Historia de la estética
Wladysíaw Tatarkiewicz
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Diseno interior: RAG
Motivo de cubierta:
M anuel Tzanes, C risto e n e l t r o n o (detalle)
Traducción del polaco: Danuta Kurzyka
Traducción de fuentes: Latinas: M.a Elena Azofra Griegas: Felipe Hernández
Título original:
H istoria estety k i
© Ediciones Akal, S. A., 1989, 2002, 2007 para lengua española
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W ladyslaw Tatarkiewicz
HISTORIA
DE LA ESTÉTICA
I. La estética de la A lta Edad M edia
a)- La-estética de Orienté
l . Co n d i c i o n e sd e d e s a r r o l l o
1. E l cr is tia n ism o . En la época precedente al siglo prim ero de nuestra era, cuan
do la cultu ra del helenism o se encontraba aún en pleno auge y R om a llegaba a las cimas de su poder, empezó el proceso de transform ación de actitudes frente a la vida y el m undo. El hom bre deja entonces de interesarse p o r las cuestiones tem porales para preocuparse, en cam bio, p o r el más allá. En m uchos ám bitos, las posturas ra cionalistas iban cediendo paso a las m ísticas y las necesidades cotidianas y terrenas quedaban eclipsadas p o r las religiosas. Las nuevas necesidades y actitudes aiero n o ri gen, a su vez, a nuevas religion es, sectas, ritos, sistem as religiosos y filosóficos, es decir, pro d ujeron una nueva id eo logía y , dentro de ella, tam bién una estética nueva. Las antiguas doctrinas m aterialistas y positivistas perdieron su atractivo m ientras que renacía el platonism o. U n producto original de la época fue el sistem a neoplatónico de P lotino, un sistem a trascendente, m onista y em anatista, con su teoría estática del conocim iento y con su pro pia ética y estética.
Lo más fecundo en consecuencia fue, no obstante, el nacim iento de la religión cristiana. En los prim eros tres siglos del cristianism o, que aún pertenecen a lo que
llam am os A n tigüed ad , cuando sus adeptos eran todavía escasos y no ejercían in
fluencia alguna en el cam po social y p o lítico , tam bién perm anecieron las form as de
vida y pensam iento antiguos. Pero a p artir del siglo IV, desde el año 3 1 3 para ser
exactos, cuando el edicto de C onstantino el G rande perm itió que el cristianism o se
extendiera sin im pedim entos, y m ás aún a p artir del año 3 2 5 en que llegó a ser la
religión estatal, las nuevas form as de vida y pensam iento em pezaron a predom inar
sobre las antiguas. A sí empezó entonces un nuevo período en la historia del mundo. El cristianism o se basaba en la fe, en sus leyes m orales, en el principio del amor y en la esperanza de la vida eterna, razones p o r las que pudo p rescin dir de la cien cia, de la filosofía y , en especial, de la estética. «L a verdadera filosofía es el am or a D io s», dice Ju an D am asceno, e Isidoro de Sevilla añade que el prim er objetivo de la ciencia es tratar de llegar a D ios y el segundo, conseguir una vida virtuosa. Si el cristianism o había de profesar una filosofía, ésta sería una filosofía propia, distinta a las anteriores.
Tanto en la ascética A frica como en la realista R om a, los Padres de la Iglesia la tinos prefirieron ren un ciar totalm ente a la filosofía. En la Iglesia griega, en cam bio, los escritores eclesiásticos, en A tenas y A n tio qu ía siguieron cultivando las viejas
tra-diciones filosóficas, aun siendo conscientes de que tam bién entre los gentiles la fi losofía em pezaba a evolucionar hacia posturas religiosas. Estos com prendían la ne cesidad de crear una filosofía nueva y veían la posib ilidad de aprovechar los anti guos sistem as para form ular ahora la d octrina cristiana. T ertuliano trató de m odelar la filosofía cristiana en base a la estoica, G regorio N iceno la quiso basar en la p la tón ica, y O rígenes tom ó com o m odelo la neoplatónica. N o obstante, todos estos in tentos fueron desautorizados p or la Iglesia.
L a filosofía cristiana quedó form ulada en los siglos IV y V , en los tratados de Sap
A g u stín y de los Padres de la Iglesia griega. Fue ésta una filosofía com puesta por la fe cristiana junto con elem entos del pensam iento antiguo reconocidos por la Iglesia, un a filosofía en la que la estética no figuraba en prim er plano, aunque sí contenía ciertas ideas estéticas.
En efecto, los prim eros creadores de la filosofía cristiana — tanto los Padres grie gos com o San A gustín — se interesaron p o r la estética, com o verdaderos expertos en la m ateria. Y como toda su filosofía, la estética incluida, aparte de las doctrinas antiguas se basaba en la S a n ta B ib lia , la h isto ria de la estética de aquel período ha de em pezar por las ideas estéticas contenidas en ésta.
En su estética, los cristianos asum ieron m uchas ideas filosóficas de los griegos
y de los rom anos, siem pre y cuando aquéllas fueran com patibles con su religión e
ideo logía. En Platón les atraía la idea de belleza esp iritu al; en los estoicos, la belleza m o ral; y de Plotino tom aron la tesis de la b elleza a e la luz y del m undo. A sim ism o, coincidían con la postura cristiana frente al m undo y el hom bre la interpretación p i tagó rica de la belleza com o proporción, la concepción aristo télica del arte, la cice ro n iana de la retórica, la horaciana de la poesía y la vitruviana de la arquitectura. P o r tanto, hem os de tener en cuenta que si jun to con el nacim iento del cristianism o em pezó una época nueva en la histo ria de la estética, la tradición an tigua era en ella tan im portante como los nuevos conceptos m edievales.
2. D os I m p e r io s . En el siglo IV , cuando em pezaba la era cristian a y se estable cían los principios de su filosofía y de su estética, tuvo lugar o tro cam bio im por tan te: la división del Im perio.
Las diferencias políticas e intelectuales entre las provincias o rientales y occiden tales del Im perio R om ano siem pre habían sido m u y pronunciadas y se agudizaron aún más cuando en el año 395 el Im perio su frió la división en Im perio O riental y O ccidental. A p artir de aquel m om ento, las vicisitudes políticas y culturales de am bos conjuntos siguieron cam inos diferentes.
El Im perio occidental pronto fue derrotado, m ientras que el orien tal perduró otros m il años. El occidental experim entó diversos cam bios m ientras que el oriental, profundam ente conservador, quiso y supo frenar el desarrollo. El O ccidente tuvo que adaptarse, al m enos en p arte, a las costum bres y gustos de sus conquistadores norteños, m ientras que el O riente, dada su situación geográfica, se halló en el ám bito de las influencias asiáticas. A sí en O riente se conservaron en gran parte las for m as de la cultura antigua que en O ccidente quedaron destruidas o pasaron al o lvi do. M ientras O riente pudo alim entarse de la herencia antigua, conservarla y desarro llarla, O ccidente, tras h aberla perdido, se vio obligado a crear una cultu ra nueva. Y tuvo que hacerlo partiendo de cero, creando form as originales propiam ente suyas.
M ientras que en O riente term inaba la histo ria antigua, en O ccidente nacía una nueva. Si hemos de llam ar m edievales las form as de cultu ra creadas en O ccidente tras la caída de R om a, llegam os a la conclusión de que en O riente no hubo época m edieval; el m edievo fue un fenómeno específico de O ccidente. Bien es verdacf que O riente tam bién adquirió en aquel entonces nuevas formas de vida y de cultu ra, mas éstas no eran productos o riginales su yo s sino una continuación de la A ntigüedad.
A sí pues, la historia de la cultu ra, del arte y de la estética cristianos de O riente y de O ccidente han de ser tratados p or separado. N uestro estudio debe empezar por O riente, ya que éste fue una continuación directa de la A ntigüedad. A llí per duraron durante varios siglos el pensam iento y el arte griegos; Bizancio pensaba y
hablaba en griego (así hasta el siglo VI existió la A cadem ia de P latón), aunque lo ha
cía y a al m odo cristiano.
