LA COQUETA VEHEMENTE Y FRÍA
NATHANIEL HAWTHORNE
Para comprender el peculiar poder del@ coquet@, primero debes entender una propiedad crítica del amor y el deseo: entre más obviamente persigas a una persona, más probable es que la ahuyentes. D emasiada atención puede ser interesante un rato, pero pronto se vuelve empalagosa, y al final es claustrofóbica y alarmante. Indica debilidad y necesidad, una combinación poco seductora. Muy a menudo cometemos este error, pensando que nuestra persistente presencia es tranquilizadora. Pero l@s coquet@s poseen un conocimiento inherente de esta dinámica. Maestr@s del repliegue selectivo, insinúan frialdad, ausentándose a veces para mantener a su víctima fuera de balance, sorprendida, intrigada. Sus repliegues l@s vuelven misterios@s, y l@s engrandecemos en nuestra imaginación. (La familiaridad, por el contrario, socava lo que imaginamos). Un poco de distancia compromete más las emociones; en vez de enojarnos, nos hace insegur@s. Quizá en realidad no le gustemos a esa persona, a lo mejor hemos perdido su interés. Una vez que nuestra vanidad está en juego, sucumbimos a el@ coquet@ solo para demostrar que aún somos deseables. Recuerda: la esencia del@ coquet@ no radica en el señuelo y la tentación, sino en la posterior marcha atrás, la reticencia emocional. Esta es la clave del deseo esclavizador.
Para adoptar el poder del@ coquet@, debes comprender otra cualidad: el narcicismo. Sigmund Freud caracterizó a la «mujer narcisista» (obsesionada con su apariencia) como el tipo con mayor efecto sobre los hombres. D e niñ@s, explica
Freud, pasamos por una fase narcisista sumamente placentera. Felizmente reservad@s e introvertid@s, tenemos poca necesidad física de otras personas. Luego, poco a poco socializamos, y se nos enseña a prestar atención a los demás, aunque en secreto añoramos esos dichosos primeros días. La mujer narcisista le recuerda a un hombre ese periodo, y le causa envidia. El contacto con ella podría restaurar tal sensación de introversión.
La independencia de la coqueta también desafía a un hombre: él quiere ser quien la vuelva dependiente, reventar su burbuja. Es mucho más probable, no obstante, que él termine siendo su esclavo, al concederle incesante atención a fin de conseguir su amor, y fracasar en esto. Porque la mujer narcisista no tiene necesidades emocionales; es autosuficiente. Y esto es asombrosamente seductor. La autoestima es decisiva en la seducción. (Tu actitud contigo mism@ es percibida por la otra persona en formas sutiles e inconscientes). Una autoestima baja repele, la seguridad y autosuficiencia atraen. Cuanto menos parezcas necesitar de los demás, es más probable que se sientan atraídos hacia ti. Comprende la importancia de esto en todas las relaciones y descubrirás que tu necesidad es más fácil de suprimir. Pero no confundas ensimismamiento con narcisismo seductor. Hablar de ti sin parar es eminentemente antiseductor, ya que no revela autosuficiencia, sino inseguridad.
La coquetería se atribuye por tradición a las mujeres, y ciertamente esta estrategia fue durante siglos una de las pocas armas que ellas tenían para atraer y someter el deseo de un hombre. Uno de los ardides de la coqueta es el retiro de favores sexuales, truco que las mujeres han usado a todo lo largo de la historia: la gran cortesana francesa del siglo XVII Ninon de l’Enclos fue deseada por todos los hombres eminentes de Francia, pero no alcanzó auténtico poder hasta que dejó en claro que ya no se acostaría con un hombre por obligación. Esto desesperó a sus admiradores, condición que ella agudizaba otorgando temporalmente sus favores a un hombre, dándole acceso a su cuerpo por unos meses y devolviéndolo después a la partida de los insatisfechos. La reina Isabel I de Inglaterra llevó la coquetería al extremo, despertando deliberadamente los deseos de sus cortesanos, pero sin acostarse con ninguno.
Por mucho tiempo instrumento de poder social de las mujeres, la coquetería fue poco a poco adaptada por los hombres, en particular los grandes seductores de los siglos XVII y XVIII, quienes envidiaron ese poder femenino. Un seductor del siglo XVII, el duque de Lauzun, era un maestro para excitar a una mujer, y mostrarse distante después. Las mujeres se volvían locas por él. Hoy la coquetería no tiene género. En un mundo que desalienta la confrontación directa, el señuelo, la frialdad y el distanciamiento selectivo son una forma de poder indirecto que oculta con brillantez su agresividad.
