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MICHELET Y LA APREHENSIÓN TOTAL DEL PASADO

Para los partidarios de la «Nueva Historia», Michelet constituye una re­ ferencia ritual obligada, puesto que se había consagrado a la «resurrección del pasado integral». Pretendió ser portavoz de una historia otra, diferen­ te, apta para hacer hablar a los «silencios», que diera amplio espacio a las pulsiones irracionales. Ser un «resucitador», recrear la vida misma, consti­ tuye la ambición suprema de cualquier historiador después de haber dedi­ cado su vida a la investigación erudita. En los tiempos actuales, en los que prevalece un tipo de historia tan diferente, con sus análisis seriales, curvas y gráficas, Michelet resulta un modelo fascinante. Nos podemos preguntar si no es Michelet un mito piadosamente conservado. Antes de llegar a nin­ guna conclusión, habremos de precisar los límites de su proyecto histórico, comprobar cómo le da cumplimiento en sus escritos, y tener presentes los obstáculos que encontró, ideológicos unos e inconscientes otros, en su apre­ hensión global de! pasado.

1. Elpr o y e c t o-t e st a m e n t od e Mic h elet

Para analizarlo, nos basaremos principalmente en el célebre Préface á l’histoire de France, que incluimos al final del capítulo. Fue redactado por Michelet entre el 22 de febrero y el 12 de septiembre de 1069, a petición de su editor, que quería reeditar la Histoire de France, cuyo decimosépti­ mo y último tomo estaba a la venta desde 1867. Michelet afirmaba orgu- llosamente su ambición de haber decidido ser, desde el comienzo de su carrera, el resucitador de la totalidad nacional en gestación a través de los siglos. Tal proclamación exige algunos correctivos y algunas aclaraciones.

A. Este Prefacio está escrito al final y no en otro momento de la carre­ ra, de Michelet. Tiene por objeto situar toda su obra dentro de las cóoFde- nadas de un proyecto único. Es, por tanto, un texto madurado durante mu­ cho tiempo, que ha sido previamente esbozado muchas veces, por ejemplo en: «Materiales de un prefacio aplazado: mi vida, mis enseñanzas, mis li­ bros». Es un texto que resume toda su vida, de la que vamos a recordar

tan sólo algunos momentos cruciales. Nacido en París en 1798, hijo de un artesano impresor, Michelet hace sus estudios en el colegio Carlomagno y en la Sorbona. A partir de 1821 es agrégé de Letras; inmediatamente des­ pués, siendo ya profesor de la Escuela Normal, escribe manuales de histo- 'ria. Accede a la notoriedad a partir de 1830: profesor de la hija de Luis- Felipe, llega a ser jéfe de la sección histórica de los Archivos nacionales; después, catedrático en la Sorbona, y, finalmente, profesor del Colegio de Francia y miembro del Instituto (1833). Redacta su Précis d!Histoire. A par­ tir de 1842, se alinea en la corriente de la pequeña burguesía liberal y an­ ticlerical; embargado por los ideales de 1789, se adhiere a las aspiraciones revolucionarias de 1848. Su hostilidad hacia el partido del orden y hacia el príncipe-presidente le cuesta el verse suspendido en la docencia en 1851. Durante todos estos años prosiguió sin descanso su monumental Histoire de France, publicando primero La Edad Media (6 volúmenes, 1833-1844) y después La Revolución (7 volúmenes, 1847-1853).

Desde 1852 hasta su muerte, en 1874, vive pobremente en Nantes y en París, apasionadamente dedicado a escribir una obra literaria de acentos proféticos: La mujer (1859), La bruja, La Biblia de la humanidad (1864). Al mismo tiempo concluye su Historia de Francia con El Renacimiento y Los Tiempos Modernos (1857-1867).

B. Toda la obra del historiador, a decir verdad muy diversa, está con­ tenida en el Prefacio de 1869, dentro de las coordenadas de una única pul­ sión creadora. Es el «relámpago de julio» (párrafo 1), luminosa revelación de Francia, fruto del trabajo de cuarenta años. ¡Botón de muestra de la ideología pequeño-burguesa, al igual que la evocación de aquella «brillan­ te mañana de julio»! (párrafo 10). Parece evidente la trasposición de los valores cristianos.