O riente contaba con una doble tradición antigua. Por un lado, y conforme a las aspiraciones de C onstantino el G rande, B izancio heredó el legado de R om a, llegan do a ser conocida com o la «N ueva R o m a». Por otro, gracias a su posición geográ fica e histórica, contaba tam bién con el legado de la G recia antigua. M odelos anti guos no faltaban; por orden de los em peradores se recogían y llevaban a Bizancio obras del arte antiguo de todo el territorio del Im perio. Sólo aelan te de la iglesia de S an ta'S o fía se colocaron 427 estatuas griegas y rom anas. Es pues natural que en este am biente se desarrollara, antes que en otros, el arte cristiano en todas sus ma nifestaciones: m úsica, literatura y artes plásticas.
Fue precisam ente en Bizancio donde se erigieron los prim eros grandes templos cristianos, con el de Santa Sofía en cabeza. Y fue tam bién entre los bizantinos donde nació el pensam iento estético cristiano.
Bi b l i o g r a f í a
Partiendo de la convicción de que la Edad M edia se ocupaba casi exclusivamente de teo logía y , como mucho, de psicología y cosmología, durante mucho tiempo los historiadores no pensaron buscar entre su legado problemas concernientes a la estética. A consecuencia de tal actitud, escasos fueron los trabajos sobre estética medieval, que no se tomaban en conside ración en los estudios sobre historia de la filosofía, mientras que en los dedicados a historia de la estética se ocupaban tan sólo de la estética antigua para pasar inmediatamente a la moderna.
Bien es verdad <jue los escritores medievales no nos dejaron ningún tratado de carácter ex clusivamente estético, pero también lo es que en sus obras teológicas, psicológicas y cosmo lógicas encontramos presupuestos y conclusiones estéticas; en efecto, los tratadistas medie vales expresaron en numerosas ocasiones sus conceptos e ideas sobre la belleza y el arte. Las publicaciones de J . P. M igne: P a trología G raeca, en 161 volúmenes, citada a continuación como P. G. y P atrología Latina, en 221 volúmenes, citada a continuación como P. L., con tienen numerosos textos que son de gran interés para el historiador de la estética. Lo mismo ocurre con publicaciones posteriores de obras medievales. Pero cabe subrayar también que muchos manuscritos de obras y tratados medievales están aún inéditos.
Las primeras obras referentes a la estética medieval fueron los trabajos monográficos sobre . San A gustín y Santo Tomás, publicados a finales del siglo XIX. Estos fueron no obstante, m uy escasos y trataban sólo temas puntuales.
La herencia del medievo fue elaborada y presentada globalmente después de la II Guerra M undial por Edgar De Bruyne en É tudes d ’E sthétique M éd iéva le (3 vol., ed. por la U niver sidad de Gante en 1946). Gracias al esfuerzo de un solo hombre, el m aterial y las fuentes para la historia de la estética medieval fueron recogidos de forma más completa que los corres pondientes a la estética antigua. Esta últim a ha sido tratada, en efecto, más cfetalladamente, aunque haciéndose en base a centenares de trabajos monográficos, sin que se haya elaborado un conjunto uniforme.
El presente libro se basa, en gran parte, en el m aterial recogido por De Bruyne, reducido y seleccionado porque, aparte de textos de gran importancia para la estética, se encuentran entre ellos otros de escasa significación.
A parte de la antología de textos originales recogidos en sus Estudios, de Bruyne es autor de otros dos trabajos que son exposición sistemática de la estética medieval: E sthétique du M o- y e n A ge (Louvain, 1947) y G esch ied en is v a n d e A esthetica d e M id d eleeu w en (Amberes,
Sin embargo, las fuentes recogidas por De Bruyne no incluyen textos concernientes a la estética del cristianism o oriental, mientras que su estudio de la estética de Occidente comien za después de San Agustín. Los E tudes de De Bruyne tratan sobre Boecio (vol. I, p. 3), C a siodoro (vol. I, p. 35), San Isidoro (vol. I, p. 74), la estética carolingia (vol. I, p. 165), la poé tica medieval (vol. I, p. 216 y vol. II, p. 3), la teoría medieval de la música (vol. I, p. 306 y vol. II, p. IOS), la teoría de las artes plásticas (vol. I, p. 243 y vol. II, pp. 69 y 371), la es tética de los místicos (vol. III, p. 30), la estética de los V icto ria n o s (vol. II, p. 203), G uiller mo de Auvernia, G uillermo de A uxerre y la Sum m a de Alejandro (vol. III, p. 72). Roberto Grosseteste (vol. III, p. 121), Govanni Fidanza (vol. III, p. 189), Alberto Magno (vol. III, p. 153), Santo Tomás de A quino (vol. III, p. 278), y Vitelio (vol. III, p. 239).
En la introducción a su obra De Bruyne escribe que su intención era presentar un recu eil d e textes d e v a n t s er v ir a l ’h isto ire d e l ’esth étiq u e m éa iév a le, pero que luego abandonó la idea. Las fuentes las cita, en parte, dentro del texto de su libro, en parte las presenta como notas, citándolas la m ayoría de las veces en versión original, o bien con la traducción o por último, sólo en francés. Dado que hasta ahora no se ha recopilado una antología sistemática de textos originales para la historia de la estética medieval, en el presente trabajo, igual que se hiciera en el caso de la E stética A ntigua, nos hemos propuesto recoger los textos que a nuestro pa recer son los más im portantes. La antología no es completa ya que alguna de aquellas ideas estéticas fueron repetidas por los autores medievales con tanta frecuencia que citarlas todas resultaría inútil y monótono. Por ello, nos ha parecido más adecuado realizar una selección de los textos más característicos.
La antología más completa hasta ahora de textos originales concernientes a la estética me dieval es la traducción italiana de textos de este carácter incluida en la G rande A ntología Fi losófica, vol. V, 1954 de R. Montano, L 'estetica n e l p en siero cristiano, pp. 207-310.
Aparte de la obra de De Bruyne, la elaboración sintética más completa de la estética me dieval es el trabajo colectivo M om en ti e p ro b lem i d i storia d e ll’estetica (vol. I, 1959): Q. Ca- taud ella, E stética cr istia n a (pp. 81-114) y U . Eco, S vilu p p o d e l l ’este tica m e d ie v a le
(pp. 115-229) que contiene también la bibliografía más completa de las obras concernientes al tema (pp. 113-114 y 217-229). Sólo tuvimos que completarla con algunos trabajos referen tes a la historia de la literatura, música y artes plásticas, que contienen alguna que otra re flexión de carácter estético.
En general, la literatura monográfica concerniente a la estética medieval es más bien mo desta y deficiente. En la Presente H istoria citamos en las notas las obras más importantes, especialmente las relacionadas con la estética de la Biblia (pp. 8-14), la estética de los Padres de la Iglesia (pp. 17, 18, 21, 22, 23), la estética bizantina (pp. 38, 40, 41, 43, 44; 45), la de San Agustín (pp. 52, 54, 59, 60), la de Santo Tomás de Aquinó (pp. 259), la estética ae las artes plásticas (pp. 149, 151, 152, 154, 155, 159, 161, 170, 175), la de la m úsica (pp. 132) y la de la poesía (pp. 121, 123, 259).
2. Lae s t é t ic ad el as a g r a d a Es c r it u r a
Los padres de la filosofía cristian a fueron al m ism o tiem po creadores de su esté tica. Por un lado, habrá que considerar como sus fundadores a los Padres griegos que — como San B asilio— se inspiraban en fuentes griegas y , p or otro, los Padres latinos, con San A gustín a la cabeza, quienes, a su vez, se basaban en fuentes rom a nas. Tanto los unos com o los otros conocían los conceptos antiguos de lo bello y del arte y se valieron de ellos al form ular sus doctrinas.
