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La luz del alba iluminó las velas de una pequeña embarcación que descendía por el río. El cauce pasaba a un cuarto de legua de las murallas de Tarantia y luego se desviaba hacia el sur, serpenteando como un enorme reptil brillante. La embarcación era diferente a las que frecuentaban el río Khorotas: grandes barcazas utilizadas por los pescadores y comerciantes para transportar mercancías. Era una barca larga y fina, con la proa alta y curvada. El casco, de color negro, tenía pintadas unas calaveras en la borda.

En el centro de la barca se levantaba una cabina cuyos portillos estaban cubiertos por dentro con cortinas. A su paso, el resto de las barcas se apartaban, para dejar a la «barca de peregrino» que

llevaba el cadáver de un devoto de Asura en su último y misterioso peregrinaje hacia el sur, más allá de las montañas de Poitain, hasta un río que desembocaba en el océano. En la cabina sin duda

estaban los restos de un creyente de Asura. Todo el mundo estaba acostumbrado al espectáculo de aquellas siniestras embarcaciones y ni siquiera los fanáticos partidarios de Mitra osaban poner

dificultades a esos viajes funerarios hacia el lejano océano. El punto exacto de destino era desconocido. Unos decían que estaba en Estigia, otros que en una isla ignota situada más allá del horizonte. Otros, en fin, aseguraban que estaba en la bella y

misteriosa tierra de Vendhya. Tan sólo se sabía que cuando moría un seguidor de Asura, su cuerpo viajaba río abajo en una barca negra que guiaba un gigantesco esclavo. Jamás volvía a verse la embarcación ni a su solitario tripulante, aunque algunos decían que siempre era el mismo esclavo el que pilotaba las barcas.

El hombre que remaba ayudando a las velas de la lancha era fuerte y de piel oscura, como todos los esclavos. Un examen más

minucioso hubiera revelado, sin embargo, que lo oscuro de su piel se debía a unos tintes cuidadosamente aplicados. Vestía un

taparrabo y sandalias y remaba con habilidad y con fuerza. Nadie se acercaba demasiado hasta la tétrica embarcación, las gentes

seguían pensando que los adeptos de Asura estaban malditos y aquellas barcas de peregrinos destilaban magia negra. Todos, pues, eludían el paso de la nave y rezaban a sus dioses sin darse cuenta de que así estaban ayudando a la huida de su verdadero rey y de la condesa Albiona.

Fue un extraño viaje a bordo de aquella estilizada barca negra. Cerca de cien leguas río abajo, hasta donde el Khorotas doblaba hacia el este rodeando las montañas de Poitain, el paisaje fue cambiando como en un sueño.

Durante todo aquel día Albiona estuvo acostada en la pequeña cabina, inmóvil como el presunto cadáver que debía estar en su lugar. Sólo a última hora de la noche, cuando las embarcaciones de placer, con sus ociosos ocupantes reclinados en cojines de seda, atracaron en la orilla, sólo entonces, se atrevió a salir al exterior. La condesa tomó la pala que hacía de timón y el bárbaro, mientras tanto, repuso fuerzas durante unas escasas horas de sueño. Pero el cimmerio necesitaba poco descanso; el fuego de su actividad lo mantenía permanentemente alerta y su potente organismo estaba muy poco tiempo inactivo. Sin detenerse un momento, pues,

continuaron navegando hacia el sur.

Pasaron los días de sol brillante y las noches colmadas de estrellas y fueron quedando atrás las tierras que vivían en invierno.

Bordearon ciudades adormecidas sobre las que titilaban un sinfín de luces, mansiones señoriales de recreo y fértiles campiñas. Por fin, aparecieron ante ellos las azules montañas de Poitain, altas como los bastiones de los dioses. Al entrar en aquella tierra montañosa, el río se convirtió en un torrente rápido y espumoso como una

catarata.

Conan observó la orilla con atención. Al poco, apoyando el remo en un lado, acercó la barca hasta la orilla, al lado de un pequeño

promontorio que se adentraba en el agua, y en el que unos abetos crecían regularmente en torno a una roca de forma poco habitual.

—Algunas barcas cruzan los rápidos que hay más adelante —dijo Conan—. Hadrathus afirma que se puede hacer, pero nosotros nos detendremos aquí. El sacerdote dijo que aquí nos encontraríamos con un hombre que nos esperaría con unos caballos, pero no veo a nadie. De todas formas no acabo de entender cómo podría llegar la noticia de nuestro viaje antes que nosotros mismos.

