ANTROPOLÍTICA: UNA POLÍTICA DEL HOMBRE
EL PASCALISMO DE MORIN EL CREDO MORINIANO
3) Las “finalidades terrestres”, la fraternidad, el amor
El evangelio de la incertidumbre y de la resistencia/esperanza significa apostar por la vida. Merece la pena el riesgo de vivir. En este sentido tiene Spinoza razón al afirmar que “el sabio en nada piensa menos que en la muerte”, a no ser –cabría añadir– que piense en ella como estímulo de la vida. Hay pues que vivir, vivir humanamente, es decir, de acuerdo a nuestra condición.
Vivir humanamente implica dar a la vida un sentido positivo, vivir “como que inmortales fuéramos”. Esta última expresión incluye paradójicamente la conciencia de nuestra condición de mortales y, al mismo tiempo, excluye cualquier menosprecio hacia la vida terrestre. Desde la óptica moriniana está claro que no cabe para el hombre, enraizado como está en la Tierra, pensar otras finalidades que las terrestres. Sin embargo, el hecho de aceptarlas como finalidades e incluso como exigencias morales, por más inciertas que sean, implica, digamos, una apuesta a favor de algo valioso y trascendente de alguna manera a la acción empírica. Tales finalidades terrestres, por otra parte, se concretan en tender a la construcción de la humanidad y en civilizar la Tierra. El principal valor es la fraternidad:
El evangelio de la fraternidad es a la ética lo que la complejidad al pensamiento: (la fraternidad) no apela ya a fraccionar, separar, sino a unir, es intrínsecamente re- ligiosa, en el sentido literal del término (1993: 205).
Este evangelio de la fraternidad, anuncio y tarea, se refiere a que la hominización culmine conscientemente en humanidad, es decir, a que la naturaleza de homo se transforme de ternaria (individuo/especie/sociedad) en “tetralógica” (individuo/especie/sociedad/humanidad). La tarea en concreto consiste en hacer emerger la humanidad y al mismo tiempo “despertar en cada uno la humanidad” (cfr. 1981: 363).
Los valores principales de esta tarea son, junto a la solidaridad, la compasión, el perdón y el amor. Sabemos que los egocentrismos y los etnocentrismos, incluidas todas sus formas y manifestaciones, “son estructuras inalterables de la individualidad y la subjetividad” (1993: 199), las cuales obedecen a un principio de
“un principio de inclusión en un nosotros” (ibíd.). Esta “llamada a la fraternidad” (ibíd.) constituye un artículo fundamental del credo moriniano:
el problema clave de la realización de la humanidad es ampliar el nosotros, abarcar en la relación matri-patriótica terrena cualquier ego alter y reconocer en él un alter ego, es decir un hermano humano (ibíd.).
La llamada a la fraternidad es universal, porque es inherente al ser humano: “se dirige a todos y cada uno” (ibíd.). Otra cosa es sentirla/escucharla. Efectivamente, esto ocurre en quienes, “estén donde estén, la oyen en sí mismos” (ibíd.). Se trata de un sentimiento que podemos llamar de com-pasión y que contiene algo de “místico y sagrado” (1993: 207). Dicho sentimiento, aun pudiendo surgir en cualquier hombre, tal vez brota más fácilmente “entre los inquietos, los curiosos, los abiertos, los tiernos, los mestizos, los bastardos y otros intermedios” (ibíd.). Ciertamente, este sentimiento no es algo totalmente racionalizable, sino que tiene que ver con la buena disposición para convertir un principio abstracto en algo también sentido y que puede traducirse en compromisos de vida. Por eso la llamada a la fraternidad surge donde surge:
En todas partes, en todas las clases, en todas las naciones, hay seres de “buena voluntad” para quienes el mensaje es su mensaje (ibíd.).
La fraternidad debe superar no sólo la hostilidad, sino también la indiferencia. Ambas exigencias precisan la disposición favorable de la voluntad, la generosidad. Incluso en el caso concreto del rechazo al extranjero o al enemigo, en que para que se produzca la aceptación resulta necesario un esfuerzo de ambas partes, “hay que comenzar por comenzar...” (ibíd.), es decir que alguien tiene que ser primero; la generosidad, por tanto, es necesaria.
El ¡sed humanos! es pues una llamada a la generosidad; sin embargo, no deja de tener como fundamento originario/antropológico la sorprendente constatación de que ¡somos humanos! Lo mismo ocurre con la llamada a la magnanimidad y al perdón, incluso del criminal. Efectivamente, también la generosidad aquí tiene un fundamento. Por una parte, la concepción compleja de la multipersonalidad nos enseña que hay varias personas en un solo individuo, y que “no podemos encerrar a ese individuo en su personalidad criminal” (1993: 201); esa misma concepción compleja del ser humano nos obliga a proclamar: “Nadie puede ser condenado para siempre” (ibíd.). Por otra parte, son la magnanimidad, el arrepentimiento y el perdón los que nos pueden
ayudar a “detener la maquinaria infernal permanente que fabrica, sin cesar y en todas partes, crueldad con crueldad” (ibíd.).
No podemos de todas las formas esperar “resolver estos problemas (de la crueldad, etc.) de modo paradisíaco” (ibíd.). Sin embargo, debemos saber “luchar contra el error... contra la crueldad del mundo” (ibíd.). La resistencia en la lucha contra el error y a favor del amor y la compasión se halla dentro de las finalidades terrestres más profundas.
Queremos, finalmente, evocar lo que nuestro autor en Pour sortir du XXe siècle denomina “principio espermático de la acción política” (1981: 375). Se refiere a que la acción humana en general y la acción política en particular necesitan “ardores repetidos, ensayos/errores ininterrumpidos, hasta que un día, por casualidad, se produce la fecundación” (1981: 376). Es una “función que procede del fondo de las eras” (ibíd.): derroche inusitado de energía y de sustancia vital (esporas, pólenes, espermatozoides...) para llegar al fin a una fecundación:
volvemos a lo que sabíamos antes de todo conocimiento y de toda conciencia, mientras llegamos a lo que todo conocimiento y toda conciencia nos piden que realicemos y entendamos:sembrar (semer) amarse (s’aimer) (ibíd.).
Sembrar la vida, dispensar innumerables esfuerzos... hasta que un día tal vez se produce inesperadamente la unión, el amor... Sembrar/Vivir/Amar.