¿P
or qué a algunos les cuesta identi- ficar rostros? ¿Por qué el alimen- to que a unos encanta lo consideran vil otros? Hemos nacido con dos ojos, dos oídos, una nariz, una lengua, un meca- nismo de equilibrio en el oído interno y una capa de piel rebosante de sensores de todos los tipos. Poseemos un cerebro con las conexiones correctas que no cesa de ir mejorando su capacidad de proce- sar e interpretar el aluvión de datos que esos instrumentos le suministran. Del complejo mundo de los sentidos se ocu- pa John M. Henshaw, en un esclarecedor recorrido que se inicia en el momento en que un estímulo los excita y arriba hasta nuestra interpretación de dicha reacción, pasando por el propio órgano del senti- do. Cómo vemos, oímos, tocamos o sa- boreamos y olemos, nos retrotrae a una categorización quíntuple que inauguró ya Aristóteles (384-322 a.C.), en cuyo Deanima se propuso demostrar por qué no
había un sexto sentido más allá de la vis- ta, oído, olfato, gusto y tacto. De acuerdo con su razonamiento, para cada sentido tenía que haber un órgano y, puesto que solo disponemos de cinco órganos, habría
cinco sentidos, ni uno más. A Tour of the
Senses amplía el horizonte sensorial y
describe las técnicas actuales de percep- ción artificial.
Cada sentido es un instrumento de enorme finura, suma eficiencia y amplia versatilidad, que convierte estímulos ex- ternos en señales eléctricas que operan en nuestra conciencia a través de nuestro sistema nervioso central y el cerebro, el ór- gano más maravilloso. Los ojos distinguen millones de colores, reconocen rostros ins- tantáneamente, funcionan en condiciones que van de una cerrada obscuridad a una luminosidad intensa. Se percata, sin ayu- da, de sutiles diferencias entre menores que un grano de arena. Apoyado en los oídos, el cerebro diferencia entre ondas sonoras cuya presión y frecuencia varían en un rango muy extenso. En el oído inter- no, un conjunto de instrumentos bañados en un fluido registra con notable fidelidad los movimientos de la cabeza. Sin partes externas visibles, ese sistema vestibular es seguramente el menos apreciado de los órganos de los sentidos, aunque su misión difícilmente podría resultar más vital. El oído externo canaliza las ondas sonoras
hacia el oído medio donde se alojan las células pilosas.
Nariz y lengua operan a veces de forma concertada. Reparan en las moléculas en razón de su olor y sabor. La nariz conoce hasta diez mil olores, nos protege del pe- ligro y refuerza nuestra calidad de vida. La lengua previene al organismo de los venenos disfrazados como alimentos, amén de ser un órgano que produce un inmenso placer sensual. El tacto es el sentido más extenso. Abarca la mayor parte del organismo: allí donde hay piel. Presenta su sensibilidad más intensa en la punta de los dedos, que le permite al ciego leer y a cualquiera distinguir entre miles de texturas diferentes. Pero eso es solo el comienzo. Los receptores de la piel y de otras partes sienten también la temperatura, el dolor y, de enorme inte- rés, la posición de las diversas partes del cuerpo.
A lo largo de buena parte de la historia de nuestra especie, los sentidos natura- les no han conocido rival en su capaci- dad para aportar información. Ninguna innovación humana ha podido superarles. Aunque la situación está comenzando a cambiar con el desarrollo creciente de apa- ratos de registro cada vez más refinados. Algunos, pensemos en el implante coclear, ayuda a restablecer una capacidad senso- rial deficiente o perdida, del interior del organismo humano. Otros, y aquí la lista es muy larga, operan de forma indepen- diente, como los sistemas automáticos de reconocimiento del rostro para identificar a terroristas. Tamaña y prometedora re- volución en la instrumentación sensorial transformará la vida de personas con dis- capacidad.
Con todo, la tarea de educar y proteger a nuestros sentidos es más importante que nunca, ahora que tendemos a minusva- lorarlos con el recurso a las máquinas. Su mecanismo de acción comprende tres pasos importantes que articulan la obra de cabecera: estímulo, sensación y per-
A TOUR OF THE SENSES. HOW YOUR BRAIN INTER- PRETS THE WORLD, por John M. Henshaw. The Johns Hopkins University Press, Baltimo- re, 2012.
cepción. Vivimos en un mundo sembrado de estímulos sensoriales. Tantos, que nos abruman. Las ondas electromagnéticas nos llueven desde todas las direcciones; el aire que respiramos se encuentra en vibración constante y está lleno de molé- culas orgánicas e inorgánicas complejas. Los estímulos que los humanos, otros animales y las máquinas realizadas por el hombre pueden detectar, se dividen en tres grandes categorías: estímulos electro- magnéticos, estímulos químicos y estímu- los mecánicos.
Hace tiempo, los organismos comenza- ron a adquirir por evolución capacidades sensoriales. Diferentes estímulos deman- daban diferentes instrumentos. Andando el tiempo, estos instrumentos u órganos fueron adquiriendo un alto grado de es- pecialización en los humanos y en otros animales, aunque no siempre en la misma dirección.