O tra fuente im portante de sus concepciones estéticas fue la propia ideología cris tiana emanada de la B ib lia , pues aunque ésta sirviera para fines distintos de los es téticos, se encontraban en ella, sobre todo en el A n tigu o T e s t a m e n t o , ideas y re flexiones al respecto.
La palabra «b ello » (xató c;) aparece con frecuencia en La V ersión d e lo s S e ten ta , es decir, en la versión griega de la S a g r a d a E scritu ra . Los más abundantes en ideas estéticas son el G é n e s is y el L ib ro d e la S a b id u ría . Tam bién tratan de lo bello el C a n
1. El G én esis. Y a en los prim eros versos del G é n e s is encontram os una afirm a
ción que será de sum a im p ortan cia para la estética, y a que concierne a la belleza del m undo. D ios, al contem plar el universo creado por él, ju z g a su obra. El G én esis dice: «Y vio D ios todo lo que había hecho y he aqu í que era bueno en gran m anera.» \
La frase es repetida en el G é n e s is en varias ocasiones (1, 4 , 10, 12, 18, 21, 25 y 31), pudiendo d istin gu ir en ella dos ideas: prim ero la convicción de que el mundo es bello ( o sea, en térm inos griegos, la convicción de la p a n k a lía ) y , segundo, la con vicción ae que el m undo es bello porque es una creación consciente a e un ser inte ligente, com o lo es una obra de arte.
N o cabe duda de qu e ésta es la idea de la belleza que resalta de la versión griega del G én esis. Sin em bargo, parece que no ha sido tom ada del original sino introdu cida por los traductores. Según la opinión de los expertos a, el sentido del original
hebreo era distinto. Los científicos judíos de A lejan d ría que en el siglo III a. C . re
dactaron la V ersión d e lo s S e te n ta , tradujeron como k a ló s un adjetivo cuyo signifi cado era m ucho más am plio y que denom inaba tanto cualidades internas (sobre todo m orales, com o: valiente, ú til, bueno) como externas, pero no necesariam ente esté ticas. El sentido preciso de las palabras del G én esis con las cjue D ios evalúa su obra es el de una obra acertada y bien lograda. Sus palabras con stituyen una alabanza ge neral del m undo y no necesariam ente un criterio estético, es decir, no se trata de una evaluación estética propiam ente dicha, lo cual, por otra parte, coincide con la ideología del A n tig u o T e s ta m e n to , tanto más cuanto que la belleza carecía práctica mente de im portancia en el culto y la religiosidad bíblicos.
A pesar de ello, los traductores tuvieron sus razones al em plear la palab ra k alós, que tenía un sentido m u y am plio y de variados matices y significaba no sólo la belleza estética sino tam bién la m oral así como todo lo que debía ser reconocido como d ig no de adm iración. Es p osib le que al em plearla los traductores no se refiriesen a la belleza estética en especial y que sólo posteriorm ente la palabra fuese interpretada de este m odo. Pero tam bién existe la posibilidad de que los traductores entendieran
k a lós estéticam ente. L a cultu ra intelectual de la A lejan d ría del siglo III a. C . era grie ga y los judíos alejandrinos estaban sujetos a su influencia, que im ponía una actitud ante el m undo m u y diferente de la puram ente m oralista.
Sea com o fuere, intencionalm ente o no, al traducir con la palabra k a ló s la ¡dea de que el m undo es una o bra acertada y bien lograda, los traductores de la V ersión d e
io s S e ten ta intro dujero n en la B ib lia la idea griega de la b elleza del m undo. Iijcluso
si ésta no fue una intención consciente, fue aesde luego un hecho real con todas sus consecuencias. L a id ea no pasó a la versión latina de la B ib lia , la V u lgata, en la que
k a lós fue traducido p o r b o n u m y no por p u lc h r u m , pero sí perm aneció en el cris
tianism o, en la cultu ra m edieval y en la m oderna.
La estética cristiana que profesaba la belleza del m undo no provenía del A ntiguo Testam ento, aunque a él adjudicab a su origen. N i siquiera podem os afirm ar que este concepto fuese de o rigen griego y bíblico al tiem po, y a que era ésta una estética grie ga al cien por cien. A sí, lo que parece ser la estética bíblica, era en realidad de pro cedencia griega y pasó a la B ib lia p o r influencia del m undo antiguo y por su tra ducción a l griego.
La idea de la belleza de la creación, expresada en el L ib r o d e l G én esis es repetida en el L ib ro d e la S a b id u r ía (13, 7 y 13, 5), y en el E clesiá stico (43, 9 y 39, 16)
don-a T e o lo g is cb e s W ó rte rb u cb zum N eiten Testament, hrsg. v. G. Kittel, 1938, vol. III, 539 (art. xaXóg por W . Grundmann).
de las obras de Jehová realizadas en la n atu raleza y en la h isto ria son denom inadas con la palabra griega k alá. La m ism a idea de la V ersión d e lo s S e t e n t a aparece en el
E clesia stés (3, 1 1 ) 3 y en el S a lm o 25, 8: «Jeh o vá, la habitación de tu casa he am ado», así com o, en térm inos un tanto diferentes, en el Salm o 95, 5 4, donde se em plea la palabra h o r a io s ((üQaíog) que tiene un sentido estético más estricto que k a lós. A sí, en todos estos fragm entos de la S a g r a d a E scritu ra podem os ad vertir la h uella de las doctrinas estéticas del h e le n ism o .a
Los libros del A n tigu o T e s ta m e n to que acabam os de m encionar fueron com pues
tos en la época del helenism o: el E clesia stés e s , probablem ente, del siglo III a. C ., el
E clesiá stico (o de los P r o v e r b i o s ) de p rincipios del siglo II a. C . y el L ib r o d e la S a
b id u r ía fue escrito en el siglo I a. C ., es decir, en un tiem po en el que los teólogos
judíos, como Filón de A lejan d ría, conocían v a perfectam ente la filosofía helenística. 2. El L ib ro d e la S a b id u ría . De todo el A n tigu o T e s t a m e n t o el texto que más
habla de la belleza com o tal es el L ib r o d e la S a b id u ría . En él se pondera la belleza de la creación, viendo en ella una prueba de la existencia y de la obra de D ios; a través de la belleza y m agnitud de la creación se conoce, por an to logía, a su C reador (13, 5 ) 5. El libro habla a e la belleza de las obras divinas y las hum anas, tanto en la naturaleza com o en las obras de arte, cu ya herm osura es tan grande que «la gente les atrib u ye cualidades d ivinas».
Este libro introduce además un elem ento que no es de carácter religioso sino fi losófico, un elemento p itagórico-platónico, o sea, puram ente griego. A llí se dice que D ios lo hizo todo «según m edida, núm ero y p eso »: o m n ia in m e n s u r a e t n u m e r o e t
p o n d e r e (11, 2 1 ) 6, profesando así una teoría m atem ático-estética. D icha teoría, in
mersa en un libro efe carácter canónico, testim onia una evidente influencia del pen sam iento griego, en este caso una influencia ejercida no sólo sobre la traducción sino sobré el libro m ism o.b
El hecho de que esta tesis se hallara contenida en la S a g r a d a E scritu ra fue de sum a im portancia para la estética m edieval. L a autoridad de que gozaba la B ib lia hizo que el concepto subyacente fuese d ivulgado por los estudiosos, con un resul tado sorprendente: la teoría m atem ática llegó a ser una de las principales teorías es téticas del período canónico. La idea m ism a es m encionada en el A n tig u o T e s ta m e n
to más de una vez. Tam bién en el E clesiá stico se dice que la obra de Jehová d e n u - m e r a v i t e t m e n s u s e s t (1, 9) 7.
