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La primera sensación que tuvo Conan al recuperar el conocimiento fue de que algo se movía, debajo de él no había suelo firme, y se sacudía y balanceaba incesantemente. Inmediatamente después, escuchó el silbido del viento entre los aparejos y, antes de que su vista se aclarase y pudiera distinguir algo, supo que estaba a bordo de un barco. Escuchó un rumor de voces y luego una cascada de agua se le vino encima, lo que hizo que se recuperara por completo. Conan se levantó.

Su olfato percibió el inconfundible olor de los cuerpos sudorosos. Estaba en la popa de una larga galera impulsada por el viento del norte, que hinchaba su enorme vela. El sol acababa de salir con resplandores azules, verdes y dorados. A babor, la costa no era más que una sombra purpúrea y a estribor se extendía el mar abierto. El barco era largo y estrecho, como solían ser las naves mercantes de la costa del sur, altas de proa y de popa y con cabinas en los extremos. Conan se fijó especialmente en el centro de la galera, que no tenía cubierta y que despedía un intenso hedor: el cimmerio lo recordaba perfectamente de sus tiempos antiguos; era la fetidez corporal de los galeotes, encadenados a sus bancos.

Los galeotes eran todos negros, cuarenta a cada lado, unidos por cadenas que les rodeaban la cintura. La mayor parte de ellos

procedían del reino de Kush, pero había un grupo nativo de las islas del sur, la patria de los corsarios, que Conan reconoció por sus

facciones más suaves y su cuerpo más armonioso. Incluso reconoció a algunos que, en tiempos pasados, fueron sus servidores.

Conan tenía los pies atados por fuertes cadenas. Frente a él estaba el marinero que le había arrojado el cubo de agua, sonriendo

todavía.

La actitud burlona del hombre le hizo maldecirle en voz alta, al tiempo que, instintivamente, se llevaba la mano a la espada. Entonces se dio cuenta de que estaba desarmado y desnudo, a excepción de unos cortos calzones de cuero.

—¿Qué maldito cascarón es éste? ¿Cómo he llegado a bordo de esta tina inmunda?

Los marinos se rieron burlonamente. Eran fornidos y barbudos

hombres de Argos, y uno de ellos, cuyo rico vestido y aire autoritario lo señalaban como capitán de la nave, se cruzó de brazos y dijo altivamente:

—Te hemos encontrado tirado en la playa, con la cabeza medio rota y desnudo, y puesto que necesitábamos gente, te subimos a bordo. —¿En qué barco estoy?

—Es el Aventurero, de Messantia. Con un cargamento de sedas, yelmos, escudos, espadas y espejos para traficar con los shemitas a cambio de cobre y oro. Yo soy Demetrio, el capitán del barco... y tu amo desde este momento.

—Entonces, voy en la dirección que necesitaba —dijo Conan, sin dar ninguna importancia a la última frase pronunciada por el capitán. El barco, en efecto, se dirigía hacia el sur, siguiendo la prolongada curva de la costa de Argos y sin alejarse demasiado de tierra, como todas las naves mercantes. El cimmerio pensó que por delante de ellos, también con destino a las tierras meridionales, navegaba la galera estigia.

—¿Habéis visto una galera estigia...? —comenzó a preguntar

se había cansado de contestar a las preguntas del prisionero. —¡Vamos, lárgate! ¡Ya he perdido bastante tiempo contigo! Te concedí el honor de que te trajeran a la popa para reanimarte y hasta he contestado alguna de tus necias preguntas, pero ¡ya está bien! ¡Fuera de la popa! ¡Vamos! Vas a trabajar duro en esta galera. —Compraré tu barco... —dijo Conan, pero de pronto recordó que no era más que un vagabundo indigente.

Un coro de carcajadas respondió a las últimas palabras del bárbaro y el rostro del capitán se congestionó ante lo que pensaba que era una situación ridícula para él.

—¡Cerdo amotinado! —dijo el capitán, mientras echaba mano a su puñal y avanzaba hacia adelante—. Vete a tu sitio o haré que te azoten. Aprenderás a callarte o, por Mitra que haré que te

encadenen junto a los negros.

El volcánico temperamento de Conan terminó por estallar. En muchos años, incluso antes de convertirse en rey, nadie le había hablado de aquella manera y vivido luego para contarlo.

—¡No me levantes la voz, perro! —dijo el cimmerio con una voz tan bronca como el aire marino, mientras los tripulantes lo

contemplaban boquiabiertos por su audacia.

—¡Si sacas ese juguete de tu cintura, te arrojaré por la borda! —¡Pero quién demonios te has creído que eres! —dijo el capitán desconcertado.

—¡Voy a demostrártelo! —dijo Conan. El cimmerio giró entonces con rapidez, a pesar de sus pies encadenados, y saltó hacia la borda, donde estaban colgadas las armas de la tripulación.

El capitán sacó su puñal y, gritando desaforadamente, corrió hacia él; antes de que hubiera podido clavarle el arma, el cimmerio lo

agarró por un brazo y de un tirón le descoyuntó el hombro. El

capitán mugió como un buey agonizante y luego cayó a un lado de la cubierta. Conan cogió una pesada hacha de la borda y se volvió para contener la embestida de los marineros. La tripulación se abalanzó sobre él, gritando y corriendo atropelladamente, pero antes de que llegaran hasta él, Conan cayó sobre ellos y golpeó a diestro y siniestro, con demasiada rapidez para que el ojo humano pudiera seguir los movimientos del hacha. Dos cuerpos cayeron sobre la cubierta.

El cimmerio se abrió paso entre sus atacantes y llegó hasta la estrecha pasarela que recorría la nave desde la popa hasta el

castillo de proa. Detrás de él había un grupo de marineros que no se decidían a atacar después de lo que habían visto. Los demás

tripulantes, unos treinta hombres en total, venían corriendo hacia él, por el puente, blandiendo sus armas.