Se trata de una iluminación mística, en la que «la llama lo simplifica todo». Esta obra, «concebida en un instante», (párrafo 1), de hecho cam­ bia en sus facetas, como lo demuestran las visiones sucesivas de la Edad Media, que explicaremos más adelante. Los grandiosos ímpetus románti­ cos de los párrafos 7 y 8 nos conmueven más que su mística republicana. Su pasión es la del historiador en busca de la «vida misma». Su «violenta voluntad» de rehacerlo todo es análoga a la de Gericault. Michelet irá «aprehendiendo y apropiándoselo todo» —se sobreentiende como materia histórica—, para confesar al final de sus días: «He bebido demasiada san­ gre de los muertos.» Burócrata por su forma de trabajar, nunca permitirá que se apacigüen en él ni las pasiones ni las furias.

C. Michelet desea alejarse radicalmente de la práctica histórica domi­ nante,pero manteniendo respeto y reverencia hacia sus colegas, de ahí que frecuentemente entone alabanzas ante la institución histórica en germen: «Hombres eminentes lo habían estudiado» (párrafo 2); «el ilustre Sismon- di», «perseverante trabajador» (p. 3); «esta noble pléyade histórica» que, de 1820 a 1830, «brilla tan intensamente» (p. 5). Pero, a pesar de todos es­ tos personajes distinguidos, en 1830 ¡en Francia no había más que «los ana­ les, en absoluto historia»! (p. 2). Michelet reprocha algunas debilidades a los ilustres representantes de la historia liberal: A. Thierry, Guizot, Mig- net, Thiers y otros. En primer lugar les reprocha lo limitado de su infor­ mación. Sismondi «no entra apenas en la investigación erudita» (p. 3); sus colegas dejan lo mejor «sumido en las fuentes inéditas» (p. 24). Aquí se

expresa el antiguo jefe de la sección histórica de los Archivos nacionales, «cementerios de la historia» que tanto estimulaban su imaginación: «No tar­ dé en darme cuenta de que había, en el aparente silencio de aquellas ga­ lerías, un movimiento, un murmullo que no era el de la muerte (...), todos vivían y hablaban (...) y, a medida que yo soplaba sobre su polvo, los veía incorporarse.»

La ignorancia acerca de «las fuentes primitivas, la mayor parte inédi­ tas» (p. 4), ha permanecido hasta 1830-1836, incluso para el propio Miche- let, cuya documentación era sobre todo libresca en el momento en que es­ cribía Précis d’Histoire Moderne (1828) y su Introductíon á Y Histoire Uni- verselle (1831).

Formula un segundo motivo de queja respecto a sus eminentes colegas: carecen del sentido de la historia total. Dan demasiada importancia a la po­ lítica (p. 2) a expensas de otras instancias de la realidad. Sólo tienen pun­ tos de vista fragmentados, lo que les conduce a aislar los objetos de estu­ dio (la raza, las instituciones, etc.) sin aprehender las interrelaciones que hay entre los distintos dominios (p. 5).

De esta manera se pierde de vista «la armonía superior», o sea, en el lenguaje actual, la preocupación por la globalidad. Esta historia, «dema­ siado poco material, demasiado poco epiritual» (pp. 22 y 23), descuida tan­ to el sustrato material como las elaboraciones del «alma nacional», situán­ dose en un terreno intermedio entre lo político y lo institucional.

Tercer motivo de queja: la noble pléyade es víctima de los a priori ideo­ lógicos. Así el admirable Thierry queda anclado en la teoría de la «perpe­ tuidad de las razas» (p. 14), tomada de algunos historiadores del siglo x v iii, lo cual le induce a subrayar las sucesivas dominaciones de los galos, los fran­ cos, etc. Tal interpretación expresa la exaltación del sentimiento nacional, vinculado al movimiento romántico, y le impulsa a traducir los conflictos de clases en conflictos raciales, por ejemplo: ¡la aristrocracia franca se opo­ ne al tercer estado galo! Pero la obra de Thierry conserva su atractivo en la medida en que escapa a una visión sistemática y surge espontáneamente de las vibraciones de un «corazón conmovido» por la invasión extranjera, al que mueven los ideales patrióticos (p. 14). Esta vibración interna «se ha­ lla también en los escritos de Michelet cuya pasional temática subyacente es muchas veces más atractiva que las ideas explícitamente afirmadas».

