EL V ALO R ARTÍSTICO
C. TEXTOS DE PSEUDO-DIONISIO
5. LA ESTÉTICA BIZA N TIN A
1. El c o n c e p t o b iz a n tin o d e l m u n d o . L a estética bizantina es continuación de
la estética de los Padres griegos y de P seudo-D ionisio y , por tanto, tam poco es fru to directo de la experiencia, sino que procede del concepto del m undo predicado p or los bizantinos. Era éste un concepto religioso, inspirado p or el E v a n g e lio y por la trascendente filosofía helenística % que p uede resum irse en tres tesis:
P rim ero, existen dos m undos: el terreno y el divino, o sea, el m aterial y el es p iritu al. El mundo espiritual es an terio r al m aterial y c o n tie n e m odelos según los cuales fue creado el m undo terreno. L os dos m undos están separados p or toda una jerarq u ía de entes. El espiritual es un m undo perfecto, m ientras que el m aterial es im perfecto, oscuro y plagado de p eligros.
Segundo, el mundo m aterial no p uede ser m alo del todo, y a que D ios descendió y vivió en él. El m isterio de la E ncarnación constituía para los bizantinos el único consuelo y esperanza del ser hum ano.
T ercero, aunque el hom bre vive en la tierra, pertenece al m undo superior. «El cielo es nuestra verdadera patria» — escribe el teólogo bizantino N icéforo Blem - m ides— , y la meta del hom bre es alcan zarlo . El mismo autor asegura que «no he m os n aciao para com er y beber, sino p ara practicar las virtudes con el fin de glo ri ficar a Dios.
Esta visión religiosa y d ualista del m undo penetró en la estética de B izancio;
3 N . V. Arseniev, O stk irch e u n d M ystik , M ünchen, 1925. \V. Gass, G en a d iu s u n d P le th o , P la to n is
m o s a n d A risto telism u s in d e r g r i e c h i s c h e n K ir c h e , W ro ciaw , 1944. W . N . Lazariev, I s to r ia v iz a n tiy s k o y z iv o p is i, M oscú, 194/, vols. I y II, págs. 23 y ss. O . D em us, B yzantine M osaic D ecorations, 2.* ed., 1953.
P. A . M ichelis, An A es th e tic A p p ro a ch to B y z a n tin e , A rt, 1955. (Para O . Demus la estética bizantina es una fusión de O riente y O ccidente, m ientras que P. A. M ichelis ve en ella únicam ente una herencia de G recia.)
templación inm aterial de las jerarquías celes tes si no se deja conducir por una mano ma terial, de manera que considere las bellezas visibles como reflejos de la invisible, los per fumes sensibles como copias de la efusión es p iritual y las luces materiales como imágenes del don de la luz inmaterial.
CREAR SIG NIFICA ELIM IN AR LO SOBRANTE
6. En efecto, esto es ver y conocer real mente, y alabar trascendentalmente lo sobre natural mediante la elim inación de todos los seres, de la misma manera que los que hacen una estatua del natural eliminan todos los añadidos que impiden la pura contemplación de lo oculto, desvelando, gracias a la sola eli minación, la genuina belleza oculta.
igual que la de Pseudo-D ionisio era ésta una estética religiosa que se ocupaba de la b elleza trascendental. M as encontram os en ella una aportación original, el concepto de arte que sostenía que su objetivo es traslad ar al hom bre del mundo m aterial hasta el divino. A ntes de que lo form ularan explícitam ente los eruditos bizantinos, el con cepto era expresado en el arte de Bizancio y p erm itía — conforme a la idea del m is terio de la Encarnación—• representar a D ios corporalm ente.
2. A c titu d d e lo s b iz a n tin o s h a c ia e l a r te . Igual que su concepto trascendental
y religioso del m undo, influyeron tam bién en el arte y la estética bizantinos las con diciones étnicas, geográficas y políticas.