Entonces saltó fuera de la pasarela, hasta el puente, con el hacha en alto y la negra melena ondeando al viento.

—¿Qué quién soy yo, preguntáis? —gritó el cimmerio—. Miradme, truhanes. ¡Mirad, Ajonga, Yasunga, Laremba! ¡Preguntan que quién soy yo!

Del centro de la nave se levantaron unos gritos que resonaban como rugidos:

—¡Es Amra! ¡Es Amra! ¡El león ha vuelto!

Los marineros, al escuchar aquellos gritos, miraron atemorizados a aquel hombre del puente. ¿Sería él, de verdad, el pirata sangriento de los mares del sur que había desaparecido tan misteriosamente años atrás, pero que continuaba siendo una leyenda viva en

aquellos mares?

Los negros habían enloquecido de entusiasmo, y agitaban sus cadenas mientras coreaban el nombre de Amra, como si fuera una invocación. Los kushitas, que no conocían a Conan, también se

unieron al griterío junto con los esclavos encadenados en las bodegas.

Demetrio, el capitán, se incorporó sobre un codo y quedó, de rodillas, en la cubierta, lívido de dolor por el brazo dislocado. —¡Matadlo, perros! ¡Matadlo antes de que libere a los esclavos! Espoleados por la amenaza que entrañaban estas palabras, los marineros atacaron desde los extremos hacia el centro del barco. Pero con un salto de león, Conan abandonó el puente y cayó de pie, sobre la pasarela que corría entre las dos filas de esclavos.

—¡Muerte a los negreros!

El cimmerio levantó el hacha y la dejó caer sobre una cadena rompiéndola con facilidad. Los remeros quedaron en libertad y rompieron los remos, para hacer garrotes con ellos. El Aventurero era un caos. El hacha de Conan golpeaba una y otra vez las

cadenas de los galeotes, y con cada golpe un nuevo grupo de gigantes negros entraban en combate, enloquecidos por la sed de venganza.

Los esclavos saltaron a la pasarela y a los puentes y, aullando como endemoniados, atacaron a los marineros con los trozos de los

remos, con los dientes, con las uñas, con los pies. Cuando más grande era el caos, los esclavos de las bodegas rompieron también los cerrojos y como un torrente negro salieron a cubierta. Conan saltó sobre el puente y su hacha se unió con tremebunda eficacia a los remos de los esclavos.

Lo que siguió fue una carnicería. Los nativos de Argos eran gente fuerte y valerosa, como todos los de su raza, curtidos en la dura escuela del mar. Pero no pudieron aguantar el empuje de tantos gigantes negros dirigidos por un bárbaro. Los muertos de los negros eran vengados por un huracán de furia que se extendía de un

Cuando la tormenta de sangre se hubo extinguido, a bordo del Aventurero sólo quedaba con vida un hombre blanco: Conan, el ensangrentado gigante ante el que comenzaban a postrarse los negros, venerándolo como a su héroe libertador.

Conan jadeaba intensamente y tenía el cuerpo cubierto de sudor y de sangre. Cuando miró a su alrededor, lo hizo como debió hacerlo en algún amanecer antiquísimo, el primer caudillo de un grupo de hombres. Luego el cimmerio sacudió su negra melena: ya no era el rey de Aquilonia, sino el jefe de unos piratas negros que recuperaba su antiguo pasado conquistado a sangre y fuego.

—¡Amra, Amra! ¡El león ha vuelto! ¡Ahora aullarán como perros en la noche todos los estigios y los kushitas! ¡Ahora arderán las

ciudades y naufragarán los barcos, y otra vez se oirá el estruendo del combate y el lamento de las mujeres!

—¡Basta de gritos, perros! —rugió Conan, imponiéndose al

tremendo alboroto—. ¡Que diez de vosotros vayan abajo y liberen a los remeros que todavía están encadenados! Los demás, volved a los remos y a los aparejos. Rápido, por todos los demonios de

Crom. ¿No os dais cuenta de que nos hemos acercado demasiado a la costa durante la lucha? ¿Queréis que encallemos y que nos

apresen de nuevo los hombres de Argos? ¡Tirad toda esa carroña por la borda! ¡Doblad el espinazo, truhanes, si no queréis morir desollados!

Los corsarios obedecieron al momento. Todos los cadáveres fueron lanzados al agua, que en pocos momentos se infestó de aletas

triangulares. Conan permaneció en la popa con los brazos cruzados, su melena oscura ondeando al viento. Nunca había comandado el puente de un navío una figura tan bárbara e imponente. Ninguno de los cortesanos de Aquilonia hubiera reconocido a su rey.

—¡Hay comida en las bodegas! ¡Y armas! ¡Somos suficientes para tripular el barco y para luchar! Antes remasteis encadenados para los perros de Argos, ¿queréis remar ahora como hombres libres, para Amra?

—¡Sí, sí! ¡Somos tus hijos, llévanos adonde quieras!

—Entonces limpiad bien la cubierta, porque los hombres libres no viven entre tanta inmundicia. Que tres de vosotros vengan conmigo para sacar alimento de la despensa, ¡deprisa, si no queréis que os rompa a todos las costillas antes de que termine este viaje!

Un nuevo bramido de aprobación respondió al cimmerio y los piratas corrieron a cumplir con su trabajo. El viento sopló con fuerza,

formando innumerables crestas blancas sobre las olas, y la vela se hinchó. Conan afirmó sus piernas sobre el puente y aspiró

profundamente el aire salobre del océano. Tal vez jamás volviera a ser el rey de Aquilonia, pero todavía seguía siendo el rey de los mares.