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La realidad no es nada más que el resultado transitorio de lo que hacemos juntos.

Karl Marx Podríamos hablar de la kinestesia como la percepción o sensación de movimiento, lo que percibimos en el contacto con lo “Real”8 en ese sentido entendiendo lo Real como irrepresentable, (Zizek, 2009: 120) y que lo percibimos prin-

cipalmente a través del cuerpo y los sentidos. En nuestro andar por el mundo, descubrimos un sin fin de sensaciones,

experienciamos9 lo Real día a día, sin que esto signifique que podemos definirlo totalmente, ya que lo percibimos

desde el ámbito de lo simbólico, desde el pensamiento. El contacto que podemos tener con otras personas físicamen- te se antoja como una experiencia Real en toda la extensión de la palabra. Sentimos al otro en la manera que quizás sea la más próxima y real en la que podríamos acercarnos. Sin embargo, este encuentro común con las personas en un mundo real, ahora se ve acompañado de relaciones que se dan en otros escenarios, que no implican una presencia física tal cual. Los medios de comunicación nos permiten conocer el mundo a través de una traducción o una sustracción del mundo real, al ámbito más explícito de lo simbólico. Entonces nos encontramos con que existen muchos tipos de realidades, de interpretaciones, formas de acercamiento y entendimiento del mundo.

La realidad como una verdad absoluta, por definición no está nunca completa (Zizek, 2009: 120), se podría decir que el concepto de realidad es la versión particular que tenemos de lo Real que construimos o inventamos para tratar de entenderlo. Lo que normalmen- te conocemos como real entonces sería nuestra visión propia de la realidad, que hemos formado de antemano como un constructo social, que no es la cosa misma, ya que esta se encuentra siempre ya simbolizada, constituida, estructurada, mediante mecanismos simbólicos- y el problema reside en que a fin de cuentas la simbolización siempre falta, que nunca logra ocultar totalmente lo real, que siempre involucra una deuda simbólica irresoluta e impagada (Zizek, 2009: 118). ¿Qué pasa cuando nos comunicamos con una persona en Internet? ¿Esta experiencia no será real? La llegada de la tecnología del ciber-espacio, que nos lleva a vivir más cotidiana- mente la idea de la realidad virtual, ha modificado y ampliado las formas que concebimos la comunicación. Si bien, hemos aprendido a comunicarnos de distintas maneras, desde las cartas, los faxes, el teléfono, hasta el e-mail, los twitts, etc. guardo una especial predilección por el contacto físico (o real) con otros seres humanos. La web se nos muestra como una interfaz, como una zona de comunicación o acción de un sistema sobre otro, una zona de contacto para experienciar de una manera más simbólica a los otros que se encuentran representados por medio de textos, imágenes, sonidos, en una pantalla. La interfaz constituye la forma de hibridación entre el sujeto y la máquina (Cruz Sánchez, 2005: 101). El trayecto que recorremos en nuestras estancias en la web podría decirse que se sitúa en un espacio entre espacios:

El ‘espacio entre espacios’ es esa ‘tierra de nadie’, sin apenas realidad que se intercala entre dos fronteras y que, legalmente no pertenece a ninguno de los dominios cerrados que la acotan. En apariencia se trata del espacio liberado de la tensión territorial que vertebra los mismos y que, legalmente no pertenece a ningu- no de los dominios cerrados que lo acotan, por consiguiente, permite que todas aquellas experiencias que se produzcan en él se caractericen por su mayor libertad y ausencia de reglas. (Cruz Sánchez, 2005: 100)

El mundo real y el mundo virtual, parece que borran las fronteras tan nítidas y definidas, al atraparnos en esta fascinación por re- lacionarnos con otros en este mundo de la representación, que existe en los dos ámbitos; uno donde nos comunicamos a través de imágenes, textos o sonidos que acaparan toda nuestra atención y otro donde percibimos sensaciones, que a veces no podemos definir claramente, pero también simbolizamos lo que conocemos para poder reconocer lo que sucede a nuestro alrededor. Parece que el mundo virtual nos ofrece libertad y dinamismo para transmitir ideas en una escala mayor y distinta. Michael Hardt y Antonio Negri postulan que la ‘virtualidad’ describe algo que ‘no carece de realidad solamente de realización’ (Graziano, 2005: 178) y al ofrecernos este infinito mundo de posibilidades, la experiencia virtual, se nos presenta atractiva e incluyente. Una posibilidad que puede llegar a ser real. Simón Marchán explica el sentido de lo virtual de la siguiente manera:

El término virtual procede del adjetivo latino virtualis, el cual, según los diferentes léxicos, tanto puede significar la virtus en su acepción de potencia o fuerza para producir un efecto, de lo que tiene existencia aparente pero no real efectiva, empírica, cuanto sugerir lo que exis- te como posibilidad según sus disposiciones o capacidades, pudiendo llegar a ser real, aunque aún no lo sea, si satisface ciertos requisitos para su realización… Lo posible se desdobla en lo posible real y lo posible lógico, en un mundo posible y un mundo de lo posible. (Marchán, 2006: 40)

Entendemos entonces que el término de la virtualidad está ligado a una experiencia mucho más simbólica que el simple hecho de relacionarnos por medio de la red de Internet. Es más bien una idea de algo como posibilidad, una

objetualización de la idea por medio del pensamiento. La experiencia que vivimos cotidianamente detrás de las com- putadoras, los teléfonos y muchos otros medios de comunicación, nos ofrecen básicamente una idea, que nosotros completamos para convertirla en experiencia, transformando nuestra manera de percibir al/lo otro. Para las personas que estamos integradas a una sociedad tan tecnocratizada como la nuestra, es muy difícil huir del uso de la tecnolo- gía para comunicarnos, percibir el mundo se hace un ejercicio más complejo cada vez, más saturado de sensaciones e información. La utilización cotidiana del llamado ciberespacio en las sociedades post-industriales, ha hecho que millones de usuarios alrededor del mundo vivan en mundos paralelos o complementarios entre una realidad real y una virtual. Nuestras personalidades en la red parecen análogas y aunque existe la posibilidad de crear un personaje totalmente distinto para mostrar en la web, creo que la mayoría de las personas intentamos mostrarnos tal cual cree- mos que somos, sobre todo ahora que vivimos comunicándonos por medio de las redes sociales, ya que ahí estamos en contacto con personas que en verdad conocemos tanto como las que no. El conformarnos un perfil se vuelve una práctica, en la que nos estamos redescubriendo a nosotros mismos, editamos imágenes, contenidos y episodios de nuestras vidas que queremos mostrar a los ojos de una sociedad que habita espacios virtuales. Parece que la única constante en la vida es que todo cambia junto con nosotros y que gracias a esto nos encontramos en constante re- definición, al igual que nuestras fotos en el Facebook. Es inevitable ignorar el afán que nos caracteriza de denotar lo que somos a partir de las apariencias, crear una imagen que nos defina y nos permita ser a través de ella.

La digitalización de la vida cotidiana forma parte de los estilos de vida de niños y adultos, la mayoría de los urba-

nitas tenemos acceso a una cámara fotográfica digital en cualquiera de sus presentaciones, desde la cámara réflex

digital, hasta la cámara web y el celular. Hay miles de formas de mostrar estas imágenes ante la sociedad, tenemos más naturalizado el uso de la tecnología virtual como parte de nuestras vida, y es por eso muy difícil mirar estos dos fenómenos, -lo virtual y lo real- como entes separados, virtualizar es idealizar algo a partir de una de sus posibili- dades, ya que no podemos percibir todas las posibilidades que ofrece el mundo Real, y así como lo hacemos en el ciberespacio, también lo hacemos cuando nos encontramos en relación física directa con las personas, sólo siendo capaces de relacionarnos de manera fragmentaria, idealizando e imaginando una parte del otro. El espacio que ofrece la web, es una vía más para la comunicación humana.

Aún con estos radicales cambios hay algunas personas que aún se resisten a convivir con estas nuevas formas de relación, es claro que existen muchas posturas respecto al uso de la tecnología, independientemente de la situación generacional o de la edad, cada uno tiene su criterio respecto a la euforia por las novedades o las añoranzas por los medios de comunicación predominantes en el pasado, algo parecido a lo que menciona Umberto Eco, donde los términos