3. El E clesia stes y e l C a n ta r d e lo s C a n ta r es. G racias a los griegos, pasaron a la estética de la S a g ra d a E scritu ra ciertos elem entos optim istas y m atem áticos. Los israelitas por su parte, im prim ieron en ella una huella com pletam ente distinta. La postura de estos últim os hacia la belleza y el aspecto exterior en general, se carac terizaba por una absoluta indiferencia. A sí, al hablar de las obras arquitectónicas, describían el proceso de construcción sin reparar en su aspecto c. A l referirse a per sonas —José, David, A bsalón— decían que eran herm osos, mas no describían su her
1 Algunos teólogos llam an al L ib ro d e la S a b id u ría el «libro g rieg o »: J . H em pel, G ó ttlic h e s S ch o p -
fe r t u m u n d m e n s ch licb e s S ch ó p fe r tu m en «Forschungen zur Kunstgeschichte und christlichen A rcháolo-
g ie», vol. II, p. 18: «In einer rür das ganze K ulturbew usstsein des alten Israel und seine Ausstrahlungen im M ittelalter weithin kennzeichnenden W eise tritt ein Gefühl für den ásthetischen und dam it einen Ei- genw ert des Geschafyfenen vor der “ griechischen” S a p ien tia S a lo m o n is nie auf».
b T horleif Boman, D as h e b r a i s c h e D en k en im V erg leich m it d e m g r i e c h i s c h e n , G ottingen, 1954. A continuación, al referirnos a la actitud del A n tig u o T e s ta m e n to y de los propios israelitas, respecto a la belleza, nos basaremos en gran m edida, en este libro, especialmente en las opiniones expuestas en las pp. 52-90.
c A excepción del L ib ro 3.° d e lo s R e y e s (según la num eración de V u lgata) que en sus capítulos 6 y 7 describe las construcciones de Salomón.
m osura. N o m ostraban interés alguno por la apariencia de los hom bres ni de las co sas; n o le s prestaban la m enor atención ni tampoco pensaban en ellas, y aun así, si se fijaban en las cualidades externas, lo hacían sólo en las que expresaran experien cias internas.
Entre indiferencia y aversión h ay poco trecho. En los P r o v e r b io s d e S a lo m ó n se expresa la convicción de la vanidad de lo bello: F allax g r a tm e t v a n a e s t p u lc h r it u -
d o (31, 3 0 ) 8. Tam bién en este caso podríam os buscar influencias griegas, tratando
tales ideas como resonancias del pensam iento escéptico, pero en la B ib lia el despre cio de la belleza es de hecho, más frecuente y de m ayor intensidad que en toda la filosofía griega.
Es sorprendente, por tanto, que la S a g r a d a E scritu ra hable de la b elleza sensible, de la belleza estética, al describir el árbol de la ciencia del bien y del m al; la V ulgata lo define como p u lc h r u m o cu lis a s p e c t u q u e d e l e c t a b il e cuando justam ente se trata de algo peligroso, algo que es fuente de las desgracias del hombre.
L a actitud negativa hacia la belleza expresada en el A n tigu o T e s ta m e n to , no tuvo m ayo r resonancia entre los cristianos ni im pidió que hubiese entre ellos personas que adoraban la belleza, viendo en ella un bien procedente de Dios y una prueba de su perfección. A quellas dos posturas opuestas frente a lo bello — lo bello es vanidad y lo bello es signo de la divinidad— aparecerán paralelam ente en la estética cristiana a lo largo de los siglos.
O tro rasgo característico de la actitud de los israelitas hacia el aspecto de las co sas fue el hecho de tratarlo com o un sím bolo. C onvencidos de que lo visible no es im portante p o r sí m ism o, sino porque representa lo invisible, creían que lo decisivo sobre la belleza del hom bre eran sus cualidades internas que se revelan exteriorm en- te a través de su cuerpo.
Los israelitas esculpían o pintaban a los profetas, el sacrificio de Isaac o a M oi sés en la zarza ardiente (aunque no lo hacían con frecuencia, según testim onian las
excavaciones del siglo III, realizadas en D ura Europos, a orillas del Eúfrates), con
el único fin de presentar las obras de D ios. M ientras los paganos pintaban y escul pían a sus dioses, los israelitas representaban en su arte los sím bolos y otras de su D ios. Los 'cristianos asum ieron algunos modelos de los israelitas y otros de los an tiguos, por lo que su actitud hacia la belleza y el arte adoptó un carácter directo en unas ocasiones'y sim bólico en otras, siendo am bas posturas expresadas en su estética.
O tra característica de la concepción israelita d é la belleza se m anifiesta en el C a n
ta r d e lo s C a n ta res. A l referir la h erm osura de la esposa se citan dos tipos de cua
lidades que la definen. Por un lado, la am ada es com parada con una torre y una ar m ería, que sim bolizan valores morales cgm o la castidad y la inaccesibilidad, es de cir, virtudes interiores que se revelan exteriorm ente. Por otro lado, la am ada ostenta cualidades que deciden sobre su gracia y su belleza: se la com para con flores y jo yas, con lo sabroso y arom ático, con la dulzura del vino y los arom as del Líbano, con azafrán, áloes y un pozo de aguas vivas.
Tanto las prim eras como las segundas cualidades, revelan una m anera de enten der la belleza distinta a la de los griegos.
4. L as i n t e r p r e t a c io n e s h e b r e a y g r i e g a d e la b e llez a . 1. Para los griegos las cosas tenían una belleza directa, m ientras que en el A n tigu o T e s ta m e n to se les atri buye una belleza indirecta y sim bólica.
2. Para los griegos, decidían sobre la belleza las cualidades de las cosas, m ien tras que en el A n tigu o T e s ta m e n to este papel corresponde a los efectos e im presio nes que las cosas suscitan en el sujeto.
3. Para los griegos, la belleza era, más que nada, visual, m ientras que en el A n
de sabores, olores y sonidos. Era ésta una belleza que se identificaba con un atrac tivo sensorial, que en el caso de otros sentidos es igu al o más fuerte que el visual. 4. P ara los griegos, lo bello era arm onía, es decir, disposición arm ónica de ele m entos, m ientras que en el A n tig u o T e s ta m e n to es propiedad de cada uno de los elem entos p o r separado. M ientras que para los antiguos la belleza residía en la unión de las cosas, en el A n tig u o T e s ta m e n to s e trataba justam ente de no unirlas y era con siderado bello lo p u ro y no m ezclado. El sol o la lu n a unicolores eran p ara los is raelitas más bellos que cualqu ier com posición crom ática, y otro tanto opinaban de la m úsica.
5. M ientras que para los griegos la b elleza estribaba en la forma, para los is raelitas la con stitu ía la intensidad de las cualidades, colores, luces, arom as o sonidos. P ara ellos, la belleza no residía en la form a ni en las proporciones perfectas, sino en lo que vive y obra, en la gracia y en la fuerza. «L os israelitas veían la m ayo r belleza en el deform e y terrorífico fuego y en la vivificante lu z » \
6. A p arte de la form a, los griegos m ostraban una gran sensibilidad p or el co
lor, m ientras que la sensibilidad de los israelitas se volcaba en la lu z; eran más sen sibles a la saturació n de luz que a los m atices y colores b.
Tam bién frente a dichos colores, era distinta su postu ra. M ientras se puede su poner que p ara los griegos el más bello color era el azu l, el color del cielo y de los ojos de A tenea, los israelitas ni siq u iera tenían para él — según aseguran los filó lo gos— un nom bre propio. Para los últim os, el color más bello era el rojo.
7. L a belleza griega de la época clásica era estática, una belleza hecha de sere
nidad y eq u ilib rio , m ientras que p ara los israelistas, desde el p rincipio, la b elleza era dinám ica, una belleza de m ovim iento, de la vida c y la acción.
8. La tesis fundam ental de los griegos, afirm aba que la belleza se encuentra en
la n aturaleza. P ara los israelitas, la herm osura de la naturaleza desem peñaba un p a pel m arginal.
9. Los griegos esculpían a sus dioses, m ientras que los israelitas tenían p ro hi
bida la representación plástica de su D ios. Lo concebían com o infigurable y , p o r tan to, la b elleza propiam ente dicha no p o d ía con stituir su cualidad. Bien es verdad que la B ib lia dice que Dios creó al hom bre «a su im agen y sem ejanza», pero esta im a g o
D ei no era com prendida como representación del aspecto corporal de Dios, sino
com o im agen corporal de un Dios inco rp óreo ; i m a g o era una forma de revelación y no una representación d.