1. Los bizantinos se consideraban griegos y , en gran medida, lo eran. Leían las
obras de los griegos antiguos y convivían a d iario con su arte; deseaban conservar sus tradiciones, sus formas artísticas y sus conceptos del arte, cosa que, en la m a y o ría de los-casos, habían logrado.
2. Por otro lado, viviendo en los confines orientales de Europa y en territorios
que se extendían hasta el A sia, los bizantinos no podían evitar las influencias o rien tales. De O riente precisam ente y no de G recia provenía su gusto por las form as abs tractas, p or el boato, las piedras preciosas, los ornam entos dorados y los colores intensos.
Se ha tratado de ver el papel histórico de B izancio en el hecho de haber conser vado el legado de la A ntigüedad; no obstante, dicho legado fue transform ado por Bizancio en la mism a m edida en que lo conservaba.
3. D urante siglos Bizancio fue una gran potencia y todo en él era de dim en
siones m onum entales. A sí superó al arte antiguo en su capacidad de representar ob jetos descom unales, de ennoblecer e id ealizar las form as, de saber expresar lo su b li me. Y todo aquello, halló su reflejo en la estética bizantina.
4. Los bizantinos eran conscientes de que en la decadente Europa que se
derrum baba en las tinieblas de la barbarie, ellos eran los únicos que conservaban la fuerza, la grandeza y la cultura. Y su deseo de m antenerlas contribuyó a su p ersis tencia y conservadurism o. El arte b izantino se caracteriza — en opinión de B urck- hardt— p or una increíble tenacidad en rep ro d ucir lo desaparecido y extinto y por una de las m ayo res virtudes, que es la perseverancia.
5. Los em peradores bizantinos ostentaban un poder ilim itado, tanto secular
com o eclesiástico, siendo su voluntad la le y suprem a. L a capital concentraba el po der y la c u ltu ra; la centralización no era en B izancio inferior a la autocracia, lo cual traía com o consecuencia la reglam entación y unificación. La vida intelectual y artís tica del país quedaba bajo el control del em perador y de sus funcionarios, que no toleraban nin gun a clase de oposición ni innovaciones. Todo aquello causaba que B i zancio tuviera una cultura e ideología m ás uniform es, menos diversificadas que O c cidente aunque, al mismo tiem po, más ricas, y que las formas una vez creadas per durasen a llí durante siglos. C ualquier intento de cam biar los conceptos del arte una vez establecidos, a pesar de que fueran im puestos p o r m onarcas autocráticos, tro pezaba con una fortísim a oposición.
3. El m a te r ia lis m o m ístico . El arte b izantino , siguiendo los modelos im puestos
por la corte del em perador, concebía sus objetivos de la m anera más grandiosa. En las iglesias bizantinas convergían todas las artes: la m onum ental arquitectura, los m o saicos, las p in turas de paredes y bóvedas, cuadro s, objetos y ornamentos litúrgicos; los ritos y cantos, sus palabras y su m úsica — todo aquello había de proporcionar un gran placer estético y , gracias a él, elevar las alm as hacia D ios. El ritual b izan tin o estaba m arcado p or un cierto «m aterialism o m ístico », de modo que los objetivos m ís ticos eran alcanzados m ediante el esplendor de la m ateria. El ritual pretendía con du cir a D ios a través de la experiencia estética; se basaba en efecto en la ideología
de P seudo-D ionisio, el. m ás abstracto y el más m ístico de los filósofos, pero al m is mo tiem po tenía en cuenta la. aspiración griega a la b elleza y la solem nidad. H asta cierto punto, las cerem onias religiosas eran para los bizantinos lo m ism o que las re presentaciones teatrales para los atenienses. «E l pueblo griego creía únicam ente en lo que veía y podía-palpar. Esto era así en los tiem pos de F idias y así perm aneció en la época de B izancio. M as el objeto de su fe experim entó un cam bio rad ical: en la Grecia antigua dicho objeto lo constituía una deidad panteística, m ientras que en el m edieval B izancio, un D ios trascendental encarnaba la idea del espiritualism o más puro» a.