Apocalípticos e integrados, ejemplifican cómo distintas actitudes pueden ser pesimistas u optimistas respectivamente

hacia las novedades que ofrece la percepción de la cultura contemporánea (Eco, 2009: 28). Inevitablemente la vida virtual se ha hecho una parte útil y de ocio, fundamental en nuestras vidas. A la par de tener experiencias con personas

reales y tangibles, asistir a eventos, poder tocar a las personas, y sentirlas en un medio real, la documentación de un fragmento de esta vida eventualmente aparecerá ante el público de Internet. Aspirando a aprehender los momentos y tener un fácil acceso a ellos, publicamos nuestras vivencias en los distintos modos a los que tenemos acceso llámese

mail, blog, Facebook, hi5, Myspace, Twitter, Youtube, secondlife, Tumblr, etc. La experiencia multisensorial que vivimos a

través del mundo virtual, es especialmente seductora: vemos muchos tipos de imágenes, nos comunicamos por medio de textos, sonidos, vídeos y la interactividad que tenemos con ellos es especialmente atrayente.

Cuando la televisión, y la radiodifusión comenzaron a ejercer la hegemonía de los medios masivos de comunicación, se podría pensar que se consumía información sin tener nada que aportar a estos medios, aunque creo que todo depende de la mirada que le ponemos a este tipo de fenómenos, como lo menciona Nicolas Bourriaud: “el zapping es también una producción, la producción tímida del tiempo alienado del ocio: con el dedo en el botón se construye una programación” (Bourriaud, 2009: 45). La selección que hacemos de la información que nos llega, es una forma de crearnos un estilo y un uso de nuestros propios intereses mediáticos, como De Certeau señala, al consumir también creamos, reinterpretando la información que consumimos, a través de las maneras de hacer que constituyen las mil prácticas cotidianas a través de las cuáles los usuarios se apropian del espacio organizado por los técnicos de la producción sociocultural. (De Certeau, 2007: XLIV) Y aunque todos tenemos una manera distinta de mirar lo que acontece a nuestro rededor, de canalizar y apropiarnos de toda la información que llega hasta nosotros, el boom que ha hecho tan atrayente a la web, es la interactividad directa a la que se tiene acceso, puedes intervenir directamente en las situaciones que se presentan en la red, hasta descargar informaciones, imágenes y apropiarte de ellas, convirtiéndonos en un usuario y co-creador.

Dice Pablo Fernández Christlieb en su ensayo sobre la abstractez que las personas que vivimos en el siglo XX carecemos de una ma- terialidad en nuestras acciones cotidianas, en las que nuestro trabajo nos hace sentir que siempre terminamos con las manos vacías y esta ‘abstractez’ nos hace terminar en lo que llamamos realidad virtual: “un conjunto de actividades de oficina desconectadas de la vida material y corporal de la gente, a quienes, cuando apagan su computadora, les entra la sensación de desaparecer, al descubrir que lo que estaban haciendo no existe” (Fernández Christlieb, 2009: 43). Bajo esta percepción, la única solución para no perderse en este mundo abstracto, sería realizar acciones que nos permitan existir afuera, aunque el monitor esté apagado. Un vínculo entre este medio y la realidad concreta. La vida real no pierde su encanto, sigue siendo atrayente vivir el día a día, convivir con otros seres humanos, y sentir nuestro entorno. Parece que ahora, que somos conscientes de estas dos instancias -la real y la virtual- valoramos las experiencias cotidianas de una manera distinta, sin que ninguna pierda importancia en nuestras vidas, simplemente se manifiestan como experiencias distintas de conocer lo que construimos como realidad. No se ha sustituido una cosa por otra, percibimos el mundo real también por me- dio de códigos o signos, porque es imposible acercarse de otra manera a lo Real, pero la inclusión de estas nuevas formas de relación ha modificado la manera de percibir el mundo en sobremanera, utilizando un lenguaje de signos más sintetizados que en una experiencia real, conformando diferentes realidades posibles. La virtualidad abre muchos efectos de posibilidad; un mundo posible está ahí dentro, a veces más que acá afuera. En este afán de ser reconoci- dos, valorados, vistos, la web ha abierto un sinfín de posibilidades, para reinvertarnos día a día, como lo señala Zizek:

Jugar en espacios virtuales me permite descubrir nuevos aspectos de ‘mí’, un cúmulo de identidades cam- biantes, de mascaras sin una ‘persona’ real tras ellas, y así experimentar el mecanismo ideológico de la pro- ducción del Yo, la inmanente violencia y arbitrariedad de esta producción-construcción. (Zizek, 2009: 152)

