamente que en Francia la his toria está en sus inicios : «A pesar de todos los progresos realizados, toda vía estamos en un período de preparación, de elaboración de materiales, que servirán más tarde para construir edificios más vastos» (Manifiesto, p. 320). Sin embargo, los redactores de La Revue historique consideran que actúan de acuerdo con un método científico:
«Conservaremos en La Revue historique un carácter literario, sin ser una pura erudición, nuestra revista sólo admitirá trabajos originales y de primera mano que enriquezcan la ciencia, o bien por la propia investiga ción o bien por sus resultados, que figurarán en su conclusión, pero recla
mamos a la vez de nuestros colaboradores una exposición estrictamente científica, en la que cada afirmación se acompañe de pruebas, de referen cias a las fuentes y citaciones que excluyan las vaguedades y los excesos de oratoria («Preámbulo», p. 295). Y en la enseñanza superior debe insertar se: «Todos los que se dedican a la investigación científica son solidarios los unos de los otros; trabajan en la misma obra, realizan partes diversas de un mismo plan, tienden al mismo objetivo. Es útil, es indispensable que se sientan unidos y que sus esfuerzos sean coordinados para ser más fuertes (Manifiesto, p. 321). A grandes rasgos, los principios definidos en el texto inaugural de G. Monod —el trabajo de archivos, la referencia a las fuen tes, la organización de la profesión— aparecerán expuestos veintitrés años más tarde en el manual de Langlois y Seignobos.
En el período de su madurez, entre 1880 y 1900, Monod ejerce un ver dadero magisterio moral sobre la «profesión histórica»: es el director único de La Revue historique, codirector de La Revue critique, profesor en la ENS, presidente de la sección cuarta de EPHE, responsable de diversas co misiones universitarias y sociedades científicas. En La Revue historique, el director se encarga personalmente del «boletín crítico» consagrado a la bi bliografía francesa; insensiblemente orienta sus comentarios hacia las cues tiones contemporáneas; llega a dar lecciones de moral y de política. A ni vel de declaración de intenciones, La Revue historique se considera neutra e imparcial, inclinada «a la ciencia positiva», «cerrada a las teorías políti cas y filosóficas». En cuanto a las acciones concretas, La Revue historique toma postura en favor de la República oportunista; aprueba la acción de los gobiernos Waddington, Freycinet, Ferry, Gambetta; aplaude la apro bación de las leyes escolares; apoya la instauración de la libertades públi cas entre 1870 y. 1884. En el entierro de Gambetta, G. Monod desfiló pre cedido de una pancarta en la que se leía: «La historia es maestra de la cien cia». En la misma época, La Revue historique participa en la reinterpreta ción de la Revolución francesa de 1789-1793, que se convierte en el mito fundador de una Tercera República, garantizando la vida democrática y asegurando la defensa de las fronteras. Fue entonces cuando se entronizó en 14 de julio como día de fiesta nacional. Más tarde, Monod condena la oleada boulangerista, el militarismo que amenaza las instituciones republi canas entre 1885 y 1889. En los años 90, el director de La Revue historique habla menos en sus crónicas de política interior, no porque se haya apode rado de él un cierto escrúpulo de neutralidad, sino porque presta mayor atención a la política extranjera.
De la misma manera, La Revue historique, que oficialmente rechaza todo «credo dogmático», se compromete resueltamente en el combate an ticlerical. Aunque los protestantes sean muy numerosos en el comité de re dacción, la historia de la religión reformada no ocupa un gran lugar en la revista. Si consultamos los cuarenta primeros números, de un total de ochenta y tres estudios, sólo nueve artículos abordan temas relacionados con el protestantismo (así la herejía de los Patarinos en Florencia —núm. 4—; la biografía de Miguel Servet —núm. 10—, etc.). Por el contrario, la historia del cristianismo aparece ampliamente tratada. Los autores parecen favorables a la Iglesia de los primeros siglos y tolerantes con la Iglesia de la Edad Media; pero se muestran agresivos hacia la Iglesia católica, surgi da del Concilio de Trento, que practica la Contrarreforma. Un ejemplo:
Ch.-L. Livet critica violentamente las reducciones jesuíticas del Paraguay «que sólo tenían un objetivo, el aumento de las riquezas de la orden; y sólo un medio, el sometimiento de los indígenas» (RH, t. 18, p. 325). No obstante, después de los violentos ataques tendentes a destruir la influen cia de una Iglesia católica conservadora y legitimista, a finales de los años 70 y en los años 80, los análisis de La Revue historique se hacen más ma tizados en consonancia con la «adhesión» de la Iglesia a la República en los años 90. G. Monod llega incluso a escribir: «Nadie puede evitar, al con templar la Iglesia católica, un sentimiento de admiración y veneración por la institución más importante, tanto por su influencia como por su dura ción, que el mundo haya conocido» (RH. 1895, núm. 1).