C on todo su esplendor sensible y boato m aterial, el arte bizantino tenía un ca rácter m ístico y sim bólico, y era producto de una estética espiritualista y trascen dente. Sus m onum entales tem plos sim bolizaban la grandeza de D ios; la riqueza im ponente de los ritu ales, el oro, la p lata, las piedras preciosas y los m árm oles m u lti colores representaban la C iu d ad C eleste; el deleite experim entado al presenciar las cerem onias había de p resagiar la felicidad del cielo.' «Si los esplendores terrenos y tem porales son tan grandiosos, cuál será la grandeza de los esplendores celestes que aguardaban a los ju sto s», escribe Porfirio, obispo de G aza, y Procopio, al describir la iglesia de Santa Sofía, dice: «q uien entra en el tem plo para orar, siente que éste no fue construido por la fuerza hum ana ni el arte sino p or orden de D io s». El p a triarca Focio llegó aún más lejo s: «E l creyente atraviesa los um brales del tem plo com o si fuera la C iud ad C eleste en s í m ism a» b.
4. L a i m a g e n y e l p r o t o t ip o . La religiosa y esp iritualista estética bizantina halló
su expresión más p ura en la pin tura que — conform e a sus convicciones— no sólo había de servir a D ios sino tam bién representarle, a El y a sus santos. La p intura bizantina se lim itab a prácticam ente a un solo tipo, los «iconos» (eíxc&y), es decir, «im ágenes» o «representaciones» de C risto y de lo s santos, haciendo caso omiso de todo el m undo visible. Se lim itaba a la figura hum ana, con la justificación teológica de que la figura del hom bre, en la qu e Dios se había encarnado, es la más digna de la tierra.
Las im ágenes bizantinas representaban cuerpos, mas no eran ellos su verdadero objeto sino la s alm as; el cuerpo no era sino sím bolo del alm a. «U n buen artista no representa al cuerpo sino al alm a», escribió uno de los teólogos de la época. P ersi guiendo aquel ideal, los astistas desm aterializaban el cuerpo num ano, rep resen tán -. dolo con líneas lo más abstractas y lo menos orgánicas posible.
A sí, al pin tar una figura, trataban de representar su esencia y no de captarla en uno u otro m om ento o presentar alguno de sus aspectos. A q uella esencia la id en ti ficaban con la idea, con el m odelo eterno. De este m odo, m anifestaban su ideología dualista, que m arcaba una línea d ivisoria entre el m undo tem poral y el m undo eter no. Los iconos no habían de representar figuras tem porales, sino sus prototipos. C oncentrado en ellos la atención del espectador, tenían que trasladarlo a la eterna C iu dad de D ios, «elevarlo a la contem plación de la d iv in id ad ». L a im agen pintada no era un fin en sí m ism o sino un m edio, pues el objeto real de la pin tura era in visible. «M ediante la im agen visible, nuestro pensam iento, en una exaltación del es p íritu, debe anhelar llegar a la grandeza invisible de la divin id ad .»
Los iconos no estaban destinados a la contem plación, sino que servían para re zar ante ellos; su objetivo era, p or tanto, provocar una larga y encentrada contem plación. Fue ésta la razón por la que el pintor representaba a los santos en posición inm óvil, esperando otro tanto por parte del espectador: que se quedara inm óvil para
* Lazariev, o p . cit., p. 22.
