ANTROPOLÍTICA: UNA POLÍTICA DEL HOMBRE
EL PASCALISMO DE MORIN EL CREDO MORINIANO
2) Esperar contra toda esperanza Resistir.
No obstante lo dicho, lo que la razón no puede/debe hacer es prohibir a la vida que imponga al sujeto humano como exigencia ética “esperar contra toda esperanza” y apostar por la vida, por más que la conciencia/evidencia de la muerte se presente siempre. Para vivir hace falta creer en la vida, es decir, considerarla en algún sentido absoluta (“vivir como si inmortales fuéramos”). Estamos perdidos, pero tenemos una tarea. Hay que apostar eficazmente por esa tarea pues también aquí, análogamente a
Distingue Morin tres tipos de religiones, una de las cuales tan sólo es para él aceptable, la del tercer tipo, religión terrenal, que rechaza por igual las religiones del primer tipo, religiones con dios(es), y las del segundo tipo, que ignoran ser religiones pero implican un providencialismo y una salvación terrestres. Dice nuestro autor de tal religión:
Sería una religión que habría roto con las religiones de salvación celeste y con las religiones de salvación terrestre, tanto con las religiones con Dioses como con las ideologías que ignoran su naturaleza religiosa (1993: 218).
Morin no rechaza la palabra religión, sino que la descarga de toda su carga tradicional. En principio toma la palabra con el significado de re-ligación. Significa en primer lugar constatar un hecho que emana directamente del paradigma de complejidad, a saber, que la realidad, y también la realidad humana, se halla unida/implicada, o sea, re-ligada. Sin embargo, Morin evoca la palabra religión en este caso, no para constatar el hecho obvio a que nos referimos, sino para proponer una tarea ética consistente en “proseguir la hominización y civilizar la tierra”, es decir, en re-ligar/unir a los seres humanos:
Es necesario un impulso, religioso en ese sentido, para llevar a cabo en nuestros espíritus la religación entre los humanos... (1993: 206).
Consecuentemente, la “religión terrenal” moriniana, sin dios y sin salvación, puede no obstante coincidir y cooperar incluso con las religiones de salvación en la tarea común del amor y la conmiseración:
Sería una religión sin revelación (como el budismo), una religión de amor (como el cristianismo), de conmiseración (como el budismo), pero en la que no habría salvación por inmortalidad/resurrección del yo, ni liberación por disipación del yo
(1993: 207).
Es una religión que lleva consigo una misión, no sólo terrenal, sino también plenamente racional:
Sería una religión que comportaría una misión racional: salvar el planeta, civilizar la tierra, realizar la unidad humana y salvaguardar su diversidad. Una religión que aseguraría, y no prohibiría, el pleno empleo del pensamiento racional. Una religión que tomaría a su cargo el pensamiento laico, problematizador y autocrítico nacido del Renacimiento europeo (1993: 206).
Es una religión, sin embargo, que no elimina lo que nos sobrepasa o es de algún modo superracional y superreal; una religión en sentido mínimo, pero que no
rechaza el misterio que comporta el sentimiento en cierta manera sagrado de la compasión:
Sería una religión en el sentido mínimo del término. Un sentido mínimo que no es reducción a lo racional. Contiene algo de super-racional: participar en lo que nos sobrepasa, abrirse a lo que Pascal denominaba caridad y que también podemos denominar com-pasión. Comprende un sentimiento místico y sagrado (ibíd.).
No obstante, es una religión que se mantiene terrena, no supraterrena, ni tampoco de salvación terrestre. Por ello carece de verdades ciertas y de porvenir seguro. Su fundamento es la fe, que encierra la duda y la incertidumbre y dialoga con ellas:
Sería una religión sin verdad primera ni verdad final. No sabemos por qué el mundo es mundo, por qué somos mundo, por qué desaparecemos, no sabemos quiénes somos. Sería una religión sin providencia, sin radiante porvenir, pero que nos vincularía solidariamente a los unos con los otros en la Aventura desconocida (...).
Sería una religión terrena, no supraterrestre, ni tampoco de salvación terrestre (...). Sería una religión con fe como cualquier religión pero que, a diferencia de las demás religiones que eliminan la duda con el fanatismo, reconocería en su seno la duda y dialogaría con ella. Sería una religión que asumiría la incertidumbre.