Atracó y ató el cabo de proa a un árbol. Luego saltó al agua, se lavó la pintura de la piel y volvió a subir a la barca. De la cabina sacó una cota de malla aquilonia que Hadrathus le había conseguido y luego se ciñó la espada. Mientras, Albiona se vestía con ropas apropiadas para un viaje a las montañas. Cuando Conan se volvió hacia la orilla vio a un hombre bajo los árboles y echó instintivamente mano a la espada. El hombre, de piel oscura, llevaba de las riendas un caballo blanco y otro bayo, de mayor alzada.

—¿Quién eres? —preguntó el rey.

El hombre saludó con una profunda reverencia y contestó: —Soy un devoto de Asura. Obedezco órdenes.

—¿Cómo te ha llegado esa orden?

El desconocido se limitó a saludar nuevamente, en una discreta muestra de cortesía.

—Debo guiaros a través de las montañas hasta que encontremos un fuerte poitano.

—No necesito guía —dijo Conan—. Conozco muy bien estos montes. Gracias por los caballos. Además la condesa y yo

llamaremos menos la atención yendo solos que acompañados de un discípulo de Asura.

El hombre entregó a Conan las riendas de los caballos e hizo una última reverencia. Luego subió a la barca, la apartó de la orilla y se perdió de vista rápidamente, río abajo, adentrándose en las

peligrosas aguas de donde llegaba el fragor de la corriente. Conan dejó escapar un gesto de asombro ante la audacia del desconocido y luego ayudó a subir a la condesa sobre el corcel blanco. El

cimmerio montó el otro, un espléndido ejemplar de combate, e inmediatamente emprendieron la marcha hasta las cumbres que se recortaban contra el cielo.

La región que se extendía a los pies de las elevadas montañas era ahora un territorio fronterizo totalmente devastado. Los barones habían vuelto a imponer sus antiguos privilegios feudales y los bandoleros recorrían a sus anchas los campos, robando y

saqueando todo lo que encontraban a su paso. Poitain no había declarado formalmente su independencia de Aquilonia pero, a todos los efectos, era un reino autónomo, gobernado por su propio

soberano: el conde Trocero. Aunque el sur del país estaba sometido a Valerio, el nuevo rey nunca se había atrevido a enfrentarse a la desafiante bandera del leopardo carmesí de Poitain.

En aquel cálido atardecer, el rey y su hermosa acompañante cabalgaron pendiente arriba, por las suaves laderas. Desde la distancia, pudieron divisar el primero de los fuertes de Poitain, una poderosa fortaleza que dominaba un desfiladero. Su bandera

carmesí se recortaba contra el intenso azul del cielo.

Antes de llegar al fortín, desde un bosquecillo cercano les salió al paso un grupo de caballeros, en su mayoría altos, de ojos oscuros y cabellos negros, que vestían bruñidas armaduras.

Detuvieron los caballos y el jefe, adelantándose, ordenó a los viajeros que hicieran lo mismo.

—¡Alto! —dijo el jefe—. Dinos quién eres y qué es lo que te trae a Poitain.

—¿Acaso se ha sublevado Poitain —preguntó Conan—, para que un ciudadano de Aquilonia sea detenido e interrogado como si se tratara de un extranjero?

—No serías el primer bandido con el que nos cruzamos, —dijo el otro—, y si repudiar a un usurpador es sublevarse, entonces nos hemos sublevado. Preferimos servir la memoria de un hombre muerto antes que aceptar el mando de un villano vivo.

Conan se despojó del yelmo que le cubría parte del rostro, agitó su negra melena y miró fijamente al hombre que había hablado. Este se quedó lívido.

—¡Por todos los cielos! —dijo, estremeciéndose—. ¡Es el rey, y está vivo!

Los demás miraron atónitos, y un instante después de sus bocas surgió un gran grito de alegría. Rodearon al cimmerio, invadido por una intensa emoción, coreando gritos de guerra y blandiendo las espadas. Aquellas muestras de júbilo de los guerreros poitanos podían conmover al más duro de los corazones.

—¡Ah, mi señor, el conde Trocero va a llorar de alegría cuando os vea! —dijo uno de los soldados.

—¡Por fin el general Próspero despertará de su melancolía y dejará de maldecirse por no haber llegado a tiempo a Valkia, para morir al lado de su soberano!

—¡Aplastaremos al enemigo! ¡Viva Conan, rey de Poitain!