concentrarse en un solo p unto, en los ojos del santo que le están m irando. El rostro, y los ojos en p articular, llegaron a ser el punto central del lien zo , igu al que el torso lo fuera en la escultu ra an tigua. El santo era representado en proporciones defor madas e inn aturales, con lo que parecía desm aterializado y separado de la tierra. Al pintarlo, sobre un fondo dorado, producía una im presión de desapego respecto al espacio real, viéndose elevado p o r encima de la realidad. Su aislam iento del mundo era intensificado por el colorido irreal del cuadro, así como p o r los colores locales, siem pre los m ism os, que habían de ser una prueba más de la invariab ilid ad y lo sem piterno del p rototipo. H asta los fragm entos de la naturaleza que a veces aparecían en los iconos, com o m ontañas o plantas, eran reducidos a form as geom étricas o cris talinas, y en consecuencia, tam bién dem aterializados para pro d ucir la sensación de que procedían del otro m undo.
El arte bizantino estaba tan im pregnado de religión que Ju an D am asceno pudo escribir: «S i te viene un gentil diciend o : enséñame tu fe..., llévalo a la iglesia y ponlo delante de las im ágenes de los san tos». Por ello cabe añ ad ir que los iconos que re presentaban p ro totipos eternos no eran sólo objeto de contem plación, sino que tam bién se los veneraba.
La p in tura trid im en sio nal no estaba oficialm ente pro hib ida en B izancio, pero tampoco se practicaba; era ésta una pintura dem asiado m aterialista y realista como para que tuviese lugar en un arte que debía de representar exclusivam ente p rototi pos eternos.
A quella estética, que o bligaba a representar tan sólo los prototipos y no el as pecto pasajero de las cosas, dejaba poco lugar para la im aginación del artista y el apuntar de ideas o rigin ales, conduciendo de este m odo a una iconografía fija y de cánones invariables. A sí se lim itó la iniciativa del artista, cuyo papel llegó a ser in significante en com paración con el que había desem peñado en el helenism o y su la bor se volvió anónim a e im personal. Pero p or otro lado, al concentrar a lo largo de varias generaciones el esfuerzo de todo el arte en un solo objetivo, la estética de aquel período p rodujo obras artísticas que aún h o y nos asom bran por su perfección J.
5. L a q u er ella , p o r e l c u lt o d e la s im á g e n e s . A l cabo de algunos siglos de exis tencia y p rosperidad, el arte bizantino fue condenado en nom bre de la m ism a ideo logía que lo había engendrado. En efecto, la apodíctica estética bizantina produjo la controversia más tenaz de la historia de la estética: la querella inconoclasta.
C onform e a la teo logía bizantina, la pintura se lim itaba a temas religiosos, re presentando, salvo escasas excepciones, a C risto y a los santos; sus im ágenes eran no sólo objeto de ad m iración sino tam bién de veneración. Pero llegó el mom ento en que nació la convicción de que tanto la veneración com o incluso la representa ción plástica de D ios con stituían una idolátrica herejía, y dé que las im ágenes debe rían ser en consecuenica destruidas. Y , efectivam ente, su destrucción fue ordenada y ejecutada por las autoridades.
El desarrollo del conflicto fue el siguiente b: En 725 el em perador León III Isáu- rico proclam ó el p rim er edicto en contra de las im ágenes. La controversia se desató inm ediatam ente, y a que el papa G regorio II no sólo no acató el edicto sino que ex com ulgó al em perador. Este últim o insistió en su decisión. El asunto no atañía ú n i cam ente a las dos p otestades; la conm oción sacudió a las masas de afectos a las im á genes y pronto se extendió por todas las tierras entre B izancio y Rom a. T ras la muer-
* A . G rabar, La p e i n t u r e b y z a n tin e , Genéve, 1953.
