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Historia errática de la discapacidad intelectual

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A HISTORY OF INTELLIGENCE AND «INTELLECTUAL DISABILITY». THE SHAPING OF PSYCHOLOGY IN EARLY MODERN EUROPE, por C. F. Goodey. Ashgate, Farnham, 2011.

suturas y, por tanto, anormales ocurrían más a menudo en climas calientes. Esa idea fue retomada por los médicos rena- centistas. Los vínculos entre una fisiogno- mía insólita y unas facultades cognitivas degradadas se asociaron a determinada clase social. En Sobre el arte de la me-

dicina, Galeno, del siglo II, propone una forma adecuada del cerebro sano: esfera elongada, ligeramente deprimida en los lados. Había formas inadecuadas, decía, asociadas a deficiencias en las suturas. Se mostraba reticente ante la neurología. Los estados de pensamiento se veían afecta- dos por la cualidad y mezcla de espíritu (pneuma), aunque solo en términos ge- nerales. Asociaba la discapacidad a las clases bajas.

Entre los doctores árabes medievales, y luego entre los renacentistas, se dispu- tó sobre los indicadores anatómicos de la facultad de la inteligencia. Había que buscarlos, decían unos, en el tamaño del cráneo. Para otros, en su forma. Los partidarios del tamaño subrayaban que tenía que ser proporcional al tamaño de los demás órganos. Los defensores de la importancia de una forma adecuada cita- ban el ejemplo de la imaginación; aunque se asentaba en el ventrículo frontal, una gran eminencia frontal no era sinónimo de mayor poder de imaginación; antes bien lo contrario solía ser lo cierto. Se dis- cutió también si la primacía correspondía al funcionamiento y sustancia del cerebro o si el tamaño y la forma eran, juntos, los elementos a los que la inteligencia debía su perfección. Se planteó asimismo la cuestión de si el daño ocasionado a un ventrículo afectaba al resto de la mente o solo a la facultad correspondiente a ese ventrículo. La medicina medieval (y la renacentista) invocaba una «locura» ge- neral, que se atribuía a causas muy dispa- res: degeneración adamita, infantilismo, demencia senil, enfermedad corporal, sordomudez, excentricidad, embriaguez, locura simulada, enfermedad mental, me- lancolía. La mayoría de esas condiciones eran consideradas como disposicionales, más que reales.

Los autores del Renacimiento se apo- yaban, por lo que a la velocidad de ra- zonamiento se refiere, en Galeno. Este declara en Sobre el arte de la medicina

que «una aprehensión rápida revela una sustancia cerebral fina, en tanto que un conocimiento lento denota un cere- bro espeso. La facilidad en el aprender indica una buena recepción de impre- siones; una buena memoria revela una recepción estable. En correspondencia, una dificultad en el aprendizaje refleja una dificultad en recibir impresiones y el olvido, una fluidez en ese aspecto». La anotación de Galeno sobre las relaciones entre velocidad y estado mental penetró en el ideario médico. Niccolò Leonice- no, exponente máximo del Humanis- mo científico, publicó una traducción revisada del texto de Galeno. Cuando Leoniceno emplea el término ingenium como rapidez en la aprehensión piensa en el sentido romano del término, que significaba una inteligencia despierta. Los filósofos escolásticos no habían concedi- do a la velocidad ningún valor especial en las operaciones de la facultad de la inteligencia, como el discursus (relación entre premisas y conclusión), contempla-

tio (estudio o meditación sobre un tema)

o discretio (aplicaciones subsiguientes). Ulrico Zwinglio (1484-1531) y otros re- formadores menospreciaban la estupidez de los rústicos del campo. La palabra idio- ta calificaba a la persona lega, inexperta e ignorante.

En el Renacimiento, la facultad intelec- tual se homogenizó con ingenium. Pero ya Francisco Valles, médico de Felipe II, avisó contra la confusión entre ingenium, que, en cuanto mera operación puede variar de acuerdo con el rendimiento de cada individuo, con el intelecto inmaterial, que se halla en todos per se, por su pro- pia perfección.

Si nos acercamos a los libros de me- dicina del Renacimiento hallamos los términos stultitia, stoliditas, stupiditas,

fatuitas para los que resulta difícil en-

contrar un término moderno. En cambio, los historiadores de la locura encuentran fácilmente síntomas de la condición mo- derna cuando investigan términos tales como mania, phrenesis y designaciones similares.

En el lenguaje moral renacentista stul-

tus y stupidus designaban la persona in-

dolente, perezosa. Felix Platter (1536-1614), pionero de la psiquiatría, fue el primero

en aportar una descripción multinivel del retraso mental. También fue adelan- tado en examinar las enfermedades en términos de síndromes o conjuntos de síntomas. Describía la imbecillitas (debi- lidad mental), la hebetudo (enajenación) y otros trastornos de la mente. Atribuía las causas de tales patologías a la seni lidad, pérdida de sangre, daño en órganos de los sentidos, uso excesivo o deficiente de las facultades y melancolía. Algunos autores ven en los escritores médicos del Rena- cimiento una primera aproximación a síntomas de las diversas limitaciones psí- quicas. Otros hurgan en fuentes jurídicas donde la exención de responsabilidad se vincula a «retrasados mentales» y «enfer- mos mentales».

El modelo renacentista de salud inte- lectual como medio (entre melancolía lenta y melancolía furiosa) comenzó a absorber las controversias legales y fisca- les sobre la idiocia y el comportamiento lunático en los años finales del XVI. Padua, Leiden y París situaban los problemas intelectuales en la cabeza y el cerebro. La importancia del cerebro residía en determinados componentes atomistas últimos de la materia. A los médicos les apremiaba el interés por reducir a componentes menores los caracteres in- telectuales. Mientras que hoy hablamos de genes, en la medicina premoderna y protomoderna se seguía hablando de espíritus animales y espíritus vitales, los cuatro humores, el equilibrio de las cualidades fundamentales asociadas con los cuatro elementos.

Thomas Willis fue el fundador en los años cincuenta del siglo XVII del club ana- tómico de Oxford. A sus clases acudían Thomas Syudenham y John Locke. Willis escribió sobre la función del cerebro y sobre la actividad de los espíritus anima- les en su interior. Consideró la necedad (stupiditas) un síntoma de la melancolía. Y atribuyó la stultitia a la gente rústica, a la que suponía una pobre textura cere- bral. El concepto de stupidi derivaba de la noción renacentista de melancolía. Por supuesto, los miembros de la Regia Socie- dad conocían el dualismo cartesiano, que los médicos siguieron manteniendo hasta muy adentrado el siglo XVIII.

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