El estrépito del acero y los gritos de alegría asustaron a las aves que, desde los árboles cercanos, se alzaron al cielo como nubes multicolores. La cálida sangre de los hombres del sur se había inflamado. Aquellos valientes no deseaban otra cosa que ser guiados por su rey a la batalla, al saqueo, y al exterminio de sus enemigos.

—¿Cuáles son tus órdenes, mi señor? —exclamaron—. Permite que uno de nosotros se adelante y lleve la noticia de tu llegada a Poitain. Cuando tú llegues, ondearán las banderas en todas las torres, una alfombra de rosas cubrirá las calles y las mujeres más bellas, y lo

mejor de la caballería del sur te aclamarán y te rendirán los honores que te mereces, Majestad.

Conan movió negativamente la cabeza. —¿Dudas de nuestra lealtad, señor?

—No; ¿quién dudaría de vuestra fidelidad, mis buenos poitanos? Pero desde estas montañas el viento sopla sobre el territorio de mis enemigos y prefiero que éstos no se enteren de que estoy con vida. Al menos, que no lo sepan todavía. Os pido que me llevéis ante el conde Trocero y que guardéis el secreto de mi identidad.

De este modo, lo que los caballeros hubiesen querido que fuera un recibimiento triunfal, quedó reducido a la discreta entrada de un grupo de jinetes en la ciudad. Viajaron apresuradamente, sin hablar con nadie. Tan sólo las imprescindibles palabras a los capitanes de la guardia de cada puesto de mando. Conan iba entre sus

caballeros, con la visera del yelmo ocultando su rostro.

Aquella zona de escabrosas montañas estaba despoblada. Tan sólo la merodeaban algunos bandidos y las guarniciones intermitentes de los destacamentos y fortines.

Los lúdicos y despreocupados poitanos no necesitaban trabajar demasiado para vivir de sus ubérrimas tierras. Al sur de las altas cumbres se extendían las fértiles y hermosas llanuras de Poitain, que llegaban hasta el río Alimane. Mas allá comenzaba el territorio de Zingara.

Por fin, Conan llegó al castillo del conde Trocero de Poitain...

Conan estaba sentado en un diván forrado de seda, en el centro de una suntuosa habitación cuyas tenues cortinas se movían mecidas por la brisa que entraba a través de las ventanas. Trocero, un

que llevaba sus años con gallardía, se paseaba por la sala como una pantera enjaulada.

—¡Deja que te proclamemos rey de Poitain, señor! —dijo el conde —. Permite que esos cerdos del norte sigan llevando el yugo que ellos mismos se pusieron al cuello. El sur todavía es tuyo. Quédate a vivir aquí y gobiérnanos entre estas flores, prados y palmeras. Conan lo miró sonriente, y dijo:

—No hay tierra más noble en todo el mundo que la de Poitain. Pero no podría sostenerme solo en el trono, por valientes que sean tus hombres.

—Se han sostenido solos durante muchas generaciones, Majestad —contestó Trocero, con la celosa suspicacia de los de su raza—. Además, no siempre hemos formado parte del reino de Aquilonia. —Lo sé. Pero ahora la situación no es la misma. Antes todos los reinos estaban divididos en pequeños principados que luchaban entre sí. Pero los días de los señoríos independientes y de las ciudades soberanas han pasado a la historia.

»Hoy estamos en la era de los imperios. Los gobernantes alientan grandes ambiciones y sólo la unidad de varios países puede

proporcionarnos la fuerza necesaria para defender la independencia de un reino.»

—Entonces anexionemos Zíngara a Poitain —dijo Trocero—. Hay media docena de príncipes zingarios que pelean continuamente entre sí, y además el país está enfrentado en guerras civiles. Conquistaremos provincia a provincia y las incorporaremos a nuestros dominios, y luego, con la ayuda de los mismos zingarios dominaremos Ofir y Argos. Construiremos un imperio...

—Deja que sean los demás quienes alimenten sueños imperiales. Yo solamente quiero lo que es mío. No deseo gobernar un imperio forjado a sangre y fuego. Una cosa es llegar al trono de un país con la ayuda de los propios súbditos y gobernarlos, con su

consentimiento, y otra muy distinta es subyugar a una nación entera e implantar un régimen de terror contra la voluntad del pueblo. No quiero ser otro Valerio. No, Trocero, yo reinaré en Aquilonia o no reinaré.

—Entonces, señor, guíanos a través de las montañas y derrotaremos a los invasores nemedios.

Los fieros ojos de Conan brillaron como aprobando aquellas palabras. Sin embargo, el cimmerio dijo:

—Sería un sacrificio inútil, Trocero. Ya te he dicho lo que debo hacer para recuperar mi reino. Primero, y antes que nada, tengo que

encontrar el Corazón de Arimán.