K. Schw arzlose, D e r B ild e r s tr e it, e in K a m p f d e r g r i e c h i s c h e n k u n st ttm i b r e E igen a rt u n d ib r e F rei-
b e it, Gotha, 1890. G. Ladner, O r ig in a n d S ig n ifíc a m e o f t b e B y z a n tin e ¡c o n o c l a s t i c C o n tr o v e r s y , en «M e
te de León III y G regorio II, durante los reinados y pontificados de sucesivos em peradores y papas, la lucha no cesaba sino que, al contrario, se iba intensificando. D espués del sínodo del 731, en el que se lanzó una excom unión contra los icono clastas, el em perador C on stan tino IV (741-775), con sus leyes y escritos que ju sti ficaban la condena de las im ágenes de C risto y de los santos, provocó un recrude cim iento de la lucha. D urante su reinado se intensificó la destrucción de obras ar tísticas. El clero secular cedió bajo sus presiones, pero no las órdenes religiosas. Es tas fueron entonces sucesivam ente disueltas y m illares de m onjes huyeron a O cci dente. Fue uno de los escasos acontecim ientos históricos en los que las convicciones artísticas se pagaron con la lib ertad v , a veces, con la vida.
Tan sólo al cabo de m edio siglo , durante el reinado de la em peratriz Irene (780-802), el poder de B izancio se puso tem poralm ente del lado de los iconólatras y el C oncilio ecum énico de N icea, celebrado entonces, (787) condenó a los icono clastas y proclam ó la licitu d del culto a las im ágenes. La p ro testa contra las im áge nes halló encontes su portavo z en la persona de C arlom agno, quien exigió al con cilio de obispos celebrado en 794 en F rancfort que revocara parcialm ente las deci siones del sínodo de N icea. Tam bién en Bizancio la situación su frió pronto otro cam b io : a p artir de 813, durante el reinado de León V el A rm enio (813-820), llegó la segunda oleada del m ovim iento iconoclasta. A ún en vida del em perador Teófilo (829-842) la lucha p roseguía en todo su fanatism o, aunque bien es verdad que se ha bía reducido al territorio de C on stan tino p la. Y tan sólo tras la m uerte de Teófilo, al cabo de un siglo de largo de tenaces luchas, acabaría el 842 con la victoria defi nitiva de los partidarios de las im ágenes.
La querella tuvo carácter do ctrin al, más sus consecuencias fueron de lo más rea les, y a que quedó destruido prácticam ente todo el acervo artístico de Bizancio. A un que el origen de la controversia había sido religioso, su objeto era estético; y si bien se utilizaron argum entos teológicos, sin em bargo, el fondo de la disputa concernía a las cuestiones del arte y la belleza, por lo que es im prescindible tom arla en con sideración al hablar de la h isto ria de la estética.
La causa fundam ental del enfrentam iento fue el antagonism o entre dos doctrinas teológicas y dos conceptos del arte inspirados p o r ellas. Pero lo fue tam bién el con traste entre las dos culturas que chocaron en B iz a n c io :Ja cu ltu ra plástica de los grie gos y la abstracta del O riente. Y tam poco debem os o lvidar el conflicto entre dos d istintos grupos sociales: en contra de las im ágenes se declararon la d inastía y la cor te y , vinculados con ellas, los representantes de las altas jerarqu ías eclesiásticas, mien tras que el clero, los m onjes y las am plias masas de la sociedad, fieles a la tradición y necesitados de im ágenes concretas p ara su fe, defendieron encarnizadam ente los iconos.
A parte de lo anterior, la qu erella tuvo tam bién sus razones políticas que, en la segun da fase de la lucha, incluso resultaron ser más im portantes que las doctrinales. M uchos de los inconoclastas, sobre todo León V , no eran teólogos sino soldados y políticos que trataban de acercar a los cristianos a otros grupos religiosos abundan tes en Bizancio, como m usulm anes, ju d ío s y m aniqueos, cuyas religiones no adm i tían imágenes. A l m ism o tiem po, se intentaba d ebilitar al clero, lo cual parecía in dispensable para m antener el poder absoluto de los em peradores.
L a hostifidad hacia el culto de las im ágenes llegó a B izancio de A sia M en or don de, desde hacía tiempo, diversas sectas religiosas manifestaban su desacuerdo con esta prác