Pareciera que vivir una vida dentro de la red se nos presentara como un juego, en el que las formalidades no son tan necesarias como en la vida real y quizás sea por eso, que nos permitimos mostrar cosas o decir cosas que en la cotidianidad no nos atreveríamos. Lo que se muestra en la red es una selección de lo que se quiere mostrar ante el público, todo está editado, seleccionado, aunque no es absolutamente controlado, es más común ver a la gente ‘feliz’ en el Facebook, que en la misma vida cotidiana, aunque tampoco sorprende cuando alguien muestra sus sentimientos de manera pública, su enojo, su tristeza, para buscar algo de consuelo entre sus contactos ¿cuantas parejas en el mundo no han tenido problemas por estas exhibiciones virtuales sociales? Mostramos a veces más lo que quisiéra- mos ser, todo aparece como subrayado o enmarcado, todas nuestras publicaciones tienen más resonancia, al entrar directamente a este mundo simbólico, quizás algo diferente a lo que realmente somos o aquello que ya no alcanza- mos a contener en nosotros mismos, encontrando una vía de escape más en el espacio digitalizado esta actividad de mostrar nuestra vida en la web, estimula muchos aspectos que en otros espacios no sería posible mostrar. Y cómo he dicho antes, las identidades que portamos son tan mutables e indefinibles, que en los espacios virtualizados se potencializan más, por el control que poseemos con las imágenes que creamos acerca de nosotros mismos. Menciona Zizek que las fantasías son inmediatamente externalizadas cada vez más en el espacio simbólico público, y la esfera

de la intimidad está cada vez más directamente socializada (Zizek, 2009: 172). La vida privada inserta en el contexto público, ha modificado la sensación de fronteras entre lo que puede ser mostrado y lo que no.

El Internet es un espacio construido a través del tránsito de miles de usuarios diariamente conformando lugares que habitamos como un lugar propio, donde tenemos un perfil más o menos definido, como una página web, un perfil del

Facebook, un blog, mail, etc. hay también espacios donde sólo navegamos intermitentemente, o sirven meramente

como un espacio de comunicación, como los chats o el Messenger. Este tipo de espacios podrían ser la mayor abstrac- ción espacial donde vemos materializarse la idea casi literal del no lugar. Los no lugares se desarrollan en un entorno a lo que Augé llama sobremodernidad que es la sobrecarga de movimiento, información, acontecimientos, superabun- dancia espacial del presente. Retomando esta idea, el Internet puede ser un espacio de transporte imaginario que nos ofrece la posibilidad de usarlo como un punto de encuentro con otras personas, un centro comercial, o un espacio donde refugiarnos de manera simbólica. La neutralidad que ofrece el espacio virtual y a la que todos nos postramos haciendo uso de ellos, nos permite transitar por diferentes vías, como por ejemplo el Messenger, o el Time Line del Twitter, que funcionan solamente como un espacio de tránsito de información, pública o privada, a diferencia por ejemplo de un correo electrónico donde contamos con un lugar privado más concreto y selectivo, en el que controla- mos un espacio definido, y de cierta forma lo habitamos como si fuera nuestro hogar, donde almacenamos contactos e información que está limitada, y no es accesible para todo el mundo. “Es solamente lo privado lo que necesita tener

límites y a lo que le gusta poner fronteras. Así el espacio informático tiene, como las casas, sus formas de cerrar la puerta, y como los cafés, sus formas de salir a la calle” (Fernández Christlieb, 2004: 68). La función de los espacios consiste en el uso que hacemos de ellos, incluso dentro de la web.

Las redes sociales son los nuevos espacios de tránsito y relación entre los individuos. Navegar en Internet es un nuevo viaje, que transforma al aventurero de las redes. Así como en la carretera se forma un no-lugar que nos conduce de un lugar a otro, así también habitamos intermitentemente en nuestra vida al ciberespacio, pasamos muchos momentos mirando la pantalla de la computadora, conduciéndonos a través de un recorrido virtual, en la medida que se hace posible conocer muchos sitios y personas detrás de estos espacios de los que aprendemos, interactuamos, miramos y ponemos nuestra concentración muchas horas de nuestra vida. Todo esto sin dejar de lado nuestra experiencia en el mundo real, no es que se sustituya un mundo por otro, sino que se complementan.