A l D ios del A n tig u o T e s ta m e n to s e le atribu ían las m ayores virtudes, entre otras, la grandeza y la m agnanim idad, mas no estaba entre ellas la belleza. N o obstante, en el C a n ta r d e lo s C a n ta r es encontram os esta frase: o s t e n d e m i h i f a c i e m tu a m ... f a -
c ie s tu a s p e c io s a 9. Esta afirm ación será com patible con las opiniones sostenidas p or
los israelitas sólo cuando supongam os que la palab ra s p e c io s u s («h erm o so ») es em pleada en sen tido figurado, en un sentido aplicable a Dios, es decir, herm oso en el sentido de que provoca adm iración intelectual y no de que suscite adm iración sensorial.
a Bom an, op. cit.
b H . G uthe, K u r z e s B i b e lw o r t e r b u c h , T übingen, 1903.
c «D íe B ild lo sigk eit der Jahw ereligion erstreckte sich nicht nur auf Skulptur und G em álde, sondern auch auf das from m e B ew usstsein. Ihre V orstellungen von G ott w aren motorisch, dynam isch, aud itiv». (Boman, p . 92).
d O tra correlación de paralelos en las descripciones de H om ero y de la B ib lia fue expuesta por E. A uerbach en M im esis, t h e R e p r e s e n t a tio n o f B e a u t y in W estern L ite ra tu re , 1957 (el original alemán de este libro fue publicado en 1946).
Tam bién habló de la herm osura de Dios en un sentido diferente de la palabra Filón de A lejan d ría, un pensador vinculado estrictam ente al A n tigu o T e s ta m en to . Se gún el, lo divino y no creado es su perio r al bien y más hermoso aun que la herm o sura 1C. Este concepto sublim ado de la belleza entrará de lleno en la estética cristiana. R esulta evidente que el m odo de entender la belleza, m anifestada en el A n tigu o
T e s ta m en to , fue dictado por las condiciones de vida de los israelitas y por su reli
gión m onoteísta y , sobre todo, por las prohibiciones que ésta suponía.
5. La p r o h ib i c i ó n d e i m á g e n e s . M oisés p rohibió representar a D ios, así como a todo ser viviente. En los Libros de M oisés, la p ro hibición, form ulada de manera categórica y term inante, es repetida al menos ocho veces: Exod. 20, E xod. 20, 23;
Exod. 34, 17; L ev . 26, 1; D eu t. 4, 15; D eu t. 4, 23; D eu t. 5, 8; D eu t. 27, 15. En va rias ocasiones se prohíbe hacer d ioses; una vez, hacer esculturas o im ágenes de cual quier figura o «efigie de m ujer o h em bra», y cuatro veces más se prohíbe hacer es culturas de cualquier criatura viva o cualquier im agen de alguna cosa que «esté arri ba en los cielos, o debajo, en la tierra, o en el agua, o debajo de la tierra» n . Se prohibía así hacer cualquier tipo de im ágenes, pero especialm ente esculturas, tanto fundidas com o cinceladas o talladas. En una ocasión se m encionan ambos gé neros, prohibiéndose al m ism o tiem po las esculturas fundidas y talladas (D eu t. 2.7, 15) 12.
La finalidad de aquellas prohibiciones no deja lugar a dudas. Estas eran de ca rácter religioso y fueron introducidas para evitar la id olatría \
Lo inusitado fue su radicalism o, y a que abarcaban a todo ser viviente. Tam bién cabe su b rayar su eficacia: fueron observadas estrictam ente a lo largo de varios si glos, causando que los israelitas no tuvieran escultores ni pintores y que dejaran de cultivar las bellas artes.
O tra de sus consecuencias fue la dism inución de las necesidades estéticas del p ue blo. Si éstas hallaban una expresión, era m ediante la riqueza de la m ateria y no a través de la belleza de forma. E zequiel escribe: (28, 13) «D e toda p ied ra preciosa era tu vestid u ra; de corm alina, topacio, jaspe, crisólito, berilo y ónice». C om o ve mos, para los israelitas la m ayo r belleza consistía en lo precioso y lo fastuoso.
6. El l e g a d o d e la a n t ig ü e d a d . R esum iendo, podem os afirm ar que el A n tigu o
T e s ta m en to encierra tres ideas im portantes para la estética, que son: la belleza del
universo, el supuesto de que lo bello proviene «de la medida, del núm ero y del peso», y la convicción sobre la vanidad, e incluso el p eligro que im plica la belleza.
A quellas tres ideas y a las habían enunciado los griegos antiguos: la prim era cons tituía el tema helenístico de la p ankalía, la segunda, era la tesis pitagórica de la m e dida y la tercera, una de las tesis de los cínicos. Es probable que las prim eras dos tesis entraran en la B ib lia por influencia griega; la tercera, no obstante, es una in vención original del autor del E clesia stés.
A lgunos de los historiadores suelen llam ar 15 a la teoría de la medida «la teoría sa
piencial», es decir, propia del L ib ro d e la S a b id u ría , pero es obvio que la idea pro viene de la A ntigüedad y no fue inventada por los autores del L ib ro. M ás bien po dríamos buscar lazos más fuertes entre la B ib lia y la tesis de la p a n k a lía , ya que ésta, aunque concebida en la A n tigüed ad , adquirió en la S a g ra d a E scritu ra un
sig-' L. Pirot y A. Robert, D ictio n n a ir e d e la fíib le , suppl. vol. IV, 1949; ari. ¡d a le s , u lo ld i r i c por A. Gelin, pág. 169 y siguientes, ¡m a g a s por J. B. í :rey, pág. 199 y siguientes; véase también: I’ . Kieinert en
R e a le n cy k lo p a d ie f i i r p r a te s t a n t is ch í' T h e o lo g i e u n d K ire h e , vols. III y IV, 1897 y 1899. G. I;. Moore en t n c y c lo p a e d i a b lb lie a de C heyn e, vol II, 1901. A. I.ods en lin e y e lo p a e d ia a j r e lig ió n a n d l'.lh n s de Has-
ting, vol. V íí. I.. Bréhier, La q u e r e l le d e s im a g e s , 1904. J. Tixeront, H is to ire d es cío g tn es, vol. III, 1928. H. De B ruyne, F .sth étiq u e dit m a y e n A ge, í.o uvain, 1947.
niñeado que no había tenido para los griegos, y habría razones para considerarla como una d octrina propia de la B ib lia .
La estética cristiana se basó tanto en t\ A n tig u o T e s ta m e n to como en autores g rie gos. El hecho de que el A n tig u o T e s t a m e n t o — en algunos de sus libros, especial mente en la traducción de la V ersión d e lo s S e t e n t a — se inspirase en el pensam iento antiguo facilitó la fusión de ambas fuentes. N o obstante, existen tam bién en la es tética cristian a algunas contradicciones, incongruencias y cierta dualidad.
En ésta una estética que reconoce tanto la b elleza sim bólica como la directa, que adm ite la belleza de la luz y de la arm onía, la b elleza de la vida y la de la serenidad, una estética que ora ve en lo bello v a n a p u le h r i t u d o , ora una de las m ayores per fecciones del m undo.
T ertuliano era p artidario de p rohibir las im ágenes (por cierto, su justificación era d istin ta: qu ería evitar la falsedad que im p lica cada reproducción) mas la m ayo ría de los cristianos im itó a los griegos, cultivando las artes y representando no sólo ia creación sino tam bién al mismo C reador.
La d ualid ad de fuentes de la estética cristiana, sin em bargo, se reflejó en la prác tica, en los gustos y el carácter de sus obras de arte, porque en cuanto a la teoría y generalizaciones científicas, los cristianos siguieron a los antiguos.