Los resultados de esas sensaciones, los datos recogidos, constituyen el comien- zo de cuanto conocemos. Mas no sirven de mucho sin un procesamiento a fondo. Ahora bien, contamos con extensas áreas del cerebro consagradas a tareas relacio- nadas con la adquisición, filtración, trans- formación, reconstrucción, integración y organización de la información recogi- da en los procesos de sensación. ¿Cómo podríamos, si no, identificar el llanto de nuestro hijo perdido en la cacofonía de una estación de tren? A esto le llamamos percepción. Pero esa cadena secuencial de estímulo-sensación-percepción puede romperse y surgen graves deficiencias o limitaciones.
La piel contiene receptores muy dis- pares, asociados a cuatro tipos de sen- tidos: tacto, temperatura, dolor y perca- tarse del propio cuerpo o propiocepción. Esta última se relaciona con los sensores que nos permiten determinar dónde se encuentran cada parte del organismo en un momento dado. Importa desta- car, asimismo, el sistema vestibular, un conjunto de mecanismos que sienten el movimiento del cuerpo y, en particular, de la cabeza. El sistema vestibular nos permite guardar el equilibrio. Por eso mismo, a modo de resumen, extendemos a nueve el número de los sentidos: vista, oído, gusto, olfato, tacto, temperatura,
dolor, equilibrio y conciencia del propio cuerpo.
El avance de la técnica y de la fisiología ha posibilitado los primeros pasos en el camino de la superación de las limitacio- nes de los sentidos. En el bien entendido de que un implante coclear no es un mero apoyo a la audición. Los audífonos y las gafas solo pueden potenciar o aumentar el rendimiento de un órgano de los sentidos. El implante coclear sustituye la cóclea. La retina artificial podría significar el hito siguiente. La tecnología avanza hacia otras áreas relacionadas con los sentidos; por ejemplo, la cámara de infrarrojos, que per- mite ver la radiación infrarroja, las ondas de calor, una capacidad reservada a muy pocas especies.
Los sentidos de los animales pueden diferir de los nuestros en magnitud y en clase. Los perros tienen mejor olfato que los humanos, por eso se adiestran para detectar droga o explosivos; su acuidad es muy superior a la nuestra. Carecemos de capacidad para sentir las ondas ultra- violetas o infrarrojas o detectar fluctua- ciones del campo magnético o campos eléctricos. Será diferencia de magnitud, en cambio, la ecolocación, la facultad de que disponen los murciélagos para dis- tinguir la situación de un objeto a través del eco; la ecolocación no es más que una forma altamente especializada de oír. La capacidad de detectar campos eléctricos, o electrocepción, se encuentra en orga- nismos acuáticos (anguilas, rayas, etcéte- ra). Se supone que esos animales sienten corrientes alternantes de alta frecuencia para detectar la actividad muscular de otros animales y también como ayuda de la navegación. Presentan magneto- cepción, o capacidad de detectar campos magnéticos, palomas, tortugas, abejas, to- pos y otros; para detectar el campo mag- nético del planeta, el animal cuenta con una suerte de brújula interior que le sirve también para la navegación. Según pare- ce, la boa constrictor es el único animal capaz de sentir la radiación infrarroja u ondas de calor. Es una diferencia de clase, no de magnitud, porque esas serpientes no utilizan sus ojos con ese propósito, sino que poseen un órgano especial. El colmillo del narval está recubierto, en su superficie, de millones de terminacio-
nes nerviosas que les permiten detectar cambios en la salinidad del agua; se sos- pecha que esas terminaciones nerviosas acusarían los cambios de temperatura y de presión.
Los receptores sensoriales son células especializadas que producen señales eléc- tricas en respuesta al tipo de estímulos. Tenemos así quimiorreceptores, como los del olfato y el gusto. Los fotorrecep- tores de la retina responden a la luz; los termorreceptores a la temperatura. Los mecanorreceptores integran el subgrupo más amplio; responden a distintos tipos de fuerza y movimiento. Algunos meca- norreceptores responden al tacto; otros monitorizan la longitud del músculo y la tensión.
Estímulo y sensación se dan por entero en el aquí y ahora. Las ondas sonoras que rebotan del tambor auditivo, las ondas lu- minosas que se centran sobre sus globos oculares y excitan la retina, las moléculas que penetran en su nariz o se asientan en su lengua, las aceleraciones de su ca- beza o la posición de sus extremidades, son, todos ellos, estímulos transitorios. Como transitorias son las sensaciones que producen, las reacciones electroquí- micas de nuestra instrumentación sen- sorial. En cambio, la percepción nunca se agota en el presente. No depende solo de los estímulos que en este momento se están procesando por los receptores sensoriales, sino también de todas las ex- periencias del pasado a las que el sujeto se ha hallado expuesto. Instalados ante los mismos estímulos, las percepciones de dos individuos pueden ser ampliamente diferentes.
La percepción también es cultura. El sentido del olfato, su mecanismo senso- rial, es el mismo en un español que en un africano o un asiático. Pero la percepción de los olores varía de una cultura a otra. El durián (Durio zibethinus) produce un fru- to que los vietnamitas valoran por encima de cualquier otro. Despide un olor intenso. Para los vietnamitas se trata de un olor embriagador; para las personas de otras culturas resulta a menudo nauseabundo. Se dan diferencias culturales semejantes con relación a los sabores, sonidos e in- cluso vista.