Un día de 1922, en Berlín, Alemania, se anunció una audición para el papel de una joven voluptuosa en una película titulada Tragedia de amor. De los cientos de esforzadas actrices jóvenes que se presentaron, la mayoría hizo todo por llamar la atención del director de reparto, lo que incluía exhibirse. Entre ellas había una joven en la fila que iba vestida sencilla, y que no hizo ninguna de las desesperadas bufonerías de las demás chicas. Pero sobresalía de todas maneras.
Esta joven llevaba un cachorro con una correa, del que había colgado un elegante collar. El director de reparto se fijó en ella de inmediato. La observó parada en la fila, sosteniendo tranquilamente al perro en sus brazos, y muy reservada. Al fumar, sus gestos eran lentos y sugestivos. A él le fascinaron sus piernas y su rostro, la sinuosidad de sus movimientos, el dejo de frialdad en sus ojos. Cuando llegó al frente, él ya la había elegido. Se llamaba Marlene Dietrich.
El rostro frío y brillante que nunca pedía nada, que simplemente existía, a la espera: era un rostro vacío, pensó él; un rostro que podía cambiar con cualquier aire de expresión. Uno podía ensoñar cualquier cosa en él. Era como una hermosa casa vacía que aguardara tapetes y cuadros. Tenía todas las posibilidades: podía convertirse en un palacio o un burdel. Todo dependía de quien lo llenara. ¡Qué estrecho era, en comparación, todo lo ya terminado y rotulado!
ERICH MARIA REMARQUE, SOBRE MARLENE DIETRICH,
ARCO DEL TRIUNFO
Para 1929, cuando el director austroestadunidense Josef von Sternberg llegó a Berlín a fin de empezar a trabajar en la película Der blaue Engel (El ángel azul), Marlene, de veintisiete años, ya era muy conocida en el mundo del cine y el teatro de Berlín. Der blaue Engel trataba de una mujer, Lola-Lola, que explota sádicamente a los hombres, y la totalidad de las mejores actrices de Berlín querían el papel, salvo, al parecer, Marlene, quien hizo saber que lo consideraba degradante; Von Sternberg
debía elegir entre las demás actrices que tenía en mente. Poco después de su arribo a Berlín, sin embargo, Von Sternberg asistió a una función de una obra musical para ver a un actor al que consideraba para Der blaue Engel. La estrella de la obra era la Dietrich, y tan pronto como ella salió a escena, Von Sternberg descubrió que no podía quitarle los ojos de encima. Ella lo miraba directa, insolentemente, como hombre; y luego estaban esas piernas, y la forma en que ella se inclinaba provocativamente contra la pared. Von Sternberg se olvidó del actor que había ido a ver. Había hallado a su Lola-Lola.
Marlene Dietrich no es una actriz, como Sarah Bernhardt; es un mito, como Friné.
ANDRÉ MALRAUX, CITADO EN EDGAR MORIN, LAS
ESTRELLAS
Von Sternberg se las arregló para convencer a Marlene de que aceptara el papel, y se puso a trabajar de inmediato, moldeándola conforme a la Lola de su imaginación. Cambió su cabello, trazó una línea plateada bajo su nariz para hacerla parecer más fina, le enseñó a mirar a la cámara con la insolencia que había visto en el escenario. Cuando empezó el rodaje, Von Sternberg creó un sistema de iluminación justo para Marlene: una luz que la seguía a todas partes, estratégicamente realzada por gasas y humo. Obsesionado con su «creación», iba con ella adondequiera. Nadie más podía acercársele.
Der blaue Engel fue un gran éxito en Alemania. Marlene fascinó al público: esa
mirada fría y brutal mientras extendía las piernas sentada en un taburete, dejando ver su ropa interior; su natural manera de llamar la atención en la pantalla. Aparte de Von Sternberg, también otros se obsesionaron con ella. Un hombre aquejado de cáncer, el conde Sascha Kolowrat, tenía un último deseo: ver las piernas de la Dietrich en persona. Ella lo complació, visitándolo en el hospital y levantándose la falda; él suspiró y dijo: «Gracias. Ya puedo morir tranquilo». Pronto Paramount Studios llevó a Marlene a Hollywood, donde en poco tiempo todo mundo hablaba de ella. En las fiestas, todos los ojos se volvían a mirarla cuando entraba al salón. Escoltada por los hombres más guapos de Hollywood, vestía un conjunto tan bello como inusual: una piyama de lamé dorado, un traje de marinero con quepís. Al día siguiente, su
look era imitado por mujeres de toda la ciudad; más tarde llegaba a las revistas, e
iniciaba así una tendencia totalmente nueva.
El verdadero objeto de fascinación, era incuestionablemente el rostro de Marlene. Lo que cautivó a Von Sternberg fue su inexpresividad: con un simple truco de iluminación, logró que ese rostro hiciera lo que él quería. Más tarde Marlene dejó de trabajar con Von Sternberg, pero nunca olvidó lo que él le había enseñado. Una
noche de 1951, Fritz Lang, quien estaba a punto de dirigirla en Rancho Notorius (Sucedió en un rancho), pasaba por su oficina cuando vio que una luz relampagueaba en la ventana. Temiendo un robo, bajó de su auto, subió las escaleras y se asomó por la rendija de la puerta: era Marlene, tomándose fotografías en el espejo para estudiar su rostro desde todos los ángulos.