Los prim eros cristianos vivían en el m undo helenístico y al plantearse proble mas estéticos aprovecharon los conceptos creados p or los griegos, muchos de los cua les, en aqu el entonces, y a se habían convertido en patrim onio común y se encon traban al alcance de todos. A sim ism o, los cristianos cultos conocían las doctrinas griegas más sofisticadas com o, por ejem plo, la teoría ecléctica de que la b elleza con siste en la disposición de las partes, igual que el más reciente sistem a de Plotino que afirm aba que la b elleza estriba en la lu z y el resplandor.
Pero com o la actitud religiosa de los cristianos rem itía todos los valores a Dios y su postura m oral som etía toda actividad del hom bre a fines m orales, los cristianos dieron a las ideas estéticas asum idas de la A n tigüed ad justificación y sentido diferentes.
El m undo es herm oso porque lo ha creado D io s; el mundo tiene su m edida por que D ios se la o to rgó ; la belleza es una vanidad frente a la eternidad y a los desig nios m orales que el hom bre ha de cum plir en su vida terrena.
En vista de tales prem isas, el paso a e la estética antigua a la cristiana — aunque los cristianos h ayan recogido las principales ideas de los griegos y de los rom anos— hizo que nacieran doctrinas nuevas, m otivadas no por el deseo de intro ducir en ella ideas origin ales sino por su nueva concepción del m undo.
7. El E v a n g e lio . La ideología de los cristianos se apoyaba, principalm ente, en el N u e v o T e s ta m e n to que contenía aún menos elem entos estéticos que el A n tigu o . H asta podríam os afirm ar que prácticam ente el N u e v o T e s ta m e n to carece del todo de ideas estéticas, aunque, por otro lado, la palabra «b ello » (k a lós) aparece en él en varias ocasiones.
San M ateo dice que un árbol da «b ello s» frutos (7, 17; 12, 33), que el sem brador
siem bra «b ella» sem illa (13, 27 ; 37, 38), y , especialm ente, que las obras son «b ellas» (5, 16). M as la belleza a que se refiere no es una belleza estética, sino única y ex clusivam ente m oral. Todo aquello es hermoso y bueno en el sentido cristiano, es de cir, en el sentido de obras realizadas por m otivos de am or y de fe. C uando el evan
gelista San Ju an habla de ó Jtot|xrjv ó xaÁ.05 (19, 11 y 14), lo debemos trad ucir sólo
com o «buen pastor» y no como «h erm oso». Lo mismo se refiere a los prim eros es critos de los cristianos donde xoX oq vó|xog es usado en el sentido de la «b u en a ley » y xaÁ-óg S iá x o v o í; significa «buen sacerdote (diácono)».
sólo una, que es la belleza m oral. La belleza en el sentido estrictam ente estético — como b elleza de aspecto o de forma—• carecía de im portancia, lo que no quiere decir que se prescindiera de ella o que se despreciara el aspecto hermoso de las cosas.
El Serm ón de la M ontaña (S. M a teo , 6, 28-29) dice: «C onsiderar los lirios del
cam po, cómo crecen: no trabajan ni h ilan ; pero os digo, que ni aun Salom ón con
toda su gloria se vistió como uno de ellos» .
El m undo corpóreo y su herm osura eran de cierta im portancia porque, como dice San Pablo, a través a e ellos el eterno poder y la divinidad se hacen visibles para la m ente. 14.
Los prim eros cristianos no encontraron en el E v a n g e lio afirm aciones estéticas precisas; en cam bio, hallaron en él indicaciones referentes a la postura que habían de tom ar frente a cada aspecto de la vida, la b elleza y el arte incluidos. Esa postura se basaba en la convicción de que los bienes eternos son superiores a los tem porales, que los bienes espirituales son superiores a los corporales y que los m orales predo minan sobre todos los demás.
El N u e v o T e s ta m e n to carece de teorías estéticas, pero indica qué ¡deas estéticas podían adm itir los cristianos como suyas. Y los pensadores cristianos no tardaron m ucho en poner en práctica aquellas indicaciones.
A. TEXTO S DE LA SA G RA D A ESCRITURA
LIBRO DEL GÉNESIS, 1,31 . 1 . K a l e íS e v ó S - e ó ? 'toc T távT a, 3<ra £7tofo)<rev x a í íS o ú x a X á X íav .
(V id itq u e D eus c u n eta, q u ae fec e rat, e t e ra n t v a ld e bona).
ECLESIÁSTICO, 39, 21. 2. T á ep ya xupíou TtávTa ím xaX a
LA BELLEZA DEL M UN D O 1. Y vio Dios que cuanto había hecho era bueno en gran medida.
2. Las obras del Señor son todas buenas.
3. Todo lo hizo Él apropiado a su tiem po.
(jtpóópa.
(O pera dom ini u n iv ersa b on a v a ld e ).
ECLESIASTÉS, 3, 11.
3. ctúv toc Ttávxa é n o í r ¡ aev x aX á év xaipcp auToü.
(C u n e ta fe c it b o n a in tem pore suo).
SALMO, 25, 8.
4 . xúpiE, Tiyarojcra cÚTtpÉTTEiav oíxou
crol).
(D om ine, d ile x i decorem dom us tu a e ).
SALMO, 95, 5.
éí;o|xoXóy7)<ti<; x a í d>paiÓT7]<; évmtiiov M ajestad y esplendor Le preceden.
aÓToS.
(M a je sta s e t decor p raeced u n t eum ).
5 . ’ E x y á p (XEyÉ&ou<; x a 't xaA A o v íji; X T t(j(xáT a)v áv aA ó ycd i; ó y e v e a to u p y c x ; aÚ TÜ v S -e u p e Í T c a .
(A magnitudine enim speciei et cre- aturae cognoscibiliter poterit creator horum videri).
LIBRO DE LA SABIDURÍA, 11, 21.
6. 7cávxa (xÉTpco x at ápt&ixü vjxi
tTTaS-(x£i StÉxa^ai;.
(Omnia in m ensura et numero et pon dere disposuisti).
ECLESIÁSTICO, 1, 9.
7. xúptoí aÚTO<; £jmaev <xÚtí¡v xat
eíS e xa't éi;7¡pí'9'[X7¡(jev aúr/jv.
(lile creavit illam in Spiritu sanoto et vid it, et dinum eravit, et mensus est).
PROVERBIOS DE SA LO M Ó N , 31, 30.
8. tpEuSetí ¿peaxEÍát, x a t [xá-ccaov
xóíXkoi;.
(F allax g ratia et v an a est pulehritudo).
CANTAR DE LOS CANTARES, 11.
9. Ostende mihi faciem tuam et auditum fac mihi vooem tuam , quo niam vo x tu a s u a v is est mihi et faoies tu a s p e c io s a .
F IL Ó N DE ALEJAN D RÍA,
LEGATIO AD GAIUM, 5.
10 . T o áyéwjTOv x a t íletov ó p av ...
t o xpeÍTTOv [xev áyafl-oü, xáXXtov Se
zr/Aou.
L IBR O DEL ÉXODO, 20, 4.
1 1. Oú TroiY¡(jei<; (TEaUTÜ etSuAov.
oúSe 7tavTÓi; ó[xoíu[xa otra ¿v T¿p oúpa- (i¿o ava) x a l o a a Év Trf\ yfj x á-ru x a l 6<ja Év
t oÍi; üSatrtv Ú7coxáTM tt]<; yvj<;.
LA BELLEZA DEL M UN D O REVELA AL CREAD O R
5. Pues por la grandeza y hermosura de sus criaturas se puede contemplar analógica mente a su Creador.
EL M U N D O DEBE SU BELLEZA A LA MEDIDA, EL N ÚM ERO Y EL PESO
6. Todo lo dispusiste con medida, núme
ro y peso.
7. Es el Señor quien la creó, la vio y la distribuyó.
LA VANIDAD DE LA BELLEZA. 8. Falsos son los encantos y vana la be lleza.