—¡Pero eso es una locura! ¡No puedes dejarte llevar por la cháchara de un sacerdote hereje o por los desvaríos de una vieja loca!

Conan miró su muñeca derecha, que todavía conservaba una marca amoratada y contestó con aspereza:

—Tú no estabas en mi tienda antes de que ocurriese lo de Valkia ni tampoco has visto desplomarse los riscos y destruir lo mejor de mi ejército. No, Trocero. He llegado al convencimiento de que Xaltotun no es un ser mortal. Sólo con el corazón de Arimán podremos

vencerlo y por eso pienso partir inmediatamente a caballo hacia Kordava. Y me iré solo.

—Eso es peligroso.

—La vida es peligrosa —dijo el rey—. De todas formas, yo no viajaré como rey de Aquilonia; siquiera como caballero de Poitain. Seré un mercenario errante; lo fui en el pasado, cuando recorrí Zíngara. Es verdad que tengo muchos enemigos al sur del río

Arimán, tanto en tierra como en el mar, y aunque muchos de ellos no me conocen como rey de Aquilonia, seguro que me recuerdan como jefe de los piratas de Baracha o como Amra, el jefe de los corsarios negros. Pero también cuento con muchos amigos y gentes que me ayudarán por su propio bien.

Una leve sonrisa de nostalgia se dibujaba en los labios del cimmerio. Trocero dejó caer las manos desalentado y miró a Albiona, que estaba sentada en un diván cercano.

—Comprendo lo que sientes, conde Trocero —dijo la condesa—, pero yo también he visto la moneda del templo de Asura. Hadrathus dijo que había sido acuñada quinientos años antes de la caída de Aquerón, y si Xaltotun es el hombre representado en esa moneda, como asegura el rey, entonces es cierto que no es un vulgar

hechicero. Los años de su vida se cuentan por siglos. No como la vida de los mortales.

Antes de que Trocero pudiera contestar, sonaron unos discretos golpes en la puerta y luego una voz dijo:

—Mi señor, hemos sorprendido a un hombre merodeando cerca del castillo. Dice que desea hablar con tu invitado. Esperamos tus

órdenes.

—¡Un espía de Aquilonia! —dijo Trocero echando mano a su espada. Pero Conan lo detuvo y dijo, levantando la voz: —Abrid la puerta y dejadme que lo vea.

Así se hizo y en el vano de la puerta apareció un hombre flanqueado por dos soldados. Era un individuo delgado, vestido con manto

oscuro y con el rostro cubierto por un capuchón. —¿Eres devoto de Asura? —preguntó Conan.

El hombre asintió en silencio y los soldados se miraron entre sí con asombro.

—El rumor ha llegado al sur —dijo el hombre—. Nuestra secta no tiene adeptos más allá del río Alimane, de modo que no podremos ayudarte en esa zona. Pero hay hombres nuestros hacia el este, hasta el río Khorotas, y esto es lo que hemos sabido: el ladrón que, por encargo de Tarascus, llevaba el Corazón de Arimán, no llegó a Kordava. Fue asaltado en las montañas de Poitain y muerto por otros ladrones. El jefe de la banda se apoderó de la joya, sin

conocer su naturaleza. Y como además temía la destrucción de sus hombres a manos de los caballeros poitanos, vendió la gema a Zorathus, un mercader kothio.

Conan, interesado, se había puesto en pie. —¿Qué ha sido de Zorathus?

—Hace cuatro días, acompañado por un pequeño grupo de hombres armados, cruzó el río Alimane, hacia Argos.

—Ha sido un necio al ir a Zíngara en los tiempos que corren —dijo Trocero.

—Así es —respondió el desconocido—. En las tierras del otro lado del río todo está muy revuelto. Pero Zorathus es un hombre osado. Tiene mucha prisa por llegar a Messantia, donde espera encontrar un comprador para su gema. Tal vez piense venderla incluso en Estigia y, hasta es posible que sospeche algo de su verdadera naturaleza. De todas formas, en lugar de seguir la carretera que bordea la frontera de Poitain, ha atravesado Zingara, siguiendo el camino más corto.

Conan golpeó la mesa con el puño y ésta tembló.

—¡Entonces, por Crom, la fortuna ha jugado a mi favor! Trocero, rápido, un caballo y un uniforme de los Compañeros Libres.

Zorathus lleva ventaja, pero aunque tenga que seguirlo hasta el fin del mundo, lo alcanzaré.