Porque Pigmalión las viera llevando su edad en el crimen, \ ofendido por los vicios que a la mente femínea \ dio natura muchísimos, sin cónyuge, célibe, \ vivía, y carecía largo tiempo de consorte del tálamo. \ Entre tanto, esculpió felizmente con arte admirable \ un níveo marfil, y le dio la forma con que hembra ninguna \ puede nacer, y concibió el amor de su obra. \ De virgen verdadera es su faz, que creerías que vive, \ y, si la reverencia no obstara, que querría moverse: \ a tal punto se esconde el arte en su arte. Se admira y recibe \ Pigmalión, en su pecho, del simulado cuerpo los fuegos. \ A menudo arrima a la obra sus manos que exploran, si sea \ cuerpo o marfil aquel; y que es marfil, hasta aquí no confiesa. \ Besos le da, y piensa que devueltos le son, y habla y detiene \ y cree que se hunden en los tocados miembros sus dedos, \ y teme que venga un moretón a las partes opresas; \ y ora blandicias emplea; gratos, ora, a las niñas, \ le lleva regalos. […] También orna con vestes sus miembros; \ da, a sus dedos, gemas; a su cuello da luengos collares. […] Todo le sienta; y desnuda, no menos hermosa parece. \ Coloca a esta en tapices teñidos con la concha sidonia, \ y la llama socia del lecho, e inclinados sus cuellos \ en muelles plumas, como si a sentir fueran, recuesta. • Celebérrimo en la entera Cipros, el día festivo de Venus \ había venido, y, oro en los pandos cuernos vestidas, \ habían caído heridas en la nívea cerviz las novillas, \ y humeaban los inciensos; cuando, el don cumplido, ante las aras \ se paró y tímidamente: «Si podéis dar todo los dioses, \ que sea mi esposa, quiero (no osó “la virgen ebúrnea” \ decir) —dijo Pigmalión— una semejante a la ebúrnea». \ Sintió, cuando asistía a sus fiestas la misma áurea Venus, \ que aquellos votos querían, y augurio del numen amigo, \ tres veces se encendió la flama y su ápice guio por el aire. \ Cuando regresó, los simulacros buscó aquel de su niña; \ besos le da, en el lecho acostándose; estar tibia parece. \ Arrima otra vez la boca; tienta con las manos los pechos \ también; se ablanda el marfil tentado y la dureza es depuesta.
Marlene Dietrich podía distanciarse de sí misma: estudiar su rostro, sus piernas, su cuerpo como si fueran de otra persona. Esto le permitía moldear su aspecto, y transformar su apariencia para llamar la atención. Podía posar justo en la forma que más excitaría a un hombre, pues su inexpresividad permitía que él la viera según su fantasía, de sadismo, voluptuosidad o peligro. Y todos los hombres que la conocían, o la veían en la pantalla, fantaseaban interminablemente con ella. Este efecto operaba también en las mujeres; en palabras de un escritor, la Dietrich proyectaba «sexo sin género». Pero esa distancia de sí le confería cierta frialdad, en el cine y en persona. Era como un objeto hermoso, algo por fetichizar y admirar como admiramos una obra de arte.
El fetiche es un objeto que impone una reacción emocional que nos hace insuflarle vida. Como es un objeto, podemos imaginar con él lo que queramos. La mayoría de las personas son demasiado temperamentales, complejas y reactivas para dejarnos verlas como objetos que podamos fetichizar. El poder de la estrella fetichizada procede de su capacidad para convertirse en objeto, aunque no en cualquiera, sino en un objeto que fetichizamos, que estimula una amplia variedad de fantasías. Las estrellas fetichizadas son perfectas, como la estatua de una deidad griega. El efecto es asombroso, y seductor. Su principal requisito es la distancia de sí. Si tú te ves como un objeto, otros lo harán también. Un aire etéreo e irreal agudizará este efecto.
Eres una pantalla en blanco. Flota por la vida sin comprometerte y la gente querrá atraparte y consumirte. De todas las partes de tu cuerpo que atraen esa atención fetichista, la más imponente es el rostro; así, aprende a afinar tu rostro como si fuera un instrumento, haciéndolo irradiar una vaguedad fascinadora e impresionante. Y como tendrás que distinguirte de otras estrellas en el cielo, deberás desarrollar un estilo que llame la atención. Marlene Dietrich fue la gran profesional de este arte; su estilo era tan chic que deslumbraba, tan extraño que embelesaba. Recuerda: tu imagen y presencia son materiales que puedes controlar. La sensación de que participas en esta especie de juego hará que la gente te considere superior y dign@ de imitación.
Poseía tal aplomo natural, […] tal economía de gestos, que era tan absorbente como un Modigliani. […] Tenía la cualidad esencial de las estrellas: podía ser espléndida sin hacer nada.