LA BELLEZA DE DIOS
9. Muéstrame tu rostro y hazme oír tu voz, porque tu voz me es dulce, y tu rostro hermoso.
10. Ver lo divino y lo no creado... lo que es mejor que el bien y más hermoso que la hermosura.
EN CO N TRA DE LAS IMÁGENES 11. N o harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas bajo tierra.
(Non faoies tib i sc u lp tile n eq aeo m n e m sim ilitu d in em q u ae est in coelo desuper et qu ae in té r r a deorsum nec eorum qu ae su n t in a q u is sub térra).
L IB R O DEL D E U T E R O N O M IO , 27, 15.
1 2. É7uxaTápa-ro<; av^-pomoi; fieme;
7roivjaEi yAutitóv x at ^uveutÓv, pSÉAuy(xa y.upía), Epyov ^Etpüv tex v itu v . (M aled ictu s hom o, q u i f a c it scu lp tib ile e t co n flatib ile, abom in atio nem Do m in i, opus m an u u m artificum ).
EVANGELIO DE SAN MATEO, 5, 28.
13. C on sid érate lilia a g ri quomodo crescu n t: non la b o ra n t ñeq ue nent. Dico a u te m vobis q u on iam nec Salo - m on in om ni g lo ria su a coopertus est s ic u t u n u m ex istis.
SAN PABLO APO STO L,
A L O S ROM A N O S, 1, 20.
14. I n v is ib ilia enim ip siu s a crea- tu ra m u n d i. p er ea q u a e la c la sunt. in te lle c ta con sp iciun tur.
12. M aldito e! hombre que haga una obra esculpida o fundida, producto de manos ar tífices, abominación para e! Señor.
LA BELLEZA DE LA NATURALEZA 13. M irad los lirios del campo, cómo cre cen; no se fatigan ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos.
DIOS VISIBLE EN LA CREA CIÓ N 14. Porque desde la creación de! mundo lo invisible de Dios se hace mentalmente vi sible a través de sus criaturas.
3. LA ESTETICA DE LOS PADRES GRIEGOS DE LA IGLESIA
1. L os P a d r e s d e la I g le s ia . Los escritores cristianos, sobre todo los prim eros, preocupados p or cuestiones de religión y vida cristianas, no reparaban en los p ro blemas de lo b ello y del arte. En algunos casos, sin em bargo, no tuvieron más re medio que expresar su opinión sobre cuestiones estéticas, especialm ente las que plan teaba la S a g r a d a E scritu ra . Y como la B ib lia no im ponía ninguna actitud concreta, las opiniones de los Padres de la Iglesia al respecto podían ser positivas o negativas. Para unos, com o T ertuliano , la laDOr del artista (a r tífic e s sta tu a r u m e t im a g m u m ) era obra del diablo. Pero sem ejantes opiniones constituían una m inoría. La m ayor parte de los prim eros escritores cristianos había sido educada en escuelas griegas v presentaba una actitud benévola hacia la belleza artística así como hacia la ae la naturaleza.
Las posturas estéticas de los cristianos de O riente cristalizaron antes que las de O ccidente. Los com entarios a la B ib lia y , en especial, al L ib ro d e l G én esis escritos por doctores de la Iglesia ofrecían la posib ilidad de desarrollar y p rofundizar en sus ideas. V arios de los Padres griegos, activos en 'O rien te, se ocuparon de los proble mas de lo bello y del arte. D estacan entre ellos C lem ente de A lejandría (que perte
nece aún al siglo III a. C .), maestro de la escuela catequética, conocedor extraordi
s¡-glo IV : San A nastasio (299-373), p atriarca alejan d rin o ; G regorio N acianceno (330 h. 390), obispo de N acianzo y C onstan tino p la y , el más célebre de ellos, San Basilio de Cesarea*.
2. S a n B a silio . San B asilio (329-379), Padre de la Iglesia griega, llam ado Ba
silio el G rande, obispo de C esarea, aunque era más sacerdote que erudito de voca ción, cursó am plios estudios seglares en las escuelas de C esarea, B izancio y Atenas. G regorio N acianceno,, con quien le un ía gran am istad, se m ostraba grandem ente ad m irado p o r sus profundos conocim ientos de filosofía, gram ática, astronom ía, geo m etría y m edicina. E l mism o B asilio escribe que trataba con poetas, historiadores, oradores y filósofos. En los círculos intelectuales de Atenas, los más destacados y activos en aquel entonces eran los m aestros de retórica, a quienes B asilio debía su conocim iento de la literatu ra griega, de la obra de P itágoras así como de las d octri nas sofistas, de Sócrates y de Platón. Todo lo que había aprendido de ellos, Basilio lo reun ió con las enseñanzas del E v a n g e lio y con las ¡deas del A n tig u o T e s ta m en to .
En sus escritos d istinguim os dos corrien tes: la griega y la cristiana. A dem ás, la griega tiene dos facetas: p o r un lado, se refleja en ella la estética eclectica y , por otro, la más reciente estética neoplatónica. A l form ular sus principales tesis estéticas Ba silio se inspiró en el G én esis, mas su argum entación la tom ó de los filósofos griegos. Igu al que otros padres de la Iglesia G riega, San B asilio no dejó ningún tratado de dicado exclusivam ente a la estética, pero sus escritos, su H o m ilía a H e x a e m e r o n en p articu lar, contienen tantas opiniones acerca de la b elleza y del arte que en base a ellas se puede deducir una teoría estética de carácter bastante com pleto b.
3. L a lu z y la v ista . San B asilio asum ió el concepto griego de la belleza. Era el su yo un concepto dualista, en el que se reflejaban las dos corrientes principales de la estética griega, predom inando ora la una ora la otra. P or u n lado, y conform e a las ideas de los pensadores antiguos, San B asilio sostiene que la b elleza consiste en una relación conveniente de partes y p or tanto es propia de los objetos com pues tos. En otras ocasiones, siguiendo a P lotino, ve la belleza como propiedad de las co sas sim ples.
A l expresar el prim ero de los conceptos — conocido p o r la doctrina estoica, ecléc tica y ciceroniana'—• San B asilio afirm a que la belleza consiste en la com posición de los elem entos, su disposición y su congruencia. En este caso, parte de la definición de los estoicos según la cual la b elleza corpórea deriva de la m utua proporción de las partes y del color conveniente '.
Es una estatua, ninguna de las partes es b ella p o r sí m ism a; separada del resto, pierte su valor estético; una estatua es bella sólo en su totalidad. U n brazo separado del tronco, un ojo apartado de la cara, cualqu ier m iem bro separado de la estatua, nunca parecerán bellos. Pero al ser colocados en su lugar, lucirán su herm osura, que deriva de la proporción entre ellos y la totalidad. Todo esto se refiere no sólo a la belleza de las estatuas sino que atañe tam bién a los cuerpos vivos, a hom bres y anim ales 2.
En otras ocasiones, San B asilio em plea la argum entción de P lotino y sostiene que la b elleza reside tam bién en las cosas sim ples, así que no consiste en una
reía-a Lreía-as obrreía-as más com pletreía-as concernientes reía-a lreía-as idereía-as estéticreía-as de lreía-a preía-atrísticreía-a son lreía-as d e: E. De B ru y ne, E s th é tiq u e p a ie n n e , e s t h é t i q u e c b r é t i e n n e . A p r o p o s d e q u e lq u e s tex tes p a tr is tiq u e s , en «R evue Inte n c ió n a le de Philosophie», n.° 31, 1955, pp. 130-144. G e s ch ie d e n is v a n d e A esthetica, 1951, vol. III, Q. C atau d ella, E stética cr istia n a en el trabajo colectivo: M o m e n ti e p r o b le m i d i s to r ia 'e s té tica , 1959 A nto lo gía de textos: R. M ontano, L ’e s te t ic a n e l p e n s i e r o cr is tia n o (en: G ra n d e A n to lo g ía F ilo s o fía , vol. V, 1954, pág. 151 y siguientes)
ción o proporción. El oro es herm oso no p or su proporción sino por su color, el sol o el lucero son bellos por su centelleo. De esta suerte, la luz y el b rillo deciden, en el m ism o grado que la arm onía, sobre la belleza de las cosas .
