EL TRABAJO FANTASMA
DISPENSADA POR LA CORONA
24 En español en el original [T.] 25 En español en el original [T.].
26 En español en el original. [T.]. 27 En español en el original. [T.].
decisión de la corte y de preservar el orden establecido de la amenaza que constituyen la impresión y la lectura de textos frívolos. Concluye su súpli ca invocando la “gracia de Granada” — el destino de la reina que no es sólo conquistar sino también civilizar el mundo entero— .
Colón y Nebrija ofrecen sus servicios a un nuevo género de constructo res de imperios. Sólo que Colón propone simplemente emplear las muy recientes carabelas al máximo de las distancias que pueden recorrer con el objeto de extender el poder real sobre aquello que devendrá la Nueva Espa ña. Nebrija, en cambio, es más fundamental: propone el uso de su gramá tica con el fin de extender el poder de la reina en una esfera totalmente nueva — el control del Estado sobre la forma de la subsistencia cotidiana de la gente— . Nebrija traza efectivamente las grandes líneas de una decla ración de guerra contra la subsistencia, guerra que el nuevo Estado se pre para a llevar a cabo. Propone que la lengua materna se enseñe — inventa el primer estadio de la instrucción universal— .
La g u e r r a c o n t r a l a s u b s i s t e n c i a
Los historiadores han elegido la travesía del Atlántico de Colón como hito del paso de la Edad Media a los Tiempos Modernos, iniciativa cómoda para los sucesivos editores de manuales. Pero el mundo de Ptolomeo no se volvió el mundo de Mercator en un año, y el mundo de lo vernáculo no se convir tió de la noche a la mañana en la edad de la instrucción. La cosmogonía tra dicional no se modificó a la luz de una experiencia que iba a ensancharse. A Colón lo siguió Cortés; a Copérnico, Kepler; a Nebrija, Comenius. La transformación de la visión del mundo que engendró nuestra dependencia en relación con los bienes y servicios tomó cinco siglos.
El d e s a r r o l l o d e u n a s o c i e d a d d e l a n e c e s i d a d n o r m a l i z a d a
El número de movimientos que hace la aguja del péndulo depende del len guaje de las cifras en el cuadrante. Para los chinos, el crecimiento de las plantas pasa por cinco etapas, y para los árabes el alba se aproxima en cinco escalones. Si yo quisiera describir la evolución del homo oeconomicus de Mandeville a Marx o a Galbraith, consideraría las épocas desde otra perspectiva diferente a si quisiera delimitar los estadios del desarrollo de la
ideología del homo educandus de Nebrija a Comenius pasando por Radke, su maestro. De la misma forma, dentro de ese mismo paradigma, sucede ría con los diferentes virajes que marcarían el declinar del saber adquirido sin maestros y el camino hacia la instrucción inevitablemente falseada que dispensan necesariamente las instituciones educativas.
Fue necesario un buen decenio para reconocer que Colón no sólo había descubierto una nueva ruta, sino un nuevo hemisferio. Se necesitó mucho más tiempo para inventar el concepto de “Nuevo Mundo", ese continente al que le había negado la existencia.
Un siglo y medio separa dos reivindicaciones: la de Nebrija, que dice
deber; para servir a la reina, enseñar a hablar a todos sus súbditos, y el de
Jan Amos Comenius que dice poseer un método gracias al cual un ejército de enseñantes puede enseñar perfectamente a cualquiera cualquier cosa.
En la época de Comenius (1592-1670), al igual que en el Antiguo y el Nuevo Mundo, los grupos dirigentes estaban profundamente convencidos de la necesidad de un método de ese género. Eso lo ilustra un episodio de la historia de la universidad de Harvard. Exactamente un siglo y medio des pués de la aparición de la gramática de Nebrija, John Winthrop Jr. vogaba hacia Europa en donde esperaba encontrar un teólogo y pedagogo que aceptara la presidencia de Harvard. Uno de los primeros a los que se lo pro puso fue al checo Comenius, jefe y último obispo de la secta de los Her manos Morabos. Winthrop lo encontró en Londres, en donde organizaba la Royal Society y aconsejaba al gobierno a propósito de las escuelas públi cas. En Magna Didactica, vel Ars ómnibus omina ominino docendi, Come nius había definido brevemente los objetivos de su profesión. La educación comienza en el seno de la madre y no termina sino con la muerte. Todo lo que vale la pena aprenderse vale la pena que se enseñe mediante un méto do específicamente adaptado al sujeto. El mundo predilecto es el que está organizado de tal suerte que funciona como una escuela para todos. Los individuos sólo pueden acceder a la plenitud de su humanidad si el saber resulta de la enseñanza. Los que aprenden sin que se les enseñe se aproxi man más al animal que al hombre. Es necesario organizar el sistema escolar de tal suerte que todos, viejos o jóvenes, ricos o pobres, nobles o villanos, aprendan realmente, y no de manera simbólica u ostentatoria.