Sería una religión abierta al abismo (1993: 207-208).
No escapamos a la incertidumbre. En relación a la tarea que la religión terrenal nos propone no poseemos ninguna garantía de éxito, debido precisamente a que la experiencia histórica no nos permite ocultar “el gigantesco y terrorífico problema de las carencias del ser humano” (1993: 215). Dicha experiencia justifica un sentimiento, más que perplejo, escéptico:
¿Civilizar la Tierra? ¿Pasar de la especie humana a la Humanidad? ¿Pero que esperar del Homo sapiens demens? (ibíd.).
Efectivamente, en la historia humana, la locura ha barrido tantas veces a la razón, la inconsciencia a la consciencia, que nada nos obliga a pensar que no vaya a ser en delante de esa misma manera. La tarea civilizadora/humanizadora es no sólo inmensa, sino incierta. La incertidumbre nos coloca ciertamente ante el abismo y la nada.
Sin embargo, Morin no nos propone renunciar a la tarea, por más que la razón y la experiencia no dejen de hablarnos de perdición/muerte. Y es que está la esperanza o, mejor, está la vida: “no es la esperanza la que hace vivir, es el vivir lo que hace la esperanza, o sería mejor decir: el vivir hace la esperanza que hace vivir” (1993: 216). La
todo está todavía decidido” (1993: 217). Por eso cabe afirmar: “sin que exista... certidumbre, ni siquiera probabilidad, hay posibilidad de un porvenir mejor”(ibíd.).
Hay pues que esperar contra toda esperanza, hay que resistir. Resistir significa caminar equidistantes de Escila y Caribdis, esos dos escollos mortales o, como se dice en Autocritique, “esos dos absurdos enemigos” (1959: 255), a saber, el Absoluto poseído/cosificado y “la nada” como vacío igualmente cosificado. La buena-nueva es, pues, resistir: evangelio de la resistencia. Evangelio como noticia y como tarea o propuesta de vida que queda formulado en las siguientes palabras con que termina Terre-Patrie:
No podemos sustraernos a la desesperanza, ni a la esperanza. La misión y la dimisión son igualmente imposibles (1993: 217).
Hay, por tanto, que vivir, pero vigilantes siempre, sin sucumbir ante la tentación/ilusión de eliminar la incertidumbre y la duda. Aceptar la incertidumbre y resistirse al abismo constituye la doble exigencia de nuestra experiencia global como sujetos.
La relativización de “la nada” (dentro de la “relatividad generalizada” propia de la concepción compleja) equivale al rechazo del nihilismo en su sentido absoluto, lo que supone en el fondo la aceptación de algún “sentido”. Tal sentido es el que “justifica” que se nos presente como un deber o una exigencia ética (¿de la razón? ¿del corazón?)218 mantenernos en la tensión y contra el caos, o sea, resistir. Efectivamente, los seres humanos advertimos que hay algo que justifica que debamos apostar por la resistencia y por no dejarnos absorber. Así lo expresa Morin en Autocritique:
Al igual que cualquier ser humano, intuyo que existe algo, aun cuando no fuera más que la ilusión, y que ese algo no puede ser denominado nada (et que ce quelque ne saurait être nommé rien) (1959: 242).
218 Esperanza Guisán, en su libro Ética sin religión (Madrid, Alianza, 1993), rechaza toda religión dogmática, porque la misma hace sucumbir la racionalidad y la autonomía necesarias para la ética (admite la posibilidad de una coexistencia entre una fe religiosa explícita y la racionalidad crítica solamente en personas especialmente capaces). Pero rechaza también el relativismo escéptico y defiende –diríamos– un cierto fundamento in re para la moral. Sostiene en concreto la tesis de que la doctrina humeana acerca de la no derivabilidad de las normas morales a partir de los hechos “no tiene que llevar al no-cognocitivismo ético”. Se trata, en mi opinión, de aceptar un “sentido”, alguna base sustantiva, aunque sea “conjetural” (Popper) y aunque se funde tan sólo en los “sentimientos” y en las “pasiones tranquilas”.