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3. Vida, premios y obras de la escritora Edna Iturralde

4.1. Análisis narratológico de El día de ayer

4.1.6. El espacio o escenario

Esta historia tiene su desarrollo en una ciudad costera que puede ser de cualquier país de América Latina. El ambiente de esta historia gira alrededor de espacios muy pequeños en un comienzo, para luego extenderse a espacios mucho más grandes cuando los niños se fugan para viajar por el continente hacia México. Sin embargo, el espacio predominante comprende el hogar de Daniela junto a su abuela, el colegio donde estudió y el centro de salud para los enfermos del sida.

Ambiente familiar:

“Mi abuela abrió la puerta de mi habitación para avisarme que mis padres me llamaban por teléfono” (p. 16).

“Apenas amaneció me despertó mi tía. Desayunamos solas y se aseguró que lo hiciera en los platos y taza que estaban marcados solo para mi uso personal. Mi tía Gabriela no vivía con nosotros, pero había venido por unos días hasta arreglar las cosas, lo que significaba hasta sacarme de allí. Mi abuela se había ido de compras al mercado y el tío Inmundo, que ahora comprendía por qué tenía su vajilla y cubiertos personales, no salía de su habitación desde que estalló la loquera, como decía mi abuela mirándome con rencor” (p. 19).

Ambiente social: El colegio Mixto Antonia Angulo:

“Primera regla de comportamiento en esta institución: compañerismo y amistad dijo el director en la asamblea al principio del año escolar. Con este tema realizaremos

un concurso de afiches, añadió. Ganó mi curso con uno que decía: La riqueza en la vida no es que tenemos, sino a quién tenemos. Afiche con fondo amarillo, letras negras y dibujos de flores y palomas; cuelga en la clase de noveno C, parte posterior, junto a la ventana” (p. 13).

“Fue lo último que vi, tres días más tarde, cuando fui a despedirme de la clase donde jamás volvería, y salí acompañada de un último conocimiento: yo era la más pobre de los pobres” (p. 13).

Ambiente del centro de salud donde enviaron a Daniela para el control de su enfermedad.

Este ambiente corresponde a una casa blanca y antigua, con patio grande en el centro. Está ubicado frente a una clínica. La construcción es de dos o tres pisos. El piso de arriba está destinado para los varones y el de abajo para las niñas. Hay un piso destinado para los enfermos terminales. También podemos apreciar el ambiente del comedor y la cocina donde las monjas preparan la comida y toda clase de golosinas para ser vendidas en los bingos solidarios que realizan frecuentemente a beneficio de los enfermos del sida.

“… En las puertas tenía pintado el nombre del Centro de salud en letras azules y dos rostros de niños sonrientes: una niña y un niño. Qué mentiras se inventan los adultos. Quién se iba a creer que los niños y las niñas que llevaban al centro de salud por culpa de la malvada hermana del hada Aída estarían contentos” (p. 20). “Cinco niñas compartíamos el dormitorio en el primer piso. Esto lo supe antes de conocerlas porque me lo dijo el padre Bruno: Laura, Sonia, Sandra y Jenny. En el piso de arriba estaban los muchachos: Luis, Alejandro y el bebé Pablo de tres años” (p. 23).

El ambiente y espacio del viaje hacia el puerto para encontrarse con el coyote:

“El chofer subió, se sentó en su lugar, tomó un micrófono y dio la bienvenida a todos. Sonia había insistido que viajáramos en un bus de primera para poder ver televisión y llegar descansados, estaba convencida de que allí no nos buscarían” (p. 102).

“En el primer pueblo que se detuvo el bus, bajamos a comprar algo de beber y comer…” (p. 102).

“Bajamos la cordillera sobre una cinta negra de asfalto que sellaba la vegetación junto al abismo por un lado y la enorme pared de piedra por el otro” (p. 103).

El espacio frío y cerrado del camarote del barco que los transportaría a México.