D. Aquí la ambición de totalidad^ está más claramente afirmada que nunca. La~«íotafidad vivida» que pretende reconstruir Michelet se sitúa a un nivel más profundo que el «global» de los historiadores actuales. Se tra­ ta de aprehender la unidad viva y no solamente instancias interrelaciona- das. Todos los escalones de la realidad, habitualmente separados, se sub- sumen en una armonía superior (p. 5). «Yo he sido el primero en verla (a Francia) como un alma y una persona» (p. 2). El historiador accede a lo uno, no divino, sino nacional. La muy tradicional metáfora del organicis- mo (p. 6) explícita la noción de la armonía superior. La vida implica la so­ lidaridad de los órganos, su mutua influencia, etc...

«i>La ambición del historiador consiste por tanto en reencontrar la vida his­ tórica (p. 7) por dos caminos complementarios:

a) seguirla en todas sus vías, lo que implica extensa información, un trabajo minucioso dé reconstrucción;

b) restablecer... la acción recíproca de las diversas fuerzas en un pode- roso movimiento, actitud que responde evidentemente a una filosofía vita- lista, tomada de Vico y de algunos historiadores alemanes, según la cual hay un principio vital en la historia de la humanidad.

Así podemos abarcar con más precisión el problema histórico de Mi­ chelet (p. 9), o sea, la resurrección de la vida integral, comprendido en sus cálidas entrañas, en «sus organismos interiores profundos». Añade en otra parte: «son necesarios el ardor y la emoción». Tal proyecto es hijo, más que de una decisión racional, de la pasión, del deseo de abarcar la materia histórica viva y, también, de su relación con los muertos. Para aprehender así la historia por dentro, es necesario percibir el pasado en otra onda, de manera que la narración histórica deje de ser un puzzle inerte y se con­ vierta en vida y movimiento. Michelet nos proporciona el sustituto laico de la resurrección de los muertos: «Un inmenso movimiento se agita ante mis ojos» (p. 11).

Precisa los caracteres de la auténtica vida que hace renacer (p. 12): no se trata de un calor de laboratorio, ni de movimientos convulsivos artifi­ cialmente producidos en un cadáver (galvanismo), sino de un crecimiento lento, de una continuidad. La vida vegetal nos suministra el modelo. En­ raiza en un substrato geográfico y climático (p. 16) que no es tan sólo el escenario de las actividades históricas, sino del conjunto de las condiciones ecológicas que modelan los seres vivos («de tal nido, tal pájaro»). A pesar de tan atractiva proclama, los actores de Michelet «flotan» un tanto «en el aire», en los espacios vaporosos de la mística republicana, como la Francia «hija de la libertad» (p. 20).

Esta última expresión nos incita a evocar el trabajo sobre sí misma (p. 18) de toda sociedad que, según Michelet, constituye el propio movi­ miento de la historia, cuya concepción es para él esencialmente dinámica. También evoca el gran trabajo de las naciones (p. 17), algo así como una gestación continua de su propia personalidad, lo que le permite hacer jus­ ticia al fatalismo racial. Se produce una operación de trituración y amalga­ mación, en la que todos los elementos originales se funden para dar naci­ miento a un organismo original. Se trata de una actividad moral, de una toma de conciencia progresiva y no sólo de progresos yuxtapuestos. Esta idea vuelve a aparecer en el párrafo 19, en el que queda manifiestamente claro que el pensamiento de Michelet está vinculado a lo que se podría lla­ mar «vitalismo evolucionista», donde el principio vital usurpa los atributos de Dios. Así marcha la vida histórica trata de cómo se hace la fusión y la amalgama que conducen a la elaboración de las personalidades nacionales diferentes. El modelo en la materia es, como no podía por menos de ser, Francia, portaestandarte de la libertad del mundo.