San B asilio com prendía que las afirm aciones de Plotino eran incom patibles con las de C icerón, pero como estaba dispuesto a darles la razón a ambos, trató de com p aginar sus teorías, fundiéndolas en una so la: seguro de que la lu z es bella a pesar de ser una substancia uniform e en cuyas partes no h ay proporción alguna, esto no contradice la tesis de que la b elleza consiste en la proporción. La lu z tam bién posee su propia proporción así como sus relaciones adecuadas. No es ésta una relación de las partes entre sí sino la que m antiene en relación a los órganos de la vista 1, y la belleza depende, entre otras cosas, de dicha relación.
San B asilio, intentando encontrar un térm ino medio entre ambas tesis, llegó a un tercer concepto. U n concepto que, visto desde cierta perspectiva histórica, era de bastante im portancia, y a que intro ducía en el concepto de belleza el factor sub jetivo. Es verdad que la belleza se encuentra en el mundo exterior, en la lu z, en el color y en la form a, pero para captar la belleza de la lu z, del color y de la forma es indispensable la vista o, en térm inos generales, es preciso que todo ello sea captado por el sujeto. El pensador cristiano advirtió este fenómeno con más perspicacia que los estéticos de la época clásica, lo cual — p or otro lado— es natural. Su actitud re ligiosa h izo que concentrara la atención en el m undo interior más que en el exterior, obligándole a fijarse en el sujeto más que en los objetos.
4. R e la c ió n e n t r e la b e lle z a y la fin a li d a d . ¿En qué consiste la belleza de las cosas? Sobre todo, en el hecho de que son gratas a la vista y el oído. N o obstante, los prim eros cristianos, al hablar de la b elleza pensaban en algo más. Si el mundo es herm oso, com o lo repite en varias ocasiones el L ib ro d e l G én esis, no es porque guste a los sentidos sino porque ha alcanzado los objetivos para los cuales ha sido creado, es decir, el mundo es bello p or su finalidad. C ad a cosa p articular es hermosa en la m edida que cumple su finalidad, es herm osa en la medicla que presta sus ser vicios, en la m edida de la perfección con que realiza las tareas que le han sido asignadas 3.
En vista de lo anterior, la belleza puede ser entendida de dos m aneras: como una belleza directam ente sensible y como una belleza que consiste en la correspon dencia con su finalidad. San B asilio explica esta dualidad citando com o ejemplo el mar. Por un lado, describe la belleza directa que com place la vista y , por otro, afir ma que su herm osura reside tam bién en el hecho de ser el m ar fuente de humedad y un enorm e alm acén de aguas, ú til económ ica y socialmente, una com unicación en tre continentes que facilita el com ercio y proporciona diversas riquezas.
L a intención de aquella argum entación era teológica, más su contenido no resulta indiferente para la estética. Y a los antiguos habían justificado la b elleza de algunas cosas diciendo que eran a p ta , o sea, convenientem ente construidas y que correspon dían a su fin. San Basilio, p o r su p arte, advierte esta clase de belleza n o sólo en los objetos p articu lares sino tam bién en el universo, concebido, por cierto, como to talid aa.
De este modo la finalidad, que para los antiguos constituía com o m ucho una de las m anifestaciones de la belleza, se convirtió para San Basilio en una característica necesaria. O tras cualidades de lo bello, com o el orden, la proporción y la disposi ción arm ónica de las partes así com o los efectos positivos ejercidos sobre la razón y los sentidos y el hecho de propo rcion ar p lacer, h an llegado a ser m arginales y se cundarias frente a su característica fundam ental, que seria la finalidad.
El hom bre es propenso a ju z g ar la b elleza según el placer experim entado por los sentidos, pero — según afirm a San B asilio—• esa tendencia no es sino consecuencia
de su im perfección. Si no fuera p or ella, el hom bre ju zg aría la belleza de las cosas en base a su finalidad, como indudablem ente lo hace D ios.
De esta afirm ación se desprende que h ay dos clases de b elleza: una para el hom bre y otra para D ios; es decir, existe una belleza superficial y otra verdadera, una b elleza subjetiva y otra objetiva.
Y fue ésta no sólo la convicción p ro pia de San B asilio sino de todos los escrito res cristianos de los prim eros siglos de la Edad M edia.
5. L a p a n k a lia . El m undo, en todos sus aspectos, tiene una finalidad. San Ba silio escribe que en la creación ni h ay nada que sobre, ni falta nada que sea necesa rio . «N ad a fue hecho sin m otivo o p o r casualidad; todo contiene una inefable sabi d u ría» 4. Y dada su finalidad, el m undo es bello.
A l profesar la finalidad y la belleza del m undo, San B asilio repetía la tesis de la
p a n k a lia introducida en el L ib r o d e l G én esis, igual que lo hacían los restantes P a
d res, especialm ente los griegos. Fue éste un concepto estético com ún de la p atrísti ca. La p a n k a lia ya había sido prego n ada por los filósofos antiguos — sobre todo por los estoicos— mas ahora llegaDa a ocupar un lugar predom inante en el cam po de la estética, siendo concebida teleológicam en te: el m undo es herm oso no en el sentido de que guste siem pre y agradece a todos, sino porque está hecho con una finalidad.
Si el m undo es bello p o r su fin alid ad , en ello se parece a una obra de arte. San B asilio escribe: «C am inam os por el m undo com o si visitáram os un taller en el que el escultor divino exhibe sus m aravillosas obras. El Señor, artista y creador de estas m aravillas, nos incita a su contem plación» 5. D ios es concebido a sem ejanza del ar tista, m ientras que el m undo es tratado com o un objeto destinado a la contem plación. Son éstas unas ideas que señalan lo cerca que estaba aquel Padre de la Iglesia de adoptar un punto de_ vista detem inantem ente estético.
La idea de que el m undo es obra de un artista y que su belleza se parece a la de una obra de arte, no es ajena a los filósofos antiguos. A sí la divulgaron , entre otros, C iceró n y P lutarco, pero fueron sólo los cristianos quienes h icieron de ella un con cepto predom inante y generalm ente aceptado, que encontram os en el L ib r o 'd e la S a
b id u r ía , en la obra de San B asilio, en San A tanasio y San C lem ente, así com o en el
pensam iento de los Padres latinos com o Ju stin o y Lactancio. Ju n to con el de la p a n -
k a lía fue éste un elem ento típico de la estética ae la patrística. En cierto m odo, in
clu so com plem entaba la idea de la p a n k a lia : el m undo es herm oso y además lo es d e la m ism a m anera que las obras de arte.
D ada la m entalidad de los an tiguo s, a éstos les era más fácil advertir las diferen cias entre el arte y la n aturaleza que sus afinidades, y cuando decidían hacerlo, más bien concebían el arte a sem ejanza de la n aturaleza que viceversa. A sí so lían afirm ar qu e una obra de arte es com o la naturaleza porque la im ita. En cam bio, los Padres de la Iglesia, San Basilio incluido, afirm aban que la naturaleza es com o una obra de arte que revela el talento artístico de su creador. En una obra de arte no sólo se ve
la obra m ism a sino tam bién al artista 6 y hace m al el que adm irando una construc
ción se olvida del arquitecto 7, dice San A tanasio, aplicando el m ism o razonam iento al hablar de la naturaleza.
N o fue aquel un cam bio de actitud inesperado si tom am os en cuenta la m anera de pensar de los cristianos, que m iraban la n aturaleza como obra divina y no como una entidad en sí.
Para los Padres de la Iglesia, el m undo era herm oso, mas no lo era p or sí m ism o, sin o p or ser obra de Dios, caracterizándose por la finalidad, el orden y la arm onía. «D io s es causa de todo lo bello» s, escribe C lem ente de A lejan d ría, y San A tanasio añ ad e: «la C reación, cual las palab ras de un libro, rem ite por su com posición y su arm onía al Señor y C read or» , lo que significa que la p a n k a lia , la tesis de la belleza