Ante todo, el@ coquet@ debe poder excitar al objeto de su atención. La atracción puede ser sexual, o la añagaza de la celebridad, sea lo que esta implique. Al mismo tiempo, el@ coquet@ emite señales contradictorias que estimulan respuestas contradictorias, hundiendo a la víctima en la confusión. La protagonista
epónima de la novela francesa de Marivaux del siglo XVIII Mariana es la coqueta consumada. Para ir a la iglesia se viste con buen gusto, pero se deja el cabello un tanto desaliñado. En plena ceremonia, parece advertir su descuido y empieza a remediarlo, mostrando su brazo desnudo al hacerlo; esto no era para ser visto en una iglesia en el siglo XVIII, y los ojos de todos los hombres se clavan en ella en ese instante. La tensión es mucho más intensa que si ella estuviese afuera, o se hallara ordinariamente vestida. Recuerda: el flirteo obvio revelará con demasiada claridad tus intenciones. Es mejor que seas ambigu@, e incluso contradictori@, frustrando al mismo tiempo que estimulas.
Ya veis el ardor que manifiesta Sócrates por los jóvenes hermosos; con qué empeño los busca, y hasta qué punto está enamorado de ellos; […] pero abridle, compañeros de banquete: ¡qué de tesoros no encontraréis en él! […] Y pasa toda su vida burlándose y chanceándose con todo el mundo. Pero cuando habla seriamente y muestra su interior al fin, no sé si otros han visto las bellezas que encierra. • […] Creyendo al principio que se enamoraba de mi hermosura, me felicitaba yo de ello, y teniéndolo por una fortuna, creí que se me presentaba un medio maravilloso de ganarle, contando con que, complaciendo a sus deseos, obtendría seguramente de él que me comunicara toda su ciencia. Por otra parte, yo tenía un elevado concepto de mis cualidades exteriores. Con este objeto, comencé por despachar a mi ayo, en cuya presencia veía ordinariamente a Sócrates, y me encontré solo con él. Es preciso que os diga la verdad toda: estadme atentos, y tú, Sócrates, repréndeme si falto a la exactitud. Quedé solo, amigos míos, con Sócrates, y esperaba siempre que tocara uno de aquellos puntos, que inspira a los amantes la pasión cuando se encuentran sin testigos con el objeto amado, y en ello me lisonjeaba y tenía placer. Pero se desvanecieron por entero todas mis esperanzas. Sócrates estuvo todo el día conversando conmigo en la forma que acostumbraba y después se retiró. En seguida de esto, le desafié a hacer ejercicios gimnásticos, esperando por este medio ganar algún terreno. Nos ejercitamos y luchamos muchas veces juntos y sin testigos. ¿Qué podré deciros? Ni por esas adelanté nada. No pudiendo conseguirlo por este rumbo, me decidí a atacarle vivamente. Una vez que había comenzado no quería dejarlo hasta no saber a qué atenerme. Le convidé a comer como hacen los amantes que tienden un lazo a los que aman; al pronto rehusó, pero al fin concluyó por ceder. Vino, pero en el momento que concluyó la
comida, quiso retirarse. Una especie de pudor me impidió retenerle. Pero otra vez le tendí un nuevo lazo; después de comer prolongué nuestra conversación hasta bien entrada la noche, y cuando quiso marcharse le precisé a que se quedara con el pretexto de ser muy tarde. • Se acostó en el mismo escaño en que había comido; este escaño estaba cerca del mío, y los dos estábamos solos en la habitación. • […] Pongo por testigos a los dioses y a las diosas: salí de su lado tal como hubiera salido del lecho de mi padre o de mi hermano mayor. • Desde entonces, ya debéis suponer cuál ha debido ser el estado de mi espíritu. Por una parte me consideraba despreciado; por otra, admiraba su carácter, su templanza, su fuerza de alma, […] de manera que no podía ni enfadarme con él ni pasarme sin verle, si bien veía que no tenía ningún medio de ganarle. […] Así pues, sometido a este hombre, más que un esclavo puede estarlo a su dueño, andaba errante acá y allá, sin saber qué partido tomar.