Ésas son las ideas que había formulado y publicado el presidente po tencial de Harvard. Pero nunca atravesó el Atlántico. Cuando Winthrop lo encontró ya había aceptado la invitación del gobierno de Suecia para or ganizar allí un sistema escolar nacional para la reina Cristina. Contraria
mente a Nebrija, nunca tuvo que hacer valer la necesidad de sus servicios —siempre fueron muy solicitados— . El dominio de lo vernáculo, que Isa bel consideraba intocable, se volvió un coto de caza para los letrados28 es pañoles en busca de un puesto, los jesuítas y los pastores de Massachusetts. La lengua materna inculcada según reglas abstractas por profesionales lle gaba a suplantar parcialmente lo vernáculo. Ese progresivo remplazo de lo vernáculo por su costosa falsificación preludia el advenimiento de la socie dad del producto normalizado en la que vivimos hoy en día.
El o c a s o d e l o s v a l o r e s v e r n á c u l o s
El término ‘Vernáculo" viene de una raíz indogermánica que implica la idea de “arraigo”, de “morada”. En latín, vemaculum designaba todo lo que era noble, tejido, cultivado, confeccionado en casa, en oposición a lo que se pro curaba por intercambio. El hijo de tu esclava o el de tu esposa, la cría de tu asna, eran seres vernáculos en el mismo sentido de lo que daban tus cam pos y tus ámbitos de comunidad. Si ese hecho hubiera llamado la atención de Karl Polanyi, habría empleado el término en el sentido admitido por los romanos de la Antigüedad: subsistencia nacida de estructuras de reciproci dad inscritas en cada aspecto de la existencia, distintas de las subsistencias que provenían del intercambio monetario o de la distribución vertical.
El término “vernáculo” se empleó en ese sentido general desde la época preclásica hasta las formulaciones técnicas del código teodosiano. Varrón recurrió a ese término para introducir la misma distinción a propósito de la lengua. El habla vernácula, para él, está hecha de palabras y giros cultiva dos en el dominio propio del que se expresa, en oposición a lo que se cul tiva y se trae de otra parte. Y como la autoridad de Varrón fue por mucho tiempo reconocida, su definición se conservó. Bibliotecario de César y tam bién de Augusto, Varrón fue el primer romano en intentar un estudio críti co y exhaustivo de la lengua latina. Su Lingua latina fue durante siglos la obra fundamental de referencia. Quintiliano admiraba en él al más sabio de todos los romanos, al retórico nacido en España que formaba a los futu ros senadores romanos y al que siempre se presentó a quienes serían ense ñantes como uno de los fundadores de su profesión. Pero ni Varrón ni Quintiliano pueden compararse con Nebrija. Ambos se dedicaron a perfec cionar el habla de los senadores y de los escribientes, el habla del foro; por su parte, Nebrija se preocupaba de la lengua del hombre común que podía leer y escuchar lecturas. Nebrija simplemente se proponía sustituir lo ver náculo por una lengua materna.
El término “vernáculo” entró en el inglés y en el francés en el sentido restringido que Varrón le otorgaba. Pero me gustaría reanimarlo en el pre-
sente. Necesitamos una palabra simple, directa, para designar las activi dades de la gente cuando no está motivada por ideas de intercambio, una palabra que califique las acciones autónomas, fuera del mercado, por me dio de las cuales la gente satisface sus necesidades diarias — acciones que escapan por su misma naturaleza al control burocrático, satisfaciendo necesidades que, por ese mismo proceso, obtienen su forma específica— . “Vernáculo” me parece una buena y vieja palabra que se adecúa a ese obje to y que es susceptible de que muchos contemporáneos la admitan. Hay palabras técnicas que designan la satisfacción de necesidades que los eco nomistas no tienen ni la costumbre ni la capacidad de medir — produccio nes sociales por oposición a producción económica, creaciones de valor de uso por oposición a creación de mercancías, economía doméstica por opo sición a economía de mercado— . Pero son términos especializados, teñidos de prejuicios ideológicos y, cada uno, a su manera, inadecuados. De igual forma, cada pareja de términos opuestos crea la misma confusión al asi milar las empresas vernáculas a las actividades no retribuidas que están oficializadas y estandarizadas. Es ese género de confusión el que quiero disipar. Necesitamos un adjetivo simple para calificar esos actos de com petencia, de apetencia o de solicitud que queremos proteger de las evalua ciones cifradas o de las manipulaciones de la Escuela de Chicago y de los comisarios socialistas. Dicho término debe ser lo suficientemente amplio para designar de manera adecuada la preparación de alimentos y la forma ción del lenguaje, el alumbramiento y la diversión, sin evocar, por ello, una actividad privada similar a los trabajos domésticos de la mujer moderna, a un hobby o a una gestión primitiva e irracional. No disponemos de tal adje tivo. Pero “vernáculo” puede convenir. Al hablar de la lengua vernácula y de la posibilidad de su recuperación, trato de que se tome conciencia y se dis cuta la presencia de una manera de existir, de actuar, de fabricar que, en una deseable sociedad futura, podría extenderse de nuevo a todos los aspec tos de la vida.
