La que reproducimos aquí ilustra el sistema planetario copernicano. Fue construida por Charles Boyle (1676-1731), sobrino de Roben Boyle
y cuano conde de Orrery. De ahí el nombre «Orrery» dado a menudo a tales esferas. Hacia 1700
las teorias de Copérnico eran comúnmente aceptadas en Inglaterra.
tuviese una composición más alta de «tierra» que de madera.) Pero el cambio material no era el único factor; iba acompañado del cambio de «forma sustancial», es decir, que las cualidades («for ma») de la madera eran distintas de las del carbón vegetal. Consi guientemente, incluso en el cambio químico, que afecta sólo a cosas inanimadas, se daba un desarrollo «finalista» al pasar de uno a otro estado. L a insistencia aristotélica en la forma sustancial y en la diferencia cualitativa excluía la posibilidad de explicar mecánica mente los cambios químicos. Hasta en la física el «ímpetu» era consi derado como una cualidad inherente al proyectil.
Aunque debemos admitir que hubo un núcleo firme de datos em píricos en el centro del aristotelismo, sigue en pie el hecho de que ni Aristóteles ni sus seguidores podían sustraerse a la tendencia Je sistematizar y generalizar partiendo de una base endeble. El ins trumento comúnmente aceptado para sus razonamiento fue el silo gismo, que en su forma más simple puede enunciarse de este modo: «Todos los hombres son mortales; Sócrates es hombre; Sócrates es mortal».
Mediante esta fórmula, y sucesivas elaboraciones de ella, Aris tóteles construyó un sistema filosófico que es o muy imaginativo o fantástico, según el punto de vista. Dicho sistema le llevó a ex plicar prolijamente la incompatibilidad del movimiento circular y el movimiento rectilíneo en estos términos:
Ahora podemos probar claramente que la rotación es el tipo primario de locomoción. Como queda ya dicho, toda locomoción es o rotatoria o rectilínea o compuesta de ambas, y las dos primeras han de ser anteriores a la última porque son los elementos de que la última consta. Por otra parte, la locomo ción rotatoria es anterior a la rectilínea porque es más simple y completa, como probaremos en seguida. La linea recta recorrida en el movimiento rectilíneo no puede ser infinita, porque no existe una línea recta infinita; y, aunque existiera, nada podría recorrerla moviéndose: porque lo imposible no se da, y es imposible recorrer una distancia infinita. Por otro lado, el movimiento rectilíneo sobre una linea recta finita es, si se vuelve hacia atrás.
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un movimiento compuesto — en realidad, dos movimientos— , y si no se retrocede, un movimiento incompleto y perecedero; y en el orden de la naturaleza, de la definición y del tiempo a la vez, el movimiento completo antecede al incompleto, y el imperecedero al perecedero. Además, un movi miento que puede ser eterno antecede al que no puede serlo. Ahora bien, el movimiento rotatorio puede ser eterno, lo que no puede ser ningún otro movimiento, de tipo locomoción o de cualquier otro tipo, ya que en todos ellos tiene que producirse una parada, en cuyo caso ha cesado el movimiento. Por otra parte, la conclusión a que hemos llegado de que el movimiento rotatorio es singular y continuo y el rectilíneo no lo es, es razonable. En el movimiento rectilíneo se da un punto concreto de partida, un punto de llegada y un punto intermedio. . En cambio, en el movimiento circular no existen tales puntos fijos; pues ¿por qué determinado punto de la linea habría de constituir un limite con preferencia a otro? Cualquier punto de ella, lo mismo que cualquier otro, es a la vez punto de partida, punto intermedio y punto de llegada 1
La aplicación universal de este tipo de razonamiento silogístico, junto con el hincapié de Aristóteles sobre las formas sustanciales y las causas finales, fue el principal blanco de ataque durante el si glo xv n . Sus críticos objetaban que el aristotelismo, al querer ex plicarlo todo, no explicaba nada. En su defensa es preciso decir que en 1600 no había ningún sistema de explicación científica compara ble con él.
El aristotelismo ofrecía, juntamente, un marco de discusión y un blanco a que apuntar. Con todos sus defectos, este paradig ma era mejor que la carencia de todo paradigma. Y hasta que Descartes escribió sus Principia Philosophiae (1644) no se dio alter nativa posible.
Si bien Aristóteles no fue cristiano, y gran parte de su doctrina (por ejemplo, la eternidad del mundo) era inaceptable para la Iglesia cristiana, hacia el año 1500 constituyó la influencia intelectual pre dominante sobre la teología. Términos tan aristotélicos como sus tancia y accidente, o materia y forma, eran utilizados para explicar la doctrina cristiana acerca de la eucaristía (es decir, la transustancia-
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lión); y la acentuación aristotélica de la causalidad final ayudaba a esclarecer la actividad de Dios en la naturaleza. El dios de los teó logos, si no el de la Biblia, era una divinidad cuya inteligencia se puso de manifiesto en el funcionamiento finalista del universo. Dios era un lógico cuyas premisas podían analizarse y cuya naturaleza era susceptible de examen. Hasta la misma obra divina de la gracia fue objeto de análisis lógico. En su acentuación de la intenciona lidad y del racionalismo deductivo, la ciencia aristotélica y la teolo gía escolástica fueron de la mano.
Así, pues, por encima de todas las consideraciones que se hagan sobre la categoría intelectual y científica de Aristóteles, Galeno y Ptolomeo, y de la satisfacción emocional que produce el explicar todos los fenómenos de la naturaleza, la fuerza de esta tradición durante el período que estudiamos radica en su estrecha conexión con la ortodoxia religiosa. En todas las universidades católicas, y en la mayoría de las protestantes, el escolasticismo fue ganando terreno durante buena parte de los siglos xvi y xv ii. La tradición organí- cista mandaba, por decirlo así, respaldada por los recursos de la Iglesia y el Estado y bien atrincherada dentro de las universidades. Las dos tradiciones opuestas actuaban al margen, sujetas a presiones, cuando no a persecución.
A pesar de la posición privilegiada que gozaron dentro de la socie dad, los aristotélicos no se libraron de algunas críticas y se sintieron atacados en algunos puntos importantes: la teoría geocéntrica de) universo, la imposibilidad del vacío y la trayectoria seguida por un proyectil. En las tres objeciones la observación empírica dejaba al descubierto que la teoría aristotélica era deficiente. Si preguntamos por qué motivo se pusieron sobre el tapete esos problemas más bien que otros, la respuesta es que el razonamiento deductivo de Aristóteles fue particularmente extenso en tomo a esos tres puntos, y, además, porque en ellos la divergencia entre teoría y realidad era singularmente llamativa. Si preguntamos por qué se suscitaron en tonces y no antes, el factor clave parece hallarse en la disponibilidad actual de paradigmas científicos distintos, derivados también de fuen tes griegas y considerados por ello tan dignos de respeto como Aris-
Este mosaico de Hermes Trismegisto, que data de hacia 1480 y que se encuentra en la catedral de Siena, es una prueba de la enorme boga de que gozó la ideología hermética durante el Renacimiento italiano. Trismegisto, que aparece aquí en compañía de Moisés (?) y de un personaje egipcio, es presentado
como contemporáneo de Moisés. Pese a que nunca existió, tuvo una acogida extraordinaria en la mentalidad
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(óteles; esos paradigmas nuevos fueron las tradiciones mágica y me- ■ unicista. Desde estas dos nuevas perspectivas, ciertos aspeaos del aristotelismo parecían más expuestos que otros a la crítica.