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En este apartado se retoma el análisis de la temporalidad relacionado con la memoria y el olvido dentro de la obra, como referentes que significan la superación de la fatalidad a través de la transposición del relato de los desaparecidos y los muertos por la guerra que el autor muestra en la novela.

Como ya se ha dicho, dentro de la obra la temporalidad reflejada en la memoria de Ismael se evidencia al desdibujamiento del sujeto que sufre la guerra, en tanto que es incapaz de superarla por cuanto se siente integrado a ella. Los recuerdos del personaje siempre están ligados a la violencia, y en ellos la constitución subjetiva de Ismael es también producto de la violencia misma. Si tenemos en cuenta que “El presente desde la

posibilidad de resignificar el sentido de ese pasado y poder dejarlo atrás, y el futuro, desde las potencialidades y/o los beneficios de la memoria, al permitir poner el acento en el futuro” (Blair; 2005, p. 15), la memoria es fundamental en tanto permite reconocerse en experiencias pasadas que significan el presente, del mismo modo en que a partir de las actuaciones que se realizan sobre el pasado recordado en el futuro se puede superar el pasado, es decir, vivenciarlo no como presente viviente que se actualiza, sino como parte de una experiencia que sirve de base para constituir una actitud reflexiva en perspectiva de futuro.

Sin embargo, en la novela se aprecia cómo “la violencia de hoy estaría cargando con la no inclusión de la VIOLENCIA en el pasado y su percepción de presente perpetuo” (Blair T.; 2005. p.17). Al actualizarse y recrudecerse la guerra, no es posible dejar la vivencia de la misma atrás, temporalizar la experiencia en función del recuerdo evocado, y no de la vivencia que se evoca. En la obra, la sobrecarga de acontecimientos violentos modifican los recuerdos de Ismael, en tanto estos se cargan de una actitud desesperanzada hacia el futuro que desplazan las actitudes características del personaje en el comienzo del relato, lo que también impide resistir por mucho tiempo a la incertidumbre que genera el sitio invisible de los ejércitos.

En este sentido se puede afirmar que la violencia atraviesa la temporalidad de Ismael en su vivencia del sufrimiento provocado por la guerra. La evaluación del mundo que hace Ismael se hace cada vez más sombría en tanto esta se nutre de las experiencias sufridas, a la incertidumbre por el paradero de su esposa, al enfrentamiento constante con la

muerte representada en los combatientes empoderados del pueblo, en el pueblo mismo como escenario de la violencia incomprensible.

Aún con todo, la configuración del relato en sí cumple una función esencial, ya que al estar presentadas las vivencias anímicas y emocionales de la guerra que se sufren el relato. En ellas es posible acercarse a la experiencia estética de la novela por medio de la presentificación en tanto que “se funde en el instante de la vivencia y, se hace reveladora o portadora de verdades trascendentes” (Guevara; 2014, p. 112)

En el caso concreto de Los ejércitos, la experiencia del relato de los horrores de la guerra contados desde las vivencias de un profesor cuyo ethos moderno permite observar reflexiva y anímicamente la guerra invisible en Colombia, y al mismo tiempo, superar el dolor que el escritor sintió al momento de escribir su obra transmitiendo en sus palabras la vivencia de la guerra, vivencia que afecta al lector que siente como el relato enuncia una realidad que estuvo olvidada y que ahora emerge en su plena imagen cargada de las sensaciones de resistencia y de desesperación presentes en el relato de Ismael Pasos. Aquí el pasado se hace presente, la vivencia se actualiza en la conciencia del lector para

configurar en su subjetividad un espacio para recordar a las víctimas de la guerra y permitirse reflexionar sobre la indolencia que caracteriza a la sociedad colombiana.

Nuestros olvidos no son accidentales, pues "el olvido puede estar tan estrechamente unido a la memoria que puede considerarse como una de sus condiciones" (Ricoeur; 2003, p. 546). Bajo este precepto es posible pensar en esta obra como la apertura de nuestra conciencia, de un país y de sus absurdos, de una guerra que a la luz de este relato puede ser vista más allá de sus connotaciones políticas y económicas, o desde las diversas

justificaciones que tienden a encubrir la dimensión sensible del conflicto en Colombia y posibilita el acercamiento a sus víctimas, a su sufrimiento y a su propio extrañamiento. Esa experiencia nos trae a la memoria la experiencia sensible e un relato ficticio que se sabe próximo y quizá, más cercano a la realidad, en tanto es posible comprender un mundo de horror que la obra literaria nos presenta que está ahí, y del cual es posible hacer propio el dolor de las víctimas. Esta vivencia posibilita la construcción de la memoria a través de aquellas personas representadas por Rosero, una memoria cuyo referente es el pasado hecho presente para movilizar una reflexión en perspectiva del futuro sobre la violencia y sus consecuencias en la fragmentación de la sociedad colombiana, y la naturalización de los hechos violentos que ocurren en San José, así como en cualquier otro pueblo de Colombia.