E. La relación existente entre el historiador y su obra está formulada en términos muy originales. El autor está profundamente implicado en la operación que ha realizado. La objetividad, según Michelet, es un falso pro­ blema. El historiador no debe pretender siquiera eclipsarse ante su traba­ jo, sino estar presente en él, a todos los niveles, con sus pasiones y emo­ ciones. La presencia del historiador en su obra es comparable con la del artista en la suya (p. 26).

rante. «Sólo se pueden penetrar los misterios del pasado» con la propia per­ sonalidad (p. 27). Únicamente una relación amorosa con el tema permite llegar a tener una segunda percepción (p. 28). Es evidente la inclinación de Michelet, bastante turbulenta, por el «grandioso, sombrío, terrible si­ glo xiv», tiempo de pestes y de guerras, en cuyo contacto hallan resonan­ cia los propios fantasmas del autor.

La propia vida de Michelet se «halla involucrada» (p. 25) en la Histoire de France, libro nacido de la «tormenta (otra vez la inclinación a la turbu­ lencia) de la juventud» (p. 29), una locura, un trabajo abrumador, al que se ha dedicado como si se tratara de la resolución de ‘un problema crucial (ver p. 9). «Ese ha sido mi único gran acontecimiento» (p. 25), frase que suena a confesión: pará el historiador, su auténtica vida se halla entre los personajes del pasado, viviendo el tiempo presente por delegación. Para Michelet, la historia se detiene en 1789, o más exactamente en 1790, en la Fiesta de la Federación.

A su vez, este libro es el producto de toda una vida dedicada a! traba­ jo, lo que explica su homogeneidad, su profunda coherencia (p. 13): ha ido creciendo lentamente, como una planta, a partir de un único método. Se presenta como un conjunto armónico, pleno de múltiples ecos. Tales afirmaciones enmascaran muchas variaciones de fondo, si no de forma.

Operando una inversión en la relación entre el autor y su obra, encon­ tramos líneas sorprendentes acerca del historiador engendrado por el texto (p. 29):

«Este hijo ha hecho a su padre.» A continuación proporcionaba expli­ cación: «Me ha hecho crecef en fuerza y en clarividencia», etc. Leyéndolo se tiene al sensación de que Michelet ha resuelto sus problemas interiores Eil hilo de sus páginas, llegando a alcanzar un estado de paz, una vez con­ cluida su tarea de resudtador. Suena como un desafío a la historia objeti­ va, que estaba tratando de precisar sus procedimientos en los años 1860-1870.

Este célebre texto puede ser leído a dos niveles, con apreciaciones opuestas en cada ocasión. Es, en muchos aspectos, un monumento de la ideología pequeño-burguesa. Una simple reagrupación léxica en torno de Francia resulta abrumadora: «luz, alma, persona, hija de su libertad, ha he­ cho Francia», etc. Pero también expresa la relación vital existente entre el autor y su obra. En torno del entrañable término-libro se agrupan: «vida, lentitud, método, forma, color, armónico, único acontecimiento, me ha creado», etc. La obra de Michelet se salva por esta pasión que le devora. Roland Barthes ha dicho de él que era un devorador de la historia, anima­ do de un amor furioso por el trabajo, sometido a una disciplina monacal a fin de saciar su apetito insaciable. Su ingestión de la historia tiene reso­ nancias de ritual («he bebido demasiado la sangre de los muertos»), pero también algo de animal: «ramonea la historia», dice Barthes. Es en este ni­ vel donde radica la emoción y el atractivo de los escritos de Michelet. 2. Fr a c a so d e l ag l o b a l id a d

La grandiosa ambición enunciada en el Prefacio de 1869 no llega a rea­ lizarse a lo largo de la carrera de Michelet. Dos series de razones explican

su fracaso. El autor de la Histoire de France contempla el pasado, conias lentes de su ideología y sufre el peso de su inconsciente, lo que determina que su aproximación a la materia histórica sea selectiva.

