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El estilo en los experimentos

En la tradición organicista, el tratado de Harvey sobre la circulación de la sangre (1628) ofrece un punto de partida adecuado. Harvey describió un experimento hecho por Galeno con el que intentó mos­ trar que las arterias se ven obligadas a vibrar como fuelles y por eso realizan una acción de bombeo; si bien dicho autor rechazó las conclusiones de Galeno. Harvey aludió también a otro experimento de Galeno llevado a cabo en la tráquea de un perro vivo. Y en base a estos y otros experimentos, concluyó que la causa de la «per­ turbación» de las arterias estaba en el corazón. Las arterias se dilataban porque se inflaban como vejigas, no porque se ensanchaban y contraían como fuelles. Para probar esto, Harvey realizó experi­ mentos sobre peces, ranas, palomas y serpientes, y dijo haber practi­ cado experimentos en el corazón, que Galeno y Vesalio habían re­ comendado, pero no llevaron a cabo por sí mismos. Por lo menos, un experimento lo practicó sobre el cuerpo de un hombre recién ahorcado.

El uso de métodos cuantitativos por Harvey fue también impor­ tante. Dado el tamaño del corazón, Harvey calculó cuánta sangre podía transferir a las arterias en un tiempo fijo, y avaló sus hipótesis con experimentos que incluían la observación del movimiento circu­ latorio más lento en los peces y reptiles. Es decir, que la práctica de experimentos ingeniosos y precisos no pertenecía en exclusiva a Bacon o a la Royal Society.

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Otra forma de investigar, dentro de la tradición aristotélica, «e basaba en la observación atenta y laboriosa de la naturaleza. Marcello Malpighi (1628-1694), profesor durante gran pane de su vida en la Universidad de Bolonia, podría servimos ahora de ejemplo. L a obra clásica de Malpighi se refiere al campo de la embriología, donde examinó el desarrollo del embrión del pollo. El estudio del embrión suscitó problemas que no podían resolverse en un marco estricta­ mente mecanicista y que no fueron planteados por los entusiastas de la alquimia; por eso este tipo de estudio se originó más natural­ mente dentro de la tradición aristotélica que en cualquiera de las otras dos tradiciones científicas.

La diferencia que existe entre los puntos de vista aristotélico y mecanicista podría ilustrarse con un simple contraste entre Malpighi y el mecanicista Borelli (1608-1679), un producto de la tradición de Galileo y Torricelli en Florencia, que publicó un estudio de anatomía en donde se echaba mano de analogías mecánicas para ex­ plicar el movimiento de los miembros. Cuando joven, Malpighi sufrió el influjo de Borelli, pero luego reaccionó contra él y eligió la embriología como campo de su investigación. En este dominio embriológico, la noción cartesiana de la máquina le pareció a Mal­ pighi que tenía poca importancia. El lenguaje aristotélico se le anto­ jaba más apropiado, puesto que el desarrollo de un embrión im­ plicaba algún tipo de causalidad final.

En la tradición alquimista el método experimental tuvo igualmente su propio sabor distintivo. El estudioso de la alquimia intentaba descubrir un metal de naturaleza pobre que, mediante la aplicación de la piedra filosofal, pudiera transformarse en oro. Lo que llevaba consigo un amplio uso del fuego y del horno como instrumentos de trabajo.

El modo o estilo alquimista en el experimento cobra particular fuerza en la obra de van Helmont (1577-1644). Helmont no se cansaba de urgir a sus lectores a que sometieran a prueba las afir­ maciones autorizadas de otros «en la piedra de toque del experi­ mento*. Mas el tipo de experimentos en que pensaba dependía de

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supuestos metafísicos acerca de la naturaleza del universo. Al rechazar la creencia aristotélica en cuatro elementos básicos — tierra, aire, fuego y agua— , Helmont se inclinó a creer que el primer constitutivo de la materia es el agua. Y lo demostró con su famoso experimento del árbol:

Tomé una vasija de arcilla, en la que puse 200 libras de tierra secada pre­ viamente en un horno, la mojé con agua de lluvia y planté dentro una rama de sauce que pesaba cinco libras; y, transcurridos cinco años, el árbol que brotó de allí pesaba 169 libras y unas tres onzas. Yo no hice sino regar la vasija de arcilla con agua de lluvia o agua destilada (siempre que fue preciso) y creció y lo planté en la tierra; y para que el polvo de alrededor no se mez­ clase con la tierra, cubrí el borde y la boca de la vasija... No computé el peso de las hojas desprendidas en los cuatro otoños. Por último, sequé de nuevo la tierra de la vasija, y dio como peso las mismas 200 libras, menos unas dos onzas. Consiguientemente, las 164 libras de madera, corteza y raíces procedían del agua sola 3.

Helmont creyó también que un proceso tan natural como la fer­ mentación ofrecía mejores indicios del funcionamiento de la natu­ raleza que los suministrados por las analogías mecánicas. Lo que le llevó a desarrollar las técnicas de la destilación hasta un punto que nunca alcanzaron en las dos tradiciones rivales. Helmont practicó este tipo de experimentos meticulosamente; tanto es así que mere­ ció grandes elogios de Robert Boyle.

Helmont llevó también a cabo experimentos con gases como conse­ cuencia de su repulsa de la doctrina aristotélica sobre el aire. Hasta entonces, todas las formas de los que hoy consideramos como fenó­ menos de los gases eran explicadas en el contexto de uno de los cuatro elementos: el aire. Helmont fue capaz de probar experimental­ mente que había distintas formas de aire, que él llamó «gases». Este interés por los experimentos, a menudo peligrosos, con gases se apoyaba en ciertas suposiciones de Helmont acerca del universo. Para él, el «gas» recibió este nombre del término griego «caos».

Valiéndose del cristal de aumento,

Marccllo Malpighi (1628-1694) perfeccionó mucho los estudios aristotélicos sobre ■ I embrión del pollo. Estos ensayos eran exclusivamente «científicos», en mmparación con los de Vesalio

véanse páginas 82-3), en que se combina el aspecto científico y el estético.

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No era, pues, un término neutral como para nosotros, sino cargado de resonancias sobre la estructura del universo. Los experimentos de Helmont, tan admirables, fueron parte de su estilo general de pen­ samiento y de lenguaje.

Otro experimentador de la tradición alquimista fue Robert Plot (1640-1697), profesor de química en Oxford y miembro de la Royal Society. Entre los papeles de Plot hay copia de un contrato que hizo para investigar la posibilidad de hallar una panacea universal. El documento hace referencia explícita a los filósofos herméticos, inclui­ dos Basilio Valentín y Paracelso, y sin duda tiene en cuenta experi­ mentos llevados a cabo en el laboratorio de Plot. Era indispensable guardar secreto riguroso, y las personas que firmaban el contrato se comprometían a «no divulgar nunca, ni directa ni indirectamente, nada relacionado con el proceso, a ninguna persona, sin conocimiento y consentimiento del autor». La finalidad de los experimentos se proponía como sigue:

Lo que el autor se compromete a realizar por su cuenta es esto: primero, intentará demostrar, y no sólo de modo nocional, sino por via de hecho, cuál es el verdadero objetivo de los filósofos herméticos... cuál la verdadera clave que descubra todos sus secretos y por cuyo medio sus jeroglíficos escogidos sean manifiestos, sus emblemas desenmascarados, sus oscuros acertijos y pará­ bolas filosóficas patentes, y sus más ocultos misterios descubiertos... *.

Este documento prueba que la tradición mágica estaba lejos de haber desaparecido a fines del siglo xv n . Su principal interés para nosotros consiste en que nos demuestra hasta qué punto la búsqueda de un elixir mágico dictaba un estilo o modo particular de expe­ rimento.