plan 1958 según resolución 505/
4. Estableciendo una bibliografía nueva y procesual
Durante la segunda mitad de la década de 1970 fue cre- ciendo en la comunidad académica arqueológica de la UBA una profunda divergencia con los planteos teóricos que todavía encua- draban el estudio del pasado más remoto de la Patagonia. Pero esa disidencia, que trasuntaba incluso una sensación de malestar, se planteó desde dentro de la institución y de mano de los propios agentes socializados en la Escuela Histórico-Cultural. En este con- texto, la clasificación taxonómica de Aschero fue el estandarte de- trás del cual se alineó buena parte de las nuevas generaciones que vieron en su Tipología una herramienta esclarecedora del trabajo metodológico en el campo. Pero otro sector de dicha comunidad científica no visualizaba la recuperación teórica de la práctica y de la enseñanza de la arqueología patagónica sólo a través de la res- tauración de los materiales de campo que Aschero proponía. Estos investigadores anhelaban superar el “aislamiento” y el “provincia- nismo” a los que la perspectiva teórica oficial había relegado a la arqueología de Patagonia y acceder a las propuestas de la arqueo- logía procesual de gran predicamento epistemológico en la acade- mia anglosajona y mundial.
La concreción material de esta “ruptura teórica” (Luco,
104 Texto extraído del apartado “Fundamentación y objetivos del programa” incluido en los programas de la asignatura Ergología y Tecnología de los años 1983, 1984 y 1986.
2010a)105 estuvo precedida por una instancia de recepción porte-
ña de un nuevo paradigma que se dirimió en términos del mayor o menor acceso a su bibliografía especializada, lo cual obligó a las nuevas generaciones a instaurar una suerte de “circuito de recep- ción” propio y autónomo con respecto al establishment arqueoló- gico oficial (Farro/Podgorny/Tobías, 1999). De acuerdo a nuestros interlocutores ese circuito siguió dos caminos: el de los docentes y el de los alumnos. Quienes por entonces eran estudiantes rescatan su protagonismo como alumnos en el ingreso del Procesualismo a los estudios sobre Patagonia (Luco, 2010). La instauración de una red de circulación informal de literatura especializada venía a subsanar las restricciones bibliográficas impuestas por la formación institu- cional oficial con el objetivo de construir una unidad e identidad a favor de una “verdadera formación profesional”. El referido circuito informal tejido por los lectores de Binford, el gran mentor, forta- lecía la idea de que su difusión se afirmaba más en las relaciones horizontales entre alumnos porteños y entre porteños y platenses que por las establecidas verticalmente entre docentes y alumnos. Así, la direccionalidad del aprendizaje de Binford en el marco de la universidad porteña fortalecía la hipótesis de que el Procesualismo se asentó sobre bases generacionales y no genealógicas para su con- formación identitaria.
Si bien algunos hechos muestran que las propuestas biblio- gráficas en plena época de auge histórico-cultural no fueron ni tan monolíticas ni tan excluyentes, tal como lo revela la inclusión de la discusión en la que Binford y Bordes defendían dos modos teóricos contrapuestos para la determinación del cambio cultural en relación a conjuntos líticos de la cultura Musteriense del Paleolítico medio europeo106, en la bibliografía de trabajos prácticos de Prehistoria
105 Hemos sostenido que el cambio de paradigma en la arqueología patagónica practicada desde Buenos Aires fue una empresa conjunta, cuya promoción estuvo a cargo de arqueólogos socializados en la Escuela Histórico-cultural y representada por dos maneras diferentes pero secuenciales de iniciar la salida de la vieja arqueología en el período más oscuro de la historia política argentina. Se habría tratado, entonces, de una reformulación crítica a la línea de trabajo histórico-cultural o de “quiebre metodológico” impulsada por Aschero, guardando una continuidad teórica, quizás nominal, con la arqueología preexistente y, más tarde, una definitiva “ruptura teórica” que encabezó Borrero. 106 El hallazgo era sobre la industria Musteriense, una cultura englobada dentro del Paleolítico medio, cuya ubicación temporal se estima entre el 300.000 y el 40.000 AP. En base a las industrias del norte de Francia, Bordes lo subdividió en cuatro tipos, que él
y Arqueología Americana, con titularidad de Lafón y colaboración de Luis Abel Orquera, así como en el programa de 1976 de Prehis- toria General y del Viejo Mundo, el tema en torno a su inclusión bibliográfica emerge con cierta grado de complejidad. La discusión Bordes/Binford, que debe entenderse como una disputa por un es- pacio en el campo académico mundial y símbolo de dos maneras de hacer arqueología, nos permite interrogar por qué las generaciones de arqueólogos patagónicos en formación de grado durante la se- gunda parte de la década del ’70 coinciden con Borrero en cuanto a que, efectivamente, recibieron esa información en sus aulas como estudiantes, pero no la aprehendieron en ese momento. “Con Or- quera (de profesor) vi la pelea con Bordes pero no fue un abordaje contextuado de Binford” (Borrero, entrevista en 11/6/2007, nuestra aclaración)107. El arqueólogo patagónico José Luis Lanata va más
allá, al sugerir, en una comunicación personal, que la efectiva inclu- sión de la propuesta de la New Archaeology estuvo más vinculada a su verdadera aplicación que a su simple mención áulica.
Se ha subrayado que muchos investigadores han incluido en su rol de docentes o formadores en la instancia universitaria la producción de Binford, ya fuera como referencia bibliográfica de un programa de estudio o como cita en un encuentro de colegas (Pod- gorny et al., 1999; Luco, 2010a). Los testimonios de Borrero y de Lanata contradicen tal aseveración. Nos interesa dejar planteado que, probablemente, la cuestión esté vinculada al cómo o al por qué de la transmisión teórica en la instancia de formación profesional de una disciplina de investigación. Esto es, Binford formulaba una literatura apropiada para investigar y probablemente este tipo de información bibliográfica requiriera de maneras de accesibilidad y de abordajes específicos, más próximas a las instancias de forma- ción de cuadros profesionales que a las de una simple información brindada en un aula universitaria.
interpretó como correspondientes a grupos diferentes sin contacto alguno y cuya ocupación del lugar ocurrió en distintos momentos lo largo del tiempo. Esos cuatro grupos eran:
Musteriense de tradición Achelense, suvdividido en tipos a y b. Musteriense típico, carece de subdivisiones claras.
Musteriense de tipo Quina-Ferrasie, se divide en dos grupos.
Musteriense de denticulados, hay una proporción muy elevada de denticulados y muescas
107 Nos referimos a su trabajo de 1966 “A preliminary análisis of functional variability in the Mousterian of Levallois facies”.