Al revisar varias de los momentos analizados en el capítulo anterior, se puede encontrar que en todas ellas se asiste a un relato subjetivo de un personaje que integra en su totalidad las vivencias de su vida. Ismael nos revela su mundo de la vida en la novela, y en esa revelación se encuentra condensado el flujo de vivencias que se integran con la
violencia que Rosero quiso mostrar en su obra. Aquí se reafirma que esta narración no es mera anécdota de las víctimas de la violencia, pues en los instantes trascendentales de la obra se logra reunir en un todo, la vivencia del erotismo y el extrañamiento con la
sensación de la muerte y la violencia siempre cercana y latente en el relato. En este sentido cabe afirmar que los ejércitos ya forman parte del San José representado por Rosero en voz de Ismael Pasos. Esta totalidad unitaria es constituyente así mismo del fenómeno poético en tanto se percibe un “contacto conmovedor y una mediación irremplazable” (Beguin; 1987, p. 163) que logra presentarnos la violencia para ser imaginada y sentida desde el punto de vista de los que la sufren y son incapaces de integrarse a su dinámica. Es el contacto que nos ofrece Rosero por medio de su personaje, con las víctimas de una violencia
El autor de la obra, en una entrevista (2007), afirma que escribió la obra como una forma de exorcizar el dolor que lo apabullaba cuando veía los muertos que no dejaban de aparecer en las noticias. Esta afirmación dice que la obra es en sí, la respuesta sensible del escritor a un fenómeno cruel y absurdo como el que se presenta en Colombia cuando un pueblo es señalado por alguno de los ejércitos como objeto de sus intereses. En la obra se aprecia que esto es casi como una sentencia para sus habitantes, no hay manera de escapar. La estructura del relato nos permite captar ese sufrimiento, esa desubicación espacial y temporal de los que se quedan desprotegidos e invisibilizados, pues en ellos se configura el relato del sujeto migrante, que “(…) es radicalmente descentrado, en cuanto se construye alrededor de ejes varios y asimétricos, de alguna manera incompatibles y contradictorios de un modo “no” dialectico” (Cornejo Polar, citado por Valero; 2004, p. 30). En la novela ya se advierte este “desplazamiento” de valores y creencias en el personaje-narrador, reflejado en las alteraciones que padecen su percepción y evaluación del mundo, las cuales fueron desdibujadas por los acontecimientos que han roto la tensión que había existido previamente entre la incertidumbre y la cotidianidad de Ismael en un pueblo al que la guerra visitaba ocasionalmente.
(…) vienen a indagar qué nos espera, el alcalde y el personero no se encuentran en la alcaldía, no hay nadie en las oficinas del concejo municipal, ¿dónde están?, ¿qué vamos a hacer?, ¿cuánto durará? la incertidumbre es igual para todos; el padre Albornoz replica abriéndose de brazos, ¿qué puede saber él?, les habla como en sus sermones, y tal vez tiene razón, poniéndose en su lugar: el temor de resultar mal interpretado, de terminar acusado por este o ese ejército, de indigestar a un capo del narcotráfico —que puede contar con un espía entre los mismos feligreses que lo rodean— ha hecho de él un concierto de balbuceos, donde todo confluye en la fe, rogar al cielo esperanzados en que esta guerra fratricida no alcance de nuevo a San José, que se imponga la razón, que devuelvan a Eusebio Almida, otro inocente sacrificado, otro más, (Rosero; 2007, p. 53- 54)
(…) escucho las primeras gotas de lluvia, gordas, aisladas, caer como grandes flores arrugadas que estallan en el polvo: el diluvio, Señor, el diluvio, pero cesan de inmediato las gotas y yo mismo me digo Dios no está de acuerdo, y otra vez la risa a punto, a punto, es tu locura, Ismael, digo, y cesa la risa dentro de mí, como si me avergonzara de mí mismo. (p. 102)
En suma, el sujeto afectado por la violencia es transformado, pero a diferencia de otros relatos en los que se contraponen mundos como el de la modernidad urbana y la ruralidad para enfatizar en la desterritorialización de la persona que ha sido víctima, como ocurre en el relato de Ángela en “Desterrados” de Alfredo Molano (en Valero; 2004, p. 34), Ismael ya se siente extraño en su propia tierra. Aunque nunca abandona San José, no logra reconocerse en su propio pueblo, porque ya no es su pueblo, es el escenario de la guerra y la muerte, y es lo único que predomina en las experiencias narradas por Ismael una vez que se pregunta “¿a merced de quién hemos quedado?” (Rosero; 2007, p. 98).
Dentro de esta fatalidad consolidada, Rosero expresa en voz de Ismael esta
experiencia del desarraigo que enmarca la pérdida y la transición de la vida a la muerte en la novela. Un desarraigo que deja a la persona descubierta frente a la imposibilidad de integrarse al nuevo mundo, o de constituir un mundo posible que permita dejar atrás la vivencia de la guerra como un eterno presente que lo consume todo. No hay contraposición entre mundos culturales disímiles, pues no hay un mundo al cual le sea posible vivir siendo Ismael Pasos.
En la primera curva de la carretera los veo desaparecer. Se van, me quedo, ¿hay en realidad alguna diferencia? Irán a ninguna parte, a un sitio que no es de ellos, que no será nunca de ellos, como me ocurre a mí, que me quedo en un pueblo que ya no es mío: aquí puede empezar a atardecer o anochecer o amanecer sin que yo sepa, ¿es que ya no me
acuerdo del tiempo?, los días en San José, siendo el único de las calles, serán desesperanzados. (p. 106)
Encontramos en la escritura de Rosero el reflejo de la violencia sentida y contada desde la experiencia del desarraigo, la migración hacia ningún lado, la desesperanza que hace visible el sufrimiento de la víctima en el momento en que esta es afectada a partir de la experiencia de la desaparición de su ser querido. La esencia de la novela se halla al
encontrarse con la realidad de la guerra ahora cercana al campo de la experiencia sensible del lector, que muestra en su aspecto más oculto e inexplorado la posibilidad de visibilizar a la víctima como persona.