La lengua materna, desde que inicialmente se empleó el término, nunca ha significado lo vernáculo, sino su contrario. Fueron los monjes católicos quienes primero lo emplearon para designar una lengua particular de la que, en lugar del latín, se servían cuando hablaban en el pùlpito. Hasta entonces la palabra no existía en ninguna cultura indogermánica. Entró en el sáns crito en el siglo xvm como traducción del inglés. Hasta donde he podido indagar no existen raíces de ella en otras grandes familias de lenguas que actualmente se hablan. Entre los pueblos clásicos, los únicos en considerar
su patria como una especie de madre fueron los cretenses. Según Bachofen, subsistían en esa cultura reminiscencias de un antiguo orden matriarcal. Pero incluso en Creta, el equivalente de una lengua “materna” no existía. Para encontrar el origen de la asociación que condujo al término de lengua
materna es necesario considerar lo que se produjo en la corte de Carlo-
magno, luego lo que a continuación se produjo en la abadía lorena de Gorze.
La p r i m e r a n e c e s i d a d u n i v e r s a l d e u n SERVICIO PROFESIONAL
La idea de que los humanos tienen, desde que nacen, necesidad del servi cio institucional de agentes profesionales para alcanzar esa humanidad que es el destino de todo hombre se remonta a la época carolingia. En esa época se descubrió que ciertas necesidades fundamentales, universales para el género humano, que reclaman ser uniformemente satisfechas no podían satisfacerse de manera vernácula. Este descubrimiento se vincula con la reforma de la Iglesia que sobrevino en el siglo vm. El monje escocés Alcuin, que llegó a ser el filósofo de la corte de Carlomagno, después de haber sido canciller en la universidad de York, desempeñó un papel pre ponderante en esa reforma. Hasta entonces, la Iglesia concedía al primer jefe sus ministros como sacerdotes, es decir, como hombres elegidos e in vestidos de poderes particulares para responder a las necesidades comuni tarias y litúrgicas de la población. Predicaban durante las fiestas rituales y presidían las solemnidades. Ejercían una función pública a la manera de aquellos a quien el Estado confiaba la administración de la justicia o, en la época romana, de los ediles. Ver en esa especie de magistrados “profesio nales de los servicios” sería una proyección anacrónica de nuestras catego rías contemporáneas.
Pero a partir del siglo vm, el sacerdote clásico, nacido de los modelos romanos y helenísticos, comenzó a metamorfosearse en el precursor del pro fesional de los servicios: el enseñante, el trabajador social, el educador. Los eclesiásticos se pusieron a atender las necesidades personales de sus parro quianos dotándose de una teología sacramental y pastoral que fundó y defi nió esas necesidades como regularmente dependientes de su ministerio. Este asistencialismo institucionalmente definido hacia el individuo, la fami lia, la comunidad pueblerina adquirió una preeminencia sin precedentes. La fórmula “Santa Madre Iglesia” dejó casi totalmente de significar la asamblea material de los fieles cuyo amor, movido por el Espíritu Santo, engendra un
renacimiento en el acto mismo de congregarse. Desde ese momento, el tér mino “madre” designó una realidad mística invisible que ya sólo procuraba los servicios absolutamente necesarios para la salvación. El acceso a las bue nas gracias de esta madre, de la que depende la salvación universalmente necesaria, está completamente controlado por una jerarquía de hombres or denados. Esta mitología sexuada de jerarquías masculinas que cuidan el acceso a la fuente institucional de la vida no tiene precedente. Desde el siglo ix al siglo xi se formó la idea de que ciertas necesidades, comunes a todos los humanos, sólo pueden satisfacerse por mediación de agentes profesionales. Así, la definición de las necesidades en términos de aportaciones exteriores profesionalmente definidas en el sector de los servicios precede en 1 000 años a la creación industrial de productos básicos universalmente indispensables.
Hace 35 años, Lewis Mumford intentó destacar ese hecho. Según él, la reforma monástica del siglo ix creó ciertos postulados sobre los cuales se funda el sistema industrial, pero entonces yo no podía adherirme a lo que me parecía más una intuición que una prueba. No obstante, a partir de entonces encontré un montón de argumentos convergentes — que Mum ford parecía no sospechar— que testimoniaban que las ideologías de la era industrial hunden sus raíces en el primer renacimiento carolingio. La idea de que no hay salvación sin servicios individuales proporcionados por pro fesionales en nombre de una Madre Iglesia institucional es una de esas fases que hasta ahora han pasado inadvertidas y sin las cuales nuestra épo ca sería impensable. Ciertamente fueron necesarios cinco siglos de teología medieval para perfeccionar ese concepto. Sólo hasta el fin de la Edad Media la Iglesia creó plenamente su imagen pastoral. Y no fue sino hasta el Concilio de Trento (1545) que esta imagen de madre, de la que las jerar quías clericales sacan la leche, se definió oficialmente como la imagen de la Ig lesia. Y en la Constitución de la sesión conciliar llamada Vaticano II (1964), la Iglesia católica, que en el pasado había constituido, por la evolu ción de los organismos de servicios seculares, el modelo por excelencia, se alineó explícitamente con la imagen de sus imitaciones seculares.
El CONTROL DE LOS PROFESIONALES SOBRE LA NATURALEZA