“Nos pidieron que subiéramos por un andarivel hasta la cubierta del barco. Nos despedimos de don Carlos con señas y luego bajamos por unas estrechas escaleras a las bodegas. Allí había un contenedor grande parcialmente lleno con cajas de frutas” (p. 117).

“El barco se balanceaba cada vez más fuerte” (p. 122).

“Así como dividimos en dos espacios separados por cajas el lugar donde dormíamos Sonia y Yo, Luis y Alejandro, de igual manera dividimos el lugar donde comíamos del otro donde conversábamos, jugábamos y cantábamos, siempre sentados espalda contra espalda y uno junto al otro” (p. 131).

Edna Iturralde combina muy bien los tonos de esta historia haciéndola agradable al lector:

Tono de tristeza:

“Luis puso su mano alrededor de mis hombros, y me pidió que no llorara, y me beso la frente, pero yo lloré aún más porque, al ver la muerte tan cerca, recordé que no teníamos futuro” (p. 139).

“Pensé en Jenny y lloré también porque estaba segura que había muerto y quizás yo estaba a punto de conocer el fin del fin” (p. 145).

Tono irónico:

“Según mi tía, yo tengo el virus de las películas. ¿Me volveré rubia y estilizada? ¿O podré hacer movimientos de kung-fu y saltaré por los aires como las heroínas de las películas chinas?” (p.10).

“…Sí, ya es tarde, muy tarde, repitió con una voz tan triste que nunca supe si se refería a la hora de la noche o a nosotros, los pacientes del centro de salud” (p. 51).

“Seguro que tienes un diario, dijo sonriendo irónicamente. Las niñas ricas siempre tienen un diario donde escriben todo, todo lo que les pasa” (p. 42).

Tono de sarcasmo:

“El cigarrillo produce cáncer, dije, Sonia se atoró de la risa y el humo salió por su nariz. Ay, no me digas, entonces mejor nos cuidamos la salud, dijo. Las otras me miraron con pena, con la mirada que uno tiene para el tonto del barrio”. (pág. 57) “Otra vez el cierre se había abierto y Conejo yacía sobre la primera grada,

Sonia fue más rápida. Agarrándolo por las orejas empezó a burlarse. Ay, miren el juguete de la bebita, que lindo. Si es mi novio, a ver, le voy a dar un besito. Y lo besuqueó con su boca pintada, manchándolo entero” (p. 26).

“Sonia la miró de una manera que pude adivinar que diría algo sarcástico. Hay prisiones y hay prisiones dijo, después añadió que ella conocía a varias personas que nunca más podrían vivir con sus familias, y nos miró detenidamente a cada uno de nosotros” (p. 63).

Tono romántico:

“Espera, tienes una gota de lodo en la quijada, dijo, y la limpio con su dedo pulgar. Aquí también, insistió, y me dio un beso en los labios. Mi corazón empezó a saltar tan rápido como pelota de ping-pong en campeonato” (p. 44).

Tono de disgusto:

“Sonia me dio la espalda, Noté que estaba furiosa. Escucha, nena estúpida, mi hermano es guerrillero, un guerrillero famoso, me lanzó las palabras con furia” (p. 31).

“No pude aguantar el bochorno y salí a reunirme con ellos sintiéndome furiosa conmigo misma” (p. 65).

Tono de alegría:

“Así en la semipenumbra con el olor dulzón de la comida, los cuchicheos de las otras chicas y sus risas, sentí como si todo hubiera vuelto a la normalidad, como si estuviera de vacaciones en la casa de una de ellas y nos esperara un fin de semana de aventuras” (p. 49).

“Sonia no podía dar la dirección a la que debíamos ir porque tuvo otro ataque de risa que nos contagió y reímos hasta las lágrimas” (p. 109).

Tono de solidaridad:

“Me preguntó que si tenía frío y empezó a quitarse la chaqueta para dármela” (p. 121).

“El frío aumentó y ni siquiera con toda la ropa que levábamos encima nos calentamos. A Luis se le ocurrió sentarnos lo más juntos posible; espalda con espalda y el uno al lado del otro” (p. 125).

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