' Sin pretender reprochar a Michelet el faltar a la objetividad que jamás predicó, vamos a destacar, en primer lugar, dos ejemplos de la influencia determinante que sus opciones ideológicas y políticas han ejercido sobre su visión del pasado.

Su concepción de la Edad Media fluctúa en función de su historia per­ sonal y de sus compromisos sucesivos, como lo ha demostrado admirable­ mente Jacques Le Goff: a) Desde 1833 a 1844, bajo la influencia de la corriente romántica, monta una «hermosa Edad Media», a la vez material y espiritual, en el seno de la cual se realiza «el gran movimiento progresi­ vo, interior, del alma nacional». Época de piedras plenas de vida que «se anima (n) y se espiritualiza (n) bajo la ardiente y severa mano del artista», época de la infancia de Francia, en la que se suceden los bárbaros desbor­ dantes de sangre nueva, los pastorcillos de las cruzadas populares y Juana de Arco. Michelet todavía considera que el Cristianismo es una fuerza po­ sitiva que ha trabajado por la liberación de los humildes. Celebra la unión de la religión y de pueblo, cuyos sufrimientos y luchas (la Jacquerie, los tra­ bajadores flamencos) descubre, b) A partir de 1855 domina «la sombría Edad Media», «mi enemiga Edad Media»; así se expresa tratando de rec­ tificar sus obras precedentes. Fíasta entonces no había visto más que el ideal, ahora descubre la realidad, su «estado extraño y monstruoso». Es su anticlericalismo, cada día más y más virulento, el que le impele a esta ne­ gación. Incluso ya no halla gracia en su arte. La Iglesia, lejos de ser la pro­ tectora deLpueblo, no es más que una institución represiva, y a cuyas víc­ timas rehabilita (tanto a Abelardo como a los albigenses). La Iglesia pro­ híbe la fiesta y hace imperar la ignoracia. c) Con La bruja (1862), Michelet descubre una Edad Media subterránea, en la que Satanás es el árbitro. Sa­ tanás, «raro nombre de la libertad, la cual es cambiante, joven militante en principio, negativa, creadora; después, más y más fecunda». Ve en la bruja a la madre de la ciencia moderna, por su conocimiento de la natu­ raleza, del cuerpo y de la medicina. Un siglo, el siglo xrv, que ejerce una sombría fascinación sobre Michelet, está pintado, más que cualquier otro, con colores diabólicos, d) Otro último cambio de Michelet; ya envejecido, asqueado por el triunfo del maqumismo, del capital durante el segundo Im­ perio, retoma a la Edad Media de su juventud, período de vida desbor­ dante y de creatividad...

Su visión de conjunto de la historia se ordena siguiendo una bipolaridad que es como mínimo esquemática. Se enfrentan los principios antitéticos en una especie de sustitución de la psicomaquia de los autores medievales: gracia y justicia, fatalidad y libertad, Cristianismo y Revolución. Todos lo excesos que se producen a lo largo del desarrollo de la historia están cu­ riosamente asociados a la acción de la gracia, enemiga de la justicia, fuen­ te de arbitrariedad y de tiranía. Entre sus agentes se encuentran tanto los jesuítas como Bonaparte, mientras que los valdenses y la bruja, por ejem­ plo, son heraldos de la justicia. A esta oposición binaria se suma otra: la antítesis entre Cristianismo y Revolución. La segunda usurpa los atributos de la primera: ¿no tiene, acaso también su eucaristía (la Fiesta de la Fe­ deración), su pasión y su gran sacerdote (el propio Michelet)? Michelet es

consciente del carácter sagrado de su trabajo de historiador: «Portaba el pasado como hubiera portado las cenizas de mi padre o de mi hijo.»

Michelet, mago de la historia republicana, ha sido objeto de ataques muy vivos no totalmente injustificados, por parte de Maurras, el cual dice con ironía: «Su procedimiento usual consiste en elevar a la dignidad de Dios cada sedimento de idea general que se le ocurre. Michelet elaboró el pensamiento con el corazón, hizo que su corazón pensase sobre toda clase de temas: la historia de la humanidad, la de la naturaleza, la moral, la re­