Finalmente, La Revue historique alardea de una preocupación ética de resonancia nacional. Monod considera que la solidaridad liga a los hom bres del presente con los hombres del pasado: «El historiador sabe que la vida es un cambio perpetuo; pero que este cambio siempre es una trans formación de elementos antiguos, nunca una creación ex novo. Da a las ge neraciones presentes el vivo sentimiento, la profunda consciencia de la feliz y necesaria solidaridad, que les une a las generaciones anteriores» (Manifiesto, p. 323). Este tipo de simpatía intuitiva juega tanto más en la ocasión en que el especialista se dedica a la historia nacional: «El estudio del pasado de Francia es una tarea primordial (...) por medio de la cual podemos devolver a nuestro país la unidad y la fuerza moral» («Preámbu lo», 1876). Se trata, después de la grave derrota de 1870, «de despertar la conciencia de sí misma en el alma de la nación a través del conocimiento profundo de su historia». Las revoluciones son consideradas buenas o ma las según los casos: se celebra el levantamiento de 1789, que permite la de claración de los Derechos del Hombre y la supresión de los privilegios se ñoriales; se denigra en cambio la insurrección de 1871, que conduce a las luchas fraticidas ante la mirada del enemigo. En lo que respecta a la evo lución interior, La Revue historique se inclina por un «justo medio», ale jado de todo exceso. En la valoración de la situación exterior, La Revue historique se desliza, con el paso de los años, desde un feroz nacionalismo hacia tín sabio pacifismo. Hacia 1880, Monod denuncia «el crimen de la in vasión prusiana», llora a causa de la anexión de Alsacia y Lorena, y casi reclama venganza; hacia 1890, empieza a hablar en favor de una reconci liación franco-alemana, único medio de solucionar las diferencias evitando las atrocidades de la guerra.
2. Eld isc u r so d e lm é t o d o
Un cuarto de siglo después de la fundación de La Revue historique, sus colaboradores invadieron las cátedras de historia en las universidades re cientemente creadas o reformadas. Fue entonces cuando dos de ellos, Char les-Victor Langlois y Charles Seignobos, definieron las reglas aplicables a la disciplina en una Introduction aux études historiques (Hachette, primera edición, 1898). Charles-Victor Langlois es un medievalista, interesado por los fondos de los Archivos nacionales y el Public Record Office, que re dactó obras sobre la Inquisición y sobre el ducado de Bretaña, y participó en la primera serie de la Historia de Francia, dirigida por Erñest Lavisse,
escribiendo el tomo III: Saint Louis, Philippe Le Belet les derniers Capé- tiens (1226-1328)-(1901). Charles Seignobos es un modernista autor de una serie de manuales destinados a la enseñanza (de la clase 6.‘ a la terminal), de una Histoire de TEurope au XIX‘ siécle (1897). También colaboró en la segunda serie de Ernest Lavisse, al escribir Le Déclin de l’Empire et l’éta- blissement de la République (1859-1875), tomo VII de la Histoire de ia Fran ce Contemporaine, y el tomo VIII: L’evolution de la Troisiéme République (1875-1914)- (1921). Es igualmente autor, junto con P. Miliukov, L. Eise- nemann y otros especialistas, de una Histoire de la Russie en tres volúme nes (desde los orígenes a la revolución bolchevique) en 1932. Ch.-V. Langlois y Ch. Seignobos, ambos profesores en la Sorbona y miembros del Instituto, tienen el mérito, en relación con sus colegas, de preocuparse por los problemas epistemológicos. Su «breviario» aspiraba a formar genera ciones de historiadores. De hecho, la obra expresa, exactamente, el punto de vista de la «escuela metódica», que domina la producción francesa en tre 1880 y 1930.
Langlois y Seignobos aportan una contribución decisiva para la cons trucción de una historia científica. Consideran con indiferencia —a veces con desprecio— la teología de la historia, al estilo de Bossuet, la filosofía de la historia según Hegel o Comte, y la historia literaria al estilo de Mi chelet: «El procedimiento más natural de explicación consiste en admitir que una causa trascendente, la Providencia, dirige todos los hechos de la historia hacia un objetivo sólo conocido por Dios. Esta explicación sólo puede ser la conclusión metafísica de una construcción científica, ya que la ciencia sólo estudia las causas determinantes. El historiador no tiene por qué buscar la causa primera a las causas finales, de la misma manera que tampoco lo hace el químico o el naturalista. De hecho, hoy ya casi nadie se para a discutir la teoría de la Providencia en la historia, bajo su forma teológica. Pero la tendencia a explicar los hechos históricos mediante cau sas trascendentes se mantiene en teorías más modernas, en las que la metafísica se disfraza bajo formas científicas. La mayor parte de los histo riadores del siglo XIX ha sufrido de manera tan acusada la acción de la edu cación filosófica, que introducen, incluso, sin darse cuenta, fórmulas me tafísicas en la construcción de la misma.» La escuela metódica realiza así una verdadera «ruptura epistemológica» al descartar el providendalismo cristiano, el progresismo radonalista o el finalismo marxista.
Según Langlois y Seignobos, «la historia sólo es la puesta en práctica de documentos». La fórmula supone una teoría del conocimiento —una re lación entre el sujeto (el historiador) y "el objeto (el documento)— que no se explícita. En realidad, se trata de la «teoría del reflejo» que procede de Von Ranke (a ella se aludirá más tarde). De entrada, la escuela metódica deja de lado el papel esencial de las preguntas que el historiador plantea a sus fuentes, y recomienda la desaparición del propio historiador detrás de los textos. ¿Qué es para Langlois y Seignobos un documento?: «Entre los pensamientos y los actos de los hombres, son muy pocos los que dejan huellas visibles y, cuando se producen, duran poco; basta un accidente para borrarlos. Luego cualquier pensamiento y cualquier acto que no hayan de jado vestigios, directos o indirectos, o cuyos vestigios visibles hayan desa pareado, se ha perdido para la historia.» No podemos hacer otra cosa que aceptar esta evidencia, de una enorme trivialidad. Sin embargo, los dos au
tores precisan que los documentos escritos, los testimonios voluntarios: car